LAS IDEAS

¡Eureka!

¡Qué pocas veces soy capaz de entonar esta manida palabra! Por demás, proviene de una leyenda poco creíble. ¿Quién se va a creer que Arquímedes salió de la bañera, donde había derramado toda el agua por la loza del baño al meterse él, y se puso a correr desnudo por Siracusa al descubrir, de repente, el principio ese de todo cuerpo sumergido en un líquido que desplaza el fluido hacia arriba en un peso igual al que se sumerge? Bueno, más o menos. Pues yo no me lo creo. Llamadme escéptico.

A ver, para que a alguien se le ocurra algo original y diferente, debe currárselo mucho. Muchas horas de estudio, si se trata de un descubrimiento científico, o muchas horas de tanteos fracasados si hablamos de un verso o un párrafo con cara y ojos.

Al menos es lo que me ocurre a mí con mis escritos. Tachaduras y tachaduras, y luego tacho lo corregido para darme cuenta de que se entendía mejor con la primera versión de lo escrito.

Es un trabajo de chinos, o de benedictinos, o de cualquiera que se tome las cosas en serio. Ora et labora, que decían los monjes. Siempre me acuerdo, cuando pienso en estas cosas, del cuento de la hormiga y la cigarra, que me contaban cuando era niño. Yo quería ser cigarra entonces; envidiaba su holgazanería, el que estuviera siempre contenta y cantante, y no quería ser hormiga, tan aplicada y seria y con cara de mala leche, como me la imaginaba. ¡No me digáis que alguien querría ser hormiga cuando era niño! Lo que pasa es que muchos se han quedado anclados en esa ilusión y no han crecido, y todavía piensan que ser hormiga es un castigo divino. Que no digo que no lo sea, pero es lo que hay, que no hubieran mordido la manzana.

Pues a lo que iba, que nadie puede creerse que las ideas vengan así, de repente, mientras estás embobado mirando las musarañas, derramarse el agua de la bañera o caer una manzana de un árbol o, ya de forma más onírica, verse cabalgando sobre un rayo de luz, como se dice que le pasó a Einstein en la adolescencia. Eso son paparruchadas. Además, son falsedades muy perjudiciales, ya que hacen creer que las ideas vienen así, de improviso, sin buscarlas, y que puedes hacerte famoso de la noche a la mañana, por una genialidad que ha llegado de la nada.

Yo leo el famoso párrafo de don Miguel, ese que dice: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme», como para creerse que a Cervantes le vino de repente, cuando el propio don Alonso Quijano tardó ocho días en decidir cómo llamarse.

¿Eureka? ¡Chorradas!

No existen las musas que te susurran al oído las ideas que debes plasmar en un papel. Eso es cosa de panteístas. Igual en la Grecia antigua, la gente pensaba que los poetas eran meros vehículos que transmitían las chorradas que se les ocurrían a los dioses, que en sí ellos, los poetas, no tenían nada que decir. Pero desde que nos hemos vuelto escépticos y ateos, las musas han callado. Gracias a Dios. Y disculpad por el oxímoron, son cosas de la costumbre. Ahora, en nuestros tiempos, a las musas las llamamos de otra manera: inspiración, intuición súbita, asociación de ideas inesperada…

¡Huevonadas!

¡Intuición! ¡Inspiración! Todas esas palabras están vacías, no significan nada. La gente se pasa horas y horas esperando que le llegue la inspiración y, mientras tanto, no hace absolutamente nada. Y luego se queja, claro. Ay, es que no se me ocurre nada de qué escribir. Ah, qué desgraciado soy, estoy más bloqueado que un cerrojo oxidado.

Bah, me río yo de esas excusas. Si estás oxidado, ponte tres en uno y deja de lloriquear como un bebé sin teta.

Es que es muy cómodo soñar con la cornucopia, en que vivimos en un jardín rebosante de frutos, o que una madre nos proveerá de todo cuanto necesitamos, que siempre tendremos la teta disponible cuando abramos la boca. Y no, amigos, no. La cosa no funciona así. La tierra en que vivimos es estéril, da pocos frutos y hay que arar y deslomarse para sacarle algún provecho. El cuerno de la abundancia es un pitón de toro bravo; si te descuidas, te ensarta y te desangras.

No hay caminos trillados.

Así que, si quiero escribir algo, debo romperme los cuernos, sean de la escasez o de la abundancia, y no tengo jardín donde solazarme, solo cuatro macetas que debo regar cada día para que salgan flores, y esperar que no se hielen o cojan una plaga.

Bueno, y ahora debo dejaros, tengo que pensar de qué voy a hablaros hoy y eso tiene su curro. Que uno es cuidadoso y, cuando se baña, nunca se le desparrama el agua.

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