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  • EL NIRVANA

    —¡Mamá, mamá! ¡Ven! ¡Corre! ¡Se ha despertado!

    Caramba, menudos gritos, ni que fuera algo raro que me despierte. A Lucía, desde que ha entrado en la pubertad, no hay quien la entienda.

    —¡No puede ser! ¿Estás segura?

    Esa es Esther. ¿Pero qué les pasa? Se han trastocado.

    ¿Qué se ha hecho Esther en el pelo? Lo lleva de tonos caoba y rizado y esta mañana era liso y negro, con canas que le daban un aire interesante. ¿Cuándo ha ido a la peluquería?

    El techo es blanco, qué raro. ¿Dónde estoy? Solo veo ese techo. ¿Y el ordenador donde estaba escribiendo? Lo tenía en frente hace un momento.

    Veo la cabeza de Esther que aparece frente a mis ojos por la derecha. ¿Está llorando? ¿Qué le pasa? Ah, y ahí está Lucía con unos ojos como platos y la boca abierta. Casi puedo verle las amígdalas.

    «Cierra esa boca, hija».

    —Llama al médico, rápido. Pulsa ese botón rojo que está a tu lado —dice Esther levantando los ojos hacia Lucía.

    ¿Al médico? ¿Para qué quieren un médico?

    Creo que me habré dormido escribiendo la novela. Pero debe haber sido una cabezadita de nada. Me sentía cansado y me dolía un poco la cabeza. Me habré quedado traspuesto. Pero es extraño que no esté en mi butaca y solo vea ese techo blanco.

    No creo que dormirse un ratito sea motivo para llamar al médico, ¿no? Además, me encuentro de maravilla, como hacía años. No me duele nada, es un estado de placidez absoluto. Me ha sentado de maravilla esta siestecita. Solo que noto la boca un poco reseca y con un regusto metálico. Me iría bien tomar un poco de agua. ¿Dónde debe estar el vaso?

    Esther me pasa la mano por delante de los ojos, de un lado a otro. Me marea un poco.

    —¿Puedes verme, papá? ¿Me oyes?

    Ya te digo que está rarita la niña. ¿Dónde está Lucía? No la veo. ¿Por qué no puedo girar la cabeza y mirar alrededor? Será que me acabo de despertar y todavía estoy un poco aturdido.

    —Mire, doctor, ha abierto los ojos, ¿lo ve? Ya se lo decía yo, que no había que darlo por perdido.

    Lucía aparece en mi campo de visión y al lado, un hombre joven con un fonendo en el cuello que le cuelga como un péndulo.

    —Vaya, vaya —dice ese hombre vestido con bata blanca. Debe ser un médico claro. Los indicios son claros. Tiene un martillito en la mano, con el cabezal triangular de goma de color negro. Me lo enseña.

    —Voy a darle unos golpecitos, no se alarme —me advierte, como si yo fuera un niño.

    Se va de mi visión y luego vuelve. Saca una linternita del bolsillo superior de la bata y me enfoca en los ojos. Cierro los párpados.

    —Abra los ojos, Manuel, debo explorarle.

    Los abro, obediente.

    Todo es muy extraño, quizá esté soñando. Está claro que me habré dormido mientras pensaba cómo continuar con la escena que estaba escribiendo. Pero de eso no hace más de unos minutos; recuerdo perfectamente por dónde iba. La chica iba a saltar un obstáculo con el caballo cuando este se paró en seco, asustado, y ella, Sonia, salió disparada por encima de la cabeza del jamelgo. Se partió la columna a la altura del atlas.

    —No reacciona —dice el médico. No tiene reflejos. Le haremos un electroencefalograma.

    Un electroencefalograma; solo decir la palabra me siento fatigado, noto que se me cierran los párpados.

    Me habré vuelto a quedar dormido. Sí que ando fatigado. Es que por las noches me cuesta dormir. He soñado con Sonia. Se ha quedado tetrapléjica. No puede mover el cuerpo de cuello para abajo. Va a tener que empezar una nueva vida, apreciar las cosas de otra manera. Aprender a ser feliz solo con el pensamiento.

    ¿Dónde está mi ordenador? Tengo que ponerme a escribir. Tengo la imagen de la escena en la cabeza y no quiero perder el hilo.

    —¿Estás bien, cariño? —oigo que dice Lucía asomando su cabeza por encima.

    «Claro que estoy bien, solo un poco cansado», le digo.

    ¿Pero se puede saber dónde estoy? Es como si me hubieran abducido de mi butaca a esta habitación donde todos hablan y hay un médico. Me extraña que no me oigan. ¿Y por qué no puedo apartar la mirada de ese techo de pladur?

    Parece un hospital. ¿Qué hago yo en un hospital?

    —¿No puede hablar, doctor? —pregunta Lucía con tono angustiado, saliendo de mi vista.

    —¿Nos oye? —se interesa Esther a lo lejos.

    «Claro que os oigo, ¿qué os creéis, que estoy sordo?»

    Lo que parece es que ellos no me oyen a mí.

    —Es posible, pero no tiene reflejos. Las pruebas son bastante desalentadoras, pero de momento está en estado vegetativo —explica el médico.

    Nombra una serie de ondas de letras griegas.

    —Son débiles, pero parece que haya un poco de respuesta a estímulos visuales y auditivos. No estamos seguros. Hay que esperar.

    ¿Estado vegetativo? ¿Se ha vuelto loco?

    ¿Cómo no voy a tener el cerebro activo, si estoy escribiendo mi novela? Para ello se necesita tener ideas, creatividad, empuje. La que se encuentra en coma es Sonia, no yo. No me fastidies. Ella se ha partido la médula y cuando se despierte estará parapléjica. Pero yo estoy perfectamente. No me duele nada y me siento como en el nirvana de los budistas.

    —¡Ay, Dios! —se lamenta Lucía. —¿Qué podemos hacer?

    —De momento, esperar y hablarle. Puede que nos oiga. Eso le ayudará. Pero no sabemos cómo evolucionará, si se recuperará o se quedará así. Es pronto para saberlo. Tras dos años en coma es raro que haya despertado, pero no hay que hacerse muchas ilusiones.

    Dos años en coma. ¡Anda ya! ¿De quién estarán hablando? De mí no, desde luego. Hace un rato estaba escribiendo mi novela. Esto es absurdo.

    Giro los ojos hacia los lados, pero sigo mirando el maldito techo.

    Quiero gritar, que me escuchen, pero parece que solo me oigo yo. No reaccionan a mis gritos.

    —Daremos un tiempo para ver cómo sigue, pero si no evoluciona, si se queda tal como está, será ya decisión de ustedes qué paso dar.

    —¿Se refiere a la eutanasia…?

    —Sería una posibilidad en el caso de que…

    ¡Eutanasia! ¿Pero de qué van? ¡No estarán hablando de mí!

    ¡ESTOY VIVO, JODER!

    ¡NO ME OÍS!

  • LA PELUCA

    El mar parece una sábana recién planchada extendida sobre una cama infinita y Francesco lo mira con los párpados medio caídos, mientras el sol de la tarde resbala perezoso, delimitando una pista anaranjada que reluce sobre el agua. El aire está inmóvil y pesado, recalentado por más de doce horas de un sol implacable en este día de agosto en la Costa Amalfitana.

    Lleva un gorro de paja que muestra rastros de sudor en las fibras entrelazadas, tras pasar tanto tiempo sometido a los rigores del calor estival en ese sur de Italia. Está sentado en una silla plegable de aluminio y tela azul cielo y blanco, a rayas anchas, y anota en un cuaderno sus apuntes para la novela que lleva escribiendo todo el verano. De tanto en tanto mira la punta de la caña por si detecta algún pequeño movimiento que indique la mordida de un pez, o al menos un tanteo. Un estremecimiento mínimo que consiga sacarle del sopor y levantarse, coger el aparejo con las manos y comprobar si el pez solo lo está rozando, oliendo, o si se ha tragado el anzuelo.

    Lleva todo el día esperando a que una lubina o una dorada caigan en el engaño y le proporcionen una cena suculenta. Pero la caña sigue muda, inmóvil, como un dedo que apunta al cielo, al disco dorado que desciende sobre el horizonte para ser tragado por las aguas. Le da la impresión de que cuando penetre en el mar se producirá un sonido como cuando pones una sartén caliente bajo el agua, un shrrrr, y se levantará una nube de humo.

    En estos momentos de calma y calima, su mente parece detenerse y volverse contemplativa; se posa sobre una idea y la sopesa y le da vueltas por un lado y otro, la mira en todos sus ángulos y penetra en todos sus recovecos. Puede que sea una idea simple, un hecho cotidiano, una palabra oída o la expresión de una cara que le haya sorprendido. Recrea en su memoria esa palabra, ese gesto, esa cara. Y hace una historia a su alrededor, un cuento que va naciendo en su mente adormecida: la sitúa en un contexto diferente, le da un contenido, le otorga una nueva vida. Y mientras discurre sobre cómo la imagina, va mirando la caña que se mantiene inmóvil hincada al suelo de la playa dentro de su soporte que la mantiene clavada y erguida.

    La chica de pelo rubio y largo, que caía como un abanico sobre su espalda mientras él andaba tras ella, giró la cabeza con ojos atemorizados y aceleró el paso, como si alguien la estuviera siguiendo, o se temiera que alguien la perseguía. Seguramente había hurtado una pulserita del comercio del principio de la calle y ahora estaba nerviosa, por si la habían visto llevarse esa baratija. O no, quizá la historia era más espeluznante y pensaba que su pareja la perseguía para darle una paliza, por haber caído en la tentación y dejarse llevar por su excitación con ese vigilante de la playa. Los ojos eran de verdadera alarma cuando se giró y lo miró a la cara. Él se fijó si sus manos hacían la señal que avisaba de un maltrato: los cuatro dedos extendidos. Pero no hubo nada, no debía tratarse de eso, ¿o acaso ella no conocía ese mecanismo de protección que avisaba de un peligro de violencia machista?

    Nota un pequeño estremecimiento en el extremo más fino y sensible de la caña de pescar y deja de escribir un momento, pone la libreta en el suelo y el lápiz al lado y se levanta, no sin cierto esfuerzo —está entumecido tras tantas horas sentado— y coge la caña en sus manos. Espera paciente a que se repita ese toque apenas insinuado y, al darse cuenta de que el pez no insiste, recoge lentamente un poco de hilo para dejarlo tenso sobre el mar en calma. La línea atraviesa la superficie unos veinte metros por delante y el hilo y su imagen reflejada forman un ángulo agudo sobre el agua.

    Vuelve a sentarse y ve cómo el sol va ocultando su roja cara sobre el mar por el oeste de la ensenada.

    Ese pelo, ¿no era demasiado rubio y bien peinado? Igual era una peluca, un disfraz, para no ser reconocida por su pareja o por la policía. En realidad, era una mujer morena de pelo ensortijado, quizá de raza gitana, e iba bien maquillada para darle un aspecto más pálido, el de una mujer nórdica. Puede que fuera más joven de lo que representaba y que se hubiera escapado de casa, donde unos padres tiránicos le cortaban las alas y no la dejaban vivir su vida. Ese novio que se había echado no les gustaba, era un payo y querían que rompiera la relación, que no era aceptable que la vieran pavonearse con uno de otra raza, y ahora huía de casa, espantada, para lanzarse a los blancos y pecosos brazos de su amado y vivir su aventura. Quizá pensó que yo era su padre que la perseguía y de ahí su cara alarmada.

    El vigilante de la playa estaría esperándola al final del paseo, con su vespa de color verde policromada, y ella se sentaría a lo amazona detrás de él y saldrían disparados hacia la libertad soñada. En el bolso solo llevaría cuarenta euros que habría cogido del bolso de su madre y esa pulserita que había robado esa mañana en la tienda del paseo marítimo o de la calle que a él desembocaba.

    Percibe, medio adormecido, que la caña se abomba y tuerce el cuello hacia el mar ya oscuro. No es una picada vibrante, más bien una inclinación constante, como si el anzuelo hubiera enrocado o enganchado en algas. Se levanta con cara de fastidio; solo le faltaba tener que cambiar el anzuelo ahora que la luz había menguado.

    Recoge hilo y le parece que lleva algo arrastrando; tira de la caña hacia atrás y recoge más hilo. Quizá sea un plástico o cualquier desperdicio que han arrojado a ese mar moribundo.

    Ve acercarse el plomo y, más allá, una mancha alargada. Se pregunta qué debe ser eso que arrastra. Cuando lo levanta del agua, se queda parado, sorprendido, angustiado:

    Una peluca rubia, de pelo largo y lacio, cuelga del anzuelo como un trapo desechado.

  • ESPEJOS

    Tengo una sensación extraña, como esa que te ocurre cuando alguien detrás tuyo te está mirando fijamente y notas que el pelo se eriza,  como si te tocara con la mirada.

    Un cosquilleo en la nuca.

    Estoy en una mesa del rincón de la cafetería y tengo el portátil delante de mí. Estoy preparándome para escribir sobre mi personaje, un escritor que se sienta en el lugar donde estoy en esta escena.

    Hoy voy a aprovechar que escribo habitualmente en esta cafetería para describir el ambiente. Me gusta sumergirme en un escenario que me permita visualizar con detalle el lugar donde sitúo al protagonista; así puedo ser más realista y describir con precisión lo que él ve mientras se encuentra en esta mesa que ahora ocupo. Le he puesto Dorian de nombre. Tiene una sonoridad y una… no sé cómo expresarlo: ¿languidez, elegancia? Siempre me ha gustado.

    Pues a lo que iba, estoy aquí, ambientándome. Es un local reformado, pero que mantiene toques de cafetería del siglo pasado. Tiene una barra de madera oscura a lo largo de la pared de la derecha, con reproducciones de Casas, Rusiñol y Nonell, que encajan a la perfección con el decorado de estilo modernista del local. Un espejo amplía la perspectiva y unas pizarras colgadas en la parte superior, tocando al techo, anuncian las especialidades de la casa: sirven tapas y tienen una carta corta por si quieres comer algo a mediodía o en la cena.

    El suelo es de baldosas de color crema que, en la juntura central de cada cuatro, forman un rombo de color negro. Las mesas son de mármol sobre una estructura de hierro colado pintado de negro: típicas mesas donde se jugaba al dominó en otros tiempos.

    Sigo sin descubrir qué es esa alteración que me perturba.

    Mario se acerca con su bigotito a lo Errol Flynn y una sonrisa perpetua en los labios.

    —¿Cómo estás, Óscar? ¿Cómo le va a Dorian?

    —Estamos bien, Mario. Yo, con un espíritu creativo; Dorian, a lo suyo, dándome quebraderos de cabeza.

    Mario se puso las manos en las caderas y meneó la cabeza de lado a lado.

    —Es que escribir sobre un escritor… No sé, me parece un lío de muy señor mío. Como si yo me sentara en la barra y me preguntara a mí mismo qué quiero tomar.

    —Ja, ja. Muy bueno. Sí, supongo que es un poco lo mismo.

    —Bueno, ¿te pongo lo de siempre?

    —Sí, por favor.

    Me pongo a lo mío mientras espero el pedido.

    Dorian está impaciente esperando que el camarero, Mauricio, le traiga el café con leche desnatada.

    No, no va a tomar lo mismo que yo. No le pega a Dorian. Él está delgado y no engorda coma lo que coma. Mejor un vaso de vino y un bocadillo de jamón. Ya que yo no debo, al menos que lo tome él.

    Mira a su alrededor y se ve reflejado en el espejo; lleva el pelo rubio despeinado y le cae sobre la frente; se lo peina con las manos. Debe tener buena presencia; ha quedado con su agente literario y tiene que mostrarle el borrador de su novela.

    Llega Mario con el café con leche y lo coloca sobre la mesa.

    Cuando lo veo llegar con la bandeja en la mano me fijo en un pintor situado en la sombra en la parte de atrás del local. Estaba plantado frente a un lienzo en un caballete, con una mesita al lado llena de tubos de pintura y vasos con agua o disolvente.

    Quizá sea eso lo que me ha perturbado desde que he llegado.

    —Oye, Mario, ¿quién es ese que está sentado en la otra punta del bar? —le pregunto interesado—. No lo había visto nunca. ¿Está pintando?

    —Pues sí. El dueño le ha encargado una pintura del local. Parece que se conocen y dice que es bueno.

    —Ah, qué interesante.

    Cuando Mario se retira uso el pintor en mi novela.

    Dorian ve un pintor que está enfrascado con sus pinceles al fondo del local; toma medidas con la punta del pincel, alargando el brazo y guiñando un ojo. Luego da cuatro trazos. El editor se retrasa y ya ha terminado el bocadillo. Le pide a Mauricio que le traiga un carajillo de coñac. Tiene que ponerse un poco a tono. Ve por el espejo de detrás de la barra que el pintor está haciendo un cuadro del propio local. Desde lejos no ve bien los detalles, pero es del estilo de los cuadros modernistas que cuelgan de la pared.

    Tendré que ir a ver qué tal le sale el cuadro. Le pediré a Mario que nos presente; entre artistas no creo que ponga problemas. Soy un gran aficionado a la pintura y siempre me ha interesado cómo los pintores retratan el mundo, desde cualquier perspectiva, ya sea realista o expresionista. Incluso el cubismo me agrada; un poco menos la abstracta; ahí me pierdo.

    —Oye, Mario —le solicito cuando pasa por mi lado. —¿Podrías presentarme al pintor? Me gustaría contemplar el cuadro.

    —Claro, es un tipo muy agradable. Espera que sirva esa mesa y te acompaño.

    Mientras espero, sigo con Dorian.

    Está aburrido porque el editor no llega y quiere matar el tiempo. El pintor lo tiene intrigado; se levanta decidido y se acerca a donde está el chico pintando. El coñac le ha envalentonado y no teme molestar.

    —Hola, ¿qué pintas?

    —Buenos días…

    —Oh, sí, perdona… Buenos días. ¿Qué pintas?

    —Míralo tú mismo.

    —¡Anda, si es la cafetería! Es perfecto, ¡qué nivel de detalle!

    —Bueno, me han pedido que haga un cuadro del local; debo ser detallista.

    —Y ese tipo con un ordenador en la mesa del lado de la ventana. ¿Qué hace?

    —Mauricio me ha comentado que hay un escritor famoso que viene casi cada día y que tiene esa mesa como lugar de trabajo, así que lo he incluido en el cuadro.

    En ese momento entra el editor, con cara de agobiado, mirando de un lado a otro. Dorian alza la mano y se despide del pintor; se sientan en la mesa del lado de la ventana donde el retratista había situado al escritor.

    Mario me interrumpe.

    —¿Qué, Óscar, quieres que te lo presente?

    —Sí, sí, vamos.

    Me levanto emocionado y le sigo.

    —Hola, Basilio, permíteme que te presente a nuestro escritor favorito: Óscar, este es Basilio.

    —Hola, Basilio, encantado y disculpa mi intromisión…

    —No te preocupes, Óscar. Encantado. Ya casi estoy terminando.

    —¿Me permites que lo mire? Soy un apasionado de la pintura.

    —Claro, ya le falta solo algún que otro pequeño retoque y listo.

    Me separo un metro y miro fascinado la obra. Todos los detalles están recogidos con un realismo excepcional. De pronto, me quedo pasmado, noto un temblor en las rodillas y debo apoyarme en el respaldo de una silla. Siento un sudor frío y un estremecimiento.

    —¿Te ocurre algo? Te has quedado pálido.

    Señalo con el dedo al personaje que está en la mesa al lado de la ventana, al fondo: pelo rubio despeinado, un bocadillo de jamón y un vaso de vino.

    Por fin entendí el cosquilleo en la nuca.

  • EL INICIO

    En el principio creó Dios los cielos y la tierra…

    Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche.

    Génesis 1-5

    Me meso los cabellos, desesperado. Se ha hecho de día; el sol acaba de aparecer por el horizonte dejando atrás las tinieblas.

    Desde mi balcón, frente al mar, la altura me provoca un estremecimiento. Estoy en un decimoquinto piso y es el día de San Juan. Oigo a los jóvenes gritar en la calle, tras una verbena de alcohol y fuego.

    Las gaviotas graznan en un contrapunto angustiante, como si estuvieran llorando por las brujas que huyen, por las penas que arden.

    Yo estoy sentado en la mesa de la terraza, al lado de la baranda. El calor todavía no me deja aletargado, cosa que ocurrirá en unas pocas horas. Veo el sol sanguíneo apuntando sobre el horizonte. Debo darme prisa. Tengo que empezar mi relato.

    Dice un refrán español que «el comer y el rascar, todo es empezar», pues debería ser igual en el escribir, me digo para darme ánimos. Pero no. Al comer, si te gusta el plato, el primer bocado es fácil; solo puede frenarte el temor de que no esté bien preparado, poco o demasiado salado, con una cocción inadecuada. Te pones un poquito sobre la lengua, paladeas con atención y, si te gusta, lo demás viene dado. El rascar, en cambio, es la satisfacción de una urgencia inmediata, aunque después te cause un mayor perjuicio y se te infecte la picada del mosquito. No tiene un objetivo más a largo plazo. Me pica, me rasco y punto. La historia se acaba donde ha empezado.

    Pero el escribir es otra cosa: la primera frase va a condicionar el resultado. Quizá sea la que hará que tu convidado a la cena acepte la invitación o te dé una amarga negativa. Una excusa teñida con el color del rechazo.

    Pero, por algún lugar deberé empezar. Tendré que ponerme a ello.

    Puedo inspirarme en primeras frases famosas:

    «Llamadme Ismael»

    Llamadme cobarde. Pero yo diría más bien prudente; no es cuestión de lanzarse a lo loco, sin planificar, etc., etc.

    Es un buen inicio; a partir de ahí podría seguir escribiendo. Tiene gancho. Pero ese llamadme, ¿no es demasiado evidente? Creo que la gente lo vería como un plagio, menos que empezando, no sé: En un lugar de Catalunya de cuyo nombre… Aun así, ese comienzo es demasiado conocido. Además, yo no voy a narrar mi historia, ni la de un capitán ballenero, o la de sus demonios.

    Miro por encima de la baranda y veo que el disco rojo está amarilleando. Los chavales se van dispersando y se van a dormir la mona.

    Veamos:

    «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…»

    Muchos años después, frente al pelotón de inclementes que leyeron mi relato, me sentí expuesto como el cuello de un cerdo ante el cuchillo del carnicero, etc.

    Bueno, no está mal, es empezar por el final y luego ir recordando. Pero no es lo que quería hacer. Mi personaje no forma parte de una saga familiar. No tiene nada que ver. Es como meter un pegote de entrada para que suene bien. Mi historia ocurre en tres meses, no en cien años.

    Me saco la camiseta; ya comienza a apretar el calor. El sol ya ha adoptado su furia blanca.

    «Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.»

    Hoy me he sentido desfallecer, o quizá hace días, no lo sé. Un sentimiento de angustia se ha ido instalando en mi espíritu, como un banco de niebla tenue hasta invadirlo todo, etc.

    Sí, este podría ser un buen inicio. Es adecuado para mi personaje; está un poco desconcertado. Hace mucho calor y eso le ofusca la mente.

    La gente va ocupando su sitio sobre la arena. Yo sigo dándole vueltas a cómo comenzar el relato. El calor será insoportable en poco rato y mi mente se fundirá y no seré más que un lagarto con la boca abierta en medio del asfalto.

    Este inicio me lo guardo. Puede que lo utilice, pero no acabo de estar convencido.

    Otra opción me viene a la cabeza:

    «Todas las mañanas, cuando Gregorio Samsa se despertaba…»

    Todas las mañanas, cuando me despierto, me siento un gusano, etc. No, esto no vale. Nada que ver con la fuerza de Kafka. Descartado.

    Me levanto y voy a la cocina; me hago un café con leche. Esto no avanza.

    «Si de verdad les interesa lo que voy a contarles…»

    Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, no se vayan a la playa, ni enciendan el televisor… ¡Léanme!… ¡Seré imbécil! Ni que fuera mi personaje un adolescente expulsado del colegio. No, es un hombre hecho y derecho. Además, oye, si la gente quiere ver la tele quien soy yo para…

    La verdad es que el cerebro se me está reblandeciendo; es esa mierda de calor. Estamos en plena ola. Noches tórridas de más de veinticinco grados de mínima. Así no hay quien haga nada. Ni dormir, ni escribir. Me iré a la playa y me meteré con el agua hasta el cuello. O hundiré la cabeza bajo el agua y ya veré si me acuerdo de sacarla.

    En el principio era el verbo. Hoy, solo el calor.

  • EN UNA TASCA

    Están sentados alrededor de una mesa; AU es un escritor un poco trasnochado, según opinan los contertulios. Yo no he leído nada de él, por lo que mi opinión no cuenta. Tiene el pelo entrecano y unas voluminosas bolsas más oscuras destacan en una cara pálida y mal afeitada. Los hombros están caídos, como si sobre ellos descansara el peso del mundo. Un Atlas marchito. Recuerdo la imagen de ese coloso en un dibujo del libro de primaria; se me quedó grabada en la cabeza: un tipo formidable con el globo terráqueo sobre su espalda. Enfrente está PE, un joven descarado; tiene el pelo ensortijado y despeinado, un bigote con perilla, todavía ralo, como un asomo, más prometedor que bien consolidado. Su mirada es clara, brillante y su voz algo estridente. Cuando habla, no se contiene, todo furia y vehemencia, siempre pone el grito en el cielo. A mí me parece algo insolente, pero claro, yo solo soy un vulgar camarero, observador de la vida desde mi posición estratégica. A la derecha, según los estoy observando, mientras limpio los vasos detrás de la barra, se sienta NA. Parece desconcertado, mirando a uno y a otro, metiendo baza en medio de las discusiónes. No le hacen mucho caso. Es como esos invitados de relleno en una cena de palacio. Un bufón que alegra el cotarro, pero sin más enjundia que valor propio. Es un tipo indefinido; al menos yo no puedo saber claramente lo que piensa. Los tres vienen a menudo a echar unos vinos y NA un día habla de una manera y otro de otra. No sé a qué atenerme.

    Parece que hoy están más acalorados que de costumbre. Me temo que va a correr el vino; ya llevan unos cuantos vasos de este tinto peleón. Espero no tener que poner orden.

    —Mira, AU, eres un tipo importante, no lo niego, imprescindible si quieres al principio, pero una vez has puesto la semilla, lo mejor que puedes hacer es retirarte y dejarme que haga lo que me apetezca —comenta PE mirando a AU desafiante.

    —Serás descarado, niñato. Eres un producto de mi cerebro. Si no te pienso, no existes. ¿De qué vas, desgraciado? No te das cuenta de que, si quiero, te elimino.

    —No seas iluso, AU. No es tan fácil acabar conmigo. Pregúntale a Sir Arthur cuando quiso matar a Sherlock —repuso PE, mientras le daba un trago a su vaso de tinto.

    Veo que NA quiere meter baza, pero PE no le deja.

    —Joder, AU, ya podrías habernos citado en el Palace y rascarte un poco el bolsillo. Este vino es un matarratas —se lamenta, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

    No puedo por más que estar de acuerdo con él. Este vino que compran en esta bodega es más malo que el vinagre. Pero veamos qué dicen esos, que hoy tengo que estar pendiente de ellos, no vaya a montar una tangana.

    —Pues yo pienso que lo que importa en una buena novela es que yo la cuente de forma correcta. Ya puede AU ser un genio o PE, un galán atractivo, que si yo no lo digo de forma convincente, no sois nadie, ni el uno ni el otro —dice NA dando un palmetazo sobre la mesa.

    AU lo mira con una sonrisa socarrona en sus labios resecos. Da un trago para humedecerlos.

    —Tú ni pinchas ni cortas, yo te visto como quiero. Solo me falta que vengas también tú a tocarme lo que no suena —se lamenta con voz cansina.

    —En eso te doy la razón, AU: NA, ya no pinta nada. En otros tiempos dejaban que opinara, pero eso está mal visto hoy en día. Y es normal. ¿Qué coño tiene que opinar? Que se limite a decir lo que ve y, por lo demás, que calle.

    NA hizo un ademán de levantarse, apoyó las dos manos sobre la mesa, pero a la orden de AU volvió a sentarse. Se le veía muy irritado.

    —No vais a poder prescindir de mí, ya sea usándome como un sabelotodo o solo con conocimientos parciales. ¡Me necesitáis! Sin mi intervención no seríais nada.

    —A mí me caes bien, NA —dijo AU dándole unos golpecitos en la espalda—, pero no te olvides que soy yo quien decide lo que sabes o dejas de saber. En fin, eres el que más habla, pero el que menos importa. Mejor que vayas asumiéndolo y no te hagas mala sangre.

    Veo que NA baja la cabeza, pero un pie taconea sobre el suelo, esparciendo el serrín que no he tenido tiempo de barrer. Como venga el dueño, me cae una buena.

    —Además, cada vez te cortan más las alas, NA. Hoy en día los PErsonajes somos autosuficientes. En la mayoría de las veces, los AUtores modernos —no es el caso de AU, que está más acabado que una Olivetti de antaño— hacen que seamos nuestros propios NArradores. O sea, que cada vez te vas quedando más obsoleto, NA —suelta PE mientras se toca la perilla y levanta la nariz desafiante.

    Veo que AU tamborilea los dedos sobre la mesa y se le está poniendo la cara de un color rojo subido. Voy a acercarme para retirarles la botella, que ya está vacía y preguntarles si van a tomar más. Lo haré con cara de fastidio, a ver si lo pillan y van pensando en largarse…

    Mierda, me han pedido otra botella de vino y no tengo posibilidad de echarlos a menos que hagan algo que moleste a otros clientes. Así no hay manera de mantener el orden. Tendríamos que poder actuar de manera preventiva, no por hechos consumados. Así que deberé estar atento, mientras sirvo otras mesas y friego los vasos. ¿Dónde coño estará el jefe?

    —Me estoy empezando a hartar de vosotros —salta AU como sacando lava por la boca—. ¿Pero qué os pensáis? Aquí el único que importa soy yo. YO. ¡Queda claro! Escribo lo que me da la gana, creo los PErsonajes que me apetece. Pongo al NArrador que me conviene. Todo sale de mi cabeza. Vosotros solo sois productos de mi imaginación. No sois nada. Humo, solo humo.

    PE y NA se miran; este baja la cabeza, pero aquel ríe con ganas.

    —Anda, papi, siéntate y no te sulfures, que te va a dar un telele. Ya no estás para estas tensiones. Mira, te lo voy a poner clarito: tú pones la simiente, el gameto, diríamos, sea espermatozoide u óvulo —mueve las manos en el aire, como indicando que eso poco importa—. Como sabes, porque tú listo sí que eres, en sí mismo no son nada. No hasta que se unen y crean un embrión. Este ya tiene vida propia. Cada vez más independiente a medida que avanza la vida.

    AU lo mira con ojos como platos, parece que va a hablar, pero PE continúa dejándolo con la palabra en la boca.

    —Ese ser, ya independiente, o casi, se impone a tu cerebro. Te marca lo que debes pensar. Te lleva por donde quiere. ¿Acaso crees que eres tú quien decide la trama? Iluso, que eres un iluso. Soy yo, y solo yo, el que te dicta lo que debes escribir y lo que tienes que omitir. ¡A ver si te enteras!

    Gira la cabeza con los ojos llameantes.

    —Y tú, NA, eres un mero intérprete; igual te crees que tienes algo que ver en el desarrollo de la alta política, solo por estar presente en las conversaciones, sentado atrás y murmurando la traducción al oído de los que mandan. Aterriza. Eres un don nadie.

    NA levanta la cabeza. Lo mira con los ojos entrecerrados. Veo que se le tensan los músculos del cuello. Me temo lo peor; debo intervenir de inmediato. Salgo disparado de detrás de la barra, pero cuando llego a la mesa, ya le ha tirado el vaso de vino a la cara.

    —¡Maldito mamarracho! —grita NA, con el vaso todavía en la mano.

    PE tiene la cara y el jersey empapados de vino. Las gotas le gotean de la punta de su barbita de chivo.

    AU ha retirado su silla. La camisa blanca salpicada de granate.

    Cojo la mano de NA cuando iba a lanzar el vaso a la cabeza de PE. Se lo saco de la mano.

    La tensión es máxima, los otros clientes han dejado de hablar y se han girado hacia nosotros. Veo al jefe que sale corriendo de la oficina. Se va a armar una buena.

    Veo que AU se levanta irritado. Antes de que todo se funda en negro, soy capaz de verlo comenzando a romper el papel donde estaba escribiendo…

  • DESPEDIDA

    Hoy es el último día de mi vida

    Escribo la que va a ser la única página que tendrá mi diario. Debo escribirla. Dar testimonio. Que nadie se sienta culpable. Que no se busquen responsables. El único causante de mi exterminio total e irreversible soy yo.

    Sí, total e irreversible. Es duro, lo sé. No hay nada más que la vida material. Solo lo que existe es real. Lo demás, majaderías.

    No, no espero una vida feliz, rodeado de ángeles en un más allá. Una vida diferente a la que me ha tocado vivir. Una vida que tuvo su interés y lo ha perdido. Ya no hay nada aquí, solo sufrimiento. Tampoco hay nada allá, detrás del horizonte, pero no hay padecimientos, ni penas, ni desesperación. Tampoco hay esperanza, lo sé. Pero lo prefiero.

    Aquí, en la vida, lo único que puedo esperar en el futuro es más angustia, más soledad, más oscuridad… ¿Qué puede aportarme seguir vivo? ¿No es acaso mucho más atractiva la nada que el sufrimiento?

    Os preguntaréis si no me da miedo la nada. Lo que me da miedo es vivir. Antes de nacer, yo no existía. Eso es lo que me espera. ¿Había sufrimiento en ese periodo sin tiempo? No. Lo que duele es el tiempo. La transformación. El cambio.

    Todo cambio es una pequeña muerte. Morimos cada día. Dejamos de ser lo que éramos minuto a minuto. Eso lo llevamos más mal que bien.  A ello nos hemos acostumbrado. A veces, esas muertes y renacimientos son para mejor. Como en las leyes de la evolución, los mutantes que sobreviven se adaptan mejor al medio. Pero los que no se adaptan sucumben.

    Yo soy de esos últimos. De los que no se han adaptado. Una rama evolutiva sin futuro. Una calle sin salida. Una rama seca que es mejor podar.

    No es una decisión apresurada. Todo lo contrario. Lo he meditado mucho. Lo mire por donde lo mire, la vida no tiene sentido. O al menos lo ha perdido si alguna vez lo tuvo. Cuando ella vivía. El amor daba sentido al absurdo. Uno iba a trabajar todos los días en trabajos aburridos, cogía el metro a la misma hora, comía en la cantina de la empresa, en treinta minutos, y luego volvía a coger el metro de vuelta. Pero ella estaba allí por la tarde. Había un sentido.

    ¿Y mis hijos, os preguntaréis?

    Sí, los tengo. Pero no es lo mismo. Ellos tienen su vida. Esposas y maridos, sus propios hijos. No me necesitan. Todo lo contrario, soy una carga para ellos. Me piden que viva en sus casas. Yo no quiero. Se preocupan por mí. Tampoco quiero. No quiero que penséis, cuando leáis este testimonio, que me voy para no molestaros. No debéis sentir ninguna culpa. Me voy porque no tengo futuro. Si no hay futuro, solo queda la nada. Una nada sufriente.

    Tuve pasado, como todo el mundo. No fue una mala vida hasta que ella me dejó. Cuando uno es joven tiene esperanza. La esperanza es un estímulo. Los creyentes mantienen la esperanza durante toda la vida. Curiosamente, los que esperan otra vida mejor más allá de la muerte no suelen suicidarse. Porque tienen esperanza. Saben, o creen que es lo mismo en su caso, que no es necesario buscar la muerte por las propias manos, que vendrá en su momento, y que cuando venga los encontrará esperándola con alegría.

    Yo no tengo esa esperanza. Sé, o creo, que viene a ser lo mismo, que después no hay nada. ¿Para qué esperarlo? Esperarse a morir es absurdo. Mientras tienes por qué vivir, vale. Mientras sirves para algo, pase. Pero llega un momento en que hacer perdurar la agonía no tiene ningún sentido.

    Se está alargando esta carta de despedida. Esa entrada en la única hoja de mi diario. Pero quería dejarles claro a mis hijos, a los pocos que puedan sentirse conmovidos por la decisión que he tomado, que no lloren sobre mis despojos, que no se recriminen nada.

    Cuando lean estas palabras, quizá sepan algo más de mí. Cuando me haya ido. Mis hijos no me conocen. Me han visto siempre como su padre. Un rol inevitable. Pero no han profundizado en mí como persona. Un hijo no puede hacerlo. O no quiere. Cada uno en el sitio que le corresponde. Ahora parece que está de moda que los padres quieran ser colegas de sus hijos.

    La figura paterna es un puntal que los hijos, cuando son pequeños o adolescentes, necesitan.

    Pero eso no quita que no me hubiera gustado que me quisieran por ser quien soy, en todo mi íntegro ser, no solo por el papel que he representado. Estas páginas quizá les digan más de mí que treinta años de convivencia.

    Pero igual es un legado escaso. ¿No sería conveniente mostrarme de forma más extensa? ¿No les gustaría poder comprenderme como hombre? Quizás ahora, que ya son mayores, puedo mostrarles lo que soy y lo que he sido.

    Puede que esto tenga sentido.

    Puede que esto no sea tan absurdo.

    Sí, voy a escribir sobre mi vida, mis pensamientos. Sobre lo que me ha movido, sobre el amor que me dio tanta ilusión, tanta energía. Sobre la felicidad por haberlos tenido. La lucha por sacarlo adelante.

    También mis debilidades, las frustraciones que me han invadido, los fracasos sufridos. Las contradicciones e incongruencias con las que he tenido que acarrear y que he tenido que solventar o soslayar. La infidelidad de aquella ocasión, aquel momento de locura, que ella supo perdonarme. Por poner un ejemplo.

    Si lo pusiera todo por escrito, podría mostrarles quién soy, quién he sido. Una biografía. ¿Por qué no?

    Puede que esto sea el motivo que andaba buscando.

    Puede que esto me dé el sentido.

    Ya me suicidaré cuando acabe el libro.

    O, como Sherezade, siempre tendré algo que contar.

  • EXTREMO DURO

    Abel sueña con matar a su hermano que le ha robado el amor de su madre. Se trata de un poema trágico con reminiscencias bíblicas, pero ubicado en el sur de España en nuestros días. Bécquer es el poeta; está en la costa gaditana, sentado en una terraza de su mansión que cuelga sobre la playa en las calas de Roche. Las chicas en bañador le reclaman con insistencia desde la piscina, pero él no les hace caso; es un escritor y vive sumergido en su obra. Ya irá con ellas cuando le apetezca; ahora está inspirado con su poema sobre Abel. Bécquer luce un bronceado de cobre, tiene el cabello rubio y largo, le cae ondulado sobre el cuello. Un coctel helado reposa sobre la mesa que le hace de escritorio. Mira el mar inmenso a sus pies y el sol se refleja en las crestas de las olas. Sopla un suave viento…

    ****

    Adolfo estiró las piernas debajo de la mesa; esta novela sobre el poeta tenía que ser un éxito. Le estaba quedando redonda. Miraba por la ventana de su piso en el barrio de Salamanca. Le había costado un dineral, pero con el éxito de su última novela pudo permitírselo. Llevaba ya tres novelas vendiéndose bien, pero la última fue un bombazo. Traducida a veinte idiomas y con los derechos comprados para hacer una serie en Netflix. Estaba pensando en irse a pasar una temporada en Cádiz, donde transcurre la novela con su protagonista, el escritor. Pero estaba muy liado. Los editores presionaban para que la terminara. Ahora no podía sacar el pie del acelerador. Sentía la angustia del éxito y soñaba con retirarse a una playa. Si esta novela tuviera éxito y ganara una buena pasta, abandonaría Madrid. Claro que primero debería matar a su esposa…

    Bueno, quizá aquí me paso; con que la abandone ya es suficiente. No hay que ser tan macabro. Aunque un asesinato vende mucho y un abandono no tiene ningún atractivo. Sí, voy a hacer que la mate. Ahora tendré que conseguir una buena trama, no pueden pillarlo. Quiero que consiga ser feliz en la costa. Que se transforme en Bécquer. Que su sueño se haga realidad.

    Adolfo planeó minuciosamente el asesinato. En una segunda realidad de sí mismo. Tenía como dos mentes independientes; mientras una escribía sobre Bécquer y la belleza, la otra maquinaba la eliminación de su obstáculo.

    Debo plasmar esta tensión entre el escritor y el asesino. El que crea a un creador de belleza y el que destruye a su antagonista, la que se interpone en su camino.

    Contrató a un asesino a sueldo. Pensó que era lo mejor, que no debía implicarse directamente. Esta gente era cara, pero él tenía mucho dinero. Y con lo que heredara de su mujer, tendría una vida regalada en su Cádiz donde nació, en una familia más pobre que las ratas.

    Si esto es importante, el lector debe conocer la importancia del dinero para Adolfo. La necesidad de tener éxito, de vender muchos libros, le viene de sus orígenes miserables. Esto causará empatía. No será un monstruo. Además, su mujer es una tirana que lo tiene esclavizado.

    ****

    —Gustavo, tienes que sacar el perro. No para de dar vueltas al lado de la puerta.

    Levanto la mirada de la pantalla del ordenador; siempre pasa lo mismo: cuando estoy más concentrado escribiendo su novela sobre mi escritor, me interrumpe Teresa. Ya estoy harto. De perro, de mujer y de todo el mundo.

    —¿No puedes sacarlo tú? Estoy liado.

    —¿Liado? No me hagas reír. La que está liada soy yo. ¿Quién hace la casa? ¿Quién te lava los calzoncillos? ¿Quién lleva a los niños al colegio? ¿Quién trae un salario a esta casa? Mientras tú ahí, dale que te pego a las teclas. ¿Para qué? Para nada.

    —Es que no me dejas escribir. Siempre con recados, que si el perro, que si ir al supermercado… ¿Cómo quieres que acabe mi novela?

    —Tienes todo el puto día para escribir. Saca al menos al perro.

    —Vale, ya voy. No te pongas así. Unos minutos, que termino este capítulo y lo saco.

    Bécquer se echa en una hamaca y unas chicas de ojos oscuros le masajean la espalda. Él les habla de la belleza, del espíritu elevado. Ellas lo escuchan embelesadas mientras acarician su cuerpo fornido.

    Adolfo dejó de escribir y llamó por teléfono. Le habían proporcionado un número unos conocidos del hampa. Habló en voz baja. Su mujer era una arpía que podía tener la oreja pegada a la puerta. Les dijo que requería de sus servicios. Le contestaron que no hablara más por teléfono, que debían verse en un antro del puerto.

    Gustavo lo deja aquí. Se levanta fastidiado. Coge la correa del perro. Salen a la calle; hace frío en el pueblo. Le gustaría vivir en Madrid, pero su mujer es de Cáceres y no quiere dejar a su madre. Los niños van al colegio y tienen sus amigos. No tiene dinero para vivir en Madrid; la ciudad es muy cara. Si al menos pudiera acabar su novela y si alguien se la publicara. Quién sabe.

    Mientras el perro hace sus necesidades, Gustavo piensa en su protagonista. Conseguirá que el sicario mate a la esposa y que Adolfo salga indemne. Lo llevará a las costas de Cádiz y vivirá como Bécquer.

    Se arrebuja en el abrigo. Las noches extremeñas son frías.

    Siempre le queda la literatura.

  • EN LA EDITORIAL

    —Esto, así, no lo podemos publicar —dijo Sofía, medio negando con la cabeza y dejando el manuscrito sobre la mesa con un golpe sordo.

    —¿Por qué? —preguntó Diego, mirándola sorprendido.

    Un silencio tenso se posó sobre el despacho, como una niebla en invierno. La editora miró a Diego y señaló el manuscrito con el dedo.

    —El sesgo machista que rezuma tu novela. Tu personaje es un chico joven, de hoy; en cambio, actúa como lo haría su padre o su abuelo. Eso ya no se lleva.

    Diego hizo una mueca; no entendía qué le pasaba a Sofía. Ni por qué se estaba metiendo con él de una forma tan agresiva.

    —Vamos, calmémonos, esto es una novela, existe la libertad de crear los personajes como a uno le parezca, ¿no?

    Sofía suspiró.

    —Mira, Diego. A mí personalmente me encanta tu personaje. Tiene profundidad, claroscuros. Pero… —hizo una pausa— tengo jefes. Tengo presupuesto. Si esto genera boicot, me caen a mí. Y a la editorial. No es solo arte, es también negocio.

    Diego parpadeó varias veces; sentía como si tuviera los ojos llenos de arenilla.

    —Pero este personaje es así, machista, violento, de pueblo. Un ser inculto y rudo. Su trato con su mujer y, en general, con el género femenino es lo que le caracteriza. No puedo suavizarlo.

    —Mira, Diego, esto es un mercado, y tú debes vender tu producto. Debes adaptarte al gusto de los consumidores. No puedes defender a un machista como haces en tu novela. Se te van a tirar al cuello, ¿no lo comprendes? Y también a nosotros por publicarlo.

    Diego se agitaba inquieto. Su anterior novela, publicada en esa misma editorial, había funcionado bastante bien. Ahora no entendía estas reticencias.

    —A Nabokov también le rechazaron Lolita en muchas editoriales por tocar un tema escabroso, y luego, mira…

    —Lolita generó controversia enorme. Prohibida en varios países. ¿Quieres eso para tu novela? ¿Para nosotros? Nabokov tenía prestigio académico que lo protegió. Tú eres autor novel. No sobrevivirías al escándalo.

    Diego no quería apearse del burro. Él tenía razón, pensaba. «Mi personaje es como es. No voy a poder cambiarlo, perdería todo sentido».

    Intentó defender su criatura, como si fuera un hijo vilipendiado de forma injusta.

    —A ver, Sofía, seamos razonables. ¿Qué pretendes? ¿Que Antonio sea un dechado de virtudes? ¿Que friegue los platos? ¿Que saque al niño a pasear? Joder, que vive en un pueblo del interior. Sería el hazmerreír de sus amigos y vecinos.

    Sofía se recostó en la silla. Negó con la cabeza.

    —Puede ser un tipo machista, pero no puedes hacer que golpee a su mujer y la domine a la fuerza. Eso puede que sea la vida misma, pero no vende. Y más siendo el protagonista. El héroe que consigue que no construyan los aerogeneradores en las tierras del pueblo. ¡Si acabas haciéndolo alcalde, por Dios!

    —Pero ahí está lo interesante. Una personalidad compleja, con claroscuros.

    Sofía se levantó y empezó a caminar de un lado al otro del pequeño despacho. Negaba con la cabeza.

    —La historia me parece bien, la lucha de un pueblo en contra de que les metan esos monstruos en sus parcelas, la defensa del paisaje y de las tierras de cultivo. Todo esto está muy bien, pero ese personaje deberás cambiarlo. No podemos publicar un libro donde se muestren estos comportamientos. Nos saltarían a la yugular. Y a ti también, estarías señalado por todos los movimientos intelectuales y feministas. Estarías acabado.

    Diego no daba crédito a lo que oía.

    —Yo. Acabado. Señalado como machista. No te entiendo. ¿Qué tiene que ver mi personaje conmigo?

    —La gente confunde al autor con sus obras, siempre ha sido así. Por ejemplo, Nabokov, que antes has mencionado. Muchos de los que leyeron Lolita pensaban que era un pederasta, o que si no lo era, lo tenía en sus vicios reprimidos. ¿Quieres que piensen de ti que eres un machista? ¿O de nosotros que apoyamos este tipo de escritores?

    —Pues habéis publicado a autores que eran como mínimo de extrema derecha, por no decir fascistas.

    —Siempre y cuando en sus novelas no se ensalzaran esos valores. Además, una cosa es ser de derechas, incluso de extrema derecha, tan de moda en nuestros días, y otra muy diferente es ser un pederasta o un machista. O ensalzar esos valores haciendo que el personaje sea el héroe de la novela.

    —¿Entonces, qué propones?

    —Para seguir adelante con la publicación, vas a tener que cambiar las actitudes intolerables de tu personaje con su mujer. Vuélvelo más tolerante, más humano, más respetuoso. No tiene por qué cambiar lo importante de la trama, el tema de la imposición de esas fuentes de energía en los pueblos depauperados del interior y sus derechos, aunque sean pequeños. Esto sí que vende.

    —Pero se va a perder la riqueza del conflicto. Será un personaje plano, sin ningún interés emocional.

    —O lo tomas o lo dejas.

    Diego recogió el manuscrito. Se levantó con lentitud. Sofía esperaba respuesta.

    —Necesito pensarlo —dijo.

    —Tienes una semana. Después ofrecemos el hueco a otro autor.

    Diego asintió y salió en silencio.

  • LAS IDEAS

    ¡Eureka!

    ¡Qué pocas veces soy capaz de entonar esta manida palabra! Por demás, proviene de una leyenda poco creíble. ¿Quién se va a creer que Arquímedes salió de la bañera, donde había derramado toda el agua por la loza del baño al meterse él, y se puso a correr desnudo por Siracusa al descubrir, de repente, el principio ese de todo cuerpo sumergido en un líquido que desplaza el fluido hacia arriba en un peso igual al que se sumerge? Bueno, más o menos. Pues yo no me lo creo. Llamadme escéptico.

    A ver, para que a alguien se le ocurra algo original y diferente, debe currárselo mucho. Muchas horas de estudio, si se trata de un descubrimiento científico, o muchas horas de tanteos fracasados si hablamos de un verso o un párrafo con cara y ojos.

    Al menos es lo que me ocurre a mí con mis escritos. Tachaduras y tachaduras, y luego tacho lo corregido para darme cuenta de que se entendía mejor con la primera versión de lo escrito.

    Es un trabajo de chinos, o de benedictinos, o de cualquiera que se tome las cosas en serio. Ora et labora, que decían los monjes. Siempre me acuerdo, cuando pienso en estas cosas, del cuento de la hormiga y la cigarra, que me contaban cuando era niño. Yo quería ser cigarra entonces; envidiaba su holgazanería, el que estuviera siempre contenta y cantante, y no quería ser hormiga, tan aplicada y seria y con cara de mala leche, como me la imaginaba. ¡No me digáis que alguien querría ser hormiga cuando era niño! Lo que pasa es que muchos se han quedado anclados en esa ilusión y no han crecido, y todavía piensan que ser hormiga es un castigo divino. Que no digo que no lo sea, pero es lo que hay, que no hubieran mordido la manzana.

    Pues a lo que iba, que nadie puede creerse que las ideas vengan así, de repente, mientras estás embobado mirando las musarañas, derramarse el agua de la bañera o caer una manzana de un árbol o, ya de forma más onírica, verse cabalgando sobre un rayo de luz, como se dice que le pasó a Einstein en la adolescencia. Eso son paparruchadas. Además, son falsedades muy perjudiciales, ya que hacen creer que las ideas vienen así, de improviso, sin buscarlas, y que puedes hacerte famoso de la noche a la mañana, por una genialidad que ha llegado de la nada.

    Yo leo el famoso párrafo de don Miguel, ese que dice: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme», como para creerse que a Cervantes le vino de repente, cuando el propio don Alonso Quijano tardó ocho días en decidir cómo llamarse.

    ¿Eureka? ¡Chorradas!

    No existen las musas que te susurran al oído las ideas que debes plasmar en un papel. Eso es cosa de panteístas. Igual en la Grecia antigua, la gente pensaba que los poetas eran meros vehículos que transmitían las chorradas que se les ocurrían a los dioses, que en sí ellos, los poetas, no tenían nada que decir. Pero desde que nos hemos vuelto escépticos y ateos, las musas han callado. Gracias a Dios. Y disculpad por el oxímoron, son cosas de la costumbre. Ahora, en nuestros tiempos, a las musas las llamamos de otra manera: inspiración, intuición súbita, asociación de ideas inesperada…

    ¡Huevonadas!

    ¡Intuición! ¡Inspiración! Todas esas palabras están vacías, no significan nada. La gente se pasa horas y horas esperando que le llegue la inspiración y, mientras tanto, no hace absolutamente nada. Y luego se queja, claro. Ay, es que no se me ocurre nada de qué escribir. Ah, qué desgraciado soy, estoy más bloqueado que un cerrojo oxidado.

    Bah, me río yo de esas excusas. Si estás oxidado, ponte tres en uno y deja de lloriquear como un bebé sin teta.

    Es que es muy cómodo soñar con la cornucopia, en que vivimos en un jardín rebosante de frutos, o que una madre nos proveerá de todo cuanto necesitamos, que siempre tendremos la teta disponible cuando abramos la boca. Y no, amigos, no. La cosa no funciona así. La tierra en que vivimos es estéril, da pocos frutos y hay que arar y deslomarse para sacarle algún provecho. El cuerno de la abundancia es un pitón de toro bravo; si te descuidas, te ensarta y te desangras.

    No hay caminos trillados.

    Así que, si quiero escribir algo, debo romperme los cuernos, sean de la escasez o de la abundancia, y no tengo jardín donde solazarme, solo cuatro macetas que debo regar cada día para que salgan flores, y esperar que no se hielen o cojan una plaga.

    Bueno, y ahora debo dejaros, tengo que pensar de qué voy a hablaros hoy y eso tiene su curro. Que uno es cuidadoso y, cuando se baña, nunca se le desparrama el agua.

  • LA LIBRERÍA DE VIEJO

    Entré por curiosear; me gusta adentrarme en esas librerías de viejo en que dormitan libros que otros han desechado. Son lugares de recogimiento, como una iglesia, como los cementerios. Estaba limpia, pero tenía un aspecto polvoriento, como si los libros de las estanterías, muchos de ellos con las cubiertas roídas, dejaran escapar un polvillo invisible, de papel seco deshaciéndose, que iba invadiendo el ambiente y depositando una fina capa en las superficies, que, por mucho que se pasara el plumero, persistía de forma invisible. Ediciones de bolsillo alternaban con otras de tapa dura, las que inundaban los quioscos con los grandes clásicos, que las editoriales sacaban de vez en cuando, ya que no debían tener que pagar derechos de autor. Mis ojos fatigados miraban los títulos de los libros con la avidez del coleccionista, que busca un ejemplar único, que algún incauto hubiera donado o malvendido para hacer espacio en casa o para tener dinero para un café, tras deshacerse de unos cuantos ejemplares. Quizás hubiera tirado la estantería y puesto una vitrina, para colocar sus trofeos de golf o de dominó. Yo, como siempre hacía, buscaba una primera edición, o cualquier otro tesoro enterrado que pudiera adquirir a precio de saldo. Pero eran sueños vanos de un viejo que no tenía otra cosa que hacer que perder el tiempo. Que ocurriera algo así era tan extraño como encontrar el tesoro de Billy Bones. Si acaso era posible que el vendedor ignorara el valor del ejemplar, lo que era casi imposible es que al librero se le pasara por alto. Así pues, me paseaba despacio entre las estanterías abarrotadas, o revolviendo entre los libros, amontonados de cualquier manera, en cajones de madera. Mis dedos artríticos ya no eran ágiles y me costaba sacar ejemplares de los estantes donde estaban apretujados, abrir las tapas y buscar el año de la edición. Era un proceso lento, pero yo no tenía prisa; me gustaba el silencio de la librería, muy diferente al de esas grandes superficies del centro, tan iluminadas, donde la gente se amontonaba y se estorbaba mientras cogían libros y miraban la sinopsis de la contraportada intentando dilucidar si iba a gustarle a él o al amigo, o al familiar, al que quería regalarle algo por su cumpleaños y no sabían si ya lo habían leído, o solo miraban la foto del autor  para descubrir si tenía cara de ser alguien interesante. No, en esta librería de viejo, de ese barrio del Raval de Barcelona, solo veníamos pocos clientes y la mayoría de las veces estaba yo solo, con el librero de toda la vida con su pelo, rojo en otro tiempo, vuelto blanco como la nieve, y sus pecas doradas que se confundían con las manchas de los años. De vez en cuando recorría los pasillos con el plumero en mano, cambiando el polvo de sitio, haciéndolo caer de los libros al suelo o haciendo subir del suelo a los libros con su andar arrastrado. Era un símbolo del paso del tiempo, que también se arrastra como una anaconda: nunca sabes cuándo va a acabar de pasar y, cuando menos te lo esperas, ya ha pasado. Caminaba por el pasillo mal alumbrado, apoyado en mi bastón y torciendo la cabeza a un lado y a otro, para ver los títulos de las novelas, que no sé por qué no decidieron alguna vez que siempre debieran estar escritos en la misma dirección, no unos hacia un lado y otros hacia el otro. Uno acaba mareándose y con dolor en las cervicales, más a mi edad, o a la del librero. Así se iba pasando la tarde de un día cualquiera en la que me distraía a la vez que me movía entre libros: mi pasión desde hacía setenta años, cuando leí la primera novela de los cinco de Enid Blyton. Ya nunca dejé de leer desde que Dick, Peter, Anna y Georgina, junto con el simpático Tim, me llegaron al alma con sus aventuras llenas de buenos y malos. Aunque en realidad todo vino de la pasión de mi madre por los cuentos, cuando me acostaba y me arropaba y yo esperaba ansioso las aventuras de Hansel y Gretel, Blancanieves o el gato con botas. Siempre me emocionaron las novelas de piratas y de tesoros escondidos, como la del tesoro a que me he referido. Y, casualidades de la vida, mientras pensaba en la Isla del tesoro, mis ojos se dirigieron hacia un libro que atrajo mi mirada como un imán a las virutas de hierro, y resultó ser esa novela, Treasure Island, con el nombre del autor, Robert Louis Stevenson, escrito en letras doradas. El corazón me dio un vuelco y tuve que apoyarme en la estantería de madera para no caer redondo sobre el polvo del suelo. La cogí con mis dedos temblorosos y vi la tapa color ladrillo, sin imágenes, solo el título y el nombre del autor en letras doradas. Sin más adorno. Abrí y cerré los ojos sin poder creer lo que estaba viendo. Abrí las tapas y en la primera hoja apareció la joya: editorial de Cassell and Co. de 1883, primera edición. Fue pensar en esa novela y encontrarla, una predestinación, una jugada ganadora de los dados de Dios. El libro estaba acartonado y las hojas rígidas, quebradizas, pero que habían aguantado con entereza el paso del tiempo sin quedarse deshechas entre los dedos. La conservación era excelente. Mucho mejor que mi propio estado, por buscar un símil. El tiempo pasa lento para todos, pero no todos lo toleramos del mismo modo. En aquel momento parecí rejuvenecer quince lustros y me vi como un niño al que le han regalado el primer triciclo. Lo cogí como quien oculta un tesoro muy valioso, es decir, de cualquier manera, sin darle importancia, para que el viejo dueño no sospechara nada. Como describió el bueno de Poe en el relato «La carta robada», si quieres esconder algo, lo mejor es ponerlo a la vista de todo el mundo. Así que me fui a la caja como quien no quiere la cosa y tiré el libro de cualquier manera sobre el mostrador.

    —Me llevo este, es para mi bisnieto.

    —¿Ya lee novelas?

    —Sí, mañana cumple doce años. Es muy listo.

    —¡Hombre! Felicidades.

    —Por lo que veo, sabe inglés. Sí que debe ser listo, sí.

    —Se ha criado hablando inglés en casa. La mujer de mi nieto es de allí.

    —Ah, claro, así se entiende. Pues que lo disfrute.

    —Gracias, majo.

    Salí despacio, mirando el escaparate, y no me puse a silbar para no hacer el ridículo. No obstante, al pisar la acera, parecía que la artrosis hubiera desaparecido; salí escopeteado sin dejar que el bastón tocara el suelo, como si me persiguiera un guardia y estuviera a punto de alcanzarme. Notaba la mano del librero, que, corriendo como un gamo, la posaba sobre mi hombro. Pero solo era mi imaginación; el pobre hombre no estaba para perseguir a nadie. No me calmé hasta llegar a casa y cerrar la puerta con llave. Ahora estoy sentado en la butaca al lado de la ventana; el sol entra a través del visillo e ilumina la estantería donde señorea mi libro. Ojalá tuviera un bisnieto a quien enseñárselo o leérselo al pie de la cama. Ojalá hubiera tenido al menos un hijo.