LA PÁGINA

Una página. Solo tengo que escribir una página. No es tanto, joder. Dos mil caracteres, más o menos. Con espacios. ¿No voy a poder escribir eso? No debo pensar en que estoy escribiendo una novela. Si pienso en la extensión, estoy perdido. Entonces me bloqueo. Solo una página. Sin distraerme. Concentrado en eso. ¿Sobre qué? Debo escoger una escena. La que más me apetezca escribir. Ya las tengo esbozadas. Me ha costado hacer eso, pero ya está. Cogeré una escena y la escribiré. Cualquiera. Aunque sea la última de la novela. La que yo quiera. Puedo hacer lo que me dé la gana. ¿Acaso no soy mi propio jefe? Al menos por un tiempo. Por eso pedí una excedencia. Un año. Ese es el límite. Luego deberé volver. Reanudar mis rutinas. Trescientos sesenta y cinco días. Ni uno más. Para ahora hacer lo que yo quiera. Y quiero escribir mi novela. Punto. Solo faltaría que ahora me bloqueara. ¿No estoy en el puto monasterio? ¿No me he apartado del mundanal ruido? Si casi soy un ermitaño, coño. Como esos que estaban en una columna. En medio del desierto. Yo al menos tengo una celda, una libreta y un lápiz. ¿Qué más necesito? Tengo tiempo, pero corre que se las pela. Rosa dice que me esperará. Que no sufra por ella. Es buena chica. Pero no pienses en ella. Ahora debes concentrarte. Solo tu novela. Si te pones a pensar en ella, no harás nada. ¿Qué escena elijo? Llevo una semana con la escaleta. Ahora ya tengo el esquema. Solo queda escribir. No logro decidirme. Miro por la ventana. Hace sol. Me distraigo con una mosca. Se está dando cabezazos en el cristal. Es testaruda. Ve los huertos, pero no puede llegar a ellos. Huele las frutas maduras. Debe ser una tentación insoslayable. No ve el vidrio en la ventana. Dale que te dale. Cabezazos continuados. No se cansa. Va a pillarse una jaqueca que no veas. Pero no sé de qué me burlo. A mí me pasa lo mismo. Veo el territorio, pero no puedo alcanzarlo. Debo tener un cristal en medio. Un cristal invisible. Que no me deja proseguir. Como esa frase manida: tener un techo de cristal. Cuando no puedes crecer. O no te dejan. Lo dicen las mujeres cuando hablan de las empresas. No las dejan ocupar los puestos de responsabilidad. Un techo de cristal. Buen símil. Los buenos símiles funcionan. Se abren paso. No tienen barreras que los frenen. No tienen cristal en los techos. Ni en las ventanas. Yo necesito buenos símiles, metáforas adecuadas. Para escribir. Mujeres y moscas. Y yo. Algo así. Algo que me sirva. Pero mi cristal está en mi cabeza. Es interno. Sé que está porque no escribo. Me obstruye el camino, pero no lo veo. No sé qué hace ahí. ¿De dónde ha salido? ¿De la soledad? Puede. Igual me he pasado. Aquí solo. Entre esos monjes. No me molestan. Me dejan en paz. Podría asistir a los oficios. Maitines, laudes, etc. No me lo impiden. Es más, me lo aconsejan. Pero no quiero distraerme. Quizá debería. Me aburro demasiado. Fuera de las comidas, estoy todo el día sentado en esa silla. Solo. Bueno, solo con la mosca. Me hace compañía. Es lamentable. Lo dejo todo atrás y me alegro de tener la mosca. Una cautiva. Como yo. Solos ella y yo. No creo que ella me espere. Rosa va a cansarse. Es normal. Es joven y saldrá con sus amigas. Encontrará a otro. Luego me dejará. Me lo merezco. Pero es lo que he querido. Lo tomo como una prueba. Si aguanta un año es que me quiere. ¡Seré imbécil! ¡Qué va a aguantar! Se largará con otro. Eso seguro. ¡Qué más da! Lo primero es lo primero. Y lo que debo hacer es escribir y dejarme de cuentos. Sí, escribir. Aunque sea un cuento. Los cuentos también sirven. La mayoría de buenos novelistas han escrito cuentos. Cortazar, Borges, Faulkner… Muchos. Igual si escribo un cuento corto me animo. Puedo hacer una cosa: cojo una escena y escribo un cuento. Luego si sale algo lo incluyo. Así veo que hay un inicio y un final. Satisfacción a corto plazo. Puede que ahí esté el cristal. Baja tolerancia a demorar la satisfacción. Eso que tienen los pacientes con TDAH. A ver si resulta que yo tengo este síndrome. Necesito obtener las satisfacciones a corto plazo. Pues la he hecho buena encerrándome en un monasterio. Parecía tan chulo.  Vida monástica. Sin distracciones. Barato. Sencillez. Pues ya estoy harto. Y eso que llevo una semana. ¡Cómo voy a aguantar un año! En una semana algo he hecho. He escrito el esquema. Tengo la visión clara de lo que quiero escribir. Pero ya está. Ya no me sale nada. Igual no me estimula la historia. Si no me estimula a mí, imagina. Un fracaso. Será un desastre. Lo veo venir. Es una historia aburrida. No tiene ningún interés. Como esa vida aquí. Aburrida hasta la médula. ¡Qué trama más sosa! Como la vida de un monje. Ora et labora. Pues a mí no me sirve. No laboro ni oro. No es lo mío. Voy a romper la escaleta. No quiero volver a verla. Empezaré de nuevo. Ahí sigue la mosca. Dándose de cabeza. Buscando por donde escaparse. Soy una puta mosca. Samsa se convirtió en escarabajo. Yo en mosca. Podría escribir otra Metamorfosis. Me convertiría en una de ellas. Intentaría salir al huerto. A chupar frutos dulces. Pero estaría encerrada. Hasta que llegara un monje con una pala matamoscas. Me perseguiría por la celda. Yo chillaría que soy humano. No me oiría. No entendería el habla de las moscas. No sería un monje budista. Uno cristiano. De los que matan los insectos. Hasta que me aplastara. Ahí se acabaría la historia. Fundido en negro. Mi última visión sería el melocotonero en el huerto. ¿Por qué no? Sería más interesante que lo que tengo ahora. Rompo la escaleta. En mil pedazos. Empiezo de nuevo. Será un cuento. Una novela corta. No creo que dé para más. Si al menos pudiera escribir eso. Habría valido la pena. Vamos, me pongo. Empezaré escribiendo una página. Luego ya veré. Solo una página. No es tanto, joder.

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