SENTADO DETRÁS

Hoy voy sentado detrás del coche. En segundo plano. Me gusta eso: no ser el protagonista, no ser el responsable. No quiero preocuparme ni intervenir. Conduce mi hijo. No suele llevar coche, y yo podría estar ansioso, pero he decidido mantenerme al margen.

¡Qué placer supone no sentir que algo depende de ti! Dejar la responsabilidad en manos de otro. Poder disfrutar del paisaje o ponerse a escribir en el móvil, como ahora hago.

De todas formas, no es tarea fácil ceder el mando. Cuando uno ha llevado siempre las riendas, ser un segundón no gusta. Quieres intervenir, ordenar, guiar, o como mínimo aconsejar, sin darte cuenta de que nadie te está pidiendo consejo.

En mi vida laboral pasé de detentar grandes responsabilidades a tener que rebajarlas. Bajé un escalón en la jerarquía. La empresa en que trabajaba fue adquirida por otra mayor y yo fui recolocado en un puesto de menor responsabilidad. Viví el cambio con angustia y decepción. No lo llevé bien, y la consecuencia fue un estancamiento en mi carrera y un posterior deterioro, en el que me sumergí en una espiral negativa.

No, no es fácil asumir la insignificancia cuando has ostentado poder.

Este sentimiento de falta de valor para los demás que tiene el derrocado es narcisista: necesita y busca demasiada atención, y quiere que los otros le admiren. Y solo se siente así si obedecen sus designios, si acatan sus dictados. Desconoce otro tipo de respeto, el que resulta del amor o el altruismo.

La ambición de cualquier poderoso es perpetuarse. No bajar de la poltrona, no ceder el bastón de mando. Por eso a los tiranos hay que echarlos a la fuerza, mediante revoluciones y guillotinas, o levantamientos populares más o menos sangrientos (Luis XVI, el zar Nicolás II, Nicolae Ceaușescu o Muamar el Gadafi, entre otros). A veces solo acaban cuando se pudren en su trono —como el detestado Francisco Franco—, sin haber asegurado una continuidad, por soberbios y creerse inmortales, o por desidia y no importarles lo que vendrá después de ellos.

Ahora que voy sentado detrás del coche, sin compromiso, disfrutando del paisaje, entiendo también a aquellos que les da temor asumir responsabilidades y prefieren ser guiados y aceptar el poder de otros. Ese miedo a la libertad, del que nos habló Fromm.

Freud escribió sobre la pulsión del apoderamiento: la voluntad de ejercer control y su reverso, la necesidad de obedecer. Byung-Chul Han llamó a esto sociedades disciplinarias: estructuras basadas en la obediencia que, llevadas al extremo, desembocan en tiranías, gulags, campos de exterminio.

¡Qué cómodo era que otros nos sacaran las castañas del fuego! Que alguien nos protegiera cuando estábamos asustados.

Todas las grandes cesiones de poder han surgido del miedo: hemos cedido poder absoluto a Dios por miedo a la muerte; a dictadores como Hitler o Stalin por miedo a la libertad; a los supremacistas de hoy por miedo a los inmigrantes y a la otredad.

Mientras voy sentado detrás, cediendo el poder a mi hijo, veo pasar campos de labranza, con el trigo ya segado, los rollos de paja diseminados aquí y allá. El mar apareciendo y desapareciendo entre colinas de la Costa Brava: zafiro sobre esmeralda. Voy tranquilo, sin intervenir ni aconsejar. Dejándome llevar. Abandonándome en un ensueño. Y sintiendo, por fin, que no pasa nada si no tengo el control.

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