LA VENTANA

Estoy en la habitación. No es mi habitación. Miro por la ventana. El sol desciende despacio sobre la colina. Un árbol solitario se recorta en el cielo crepuscular. Es solo un perfil negro sobre fondo escarlata, como una sombra chinesca. Una lágrima asoma en el ojo y la seco con la palma de la mano.
Escribo un poema hecho de luz y sombra.
Unos versos sobre lo mirado: el árbol y el cielo, el crepúsculo y la sepultura.
La ventana me conecta con el mundo. Es una nada entre dos vacuidades. El mundo de las formas que se manifiestan, que mudan y mueren y renacen y vuelven a morir, en un círculo sin sentido, y mi vida que está inerte y estática, que ya ha pasado. Una línea truncada o cerca de cercenarse.
Ya solo me quedan ciertos recuerdos inconexos. Intento escribirlos para no perderlos, para no quedarme vacío.
El patio de la residencia está ya oscuro. Unos abuelos siguen ahí, sentados en butacas, arrimados a la pared, con mantas de lana a cuadros sobre sus piernas escuálidas. Captan los últimos rayos de sol como lagartos con la boca abierta y desdentada. Ahí está Manuel, con la punta de la lengua rosada asomando entre sus pálidos labios; allá Carmen, con los ojos pintados y colorete en las mejillas. Potingues que no engañan.
Yo solo miro desde la ventana.
Cojo mi pluma y la hago hablar sobre el papel rayado. Escribo sobre lo que veo, cuatro trazos, pequeñas pinceladas.
Intento recordar. Seguro que hubo alguien. Nadie ha estado siempre solo. Pero son sombras de mi memoria. Como la del árbol de la colina: solo siluetas sin rostro. Si lo hubo, ya no está. Se ha perdido entre las telarañas del desván. Solo polvo. No puedo oír ni las ratas correteando.

La casa está vacía. Solo cuando duermo aparece algo: imágenes deshilachadas que de vez en cuando parecen atarme al pasado, como un cordón umbilical hecho de cera que se derrite al salir el sol y despertarme. Pero no siempre. En ciertas ocasiones me queda una especie de recuerdo: un olor, un rostro desdibujado, un aleteo del alma. Entonces corro a escribirlo antes de que se desvanezca en la nada.
Las hojas se esparcen en el jardín como una sábana parda. Los árboles muestran sus manos descarnadas. Es el otoño del patriarca. No sé de dónde me ha surgido esta frase, pero me sirve. La escribo como si fuera mía. ¿A quién va a importarle?
Luego llegará el invierno. La nieve blanca sobre las hojas podridas. Parecerá que todo sea nuevo, pero debajo se esconderán los detritos como bajo una alfombra en una casa. Como se esconde lo que molesta.
¿Ha sido este mi caso?
Mejor no tener memoria. No quiero acordarme de nada.
La mano tiembla sobre el papel y dejo una mancha de tinta sobre la última palabra: vacío.

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