LA LIBRERÍA DE VIEJO

Entré por curiosear; me gusta adentrarme en esas librerías de viejo en que dormitan libros que otros han desechado. Son lugares de recogimiento, como una iglesia, como los cementerios. Estaba limpia, pero tenía un aspecto polvoriento, como si los libros de las estanterías, muchos de ellos con las cubiertas roídas, dejaran escapar un polvillo invisible, de papel seco deshaciéndose, que iba invadiendo el ambiente y depositando una fina capa en las superficies, que, por mucho que se pasara el plumero, persistía de forma invisible. Ediciones de bolsillo alternaban con otras de tapa dura, las que inundaban los quioscos con los grandes clásicos, que las editoriales sacaban de vez en cuando, ya que no debían tener que pagar derechos de autor. Mis ojos fatigados miraban los títulos de los libros con la avidez del coleccionista, que busca un ejemplar único, que algún incauto hubiera donado o malvendido para hacer espacio en casa o para tener dinero para un café, tras deshacerse de unos cuantos ejemplares. Quizás hubiera tirado la estantería y puesto una vitrina, para colocar sus trofeos de golf o de dominó. Yo, como siempre hacía, buscaba una primera edición, o cualquier otro tesoro enterrado que pudiera adquirir a precio de saldo. Pero eran sueños vanos de un viejo que no tenía otra cosa que hacer que perder el tiempo. Que ocurriera algo así era tan extraño como encontrar el tesoro de Billy Bones. Si acaso era posible que el vendedor ignorara el valor del ejemplar, lo que era casi imposible es que al librero se le pasara por alto. Así pues, me paseaba despacio entre las estanterías abarrotadas, o revolviendo entre los libros, amontonados de cualquier manera, en cajones de madera. Mis dedos artríticos ya no eran ágiles y me costaba sacar ejemplares de los estantes donde estaban apretujados, abrir las tapas y buscar el año de la edición. Era un proceso lento, pero yo no tenía prisa; me gustaba el silencio de la librería, muy diferente al de esas grandes superficies del centro, tan iluminadas, donde la gente se amontonaba y se estorbaba mientras cogían libros y miraban la sinopsis de la contraportada intentando dilucidar si iba a gustarle a él o al amigo, o al familiar, al que quería regalarle algo por su cumpleaños y no sabían si ya lo habían leído, o solo miraban la foto del autor  para descubrir si tenía cara de ser alguien interesante. No, en esta librería de viejo, de ese barrio del Raval de Barcelona, solo veníamos pocos clientes y la mayoría de las veces estaba yo solo, con el librero de toda la vida con su pelo, rojo en otro tiempo, vuelto blanco como la nieve, y sus pecas doradas que se confundían con las manchas de los años. De vez en cuando recorría los pasillos con el plumero en mano, cambiando el polvo de sitio, haciéndolo caer de los libros al suelo o haciendo subir del suelo a los libros con su andar arrastrado. Era un símbolo del paso del tiempo, que también se arrastra como una anaconda: nunca sabes cuándo va a acabar de pasar y, cuando menos te lo esperas, ya ha pasado. Caminaba por el pasillo mal alumbrado, apoyado en mi bastón y torciendo la cabeza a un lado y a otro, para ver los títulos de las novelas, que no sé por qué no decidieron alguna vez que siempre debieran estar escritos en la misma dirección, no unos hacia un lado y otros hacia el otro. Uno acaba mareándose y con dolor en las cervicales, más a mi edad, o a la del librero. Así se iba pasando la tarde de un día cualquiera en la que me distraía a la vez que me movía entre libros: mi pasión desde hacía setenta años, cuando leí la primera novela de los cinco de Enid Blyton. Ya nunca dejé de leer desde que Dick, Peter, Anna y Georgina, junto con el simpático Tim, me llegaron al alma con sus aventuras llenas de buenos y malos. Aunque en realidad todo vino de la pasión de mi madre por los cuentos, cuando me acostaba y me arropaba y yo esperaba ansioso las aventuras de Hansel y Gretel, Blancanieves o el gato con botas. Siempre me emocionaron las novelas de piratas y de tesoros escondidos, como la del tesoro a que me he referido. Y, casualidades de la vida, mientras pensaba en la Isla del tesoro, mis ojos se dirigieron hacia un libro que atrajo mi mirada como un imán a las virutas de hierro, y resultó ser esa novela, Treasure Island, con el nombre del autor, Robert Louis Stevenson, escrito en letras doradas. El corazón me dio un vuelco y tuve que apoyarme en la estantería de madera para no caer redondo sobre el polvo del suelo. La cogí con mis dedos temblorosos y vi la tapa color ladrillo, sin imágenes, solo el título y el nombre del autor en letras doradas. Sin más adorno. Abrí y cerré los ojos sin poder creer lo que estaba viendo. Abrí las tapas y en la primera hoja apareció la joya: editorial de Cassell and Co. de 1883, primera edición. Fue pensar en esa novela y encontrarla, una predestinación, una jugada ganadora de los dados de Dios. El libro estaba acartonado y las hojas rígidas, quebradizas, pero que habían aguantado con entereza el paso del tiempo sin quedarse deshechas entre los dedos. La conservación era excelente. Mucho mejor que mi propio estado, por buscar un símil. El tiempo pasa lento para todos, pero no todos lo toleramos del mismo modo. En aquel momento parecí rejuvenecer quince lustros y me vi como un niño al que le han regalado el primer triciclo. Lo cogí como quien oculta un tesoro muy valioso, es decir, de cualquier manera, sin darle importancia, para que el viejo dueño no sospechara nada. Como describió el bueno de Poe en el relato «La carta robada», si quieres esconder algo, lo mejor es ponerlo a la vista de todo el mundo. Así que me fui a la caja como quien no quiere la cosa y tiré el libro de cualquier manera sobre el mostrador.

—Me llevo este, es para mi bisnieto.

—¿Ya lee novelas?

—Sí, mañana cumple doce años. Es muy listo.

—¡Hombre! Felicidades.

—Por lo que veo, sabe inglés. Sí que debe ser listo, sí.

—Se ha criado hablando inglés en casa. La mujer de mi nieto es de allí.

—Ah, claro, así se entiende. Pues que lo disfrute.

—Gracias, majo.

Salí despacio, mirando el escaparate, y no me puse a silbar para no hacer el ridículo. No obstante, al pisar la acera, parecía que la artrosis hubiera desaparecido; salí escopeteado sin dejar que el bastón tocara el suelo, como si me persiguiera un guardia y estuviera a punto de alcanzarme. Notaba la mano del librero, que, corriendo como un gamo, la posaba sobre mi hombro. Pero solo era mi imaginación; el pobre hombre no estaba para perseguir a nadie. No me calmé hasta llegar a casa y cerrar la puerta con llave. Ahora estoy sentado en la butaca al lado de la ventana; el sol entra a través del visillo e ilumina la estantería donde señorea mi libro. Ojalá tuviera un bisnieto a quien enseñárselo o leérselo al pie de la cama. Ojalá hubiera tenido al menos un hijo.

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