UN CAFÉ EN EL PALACE

La señora toma la tacita de porcelana con el pulgar y el índice de la mano derecha, y da un pequeño sorbo al café corto y amargo, muy caliente, mientras mantiene el platito en la otra mano.

Está sentada en un cómodo sillón con orejeras, tapizado de piel suave, en el exclusivo bar del Hotel Palace de la Gran Vía de Barcelona.

Frente a ella, el joven la observa con el torso rígido, mientras le da vueltas a su café, con la delicada cucharilla de plata del servicio lujoso del hotel. Tiene vello negro en el dorso de las manos. La cucharilla reluce en contraste. Unos rizos recios asoman por el cuello de la camisa, abierto y sin corbata. La cara está tintada de oscuro en las mejillas bien rasuradas.

Son las cinco de la tarde y tiene los ojos irritados y legañosos. Se ha pedido una copa de coñac que reposa al lado de la tacita. Una copa enorme con un poco de líquido ambarino en el fondo. Se pone un poco de coñac en la tacita mezclándolo con el café.

Ella lo mira. Frunce la boca. Las arrugas se marcan alrededor de sus labios. La base de maquillaje forma pequeñas grietas en las comisuras. Se inclina hacia él. Deja la tacita sobre la mesa. Abre la boca. Carraspea. Cierra la boca. Se sienta erguida de nuevo. Aprieta sus labios finos y se marcan unas arrugas en la barbilla y en la comisura de los labios.

El camarero de la barra los mira mientras limpia unas tazas y una sonrisa despunta en su boca. Ella gira la cara hacia él y aparta, presuroso, la mirada concentrándose en su tarea.

—Chico —llama con voz aguda, levantando la mano a media altura, en un gesto fugaz.

Al momento se presenta a su lado un camarero con chaleco negro y americana roja.

—¿Desea algo la señora marquesa?

—Sí, tráeme una copita de Chartreuse, si eres tan amable.

—Claro, inmediatamente.

—Me encanta el Chartreuse —dice mirando de soslayo a joven.

—No lo he probado en mi vida —contesta este arrugando la nariz.

—Bastante mejor que este brebaje que tomas —dice ella señalando la copa con un movimiento de la cabeza.

—¿Se puede mezclar con el café?

—No digas tonterías, por favor.

Él se calla, mira su reloj. Un pie taconea en el suelo en un movimiento rítmico.

El camarero le trae la copa, con el líquido esmeralda chispeando bajo la luz del aplique. Ella pone la copa a trasluz. Sus ojos se abren ligeramente. Se lo acerca a la nariz y después a los labios. Da un sorbo minúsculo y deja reposar el líquido en la boca, unos segundos, antes de tragarlo.

—¡Ah! —exclama en un suspiro de satisfacción. —Estos son los placeres de la vida. Sencillos.

Levanta una mano blanca, surcada de venas azules, con alguna mancha parda bien disimulada, y se recoloca un rizo que se había desprendido del peinado.

Él aparta la mirada y se mira los pies. Unos zapatos desgastados. Mira los de ella, tan lustrosos, una mueca tuerce sus labios.

Ella se recuesta en el sillón, sus facciones se relajan. Abre los labios y los humedece con la punta de la lengua.

—El Chartreuse es mi poción mágica —comenta cerrando los párpados. —Me lo siento correr por las venas y enardece mi espíritu.

—Caramba, deberé probarlo —responde él frunciendo los labios.

El camarero, detrás de la barra, tose y se tapa la boca. Se esconde debajo para buscar alguna cosa. Luego se levanta con los ojos lacrimosos y la cara hierática.

La señora se acaba la copa de Chartreuse y la deja sobre la mesa.

—¿Has terminado con tu copa? —pregunta.

Él da un último trago a lo poco que quedaba y asiente.

—Pues entonces, vamos.

Se levantan y se dirigen a la puerta. Ella alza la mano para despedirse de los camareros, sin girar la cabeza.

—Adiós, señora marquesa —dicen al unísono.

Al llegar a la puerta del ascensor, ella deja que él abra la puerta de hierro y entra con la cabeza alta, mueve las caderas al caminar.

Él la ve entrar, pero se queda parado. Su mano agarrada al pomo metálico.

Hace un movimiento lento, de negación, con la cabeza. Cierra de un portazo, dejándola dentro. Se da la vuelta y se va de allí, con paso rápido. Sin mirar atrás.

Sale corriendo a la calle.

El portero, con sombrero de copa, alza la mano.

Los dos camareros se miran. Sonríen.

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