Es hora de decir adiós.
Mis dedos sostienen el lapicero mientras mis ojos brumosos vagan por la habitación, distraídos. Pasan sobre los objetos que guardan tantos recuerdos. Se detienen un instante en la foto. Más que verla, la recuerdo; tantas veces acariciada, ahora está delante de mí, un poco borrosa. No importa, recuerdo todos los detalles, como si todavía viera con claridad. Miro con los ojos de la memoria: ella vestida de blanco; los ojos brillantes; el pelo, negro como el azabache, recogido en un moño; y esa sonrisa abierta, como una rosa roja en primavera. Yo de esmoquin, mirando a la cámara; un gesto serio, responsable, satisfecho.
Humedezco la punta del lapicero con la lengua y escribo las primeras palabras sobre el papel de carta.
«Queridos hijos».
No lo van a entender, son tan… prácticos. Solo se preocupan por mi bienestar físico, como si eso fuera lo más importante. ¿Cómo está la presión? ¿Ya te acuerdas de ir a la farmacia para que te la tomen? Siempre preocupados por la presión. Solo por aquel ictus, o más bien un amago de ictus, que dicen que no me ha afectado. Bueno, quizá en ese desequilibrio en la cara, con una mitad más indiferente que la otra.
Pero la herida es otra, nada que ver con la presión arterial.
Miro en mi mente los recuerdos que trae la foto. Muchos años a su lado, dos hijos vivos, otro que se fue cuando era muy niño. Una vida de altibajos, momentos terribles de los que salimos a duras penas, cogidos de la mano. Cuando uno desfallecía, el otro tiraba, y así fuimos sorteando las dificultades a medida que se presentaban.
«Quiero comunicaros mi decisión; puede que esta os resulte incomprensible».
Sí, les costará aceptarlo. Su padre, el hombre serio y responsable, la figura respetable que los ha guiado con timón firme… ¿Perdió el juicio?, pensarán, pasmados cuando lean estas palabras de despedida.
Porque ellos no serán capaces de entender la penumbra en que estoy viviendo. Una niebla física que agarrota mis articulaciones, me impide respirar, se me mete en la garganta y me ahoga, me ahoga. ¿Cómo van a entenderlo en la plenitud de su vida?
«Quisiera explicároslo con palabras sencillas, tranquilizadoras, para que entendierais mis sentimientos y no tuvierais miedo. Yo no lo tengo, ya no…»
He roto la soga a la que estaba atado. Por fin voy a desembarazarme de las angustias, de ese estado de zozobra.
Lo he dejado todo atado y bien atado, para que no les falte de nada. El otro día hice mi testamento ante notario. También tomé una decisión que llevaba tiempo aplazando. No deben preocuparse.
«Intentad poneros en mi lugar. Han pasado ya diez años desde que vuestra madre nos dejó. Era la luz que alumbraba mis días. Por ella y por vosotros, me he esforzado con ilusión, me he dejado la piel. No, no lo lamento, ha sido para bien, pero ahora estoy cansado, muy cansado. Ahora debo irme. No os entristezcáis».
Bueno, no voy a enrollarme mucho más, creo que ya entenderán mi postura al menos un poco y espero que no sufran.
Sí, debo decir adiós. Adiós a la soledad, a la fatiga, a la niebla que me envuelve cada día de mi vida.
Voy a terminar la carta; solo les diré que no me echen en falta, que tienen a sus hijos, que cuiden de ellos. Que yo estaba siendo más un estorbo que una ayuda.
Doblo el papel y lo meto en su sobre.
Me levanto, cojo el retrato de nuestra boda y le doy un beso a su cara bonita.
Ya tengo las maletas preparadas en el recibidor, recojo el pasaje del crucero, dejo el sobre abierto con la carta en su interior y abro la puerta.
Doy una última mirada a la foto de la repisa y le guiño un ojo.