Al despertarme fui corriendo al ordenador, abrí el Word y me puse a escribir. Quise retener el sueño. Plasmarlo en papel. Pero se me iba difuminando en el recuerdo, sus contornos se deshacían como las alas de Ícaro al acercarse al sol.
El sol, el gran difuminador de todos los sueños.
A medida que iba escribiendo la mente se desplazaba. Del mundo de los sueños a lo real. La conciencia ocupaba su lugar. El trono de su reino.
Cerré los ojos, simulando la oscuridad nocturna, queriendo engañar a los pensamientos y que me permitiera bucear en las emociones. Pero todo me distraía. Los ruidos domésticos. Un topetazo en el pasillo. ¿Qué está haciendo Miguelito? ¿Se ha caído? ¿Se habrá hecho daño? Y Carmen, ¿dónde se ha metido? ¿En la ducha?
Abrí los ojos. Era inútil. Se escapaba sin remedio. Uno no puede asir el aire. Los fantasmas del inconsciente son huidizos. Solo me quedaba la sensación. Un peso en el espíritu.
—¡Miguelito! ¿Estás bien?
No dejaba de molestar ese crio. No podía estarse quieto. Así no había manera de concentrarse. No dijo nada. Tampoco oí lloros. Me tranquilicé.
¿Qué estaba haciendo Carmen?
—¡Carmen! ¿Dónde estás? ¿Quieres ver que le pasa al niño? —grité desde el despacho.
No me oyó. Debía estar en la ducha.
Intenté relajarme. Miré la pantalla. Había empezado a escribir sobre el sueño. Lo poco que recordé al levantarme. Tuve un flash: el intestino se me cerraba. ¿Por qué? No lo sé. Me habían operado, me habían quitado un trozo de estómago, y luego no paraba de vomitar.
La sensación me ponía los pelos de punta, pero no podía delimitarla. Eran imágenes huidizas, borrosas, indeterminadas.
Me intenté concentrar y estirar del hilo de la madeja. Desenredarlo.
Allí había algo importante, pero se iba… No conseguía fijarlo.
Y menos con continuas interrupciones.
—Pedro, ¿vas a tomar unas …das? —oí las palabras entrecortadas.
Carmen me decía algo desde la cocina.
—¿Qué?
—Unas tostadas. ¿Quieres o no?
—NO, SOLO CAFÉ —grité.
Intenté concentrarme de nuevo. ¿Por dónde iba? Miré la pantalla. Ah, sí. La operación y los vómitos. Ya recordaba… Me tenían que volver a abrir. Se había cerrado el estómago. Por alguna razón no dejaba pasar la comida.
—Pero doctora, ¿otra operación? —le preguntaba.
—Sí, no hay más remedio. Si no se morirá.
—¿Y qué me van a hacer?
La doctora callaba. No quería decirme nada más.
Sentí en mis entrañas el miedo, la angustia. ¿Qué fue lo que me afectó tanto en el sueño?
—Papá, tenes el café en la mesa. Dice mamá que vayas. Que se te fritará.
—Enfriará, Miguelito. Se dice enfriará.
—Eso. Se te enfritará.
Salió corriendo por el pasillo.
Me levanté, desesperado. ¿Por qué me tenía que operar de nuevo? ¿Qué me iba a pasar si no me operaba? ¿Por qué me iba a morir?
Pensé en mi operación, la del mundo real. Me habían acortado el estómago y eso provocaba que me saciara pronto. Si comía mucho me daban ganas de vomitar.
Me senté en la mesa.
—Seguro que una tostadita no te hará daño. Tienes que comer Pedro…
—Ya… Luego tomaré un yogurt. Ahora con el café ya es suficiente.
—Eso de los vómitos… No sé…
Carmen dudaba, la preocupaban tantos vómitos. La miré con la taza en la mano.
—¿Qué?
—Pues que creo que estás obsesionado con el peso. Siempre te estás pesando. Que si me he engordado un kilogramo, que si debo ponerme a régimen… dándole vueltas a lo mismo.
—Bueno, no quiero engordarme otra vez.
—No vas a engordarte. Si te han quitado medio estómago.
—Vuelve a hacerse grande si comes mucho.
Me miró con cara de preocupación.
Quizá fuera psicológico, pero desde la operación me sentía muy lleno después de comer y no mejoraba hasta que no vaciaba el estómago. Luego me entraba una satisfacción indescriptible. Es verdad que me decía que ese día no iba a engordar.
Volví al despacho. Me senté frente al ordenador.
Intenté retomar el sueño. Cerré los ojos un momento.
Ya no me acordaba de nada más; casi todo se había ya perdido en el fondo de la inconsciencia. Ese lugar donde habitan los monstruos.
Solo una cosa me inquietaba. Mi sentimiento de terror cuando pensé, en el sueño, que me iban a colocar un tubo para alimentarme. Como uno de esos que ponen para vaciar los desechos, pero al revés, para meter los alimentos. Que debería llevar una bolsa con nutrientes siempre enganchada al cuerpo.
—Hay que anular ese estómago —sentenció la doctora.
En el sueño sentí una angustia indescriptible cuando me dijo eso. Me imaginé con un nudo al final del estómago, sin solución de continuidad con el intestino.
Debería controlar más las comidas. Reducir la cantidad y hacerlas con mayor frecuencia. Como me habían aconsejado. Pero me encantaba la buena mesa y cuando tenía el plato delante no podía contenerme.
Luego a vomitar.
Me estremecí. Quizá sí que estaba obsesionado con el estómago, con la comida y con el peso.
Tenía que escribir estos pensamientos. Enfrentarme al sueño, exorcizarlo sobre el papel en blanco. Meditar en su significado.
Se abrió la puerta. Sin llamar, claro.
—Nos vamos —anunció Carmen. —Anda, Miguelito, dale un beso a papá y coge la mochila. Nos vemos a la noche. No te olvides de recoger al niño al mediodía, eres capaz.
Recoger al niño, hacer la compra, preparar la comida, llevarlo al cole a la tarde…
Así no había quien escribiera un cuento.
—De acuerdo, no te preocupes. ¿Cómo voy a olvidarme?
—No me hagas enumerar las veces que…
—Vale, vale. Anda, vete y déjame trabajar.
Me senté frente a la pantalla. Me mesé el pelo. Empecé a teclear.
«Al despertarme fui corriendo…»
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