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  • BAJO LAS SÁBANAS

    —Buenas noches. —Clara apaga la lámpara de la mesilla y le da la espalda.

    —Buenas noches —contesta Mario, con los ojos abiertos en la oscuridad, tumbado boca arriba.

    Siente el cuerpo de ella que se arrebuja entre las sábanas y el calor de sus nalgas que rozan su cuerpo.

    Se imagina acariciándole las piernas, el culo…

    Se pregunta si ella estaría interesada en un poco de sexo. No se lo parece, pero ¿cómo saberlo, cómo estar seguro?

    Igual está esperando que él se lo pida: un gesto, una palabra.

    Podría ponerle discretamente la mano en la espalda, piensa, un leve toque, un roce. Entonces podría saber si ella estaba interesada: si hiciera un movimiento de alejamiento, con un gruñido, querría decir que no; si se giraba hacia él con un temblor ansioso en los labios, en la mirada, tendría las puertas abiertas y podría lanzarse sin temor.

    Le da mucha vergüenza la posibilidad que le rechace si lo intenta, y eso que llevan años casados: ¿Veinte? Puede que más, la nena ha hecho ya los diecisiete y tardaron un poco en tenerla.

    Se agita inquieto. Acerca la mano al cuerpo de ella por encima de la sábana, pero no llega a tocarla. Siente su propio brazo rígido, como si fuera de madera.

    Lo retira frustrado.

    «Si lo hubiera deseado, ¿no lo habría demostrado de alguna forma?», piensa. Pero ella nunca muestra nada, debe ser él quien lo descubra, y no tiene la menor idea de lo que desea.

    Han cenado los tres, con la niña hablando de sus problemas de adolescente. Luego han visto una serie en el televisor.

    ¿Cuándo empezó este distanciamiento?

    Ha habido ocasiones que solo con tocarla se giraba con gran entusiasmo. Se notaba en esos momentos que lo había estado esperando. Otras, en cambio, solo había encontrado rechazo.

    «Ay Mario, estoy cansada, déjame dormir».

    En esos casos la frustración le embargaba.  

    Cuando eso ocurría, le hubiera gustado tener suficiente valor, levantarse y vestirse y salir dando un portazo. ¡Qué durmiera si es lo que quería, que él ya se divertiría por su lado!

    Amigas nunca le han faltado, incluso guarda un par de teléfonos en la agenda de contactos.

    Una especialmente, compañera de la oficina, más de una vez se ha insinuado.

    «Voy todas las noches a Trauma, a ver si te animas, que eres más soso…».

    Sigue en la cama mirando al techo donde las sombras provocadas por las farolas de la calle se confunden con la oscuridad de la noche. Oye el trasiego de coches que todavía circulan, el camión de la basura que vacía los contenedores, algunas risas de jóvenes que encaminan sus pasos a una noche de parranda.

    Llevan semanas sin sexo y él lo sufre. Le sobrevenían sueños eróticos cada vez con mayor frecuencia y le excitaban tanto que le impedían dormir.

    En estos periodos de sequía, Clara se convierte en una obsesión: todo en ella le atrae. Le marea el movimiento de sus caderas, sus pechos turgentes; sus ojos melosos le encandilan. La persigue con la mirada.

    Ahora aproxima la cara a su nuca. El pelo rizado de ella le cosquillea en la nariz y el olor de su colonia le penetra y se expande por el pecho. Respira hondo y se imagina besándola en el cuello y como se estremece entre sus brazos. Fantasea con las manos recorriéndole el cuerpo, la ansiedad de ella mientras se besan.

    Respira agitado.

    Se aproxima más, ya nota el camisón rozándole, oye la respiración de ella, rítmica, pausada.

    Está dormida.

    Levanta la mano, aparta un poco la sábana, intuye los hombros desnudos más que verlos. La penumbra es densa, pesada. Solo vislumbra su silueta, que se recorta en la tenue luz que entra por la ventana. Huele el perfume. Cierra los ojos. Aspira.

    Los dedos le tiemblan a un centímetro del hombro, nota los cabellos acariciando el dorso de su mano.

    Se queda quieto. Paralizado.

    «¿La toco?»

    Aprieta los dientes.

    No, no se atreve.

    Retira la mano en un movimiento brusco.

    Se levanta de la cama.

    Busca su ropa en la oscuridad. Se viste. La mira.

    Ella duerme.

    Se va de casa. Quizá se pase por Trauma.

  • EL JARDÍN

    La pequeña no para de hablar y de moverse.

    Los veo sentados alrededor de la mesa y me asombro de lo poco que tienen que ver los genes en el resultado final de las personas.

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    Mis hijos, siempre y cuando confíe en que todos son míos y no tengo motivos para dudarlo, aunque los padres no podamos tener la seguridad completa, son todos radicalmente distintos. Por eso ese pensamiento que a veces me incomoda aunque rechazo de pleno. Ellos, dos, son altos, pero de constituciones opuestas, uno grandote, el otro más bien delgado y delicado. Las chicas, otras dos, son radicalmente distintas entre ellas, una más bajita y delicada y la otra alta y de constitución atlética.

    Y no hablemos de los caracteres: entre ellos uno es educado a más no poder y abierto, el otro despreocupado de las normas más elementales de la convivencia e inseguro y retraído; entre ellas, una es jovial y desenfrenada y la otra siempre lleva el freno de mano puesto y es muy concienzuda.

    Vaya un jardín de flores variadas en el que los padres solo hemos podido influir echando semillas sin saber qué tipo de plantas saldrían.

    Mi mujer y yo también somos muy diferentes y quizá por ello esa variedad en nuestros frutos. A ella se la ve radiante cuando tiene sus hijos cerca y siempre le gustaría tener seres vivos que cuidar: niños, animales, plantas. Incluso a mí, no voy a negarlo. Nunca se queja, ni cuando el dolor es físico. Yo soy todo lo contrario, con tendencia a ser solitario y centrado en mí mismo. Sí, de acuerdo, bastante egoísta; y un quejica que desea que lo cuiden en cada momento. En eso nos complementamos.

    Ah, mis hijos, el orgullo de una madre, juntos en la mesa; ya no es tan habitual reunirlos, cada uno con su vida, pero no puedo quejarme, han salido adelante y —en mayor o menor medida— van haciendo su camino. Sí, ya sé que a alguno le está costando más, pero es cuestión de tiempo y paciencia, siempre estaremos aquí si nos necesita. Son diferentes pero se nota que son todos hijos míos. ¡Me siento tan orgullosa de ellos! Todos son cariñosos, a su manera claro, no son clones. Unos lo demuestran más y otros son más comedidos, pero se les nota la bondad en todos sus actos, en sus límpidas miradas, en su desprendimiento. Si no los conociera de nada y los viera como una extraña, sabría de inmediato que son hermanos. A ver, claro que tienen sus diferencias, pero en lo esencial, en lo que realmente importa, son muy parecidos. ¿Y qué es lo que importa? Yo no pienso como mi marido, para mí lo importante no es lo externo, ni incluso sus reacciones en cada momento. No, para mí es algo mucho más profundo. Es algo que no sé nombrar, que les enlaza y los constituye como un todo. ¡Como mis hijos!

    Alrededor de la mesa, el jardín despliega sus flores.

    La pequeña no para de hablar y de moverse, es como un torbellino, habla a gritos para que la hagan caso sus hermanos y se ríe a carcajadas. Mira a su madre con ojos solícitos y le da un abrazo, entusiasmada, agradecida por la comida y por disfrutar de esos momentos.

    La mayor la mira con media sonrisa, no soporta los gritos ni los aspavientos exagerados, pero su hermana es así, una locuela. Ella habla con seriedad y razona con una lógica implacable. Es observadora y parece un poco apartada; cuando habla, sentencia.

    El menor de los chicos tiene una forma de pensar abstracta, ha aprendido a entender la existencia a través de algoritmos, y es un apasionado de la tecnología y de Japón y de sus costumbres. Ahora les llaman frikis, pero en él es como un rasgo de carácter, nada impostado, le sale de dentro. Habla con sus hermanos con un lenguaje extraño que los padres no entienden pero que parece que sus hijos sí. Se mueve despacio, pesado, imponente. Es como el monte Fuji, sólido. Te ofrece de los platos que hay sobre la mesa si estás un poco apartado, es el primero en ofrecerse si alguien necesita algo. Su cara muestra una sonrisa perpetua, sin muchas alharacas, pero satisfecho.

    Su hermano parece distante, encerrado en su mundo, con cierto sentimiento de estar desubicado, de no dar la talla. Le cuesta mantener la atención mucho rato en lo mismo y esas comidas familiares se la hacen eternas. Piensa en los juegos que le esperan en el ordenador, en su cuarto y aunque está contento de estar compartiendo esos momentos diría que las piernas se le mueven y que quiere salir corriendo. Los dedos tabletean sobre la mesa.

    En la calle cae la nieve. Es invierno.
    Dentro, alrededor de la mesa, el jardín sigue vivo.

  • LA CUENTA ATRÁS

    La gente está agolpada alrededor del lago, sobre el césped, y se agita como una marea en ondulaciones de excitación. Las parejas de enamorados y los padres con sus hijos se entrelazan las manos.

    Un silencio abrumador se cierne en el ambiente, cargado de emoción.

    10, 9, 8, 7…

    En la cápsula el corazón de Andrew palpita desacompasado, furioso, mucho más rápido que la propia cuenta atrás. Nota los nervios en las entrañas, como una mano aferrándole el estómago y provocándole una respiración agitada. Gira un poco la cabeza dentro del casco y mira de reojo a sus dos compañeros: las manos agarradas a los pasamanos, el cuello rígido.

    El silencio es casi absoluto, solo ese conteo.

    6, 5, 4, 3…

    —Mira, Johnny, mira, ¡ya va a despegar!

    El niño deja a un lado el robot articulado, vencedor de todos los androides del espacio, y se acerca al televisor. Ve la gran nube de humo y vapor que empieza a rodear al mastodonte, sujeto por brazos metálicos que lo atan a la tierra, que lo mantienen erguido.

    En su asiento de la cápsula, Andrew recuerda la primera vez que vio un despegue. En 1969: el Apolo 11, con sus tripulantes destinados a hacer historia y a hollar por primera vez la Luna. Toda la familia alrededor del televisor en blanco y negro, aguantando la respiración, escuchando esa misma cuenta atrás que ahora él oye, la misma cuenta atrás de toda la historia de la astronáutica.

    —¡Yo también quiero ser astronauta y viajar por el espacio, papá! —exclamó entonces, con la mirada fija en la pantalla, estremecido de pies a cabeza.

    —Tienes que estudiar mucho y ser muy bueno; es muy difícil ser uno de los escogidos —declaró su padre, tenso, apretándole la mano con una fuerza excesiva.

    Él no se quejó, pero aquella resolución quedó grabada para siempre.

    —¡Seré astronauta!

    Una tensión palpable se eleva entre la gente que rodea el lago. Un niño, sobre los hombros de su padre, señala con el dedo; la madre se lleva la mano a la boca y cierra los ojos, no quiere mirar. El padre está rígido, las mandíbulas apretadas, los ojos abiertos, sin pestañear.

    2, 1, 0… Ignición.

    Un temblor como un terremoto se suma al temblor de Andrew, tumbado boca arriba en su asiento anatómico. Las correas lo sujetan por el tórax y el abdomen y le cuesta respirar. La espalda se aplasta contra el respaldo.

    En un instante —apenas un segundo— le viene a la cabeza todo el esfuerzo que ha tenido que hacer para vivir ese momento. Desde aquel día frente al televisor, con su padre apretándole la mano hasta casi hacerle crujir los huesos, compartiendo la excitación, hasta llegar a este asiento. Años de estudio, de preparación física, de luchar por pasar los exámenes, por ser uno de los designados. La carrera espacial se hacía en tierra antes de hacerse en el cielo.

    Competición constante, agresiva, implacable. Ser siempre el mejor. Luchar con todas las armas a tu alcance, aunque fueran artimañas. Como cuando tuvo que chivarse de su compañero por fumar a escondidas. Todavía le recome por dentro, pero así es la vida. Llegar a ser designado como uno de los tres tripulantes no es fácil y requiere hacerse de corcho.

    Johnny salta ahora sobre un pie y luego sobre el otro, con el robot tirado a su lado, sobre la alfombra. Ve la gran humareda y piensa que el cohete va a explotar, que se va a fundir en medio de tanto fuego, pero no: lo ve elevarse lentamente, como empujado desde abajo por una mano poderosa. Refleja el sol de la mañana en su coraza de metal bruñido.

    ¡Una nave espacial saliendo en busca de aventuras!

    Él también sueña en ese momento con surcar el espacio, enfrentarse a alienígenas y conquistar mundos.

    El niño sobre los hombros ve moverse el mastodonte y se agarra al pelo de su padre, que ni se entera del tirón, absorto en el despegue. La madre lanza un gritito que se diluye en el clamor general, que brota como un rugido.

    Durante los primeros segundos de vuelo parece que un elefante se haya sentado sobre su pecho y a Andrew le cuesta coger aire. Sabe que debe aguantar, que son solo unos minutos, y luego flotará ingrávido mientras ve alejarse la Tierra por la mirilla de la nave, rodeado de estrellas.

    Su sueño hecho por fin realidad. Vive la culminación de su proyecto, dieciséis años después de aquel momento en que decidió su futuro.

    De pronto, una luz brillante lo rodea, como una visión del sol que ilumina todo su entorno. Como ver a Dios refulgente llamándolo a su seno. No oye nada: solo ve la luz, antes de que sus ojos se cierren para siempre.

    Un “oh” horrorizado se eleva del campo que rodea el lago. Las luces se reflejan sobre su superficie como fuegos de artificio sobre un espejo. Un trueno llega más tarde, acallando las exclamaciones, para dar paso enseguida a gritos y lamentaciones. El niño, sobre los hombros, se queda pasmado, con los ojos abiertos; el padre cae de rodillas; la madre lanza un alarido.

    En casa todo el mundo está paralizado. No pueden creer lo que están viendo en directo. El locutor grita desde la pantalla. Una manta de plomo se ha posado sobre sus cabezas.

    —Papá, ¿qué ha pasado?, ¿ha explotado…?

    No hay respuesta, solo silencio.

    Nota la mano de su padre como una garra clavándose en la suya.
    Le hace daño.

    Johnny siente una garra en su garganta, hace un hipido contenido.

    Da una patada al robot, que sale disparado contra la pared y se rompe en tres pedazos.