—¡Mamá, mamá! ¡Ven! ¡Corre! ¡Se ha despertado!
Caramba, menudos gritos, ni que fuera algo raro que me despierte. A Lucía, desde que ha entrado en la pubertad, no hay quien la entienda.
—¡No puede ser! ¿Estás segura?
Esa es Esther. ¿Pero qué les pasa? Se han trastocado.
¿Qué se ha hecho Esther en el pelo? Lo lleva de tonos caoba y rizado y esta mañana era liso y negro, con canas que le daban un aire interesante. ¿Cuándo ha ido a la peluquería?
El techo es blanco, qué raro. ¿Dónde estoy? Solo veo ese techo. ¿Y el ordenador donde estaba escribiendo? Lo tenía en frente hace un momento.
Veo la cabeza de Esther que aparece frente a mis ojos por la derecha. ¿Está llorando? ¿Qué le pasa? Ah, y ahí está Lucía con unos ojos como platos y la boca abierta. Casi puedo verle las amígdalas.
«Cierra esa boca, hija».
—Llama al médico, rápido. Pulsa ese botón rojo que está a tu lado —dice Esther levantando los ojos hacia Lucía.
¿Al médico? ¿Para qué quieren un médico?
Creo que me habré dormido escribiendo la novela. Pero debe haber sido una cabezadita de nada. Me sentía cansado y me dolía un poco la cabeza. Me habré quedado traspuesto. Pero es extraño que no esté en mi butaca y solo vea ese techo blanco.
No creo que dormirse un ratito sea motivo para llamar al médico, ¿no? Además, me encuentro de maravilla, como hacía años. No me duele nada, es un estado de placidez absoluto. Me ha sentado de maravilla esta siestecita. Solo que noto la boca un poco reseca y con un regusto metálico. Me iría bien tomar un poco de agua. ¿Dónde debe estar el vaso?
Esther me pasa la mano por delante de los ojos, de un lado a otro. Me marea un poco.
—¿Puedes verme, papá? ¿Me oyes?
Ya te digo que está rarita la niña. ¿Dónde está Lucía? No la veo. ¿Por qué no puedo girar la cabeza y mirar alrededor? Será que me acabo de despertar y todavía estoy un poco aturdido.
—Mire, doctor, ha abierto los ojos, ¿lo ve? Ya se lo decía yo, que no había que darlo por perdido.
Lucía aparece en mi campo de visión y al lado, un hombre joven con un fonendo en el cuello que le cuelga como un péndulo.
—Vaya, vaya —dice ese hombre vestido con bata blanca. Debe ser un médico claro. Los indicios son claros. Tiene un martillito en la mano, con el cabezal triangular de goma de color negro. Me lo enseña.
—Voy a darle unos golpecitos, no se alarme —me advierte, como si yo fuera un niño.
Se va de mi visión y luego vuelve. Saca una linternita del bolsillo superior de la bata y me enfoca en los ojos. Cierro los párpados.
—Abra los ojos, Manuel, debo explorarle.
Los abro, obediente.
Todo es muy extraño, quizá esté soñando. Está claro que me habré dormido mientras pensaba cómo continuar con la escena que estaba escribiendo. Pero de eso no hace más de unos minutos; recuerdo perfectamente por dónde iba. La chica iba a saltar un obstáculo con el caballo cuando este se paró en seco, asustado, y ella, Sonia, salió disparada por encima de la cabeza del jamelgo. Se partió la columna a la altura del atlas.
—No reacciona —dice el médico. No tiene reflejos. Le haremos un electroencefalograma.
Un electroencefalograma; solo decir la palabra me siento fatigado, noto que se me cierran los párpados.
Me habré vuelto a quedar dormido. Sí que ando fatigado. Es que por las noches me cuesta dormir. He soñado con Sonia. Se ha quedado tetrapléjica. No puede mover el cuerpo de cuello para abajo. Va a tener que empezar una nueva vida, apreciar las cosas de otra manera. Aprender a ser feliz solo con el pensamiento.
¿Dónde está mi ordenador? Tengo que ponerme a escribir. Tengo la imagen de la escena en la cabeza y no quiero perder el hilo.
—¿Estás bien, cariño? —oigo que dice Lucía asomando su cabeza por encima.
«Claro que estoy bien, solo un poco cansado», le digo.
¿Pero se puede saber dónde estoy? Es como si me hubieran abducido de mi butaca a esta habitación donde todos hablan y hay un médico. Me extraña que no me oigan. ¿Y por qué no puedo apartar la mirada de ese techo de pladur?
Parece un hospital. ¿Qué hago yo en un hospital?
—¿No puede hablar, doctor? —pregunta Lucía con tono angustiado, saliendo de mi vista.
—¿Nos oye? —se interesa Esther a lo lejos.
«Claro que os oigo, ¿qué os creéis, que estoy sordo?»
Lo que parece es que ellos no me oyen a mí.
—Es posible, pero no tiene reflejos. Las pruebas son bastante desalentadoras, pero de momento está en estado vegetativo —explica el médico.
Nombra una serie de ondas de letras griegas.
—Son débiles, pero parece que haya un poco de respuesta a estímulos visuales y auditivos. No estamos seguros. Hay que esperar.
¿Estado vegetativo? ¿Se ha vuelto loco?
¿Cómo no voy a tener el cerebro activo, si estoy escribiendo mi novela? Para ello se necesita tener ideas, creatividad, empuje. La que se encuentra en coma es Sonia, no yo. No me fastidies. Ella se ha partido la médula y cuando se despierte estará parapléjica. Pero yo estoy perfectamente. No me duele nada y me siento como en el nirvana de los budistas.
—¡Ay, Dios! —se lamenta Lucía. —¿Qué podemos hacer?
—De momento, esperar y hablarle. Puede que nos oiga. Eso le ayudará. Pero no sabemos cómo evolucionará, si se recuperará o se quedará así. Es pronto para saberlo. Tras dos años en coma es raro que haya despertado, pero no hay que hacerse muchas ilusiones.
Dos años en coma. ¡Anda ya! ¿De quién estarán hablando? De mí no, desde luego. Hace un rato estaba escribiendo mi novela. Esto es absurdo.
Giro los ojos hacia los lados, pero sigo mirando el maldito techo.
Quiero gritar, que me escuchen, pero parece que solo me oigo yo. No reaccionan a mis gritos.
—Daremos un tiempo para ver cómo sigue, pero si no evoluciona, si se queda tal como está, será ya decisión de ustedes qué paso dar.
—¿Se refiere a la eutanasia…?
—Sería una posibilidad en el caso de que…
¡Eutanasia! ¿Pero de qué van? ¡No estarán hablando de mí!
¡ESTOY VIVO, JODER!
¡NO ME OÍS!