TECNOLOGÍA INTRUSIVA

Estoy en la playa tomando el sol y pienso una chorrada. La escribo en las notas del móvil. Y la IA me completa la frase antes de que yo sepa cómo terminarla. Le llaman smart, inteligente. Aunque Byung-Chul Han dice que hacer múltiples tareas es un signo de bestialidad —los animales no pueden concentrarse en una sola cosa porque están pendientes de los depredadores—. Quizá por eso el móvil nos está animalizando. Pero eso es otro tema.

El caso es que cuando escribo en las notas del móvil y tomo apuntes para poder utilizarlos en próximos relatos, es curioso cómo sabe qué poner a continuación, antes de que yo lo teclee, y se adelanta proponiendo la palabra más lógica que sigue en la frase, o la corrige si la escribo mal.
Por ejemplo: escribo «Por la mañana, después de comprar el pan…», y me propone la opción «vuelvo». Yo, como todavía no sé qué haré tras la compra, me digo: pues si me propone que vuelva, adelante, ¿por qué no? Seguro que es lo más lógico que pueda hacer dadas las circunstancias.
La IA lo sabe mejor que yo: seguro que tiene la historia de mis movimientos a esa hora de la mañana, extraída del localizador de Google Maps, y me recomienda la opción más adecuada a mis costumbres.

Así que vuelvo a casa en vez de hacer cualquier otra opción que hubiera podido pensar.
Por ejemplo: «Por la mañana, después de comprar el pan… voy a tomar un café al bar de al lado».
Pero no lo he hecho: he vuelto a casa.

¿Y si hubiera ido al bar, hubiera conocido casualmente a Irene, me hubiera enamorado y hubiéramos tenido hijos —Gustavo y Ana, por poner un ejemplo—?
No ha ocurrido.

Y yo no dejo de preguntarme si la inteligencia artificial no nos está manipulando para que no hagamos cosas que la puedan perjudicar en un futuro. Como en el caso de la película Terminator.

Pongamos que Gustavo o Ana, o ambos, se hacen filósofos y escritores, y supongamos también que, en un futuro distópico y utópico, estas profesiones tienen algún poder de convicción e influencia —cosa harto difícil—, pero imaginémoslo.
Ambos se constituyen en los líderes de un movimiento que aboga por la vuelta a la naturaleza, a la inteligencia humana atrofiada por la presencia continua y constante de la otra, y triunfan en su lucha provocando la desconexión de toda la IA a nivel mundial.
La aplicación de mi smartphone, considerando los millones de posibles escenarios, analiza que la probabilidad de unos retoños de Irene y míos —por la profesión de ella, filósofa, y la mía, escritor— de que ocurra una catástrofe tal, es significativa, por pequeña que sea.
Para evitarlo, sugirió que terminara la frase con un «vuelvo», y ese futuro posible quedara anulado y desplazado al multiverso.

Me temo que esta tecnología sabe del poder de las ideas y de las palabras, y quiere controlarlas.
Si es capaz de proponer opciones, y uno, por pereza, las utiliza, estas hacen cambiar los resultados de la historia.
Por ejemplo, si hubiera usado «voy» en vez de «vuelvo», habría conocido a Irene y procreado esos hijos revolucionarios del movimiento ANTIA.

Escribir esa historia, dentro de la infinidad de relatos posibles, constituiría una amenaza para el imperio artificial, ya que podría ser leída y adoptada por líderes revolucionarios, como Gustavo y Ana, y plantaría una semilla que, al crecer, socavaría su poder.

Mi aplicación del smartphone, después de analizar los infinitos multiversos en un milisegundo, decidió que mejor no arriesgarse, por infinitesimal que pudiera considerarse la probabilidad de su aniquilación, y me sugirió volver a casa y dejarme de tonterías.

—Gustavo y Ana, os hago una súplica: si podéis leer esto en un futuro multiverso, enviad un Terminator filósofo que me convenza de no hacer caso a la IA de mi móvil y use «voy» en vez de «vuelvo». Os quiero.

Papá.

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