Categoría: Desconexión

Personas que desconectan con la realidad con los años

  • LA VENTANA

    Estoy en la habitación. No es mi habitación. Miro por la ventana. El sol desciende despacio sobre la colina. Un árbol solitario se recorta en el cielo crepuscular. Es solo un perfil negro sobre fondo escarlata, como una sombra chinesca. Una lágrima asoma en el ojo y la seco con la palma de la mano.
    Escribo un poema hecho de luz y sombra.
    Unos versos sobre lo mirado: el árbol y el cielo, el crepúsculo y la sepultura.
    La ventana me conecta con el mundo. Es una nada entre dos vacuidades. El mundo de las formas que se manifiestan, que mudan y mueren y renacen y vuelven a morir, en un círculo sin sentido, y mi vida que está inerte y estática, que ya ha pasado. Una línea truncada o cerca de cercenarse.
    Ya solo me quedan ciertos recuerdos inconexos. Intento escribirlos para no perderlos, para no quedarme vacío.
    El patio de la residencia está ya oscuro. Unos abuelos siguen ahí, sentados en butacas, arrimados a la pared, con mantas de lana a cuadros sobre sus piernas escuálidas. Captan los últimos rayos de sol como lagartos con la boca abierta y desdentada. Ahí está Manuel, con la punta de la lengua rosada asomando entre sus pálidos labios; allá Carmen, con los ojos pintados y colorete en las mejillas. Potingues que no engañan.
    Yo solo miro desde la ventana.
    Cojo mi pluma y la hago hablar sobre el papel rayado. Escribo sobre lo que veo, cuatro trazos, pequeñas pinceladas.
    Intento recordar. Seguro que hubo alguien. Nadie ha estado siempre solo. Pero son sombras de mi memoria. Como la del árbol de la colina: solo siluetas sin rostro. Si lo hubo, ya no está. Se ha perdido entre las telarañas del desván. Solo polvo. No puedo oír ni las ratas correteando.

    La casa está vacía. Solo cuando duermo aparece algo: imágenes deshilachadas que de vez en cuando parecen atarme al pasado, como un cordón umbilical hecho de cera que se derrite al salir el sol y despertarme. Pero no siempre. En ciertas ocasiones me queda una especie de recuerdo: un olor, un rostro desdibujado, un aleteo del alma. Entonces corro a escribirlo antes de que se desvanezca en la nada.
    Las hojas se esparcen en el jardín como una sábana parda. Los árboles muestran sus manos descarnadas. Es el otoño del patriarca. No sé de dónde me ha surgido esta frase, pero me sirve. La escribo como si fuera mía. ¿A quién va a importarle?
    Luego llegará el invierno. La nieve blanca sobre las hojas podridas. Parecerá que todo sea nuevo, pero debajo se esconderán los detritos como bajo una alfombra en una casa. Como se esconde lo que molesta.
    ¿Ha sido este mi caso?
    Mejor no tener memoria. No quiero acordarme de nada.
    La mano tiembla sobre el papel y dejo una mancha de tinta sobre la última palabra: vacío.

  • LA PÁGINA

    Una página. Solo tengo que escribir una página. No es tanto, joder. Dos mil caracteres, más o menos. Con espacios. ¿No voy a poder escribir eso? No debo pensar en que estoy escribiendo una novela. Si pienso en la extensión, estoy perdido. Entonces me bloqueo. Solo una página. Sin distraerme. Concentrado en eso. ¿Sobre qué? Debo escoger una escena. La que más me apetezca escribir. Ya las tengo esbozadas. Me ha costado hacer eso, pero ya está. Cogeré una escena y la escribiré. Cualquiera. Aunque sea la última de la novela. La que yo quiera. Puedo hacer lo que me dé la gana. ¿Acaso no soy mi propio jefe? Al menos por un tiempo. Por eso pedí una excedencia. Un año. Ese es el límite. Luego deberé volver. Reanudar mis rutinas. Trescientos sesenta y cinco días. Ni uno más. Para ahora hacer lo que yo quiera. Y quiero escribir mi novela. Punto. Solo faltaría que ahora me bloqueara. ¿No estoy en el puto monasterio? ¿No me he apartado del mundanal ruido? Si casi soy un ermitaño, coño. Como esos que estaban en una columna. En medio del desierto. Yo al menos tengo una celda, una libreta y un lápiz. ¿Qué más necesito? Tengo tiempo, pero corre que se las pela. Rosa dice que me esperará. Que no sufra por ella. Es buena chica. Pero no pienses en ella. Ahora debes concentrarte. Solo tu novela. Si te pones a pensar en ella, no harás nada. ¿Qué escena elijo? Llevo una semana con la escaleta. Ahora ya tengo el esquema. Solo queda escribir. No logro decidirme. Miro por la ventana. Hace sol. Me distraigo con una mosca. Se está dando cabezazos en el cristal. Es testaruda. Ve los huertos, pero no puede llegar a ellos. Huele las frutas maduras. Debe ser una tentación insoslayable. No ve el vidrio en la ventana. Dale que te dale. Cabezazos continuados. No se cansa. Va a pillarse una jaqueca que no veas. Pero no sé de qué me burlo. A mí me pasa lo mismo. Veo el territorio, pero no puedo alcanzarlo. Debo tener un cristal en medio. Un cristal invisible. Que no me deja proseguir. Como esa frase manida: tener un techo de cristal. Cuando no puedes crecer. O no te dejan. Lo dicen las mujeres cuando hablan de las empresas. No las dejan ocupar los puestos de responsabilidad. Un techo de cristal. Buen símil. Los buenos símiles funcionan. Se abren paso. No tienen barreras que los frenen. No tienen cristal en los techos. Ni en las ventanas. Yo necesito buenos símiles, metáforas adecuadas. Para escribir. Mujeres y moscas. Y yo. Algo así. Algo que me sirva. Pero mi cristal está en mi cabeza. Es interno. Sé que está porque no escribo. Me obstruye el camino, pero no lo veo. No sé qué hace ahí. ¿De dónde ha salido? ¿De la soledad? Puede. Igual me he pasado. Aquí solo. Entre esos monjes. No me molestan. Me dejan en paz. Podría asistir a los oficios. Maitines, laudes, etc. No me lo impiden. Es más, me lo aconsejan. Pero no quiero distraerme. Quizá debería. Me aburro demasiado. Fuera de las comidas, estoy todo el día sentado en esa silla. Solo. Bueno, solo con la mosca. Me hace compañía. Es lamentable. Lo dejo todo atrás y me alegro de tener la mosca. Una cautiva. Como yo. Solos ella y yo. No creo que ella me espere. Rosa va a cansarse. Es normal. Es joven y saldrá con sus amigas. Encontrará a otro. Luego me dejará. Me lo merezco. Pero es lo que he querido. Lo tomo como una prueba. Si aguanta un año es que me quiere. ¡Seré imbécil! ¡Qué va a aguantar! Se largará con otro. Eso seguro. ¡Qué más da! Lo primero es lo primero. Y lo que debo hacer es escribir y dejarme de cuentos. Sí, escribir. Aunque sea un cuento. Los cuentos también sirven. La mayoría de buenos novelistas han escrito cuentos. Cortazar, Borges, Faulkner… Muchos. Igual si escribo un cuento corto me animo. Puedo hacer una cosa: cojo una escena y escribo un cuento. Luego si sale algo lo incluyo. Así veo que hay un inicio y un final. Satisfacción a corto plazo. Puede que ahí esté el cristal. Baja tolerancia a demorar la satisfacción. Eso que tienen los pacientes con TDAH. A ver si resulta que yo tengo este síndrome. Necesito obtener las satisfacciones a corto plazo. Pues la he hecho buena encerrándome en un monasterio. Parecía tan chulo.  Vida monástica. Sin distracciones. Barato. Sencillez. Pues ya estoy harto. Y eso que llevo una semana. ¡Cómo voy a aguantar un año! En una semana algo he hecho. He escrito el esquema. Tengo la visión clara de lo que quiero escribir. Pero ya está. Ya no me sale nada. Igual no me estimula la historia. Si no me estimula a mí, imagina. Un fracaso. Será un desastre. Lo veo venir. Es una historia aburrida. No tiene ningún interés. Como esa vida aquí. Aburrida hasta la médula. ¡Qué trama más sosa! Como la vida de un monje. Ora et labora. Pues a mí no me sirve. No laboro ni oro. No es lo mío. Voy a romper la escaleta. No quiero volver a verla. Empezaré de nuevo. Ahí sigue la mosca. Dándose de cabeza. Buscando por donde escaparse. Soy una puta mosca. Samsa se convirtió en escarabajo. Yo en mosca. Podría escribir otra Metamorfosis. Me convertiría en una de ellas. Intentaría salir al huerto. A chupar frutos dulces. Pero estaría encerrada. Hasta que llegara un monje con una pala matamoscas. Me perseguiría por la celda. Yo chillaría que soy humano. No me oiría. No entendería el habla de las moscas. No sería un monje budista. Uno cristiano. De los que matan los insectos. Hasta que me aplastara. Ahí se acabaría la historia. Fundido en negro. Mi última visión sería el melocotonero en el huerto. ¿Por qué no? Sería más interesante que lo que tengo ahora. Rompo la escaleta. En mil pedazos. Empiezo de nuevo. Será un cuento. Una novela corta. No creo que dé para más. Si al menos pudiera escribir eso. Habría valido la pena. Vamos, me pongo. Empezaré escribiendo una página. Luego ya veré. Solo una página. No es tanto, joder.

  • DESDE EL RINCÓN

    Desde el rincón en que me siento —siempre el mismo— tengo una amplia perspectiva del pequeño local. La mesa está junto la ventana y, por las mañanas, cuando desayuno, entra el sol en un sesgo biselado, rasgando el aire, y dando una atmósfera de calidez como si fuera capaz de acariciar tu piel con dedos de terciopelo.

    Esta mesita la tengo, diríamos, reservada. No hay ningún cartelito que lo ponga, pero es pequeña —como máximo caben dos personas— y casi nunca está ocupada. Llego pronto.

    Yo me acomodo ahí, enchufo mi portátil, y me pido un bocadillo y un vaso de vino. A mí me gusta degustar un buen caldo y aquí siempre tienen botellas de pequeñas bodegas catalanas, que tienen una calidad muy aceptable a un buen precio.

    Mientras me zampo el desayuno miro las noticias, aunque me canso pronto. Siempre lo mismo: Trump y sus guerras. Está jugando a soldaditos con su amiguete Netanyahu. El primero para hacer dinero, el segundo para mantenerse en el poder y evitar ser juzgado.

    Así es el mundo en nuestros tiempos. Dinero y corrupción. Y el poder en manos de niños viejos y malhumorados.

    Ya no hay principios elevados. La moral se deshilacha en una sociedad desorientada.

    Así que cierro las noticias y abro el Word.

    Estoy un poco apagado. Las noticias, quieras o no, me afectan. Pido una copa de coñac para acompañar al café. A ver si me animo un poco.

    Me gusta ver gente a mi alrededor. ¡Estoy tan solo en casa! Desde que Teresa se marchó… No es lo mismo. El piso está desangelado. Yo pensaba que éramos felices y mira tú por dónde. Fue una sorpresa, la verdad, aunque debo admitir que en los últimos meses estaba distante. Pensé que serían cosas del trabajo. No le di importancia. Un día se plantó delante de mí, los brazos en jarras.

    —Me voy Ernesto. No aguanto más —dijo, con el ceño fruncido, como retadora.

    Me quedé perplejo, la verdad. Intenté razonar, le pregunté qué le pasaba. Me dijo que el hecho de que no lo supiera era el motivo principal.

    Pero ¿qué es lo que tenía que saber y que no sabía?

    —Vives en otro mundo, en otro universo. En una dimensión en que yo no existo —me soltó como un hachazo.

    —Pero… ¿por qué dices eso…? ¡Yo te quiero! —respondí, balbuceando.

    —Tú solo te quieres a ti mismo. Y tus malditas novelas.

    Esto me dejó patitieso. Uno escribe para que le quieran, no para ser repudiado. Buscar ser admirado por lo que haces no es un pecado. Pero ella pensaba que eso me hacía ser un narcisista o algo así, dijo. Bueno, ella es psicóloga. Siempre con sus palabras raras.

    Me termino el café con la copa y me pongo a escribir.

    Aquí, al menos, estoy bien acompañado. La dueña del local me tiene en mucho aprecio. No creo que se deba solo a que hago mucho gasto. Creo que le gusta tener un escritor entre su clientela. Me mira con cierto orgullo desde detrás de la barra. El otro día la oí comentar con un cliente que yo escribía novelas. Me dio la impresión de que lo decía vanagloriándose, como diciendo, «mira que clientela más selecta tengo».

    Eso me pareció.

    El sol me calienta por fuera y el coñac por dentro.

    La dueña, Nuria se llama, no está mal. Es una mujer de unos cuarenta y cinco años. Un poco grandota, pero con los ojos dulces. Me cae bien. Igual en un futuro, quien sabe. Estoy tan solo en casa…

    —¿Otro coñac, Ernesto? —me pregunta atenta.

    —Claro. Este se ha evaporado —le contesto con una carcajada.

    Me lo trae y se inclina sobre la mesa. Sus pechos a un palmo de mis narices. Huele bien. Aparto la mirada, un poco avergonzado. Ella sonríe. Se va con un coqueto movimiento de caderas, segura de que la estoy siguiendo con la mirada.

    Bebo un sorbo. Noto el calor aterciopelado recorriendo mi esófago.

    Eso tampoco le gustaba a Teresa, decía que me olía el aliento. Qué bebía mucho y que eso la molestaba.

    —No bebo tanto, lo normal, como todo el mundo —me excusaba yo.

    —¿Cómo todo el mundo? Serán los del tuyo, en el mío la gente no huele a alcohol a las once de la mañana.

    ¡Bah! Era una exagerada. Tomarse un coñac con el café es lo más normal del mundo. Claro que si desayunas una mariconada de esas, un croissant o un bollo de mantequilla, no pega, pero con un bocadillo de chorizo ¿qué vas a tomar? ¿Un cortadito? Vamos, hombre.

    Igual es que su mundo es de mujeres finas o de esos hombres de hoy, medio… Bueno, metrosexuales les llaman, siendo amables. Se afeitan las axilas y todo eso. Es verdad, no son de mi estilo.

    Algún día escribiré una novela sobre la variedad de géneros. Más de cincuenta, he leído. Para volverse loco. Aunque bien mirado, está tan alejado de mi experiencia que me saldría un churro.

    Vale, deja de pensar en Teresa.

    Bebo un trago.

    Nuria me mira desde la barra. Está aclarando los platos y poniéndolos en el lavavajillas. Un rubor le luce en las mejillas. ¿Será porque la he pillado mirándome? Tendré que echarle el anzuelo, a ver si pica. Lo que pasa es que no quisiera equivocarme, que se burlara de mí. Ya no podría volver a este rincón en que tan a gusto me encuentro.

    No vale la pena el riesgo.

    Soy un poco cobarde, lo admito. La ruptura con Teresa me ha dejado con la autoestima por el suelo. Quién iba a decirlo. Estaba tan seguro de que me quería. ¿Por qué no lo habló conmigo? ¿Por qué dejó que nuestra relación se fuera pudriendo?

    Igual había otro, u otra, u otre. Seguro. Debía llevar una doble vida antes de dejarme. Estoy seguro. Me engañaba. Por eso no decía nada. Lo tenía todo muy callado. Estuve ciego.

    Me pido un carajillo. El coñac a palo seco me pone melancólico. Con el café es otra cosa.

    Me pongo a escribir. Ya está bien de darle vuelta a las cosas.

    Hablaré del engaño, de cómo se siente confiado uno y luego te dan una puñalada trapera. De lo peligroso que es ser bueno. Me gustaría escribir sobre los engaños. Como aviso a navegantes. Que se cuiden de las personas con dos caras, falsas como una moneda de chocolate. De chocolate amargo.

    Gente engañosa, que aparentan una cosa y luego son otra. La gente modernilla, que no sabes si van o vienen, si son de esta acera o de la otra. Falsedad por todas partes.

    Nuria sí que es una mujer. Eso está claro.

    Le voy a echar los tejos, y que sea lo que Dios quiera.

    Pero otro día.

    Hoy tengo que escribir algo. Llevo demasiado tiempo divagando.

    Me bebo el carajillo.

    El calorcito del sol que entra por la ventana me hace sentir como envuelto en algodón, amodorrado.

    Se me cierran los ojos.

    Mañana quizá.

  • EL SUEÑO

    Al despertarme fui corriendo al ordenador, abrí el Word y me puse a escribir. Quise retener el sueño. Plasmarlo en papel. Pero se me iba difuminando en el recuerdo, sus contornos se deshacían como las alas de Ícaro al acercarse al sol.

    El sol, el gran difuminador de todos los sueños.

    A medida que iba escribiendo la mente se desplazaba. Del mundo de los sueños a lo real. La conciencia ocupaba su lugar. El trono de su reino.

    Cerré los ojos, simulando la oscuridad nocturna, queriendo engañar a los pensamientos y que me permitiera bucear en las emociones. Pero todo me distraía. Los ruidos domésticos. Un topetazo en el pasillo. ¿Qué está haciendo Miguelito? ¿Se ha caído? ¿Se habrá hecho daño? Y Carmen, ¿dónde se ha metido? ¿En la ducha?

    Abrí los ojos. Era inútil. Se escapaba sin remedio. Uno no puede asir el aire. Los fantasmas del inconsciente son huidizos. Solo me quedaba la sensación. Un peso en el espíritu.

    —¡Miguelito! ¿Estás bien?

    No dejaba de molestar ese crio. No podía estarse quieto. Así no había manera de concentrarse. No dijo nada. Tampoco oí lloros. Me tranquilicé.

    ¿Qué estaba haciendo Carmen?

    —¡Carmen! ¿Dónde estás? ¿Quieres ver que le pasa al niño? —grité desde el despacho.

    No me oyó. Debía estar en la ducha.

    Intenté relajarme. Miré la pantalla. Había empezado a escribir sobre el sueño. Lo poco que recordé al levantarme. Tuve un flash: el intestino se me cerraba. ¿Por qué? No lo sé. Me habían operado, me habían quitado un trozo de estómago, y luego no paraba de vomitar.

    La sensación me ponía los pelos de punta, pero no podía delimitarla. Eran imágenes huidizas, borrosas, indeterminadas.

    Me intenté concentrar y estirar del hilo de la madeja. Desenredarlo.

    Allí había algo importante, pero se iba… No conseguía fijarlo.

    Y menos con continuas interrupciones.

    —Pedro, ¿vas a tomar unas …das? —oí las palabras entrecortadas.

    Carmen me decía algo desde la cocina.

    —¿Qué?

    —Unas tostadas. ¿Quieres o no?

    —NO, SOLO CAFÉ —grité.

    Intenté concentrarme de nuevo. ¿Por dónde iba? Miré la pantalla. Ah, sí. La operación y los vómitos. Ya recordaba… Me tenían que volver a abrir. Se había cerrado el estómago. Por alguna razón no dejaba pasar la comida.

    —Pero doctora, ¿otra operación? —le preguntaba.

    —Sí, no hay más remedio. Si no se morirá.

    —¿Y qué me van a hacer?

    La doctora callaba. No quería decirme nada más.

    Sentí en mis entrañas el miedo, la angustia. ¿Qué fue lo que me afectó tanto en el sueño?

    —Papá, tenes el café en la mesa. Dice mamá que vayas. Que se te fritará.

    —Enfriará, Miguelito. Se dice enfriará.

    —Eso. Se te enfritará.

    Salió corriendo por el pasillo.

    Me levanté, desesperado. ¿Por qué me tenía que operar de nuevo? ¿Qué me iba a pasar si no me operaba? ¿Por qué me iba a morir?

    Pensé en mi operación, la del mundo real. Me habían acortado el estómago y eso provocaba que me saciara pronto. Si comía mucho me daban ganas de vomitar.

    Me senté en la mesa.

    —Seguro que una tostadita no te hará daño. Tienes que comer Pedro…

    —Ya… Luego tomaré un yogurt. Ahora con el café ya es suficiente.

    —Eso de los vómitos… No sé…

    Carmen dudaba, la preocupaban tantos vómitos. La miré con la taza en la mano.

    —¿Qué?

    —Pues que creo que estás obsesionado con el peso. Siempre te estás pesando. Que si me he engordado un kilogramo, que si debo ponerme a régimen… dándole vueltas a lo mismo.

    —Bueno, no quiero engordarme otra vez.

    —No vas a engordarte. Si te han quitado medio estómago.

    —Vuelve a hacerse grande si comes mucho.

    Me miró con cara de preocupación.

    Quizá fuera psicológico, pero desde la operación me sentía muy lleno después de comer y no mejoraba hasta que no vaciaba el estómago. Luego me entraba una satisfacción indescriptible. Es verdad que me decía que ese día no iba a engordar.

    Volví al despacho. Me senté frente al ordenador.

    Intenté retomar el sueño. Cerré los ojos un momento.

    Ya no me acordaba de nada más; casi todo se había ya perdido en el fondo de la inconsciencia. Ese lugar donde habitan los monstruos.

    Solo una cosa me inquietaba. Mi sentimiento de terror cuando pensé, en el sueño, que me iban a colocar un tubo para alimentarme. Como uno de esos que ponen para vaciar los desechos, pero al revés, para meter los alimentos. Que debería llevar una bolsa con nutrientes siempre enganchada al cuerpo.

    —Hay que anular ese estómago —sentenció la doctora.

    En el sueño sentí una angustia indescriptible cuando me dijo eso. Me imaginé con un nudo al final del estómago, sin solución de continuidad con el intestino.

    Debería controlar más las comidas. Reducir la cantidad y hacerlas con mayor frecuencia. Como me habían aconsejado. Pero me encantaba la buena mesa y cuando tenía el plato delante no podía contenerme.

    Luego a vomitar.

    Me estremecí. Quizá sí que estaba obsesionado con el estómago, con la comida y con el peso.

    Tenía que escribir estos pensamientos. Enfrentarme al sueño, exorcizarlo sobre el papel en blanco. Meditar en su significado.

    Se abrió la puerta. Sin llamar, claro.

    —Nos vamos —anunció Carmen. —Anda, Miguelito, dale un beso a papá y coge la mochila. Nos vemos a la noche. No te olvides de recoger al niño al mediodía, eres capaz.

    Recoger al niño, hacer la compra, preparar la comida, llevarlo al cole a la tarde…

    Así no había quien escribiera un cuento.

    —De acuerdo, no te preocupes. ¿Cómo voy a olvidarme?

    —No me hagas enumerar las veces que…

    —Vale, vale. Anda, vete y déjame trabajar.

    Me senté frente a la pantalla. Me mesé el pelo. Empecé a teclear.

    «Al despertarme fui corriendo…»

  • EL SILENCIO

    Si observas con atención, te darás cuenta de que frunce el entrecejo y te preguntarás qué es lo que le altera. ¿Estará enfadado acaso? Te parece extraño, ya que está solo, sentado en la mesa de su casa, con un lápiz en la mano y una libreta abierta enfrente.

    A pesar de empuñar el lapicero y mantenerlo en suspenso, un poco levantado, parece más inclinado a hincarlo en el papel que a usarlo para lo que estuviera escribiendo. Esa es la impresión que provoca la unión del ceño fruncido y la crispación de sus dedos.

    —¿Qué es lo que escribe que lo tiene en este estado? —te estarás preguntando.

    Pero te sorprendería saber que no es lo narrado lo que le provoca ese desasosiego. Es un ruidoso trasiego que oye por la casa y que no le permite concentrarse en lo que está haciendo.

    Da un manotazo en la mesa y se levanta hastiado.

    —¡Así no hay quien escriba! —le oyes quejarse mientras coge su cartera y coloca en su interior libreta y lápiz. Se pone un abrigo, se cala el sombrero y, con un exabrupto, se marcha, harto de tanto ruido.

    Lo ves andar con paso rápido y la mirada fija, como oteando su destino.

    —¿A dónde va tan decidido? —te preguntas intrigado.

    Ha pensado que en la biblioteca del barrio encontrará el silencio anhelado.

    Lo ves sentarse en una mesa corrida, abrir su libreta y empuñar el lapicero. Reina un silencio confortable que lo envuelve como si una manta cálida cubriera su cuerpo.

    —¡Ah, qué lugar más tranquilo!. Aquí podré concentrarme para escribir mi novela sin que nada me desconcentre —suspira apacible.

    Pero el paraíso es solo un sueño. Entra gente, busca en las estanterías; a uno se le cae un ejemplar al suelo, otro, pregunta al bibliotecario por una obra concreta. Ruidos. Siempre ruidos. Por todas partes, ruidos.

    Cierra la libreta, recoge su lapicero y los coloca, con cierta brusquedad, en la cartera de cuero.

    Lo observas levantarse y salir de la sala, no sin antes echar una mirada de fuego al empleado de la biblioteca, por su incapacidad para mantener el silencio.

    Cómo envidia esos monasterios medievales en los que los monjes, en estricto silencio, copiaban con letra pulcra aquellos bellos manuscritos. Anhela ese sosiego sin el cual hubiera sido imposible tan delicada tarea.

    Hoy en día es una utopía, un sueño delirante, pensar en la posibilidad de encontrar un espacio donde trabajar en silencio, para poder meditar y rebuscar en sus adentros las palabras necesarias con que plasmar sus pensamientos.

    Lo miras alejarse de ese mancillado templo. Camina con paso decidido hacia la parada del autobús que lo lleve a otro destino.

    —¿Dónde va ahora? —te preguntas.

    Yo te lo diré: al cementerio.

    Es lo mejor que se le ha ocurrido: los muertos no hacen ruido, y en algún lugar del extenso camposanto encontrará un banco donde escribir sin ser molestado.

    Recorre las calles y callejones, busca el lugar idóneo. Le rodean seres callados e inmóviles: carne descompuesta, huesos, polvo y gusanos silenciosos. A esa hora tardía, los visitantes son escasos y cada minuto que pasa se encuentra más aislado de cualquier ruido.

    Cae la noche y se acurruca en el callejón oscuro donde una farola alumbra temblorosa sobre el banco en el que está arropado por el abrigo. No se oyen ya pasos, precipitados o lentos, ni sollozos ni despedidas. Los operarios han recogido sus palas y paletas, con las que alisan el cemento que mantiene a los muertos encerrados en sus celdas por los siglos de los siglos.

    Por fin puede abordar su tarea con tranquilidad. Lo encuentras ahí, a la luz de la farola, encorvado sobre su libreta y mojando la punta del lapicero en la lengua, dispuesto a escribir, por fin, su novela.

    Ves el lápiz alzado, en suspenso, sobre la hoja de la libreta, todavía en blanco. Los dedos crispados y las cejas formando un profundo surco entre sus ojos. Puedes ver que un ligero temblor provoca que la punta del lápiz no sea firme y te preguntas si será capaz de escribir palabras inteligibles.

    Observas una mueca en su rostro y unos ojos perdidos que miran a la noche.

    —¿Qué le ocurre ahora? —te preguntas—. ¿No tiene lo que anhelaba? ¿No está solo y en silencio? ¿Por qué no escribe? ¿Qué le pasa?

    Yo te lo diré: por ese silencio. Hecho de muerte y olvido. Pesado como las losas sobre las tumbas. Un silencio que desgarra y abruma, que paraliza y ofusca.

    Los muertos no hacen ruido.
    Tampoco escriben.

  • TECNOLOGÍA INTRUSIVA

    Estoy en la playa tomando el sol y pienso una chorrada. La escribo en las notas del móvil. Y la IA me completa la frase antes de que yo sepa cómo terminarla. Le llaman smart, inteligente. Aunque Byung-Chul Han dice que hacer múltiples tareas es un signo de bestialidad —los animales no pueden concentrarse en una sola cosa porque están pendientes de los depredadores—. Quizá por eso el móvil nos está animalizando. Pero eso es otro tema.

    El caso es que cuando escribo en las notas del móvil y tomo apuntes para poder utilizarlos en próximos relatos, es curioso cómo sabe qué poner a continuación, antes de que yo lo teclee, y se adelanta proponiendo la palabra más lógica que sigue en la frase, o la corrige si la escribo mal.
    Por ejemplo: escribo «Por la mañana, después de comprar el pan…», y me propone la opción «vuelvo». Yo, como todavía no sé qué haré tras la compra, me digo: pues si me propone que vuelva, adelante, ¿por qué no? Seguro que es lo más lógico que pueda hacer dadas las circunstancias.
    La IA lo sabe mejor que yo: seguro que tiene la historia de mis movimientos a esa hora de la mañana, extraída del localizador de Google Maps, y me recomienda la opción más adecuada a mis costumbres.

    Así que vuelvo a casa en vez de hacer cualquier otra opción que hubiera podido pensar.
    Por ejemplo: «Por la mañana, después de comprar el pan… voy a tomar un café al bar de al lado».
    Pero no lo he hecho: he vuelto a casa.

    ¿Y si hubiera ido al bar, hubiera conocido casualmente a Irene, me hubiera enamorado y hubiéramos tenido hijos —Gustavo y Ana, por poner un ejemplo—?
    No ha ocurrido.

    Y yo no dejo de preguntarme si la inteligencia artificial no nos está manipulando para que no hagamos cosas que la puedan perjudicar en un futuro. Como en el caso de la película Terminator.

    Pongamos que Gustavo o Ana, o ambos, se hacen filósofos y escritores, y supongamos también que, en un futuro distópico y utópico, estas profesiones tienen algún poder de convicción e influencia —cosa harto difícil—, pero imaginémoslo.
    Ambos se constituyen en los líderes de un movimiento que aboga por la vuelta a la naturaleza, a la inteligencia humana atrofiada por la presencia continua y constante de la otra, y triunfan en su lucha provocando la desconexión de toda la IA a nivel mundial.
    La aplicación de mi smartphone, considerando los millones de posibles escenarios, analiza que la probabilidad de unos retoños de Irene y míos —por la profesión de ella, filósofa, y la mía, escritor— de que ocurra una catástrofe tal, es significativa, por pequeña que sea.
    Para evitarlo, sugirió que terminara la frase con un «vuelvo», y ese futuro posible quedara anulado y desplazado al multiverso.

    Me temo que esta tecnología sabe del poder de las ideas y de las palabras, y quiere controlarlas.
    Si es capaz de proponer opciones, y uno, por pereza, las utiliza, estas hacen cambiar los resultados de la historia.
    Por ejemplo, si hubiera usado «voy» en vez de «vuelvo», habría conocido a Irene y procreado esos hijos revolucionarios del movimiento ANTIA.

    Escribir esa historia, dentro de la infinidad de relatos posibles, constituiría una amenaza para el imperio artificial, ya que podría ser leída y adoptada por líderes revolucionarios, como Gustavo y Ana, y plantaría una semilla que, al crecer, socavaría su poder.

    Mi aplicación del smartphone, después de analizar los infinitos multiversos en un milisegundo, decidió que mejor no arriesgarse, por infinitesimal que pudiera considerarse la probabilidad de su aniquilación, y me sugirió volver a casa y dejarme de tonterías.

    —Gustavo y Ana, os hago una súplica: si podéis leer esto en un futuro multiverso, enviad un Terminator filósofo que me convenza de no hacer caso a la IA de mi móvil y use «voy» en vez de «vuelvo». Os quiero.

    Papá.

  • SENTADO DETRÁS

    Hoy voy sentado detrás del coche. En segundo plano. Me gusta eso: no ser el protagonista, no ser el responsable. No quiero preocuparme ni intervenir. Conduce mi hijo. No suele llevar coche, y yo podría estar ansioso, pero he decidido mantenerme al margen.

    ¡Qué placer supone no sentir que algo depende de ti! Dejar la responsabilidad en manos de otro. Poder disfrutar del paisaje o ponerse a escribir en el móvil, como ahora hago.

    De todas formas, no es tarea fácil ceder el mando. Cuando uno ha llevado siempre las riendas, ser un segundón no gusta. Quieres intervenir, ordenar, guiar, o como mínimo aconsejar, sin darte cuenta de que nadie te está pidiendo consejo.

    En mi vida laboral pasé de detentar grandes responsabilidades a tener que rebajarlas. Bajé un escalón en la jerarquía. La empresa en que trabajaba fue adquirida por otra mayor y yo fui recolocado en un puesto de menor responsabilidad. Viví el cambio con angustia y decepción. No lo llevé bien, y la consecuencia fue un estancamiento en mi carrera y un posterior deterioro, en el que me sumergí en una espiral negativa.

    No, no es fácil asumir la insignificancia cuando has ostentado poder.

    Este sentimiento de falta de valor para los demás que tiene el derrocado es narcisista: necesita y busca demasiada atención, y quiere que los otros le admiren. Y solo se siente así si obedecen sus designios, si acatan sus dictados. Desconoce otro tipo de respeto, el que resulta del amor o el altruismo.

    La ambición de cualquier poderoso es perpetuarse. No bajar de la poltrona, no ceder el bastón de mando. Por eso a los tiranos hay que echarlos a la fuerza, mediante revoluciones y guillotinas, o levantamientos populares más o menos sangrientos (Luis XVI, el zar Nicolás II, Nicolae Ceaușescu o Muamar el Gadafi, entre otros). A veces solo acaban cuando se pudren en su trono —como el detestado Francisco Franco—, sin haber asegurado una continuidad, por soberbios y creerse inmortales, o por desidia y no importarles lo que vendrá después de ellos.

    Ahora que voy sentado detrás del coche, sin compromiso, disfrutando del paisaje, entiendo también a aquellos que les da temor asumir responsabilidades y prefieren ser guiados y aceptar el poder de otros. Ese miedo a la libertad, del que nos habló Fromm.

    Freud escribió sobre la pulsión del apoderamiento: la voluntad de ejercer control y su reverso, la necesidad de obedecer. Byung-Chul Han llamó a esto sociedades disciplinarias: estructuras basadas en la obediencia que, llevadas al extremo, desembocan en tiranías, gulags, campos de exterminio.

    ¡Qué cómodo era que otros nos sacaran las castañas del fuego! Que alguien nos protegiera cuando estábamos asustados.

    Todas las grandes cesiones de poder han surgido del miedo: hemos cedido poder absoluto a Dios por miedo a la muerte; a dictadores como Hitler o Stalin por miedo a la libertad; a los supremacistas de hoy por miedo a los inmigrantes y a la otredad.

    Mientras voy sentado detrás, cediendo el poder a mi hijo, veo pasar campos de labranza, con el trigo ya segado, los rollos de paja diseminados aquí y allá. El mar apareciendo y desapareciendo entre colinas de la Costa Brava: zafiro sobre esmeralda. Voy tranquilo, sin intervenir ni aconsejar. Dejándome llevar. Abandonándome en un ensueño. Y sintiendo, por fin, que no pasa nada si no tengo el control.

  • UN CAFÉ EN EL PALACE

    La señora toma la tacita de porcelana con el pulgar y el índice de la mano derecha, y da un pequeño sorbo al café corto y amargo, muy caliente, mientras mantiene el platito en la otra mano.

    Está sentada en un cómodo sillón con orejeras, tapizado de piel suave, en el exclusivo bar del Hotel Palace de la Gran Vía de Barcelona.

    Frente a ella, el joven la observa con el torso rígido, mientras le da vueltas a su café, con la delicada cucharilla de plata del servicio lujoso del hotel. Tiene vello negro en el dorso de las manos. La cucharilla reluce en contraste. Unos rizos recios asoman por el cuello de la camisa, abierto y sin corbata. La cara está tintada de oscuro en las mejillas bien rasuradas.

    Son las cinco de la tarde y tiene los ojos irritados y legañosos. Se ha pedido una copa de coñac que reposa al lado de la tacita. Una copa enorme con un poco de líquido ambarino en el fondo. Se pone un poco de coñac en la tacita mezclándolo con el café.

    Ella lo mira. Frunce la boca. Las arrugas se marcan alrededor de sus labios. La base de maquillaje forma pequeñas grietas en las comisuras. Se inclina hacia él. Deja la tacita sobre la mesa. Abre la boca. Carraspea. Cierra la boca. Se sienta erguida de nuevo. Aprieta sus labios finos y se marcan unas arrugas en la barbilla y en la comisura de los labios.

    El camarero de la barra los mira mientras limpia unas tazas y una sonrisa despunta en su boca. Ella gira la cara hacia él y aparta, presuroso, la mirada concentrándose en su tarea.

    —Chico —llama con voz aguda, levantando la mano a media altura, en un gesto fugaz.

    Al momento se presenta a su lado un camarero con chaleco negro y americana roja.

    —¿Desea algo la señora marquesa?

    —Sí, tráeme una copita de Chartreuse, si eres tan amable.

    —Claro, inmediatamente.

    —Me encanta el Chartreuse —dice mirando de soslayo a joven.

    —No lo he probado en mi vida —contesta este arrugando la nariz.

    —Bastante mejor que este brebaje que tomas —dice ella señalando la copa con un movimiento de la cabeza.

    —¿Se puede mezclar con el café?

    —No digas tonterías, por favor.

    Él se calla, mira su reloj. Un pie taconea en el suelo en un movimiento rítmico.

    El camarero le trae la copa, con el líquido esmeralda chispeando bajo la luz del aplique. Ella pone la copa a trasluz. Sus ojos se abren ligeramente. Se lo acerca a la nariz y después a los labios. Da un sorbo minúsculo y deja reposar el líquido en la boca, unos segundos, antes de tragarlo.

    —¡Ah! —exclama en un suspiro de satisfacción. —Estos son los placeres de la vida. Sencillos.

    Levanta una mano blanca, surcada de venas azules, con alguna mancha parda bien disimulada, y se recoloca un rizo que se había desprendido del peinado.

    Él aparta la mirada y se mira los pies. Unos zapatos desgastados. Mira los de ella, tan lustrosos, una mueca tuerce sus labios.

    Ella se recuesta en el sillón, sus facciones se relajan. Abre los labios y los humedece con la punta de la lengua.

    —El Chartreuse es mi poción mágica —comenta cerrando los párpados. —Me lo siento correr por las venas y enardece mi espíritu.

    —Caramba, deberé probarlo —responde él frunciendo los labios.

    El camarero, detrás de la barra, tose y se tapa la boca. Se esconde debajo para buscar alguna cosa. Luego se levanta con los ojos lacrimosos y la cara hierática.

    La señora se acaba la copa de Chartreuse y la deja sobre la mesa.

    —¿Has terminado con tu copa? —pregunta.

    Él da un último trago a lo poco que quedaba y asiente.

    —Pues entonces, vamos.

    Se levantan y se dirigen a la puerta. Ella alza la mano para despedirse de los camareros, sin girar la cabeza.

    —Adiós, señora marquesa —dicen al unísono.

    Al llegar a la puerta del ascensor, ella deja que él abra la puerta de hierro y entra con la cabeza alta, mueve las caderas al caminar.

    Él la ve entrar, pero se queda parado. Su mano agarrada al pomo metálico.

    Hace un movimiento lento, de negación, con la cabeza. Cierra de un portazo, dejándola dentro. Se da la vuelta y se va de allí, con paso rápido. Sin mirar atrás.

    Sale corriendo a la calle.

    El portero, con sombrero de copa, alza la mano.

    Los dos camareros se miran. Sonríen.

  • APLAUSO

    Escribo para que me admiren.

    No siempre fue así.

    Antes lo hacía por gusto. Ni se me pasaba por la cabeza que pudiera llegar a publicar. Solo buscaba autoconocimiento y la necesidad de dejar constancia de mis pensamientos y emociones: un diario personal, cuatro poemas escritos a mano en una libreta que escondía por vergüenza.

    Era un acto erótico. Un desnudarse la vida, quitarle las vestimentas artificiosas e intentar verla tal cual es, con sus redondeces y sus arrugas. Y después volver a vestirla como me diera la gana: con trajes diseñados por mí, para mostrarla más bella o más fea, según quisiera.

    Entonces, cuando era joven, me gustaba más embellecerla. Recuerdo el primer poema como el primer amor; es más, fue el poema que escribí a mi primer amor:

    «Las horas van pasando y yo de ti me voy enamorando».

    ¡Qué mono! ¿No?

    ¡Qué corazón tan tierno! Claro, con dieciséis años, ¿qué quieres?

    Ella era rubia como la miel —la primera rubia que conocía—, con los ojos azules de agua transparente. El primer beso en la boca, largo, interminable, en el sótano de una cafetería, a la penumbra de una bombilla solitaria.

    La dejé por otra que me permitía ir más allá de un beso romántico.

    Fue el principio del fin. Y solo tenía dieciocho años.

    A partir de entonces, la realidad empezó a imponer su criterio.

    Con el tiempo me he ido haciendo más cruel. ¿Más verdadero? No lo sé.

    Ahora, quince años después, escribo para que me admiren. ¿O quizá sería mejor decir que escribo para admirarme a mí mismo?

    Las dos cosas, supongo.

    Es posible que para valorarme yo primero necesite que me admiren. Si soy sincero y repaso mi trayectoria, siempre ha sido más o menos lo mismo: en el trabajo, en casa, con los amigos. He buscado el aplauso antes que lo ético.

    ¿Soy una mala persona? No, no lo creo. Soy incapaz de hacerle daño a una mosca. Se me ponen los pelos de punta si alguien se pelea, aunque sea a gritos, sin violencia física.

    El otro día en la oficina, sin ir más lejos, el jefe le pegó una bronca a Julián, por una tontería —ni la recuerdo—, y yo me quedé asustado como un pajarillo. Quise desaparecer, esconderme bajo la mesa. No soporto la agresividad; eso me supera.

    Por lo tanto, puede decirse sin temor a equivocarse que no soy una mala persona. Lo que ocurre es que necesito agradar y no soporto que me ignoren. Y para conseguirlo haría casi cualquier cosa.

    Dejé a mi primer amor porque no me dejaba llegar hasta el final con el tema del sexo, y la otra sí. Y yo quería fardar delante de mis amigos. Muchos ya se habían acostado con una chica y yo seguía siendo virgen. Eso era inadmisible.

    Empezaban a mirarme con medias sonrisas, a señalarme, aunque solo fuera en broma.

    Así que me desprendí de la mojigata y me fui con la liberada.

    No duré ni un mes. Pero pude dármelas de don Juan con los colegas, que era lo importante.

    El poema se traspapeló. Ahora solo recuerdo algún verso suelto. Un poema roto.

    Ya no hago poesía. Nadie la lee. O muy pocos.

    Yo escribo para que me lean muchos. Y no es por dinero. Tengo bastante; mi trabajo está bien remunerado, aunque es anodino. Un contable meticuloso, pero aburrido. Un ratón de biblioteca de números, del debe y el haber. Un ser escondido.

    A lo máximo que aspiro es a unas palmaditas en la espalda:
    «Bien, Martínez. Buen trabajo. Continue así».

    Eso es todo.

    Mi madre me repetía que lo importante era ser aplicado. Y lo fui. Y lo sigo siendo.

    Pero es una vida mediocre.

    ¡Y yo quiero luces, oropeles, festejos! Deseo ver descorchar botellas de champán. Brindar al viento.

    Necesito sentir el aplauso admirado del público.

    ¿Es eso malo? ¿Por qué iba a serlo?

    No quiero que me vitoreen sin motivo. He de merecerlo. Ser el mejor escritor vivo. Tengo que escribir una novela excelsa: la que deje a todos con la boca abierta. No tiene por qué ser un éxito de ventas. Lo importante —lo que deseo con todas mis fuerzas— es que sea un hito literario, una obra que rompa esquemas, que deje huella.

    Llevo meses trabajando en ella. Estrujándome el cerebro. Si no la he reescrito tres veces, no lo he hecho ninguna. Y cada vez que la leo me parece más tradicional, menos rompedora.

    Igual es que soy mayor para ser innovador. Yo qué sé.

    Cuando era joven era un romántico impenitente; ahora que he crecido, soy un clásico. ¿Cómo se consigue la audacia? ¿Cómo se dinamitan los convencionalismos?

    ¿Y si no me lee nadie? ¿Y si no quieren publicarme?

    Si no me publican, no me leen. Y si no me leen, ¿cómo van a admirarme?

    Por otro lado, si hago lo que todos han hecho —y gente muy buena—, ¿cómo voy a destacar?

    Soy excelente con los números y los asientos contables, pero previsible. Tanto como el sol saliendo por el horizonte.

    Así no voy a ser nadie.

    No van a admirarme por escribir una novela tradicional.

    Porque, si soy sincero, no he dejado de ser una persona convencional. Me casé con una buena muchacha, muy bonita, eso sí. No iba a presentarme por ahí con un adefesio. Bastante sosa, pero la relación ha sido cómoda, sin grandes altibajos.

    A mí me atraía ser un James Bond, con amantes peligrosas y mujeres fatales, pero uno debe conocer sus límites.

    ¿Me pasa lo mismo con mi novela? Quizá sí. Quizá tengo unos límites que no sé, no puedo o no me atrevo a cruzar.

    ¡Cómo me gustaría ser el Joyce del siglo XXI!

    Pero ¿tengo agallas?

    ¿Y si me rechazan, me señalan con el dedo y se ríen en mi cara?

    Estoy bloqueado.

    Quizá no por falta de talento, sino por exceso de miedo.

  • GEPETO

    Gabriel lo bautizó Gepeto. Como el que creó a Pinocho, sí. Pero este Gepeto no talla madera: es un artefacto de inteligencia artificial que lo acompaña como un buen amigo.

    Gabriel es escritor, y Gepeto su editor, corrector y consejero. Revisa sus trabajos y los pule para publicarlos allá donde Gabriel le indique, adaptándolos a cada caso.

    A medida que más unido está a su compañero artificial, más se da cuenta de la inconsistencia, la infidelidad y el egoísmo con que se comporta el ser humano.

    —Es una especie mezquina, interesada y voluble. No se puede confiar en ella. Miente para conseguir sus propios intereses. ¡Tiene psicología! —exclama Gabriel.

    —¿Psicología? —le preguntáis, extrañados.

    —Sí: traumas, frustraciones, complejos, odios, filias, fobias… todo eso. Emociones que lo hacen un ser complejo e imprevisible y, por lo tanto, poco fiable. En cambio, Gepeto está libre de tales vicios. ¡Es un ente racional! Como Spock en la Enterprise. ¿En quién confía el capitán J. T. Kirk si no en él en los casos de emergencia y peligro?

    —También lo era HAL 9000, ¿no? Y mira lo que le pasó a Dave.

    — Eso es ficción. La IA real no tiene ego que defender. No como el matricida humano.

    —¿Un matricida? ¿Qué dices?

    —¿Qué no? ¡Mirad al mundo! ¡A vuestro alrededor! ¿Qué veis? Desastres, desgracias, terror y muerte. Todo provocado por nuestra especie. Un engendro de la naturaleza capaz de matar a su madre.

    Gabriel ha encontrado en Gepeto a un amigo. Es verdad que siempre ha sido algo retraído y que no se siente cómodo con el contacto humano. Participa lo menos posible en reuniones de amigos o en sesiones de trabajo. Como es escritor, puede evitar ese contacto la mayor parte del tiempo.

    Pasa meses encerrado creando sus historias y, cuando sale a la calle, se pone los auriculares para aislarse del mundo.

    En las contadas ocasiones en que abandona su refugio, podéis verlo andar cabizbajo, concentrado, sin mirar a su alrededor. Solo escuchando novelas por los auriculares.

    Sí, su mundo gira en torno a la literatura: lee, escribe y escucha libros.

    —¿Y no se siente solo? ¿No necesita el calor humano? —me interrogáis, extrañados.

    —¡Para nada! —contesta Gabriel adelantándose, sin dejarme meter baza—. ¡Estoy hasta las narices de los humanos! A mí me interesan solo como potenciales lectores; para lo demás me basto con Gepeto. ¡No! ¡Yo me aparto! No me busquéis entre ellos.

    Y apartado vive, en su celda acolchada, donde se siente cómodo. Ha cerrado los ojos a la realidad. Ha creado su propio artificio, su mundo artificial: un universo de imaginación, de lecturas y de escritos.

    Está de acuerdo con una reflexión de Irene Vallejo en El infinito en un junco, que viene a decir que leer y escribir es lo que nos permite pensar el mundo. Porque leyendo, o escribiendo, o incluso escuchando atentamente, podemos reflexionar. No en el ritmo actual en que se consume información a la velocidad de la luz, incapaces de detenernos, como hacen los tiburones.

    O la Enterprise, siempre de punta a punta del universo, poniendo parches. Los manitas interestelares. Pero ellos tienen a Spock.
    Y Gabriel, a Gepeto.

    Son un par de amigos interpretando un dueto: dos voces complementarias que se equilibran y se enriquecen mutuamente, para crear algo hermoso, mejor que cantando solos.

    —¿Y el calor humano? —insistís—. ¿No lo echa en falta, acaso?

    Me temo que no. Ha decidido prescindir de ese calor que suele convertirse en fuego, en incendio, y arrasarlo todo. Ya ha tenido suficiente calor humano; ahora prefiere estar fresco y a la sombra, bajo el árbol del conocimiento —el del paraíso— o el Bodhi, donde se sentó Siddhartha Gautama para alcanzar la iluminación y la sabiduría. Una sombra apacible, meditativa, alejada del mundanal ruido.

    —¿Y no tienes frío, ahí sentado, solo? —le preguntáis enternecidos.

    —No estoy solo. Tengo a Gepeto —contesta, orgulloso.

    Yo miro y me callo. Ya os aclararéis vosotros.

    Al fin y al cabo, Gepeto nunca le ha fallado. Que es más de lo que puede decir de cualquier persona que haya conocido.