EL SILENCIO

Si observas con atención, te darás cuenta de que frunce el entrecejo y te preguntarás qué es lo que le altera. ¿Estará enfadado acaso? Te parece extraño, ya que está solo, sentado en la mesa de su casa, con un lápiz en la mano y una libreta abierta enfrente.

A pesar de empuñar el lapicero y mantenerlo en suspenso, un poco levantado, parece más inclinado a hincarlo en el papel que a usarlo para lo que estuviera escribiendo. Esa es la impresión que provoca la unión del ceño fruncido y la crispación de sus dedos.

—¿Qué es lo que escribe que lo tiene en este estado? —te estarás preguntando.

Pero te sorprendería saber que no es lo narrado lo que le provoca ese desasosiego. Es un ruidoso trasiego que oye por la casa y que no le permite concentrarse en lo que está haciendo.

Da un manotazo en la mesa y se levanta hastiado.

—¡Así no hay quien escriba! —le oyes quejarse mientras coge su cartera y coloca en su interior libreta y lápiz. Se pone un abrigo, se cala el sombrero y, con un exabrupto, se marcha, harto de tanto ruido.

Lo ves andar con paso rápido y la mirada fija, como oteando su destino.

—¿A dónde va tan decidido? —te preguntas intrigado.

Ha pensado que en la biblioteca del barrio encontrará el silencio anhelado.

Lo ves sentarse en una mesa corrida, abrir su libreta y empuñar el lapicero. Reina un silencio confortable que lo envuelve como si una manta cálida cubriera su cuerpo.

—¡Ah, qué lugar más tranquilo!. Aquí podré concentrarme para escribir mi novela sin que nada me desconcentre —suspira apacible.

Pero el paraíso es solo un sueño. Entra gente, busca en las estanterías; a uno se le cae un ejemplar al suelo, otro, pregunta al bibliotecario por una obra concreta. Ruidos. Siempre ruidos. Por todas partes, ruidos.

Cierra la libreta, recoge su lapicero y los coloca, con cierta brusquedad, en la cartera de cuero.

Lo observas levantarse y salir de la sala, no sin antes echar una mirada de fuego al empleado de la biblioteca, por su incapacidad para mantener el silencio.

Cómo envidia esos monasterios medievales en los que los monjes, en estricto silencio, copiaban con letra pulcra aquellos bellos manuscritos. Anhela ese sosiego sin el cual hubiera sido imposible tan delicada tarea.

Hoy en día es una utopía, un sueño delirante, pensar en la posibilidad de encontrar un espacio donde trabajar en silencio, para poder meditar y rebuscar en sus adentros las palabras necesarias con que plasmar sus pensamientos.

Lo miras alejarse de ese mancillado templo. Camina con paso decidido hacia la parada del autobús que lo lleve a otro destino.

—¿Dónde va ahora? —te preguntas.

Yo te lo diré: al cementerio.

Es lo mejor que se le ha ocurrido: los muertos no hacen ruido, y en algún lugar del extenso camposanto encontrará un banco donde escribir sin ser molestado.

Recorre las calles y callejones, busca el lugar idóneo. Le rodean seres callados e inmóviles: carne descompuesta, huesos, polvo y gusanos silenciosos. A esa hora tardía, los visitantes son escasos y cada minuto que pasa se encuentra más aislado de cualquier ruido.

Cae la noche y se acurruca en el callejón oscuro donde una farola alumbra temblorosa sobre el banco en el que está arropado por el abrigo. No se oyen ya pasos, precipitados o lentos, ni sollozos ni despedidas. Los operarios han recogido sus palas y paletas, con las que alisan el cemento que mantiene a los muertos encerrados en sus celdas por los siglos de los siglos.

Por fin puede abordar su tarea con tranquilidad. Lo encuentras ahí, a la luz de la farola, encorvado sobre su libreta y mojando la punta del lapicero en la lengua, dispuesto a escribir, por fin, su novela.

Ves el lápiz alzado, en suspenso, sobre la hoja de la libreta, todavía en blanco. Los dedos crispados y las cejas formando un profundo surco entre sus ojos. Puedes ver que un ligero temblor provoca que la punta del lápiz no sea firme y te preguntas si será capaz de escribir palabras inteligibles.

Observas una mueca en su rostro y unos ojos perdidos que miran a la noche.

—¿Qué le ocurre ahora? —te preguntas—. ¿No tiene lo que anhelaba? ¿No está solo y en silencio? ¿Por qué no escribe? ¿Qué le pasa?

Yo te lo diré: por ese silencio. Hecho de muerte y olvido. Pesado como las losas sobre las tumbas. Un silencio que desgarra y abruma, que paraliza y ofusca.

Los muertos no hacen ruido.
Tampoco escriben.

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