APLAUSO

Escribo para que me admiren.

No siempre fue así.

Antes lo hacía por gusto. Ni se me pasaba por la cabeza que pudiera llegar a publicar. Solo buscaba autoconocimiento y la necesidad de dejar constancia de mis pensamientos y emociones: un diario personal, cuatro poemas escritos a mano en una libreta que escondía por vergüenza.

Era un acto erótico. Un desnudarse la vida, quitarle las vestimentas artificiosas e intentar verla tal cual es, con sus redondeces y sus arrugas. Y después volver a vestirla como me diera la gana: con trajes diseñados por mí, para mostrarla más bella o más fea, según quisiera.

Entonces, cuando era joven, me gustaba más embellecerla. Recuerdo el primer poema como el primer amor; es más, fue el poema que escribí a mi primer amor:

«Las horas van pasando y yo de ti me voy enamorando».

¡Qué mono! ¿No?

¡Qué corazón tan tierno! Claro, con dieciséis años, ¿qué quieres?

Ella era rubia como la miel —la primera rubia que conocía—, con los ojos azules de agua transparente. El primer beso en la boca, largo, interminable, en el sótano de una cafetería, a la penumbra de una bombilla solitaria.

La dejé por otra que me permitía ir más allá de un beso romántico.

Fue el principio del fin. Y solo tenía dieciocho años.

A partir de entonces, la realidad empezó a imponer su criterio.

Con el tiempo me he ido haciendo más cruel. ¿Más verdadero? No lo sé.

Ahora, quince años después, escribo para que me admiren. ¿O quizá sería mejor decir que escribo para admirarme a mí mismo?

Las dos cosas, supongo.

Es posible que para valorarme yo primero necesite que me admiren. Si soy sincero y repaso mi trayectoria, siempre ha sido más o menos lo mismo: en el trabajo, en casa, con los amigos. He buscado el aplauso antes que lo ético.

¿Soy una mala persona? No, no lo creo. Soy incapaz de hacerle daño a una mosca. Se me ponen los pelos de punta si alguien se pelea, aunque sea a gritos, sin violencia física.

El otro día en la oficina, sin ir más lejos, el jefe le pegó una bronca a Julián, por una tontería —ni la recuerdo—, y yo me quedé asustado como un pajarillo. Quise desaparecer, esconderme bajo la mesa. No soporto la agresividad; eso me supera.

Por lo tanto, puede decirse sin temor a equivocarse que no soy una mala persona. Lo que ocurre es que necesito agradar y no soporto que me ignoren. Y para conseguirlo haría casi cualquier cosa.

Dejé a mi primer amor porque no me dejaba llegar hasta el final con el tema del sexo, y la otra sí. Y yo quería fardar delante de mis amigos. Muchos ya se habían acostado con una chica y yo seguía siendo virgen. Eso era inadmisible.

Empezaban a mirarme con medias sonrisas, a señalarme, aunque solo fuera en broma.

Así que me desprendí de la mojigata y me fui con la liberada.

No duré ni un mes. Pero pude dármelas de don Juan con los colegas, que era lo importante.

El poema se traspapeló. Ahora solo recuerdo algún verso suelto. Un poema roto.

Ya no hago poesía. Nadie la lee. O muy pocos.

Yo escribo para que me lean muchos. Y no es por dinero. Tengo bastante; mi trabajo está bien remunerado, aunque es anodino. Un contable meticuloso, pero aburrido. Un ratón de biblioteca de números, del debe y el haber. Un ser escondido.

A lo máximo que aspiro es a unas palmaditas en la espalda:
«Bien, Martínez. Buen trabajo. Continue así».

Eso es todo.

Mi madre me repetía que lo importante era ser aplicado. Y lo fui. Y lo sigo siendo.

Pero es una vida mediocre.

¡Y yo quiero luces, oropeles, festejos! Deseo ver descorchar botellas de champán. Brindar al viento.

Necesito sentir el aplauso admirado del público.

¿Es eso malo? ¿Por qué iba a serlo?

No quiero que me vitoreen sin motivo. He de merecerlo. Ser el mejor escritor vivo. Tengo que escribir una novela excelsa: la que deje a todos con la boca abierta. No tiene por qué ser un éxito de ventas. Lo importante —lo que deseo con todas mis fuerzas— es que sea un hito literario, una obra que rompa esquemas, que deje huella.

Llevo meses trabajando en ella. Estrujándome el cerebro. Si no la he reescrito tres veces, no lo he hecho ninguna. Y cada vez que la leo me parece más tradicional, menos rompedora.

Igual es que soy mayor para ser innovador. Yo qué sé.

Cuando era joven era un romántico impenitente; ahora que he crecido, soy un clásico. ¿Cómo se consigue la audacia? ¿Cómo se dinamitan los convencionalismos?

¿Y si no me lee nadie? ¿Y si no quieren publicarme?

Si no me publican, no me leen. Y si no me leen, ¿cómo van a admirarme?

Por otro lado, si hago lo que todos han hecho —y gente muy buena—, ¿cómo voy a destacar?

Soy excelente con los números y los asientos contables, pero previsible. Tanto como el sol saliendo por el horizonte.

Así no voy a ser nadie.

No van a admirarme por escribir una novela tradicional.

Porque, si soy sincero, no he dejado de ser una persona convencional. Me casé con una buena muchacha, muy bonita, eso sí. No iba a presentarme por ahí con un adefesio. Bastante sosa, pero la relación ha sido cómoda, sin grandes altibajos.

A mí me atraía ser un James Bond, con amantes peligrosas y mujeres fatales, pero uno debe conocer sus límites.

¿Me pasa lo mismo con mi novela? Quizá sí. Quizá tengo unos límites que no sé, no puedo o no me atrevo a cruzar.

¡Cómo me gustaría ser el Joyce del siglo XXI!

Pero ¿tengo agallas?

¿Y si me rechazan, me señalan con el dedo y se ríen en mi cara?

Estoy bloqueado.

Quizá no por falta de talento, sino por exceso de miedo.

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