Desde el rincón en que me siento —siempre el mismo— tengo una amplia perspectiva del pequeño local. La mesa está junto la ventana y, por las mañanas, cuando desayuno, entra el sol en un sesgo biselado, rasgando el aire, y dando una atmósfera de calidez como si fuera capaz de acariciar tu piel con dedos de terciopelo.
Esta mesita la tengo, diríamos, reservada. No hay ningún cartelito que lo ponga, pero es pequeña —como máximo caben dos personas— y casi nunca está ocupada. Llego pronto.
Yo me acomodo ahí, enchufo mi portátil, y me pido un bocadillo y un vaso de vino. A mí me gusta degustar un buen caldo y aquí siempre tienen botellas de pequeñas bodegas catalanas, que tienen una calidad muy aceptable a un buen precio.
Mientras me zampo el desayuno miro las noticias, aunque me canso pronto. Siempre lo mismo: Trump y sus guerras. Está jugando a soldaditos con su amiguete Netanyahu. El primero para hacer dinero, el segundo para mantenerse en el poder y evitar ser juzgado.
Así es el mundo en nuestros tiempos. Dinero y corrupción. Y el poder en manos de niños viejos y malhumorados.
Ya no hay principios elevados. La moral se deshilacha en una sociedad desorientada.
Así que cierro las noticias y abro el Word.
Estoy un poco apagado. Las noticias, quieras o no, me afectan. Pido una copa de coñac para acompañar al café. A ver si me animo un poco.
Me gusta ver gente a mi alrededor. ¡Estoy tan solo en casa! Desde que Teresa se marchó… No es lo mismo. El piso está desangelado. Yo pensaba que éramos felices y mira tú por dónde. Fue una sorpresa, la verdad, aunque debo admitir que en los últimos meses estaba distante. Pensé que serían cosas del trabajo. No le di importancia. Un día se plantó delante de mí, los brazos en jarras.
—Me voy Ernesto. No aguanto más —dijo, con el ceño fruncido, como retadora.
Me quedé perplejo, la verdad. Intenté razonar, le pregunté qué le pasaba. Me dijo que el hecho de que no lo supiera era el motivo principal.
Pero ¿qué es lo que tenía que saber y que no sabía?
—Vives en otro mundo, en otro universo. En una dimensión en que yo no existo —me soltó como un hachazo.
—Pero… ¿por qué dices eso…? ¡Yo te quiero! —respondí, balbuceando.
—Tú solo te quieres a ti mismo. Y tus malditas novelas.
Esto me dejó patitieso. Uno escribe para que le quieran, no para ser repudiado. Buscar ser admirado por lo que haces no es un pecado. Pero ella pensaba que eso me hacía ser un narcisista o algo así, dijo. Bueno, ella es psicóloga. Siempre con sus palabras raras.
Me termino el café con la copa y me pongo a escribir.
Aquí, al menos, estoy bien acompañado. La dueña del local me tiene en mucho aprecio. No creo que se deba solo a que hago mucho gasto. Creo que le gusta tener un escritor entre su clientela. Me mira con cierto orgullo desde detrás de la barra. El otro día la oí comentar con un cliente que yo escribía novelas. Me dio la impresión de que lo decía vanagloriándose, como diciendo, «mira que clientela más selecta tengo».
Eso me pareció.
El sol me calienta por fuera y el coñac por dentro.
La dueña, Nuria se llama, no está mal. Es una mujer de unos cuarenta y cinco años. Un poco grandota, pero con los ojos dulces. Me cae bien. Igual en un futuro, quien sabe. Estoy tan solo en casa…
—¿Otro coñac, Ernesto? —me pregunta atenta.
—Claro. Este se ha evaporado —le contesto con una carcajada.
Me lo trae y se inclina sobre la mesa. Sus pechos a un palmo de mis narices. Huele bien. Aparto la mirada, un poco avergonzado. Ella sonríe. Se va con un coqueto movimiento de caderas, segura de que la estoy siguiendo con la mirada.
Bebo un sorbo. Noto el calor aterciopelado recorriendo mi esófago.
Eso tampoco le gustaba a Teresa, decía que me olía el aliento. Qué bebía mucho y que eso la molestaba.
—No bebo tanto, lo normal, como todo el mundo —me excusaba yo.
—¿Cómo todo el mundo? Serán los del tuyo, en el mío la gente no huele a alcohol a las once de la mañana.
¡Bah! Era una exagerada. Tomarse un coñac con el café es lo más normal del mundo. Claro que si desayunas una mariconada de esas, un croissant o un bollo de mantequilla, no pega, pero con un bocadillo de chorizo ¿qué vas a tomar? ¿Un cortadito? Vamos, hombre.
Igual es que su mundo es de mujeres finas o de esos hombres de hoy, medio… Bueno, metrosexuales les llaman, siendo amables. Se afeitan las axilas y todo eso. Es verdad, no son de mi estilo.
Algún día escribiré una novela sobre la variedad de géneros. Más de cincuenta, he leído. Para volverse loco. Aunque bien mirado, está tan alejado de mi experiencia que me saldría un churro.
Vale, deja de pensar en Teresa.
Bebo un trago.
Nuria me mira desde la barra. Está aclarando los platos y poniéndolos en el lavavajillas. Un rubor le luce en las mejillas. ¿Será porque la he pillado mirándome? Tendré que echarle el anzuelo, a ver si pica. Lo que pasa es que no quisiera equivocarme, que se burlara de mí. Ya no podría volver a este rincón en que tan a gusto me encuentro.
No vale la pena el riesgo.
Soy un poco cobarde, lo admito. La ruptura con Teresa me ha dejado con la autoestima por el suelo. Quién iba a decirlo. Estaba tan seguro de que me quería. ¿Por qué no lo habló conmigo? ¿Por qué dejó que nuestra relación se fuera pudriendo?
Igual había otro, u otra, u otre. Seguro. Debía llevar una doble vida antes de dejarme. Estoy seguro. Me engañaba. Por eso no decía nada. Lo tenía todo muy callado. Estuve ciego.
Me pido un carajillo. El coñac a palo seco me pone melancólico. Con el café es otra cosa.
Me pongo a escribir. Ya está bien de darle vuelta a las cosas.
Hablaré del engaño, de cómo se siente confiado uno y luego te dan una puñalada trapera. De lo peligroso que es ser bueno. Me gustaría escribir sobre los engaños. Como aviso a navegantes. Que se cuiden de las personas con dos caras, falsas como una moneda de chocolate. De chocolate amargo.
Gente engañosa, que aparentan una cosa y luego son otra. La gente modernilla, que no sabes si van o vienen, si son de esta acera o de la otra. Falsedad por todas partes.
Nuria sí que es una mujer. Eso está claro.
Le voy a echar los tejos, y que sea lo que Dios quiera.
Pero otro día.
Hoy tengo que escribir algo. Llevo demasiado tiempo divagando.
Me bebo el carajillo.
El calorcito del sol que entra por la ventana me hace sentir como envuelto en algodón, amodorrado.
Se me cierran los ojos.
Mañana quizá.
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