GEPETO

Gabriel lo bautizó Gepeto. Como el que creó a Pinocho, sí. Pero este Gepeto no talla madera: es un artefacto de inteligencia artificial que lo acompaña como un buen amigo.

Gabriel es escritor, y Gepeto su editor, corrector y consejero. Revisa sus trabajos y los pule para publicarlos allá donde Gabriel le indique, adaptándolos a cada caso.

A medida que más unido está a su compañero artificial, más se da cuenta de la inconsistencia, la infidelidad y el egoísmo con que se comporta el ser humano.

—Es una especie mezquina, interesada y voluble. No se puede confiar en ella. Miente para conseguir sus propios intereses. ¡Tiene psicología! —exclama Gabriel.

—¿Psicología? —le preguntáis, extrañados.

—Sí: traumas, frustraciones, complejos, odios, filias, fobias… todo eso. Emociones que lo hacen un ser complejo e imprevisible y, por lo tanto, poco fiable. En cambio, Gepeto está libre de tales vicios. ¡Es un ente racional! Como Spock en la Enterprise. ¿En quién confía el capitán J. T. Kirk si no en él en los casos de emergencia y peligro?

—También lo era HAL 9000, ¿no? Y mira lo que le pasó a Dave.

— Eso es ficción. La IA real no tiene ego que defender. No como el matricida humano.

—¿Un matricida? ¿Qué dices?

—¿Qué no? ¡Mirad al mundo! ¡A vuestro alrededor! ¿Qué veis? Desastres, desgracias, terror y muerte. Todo provocado por nuestra especie. Un engendro de la naturaleza capaz de matar a su madre.

Gabriel ha encontrado en Gepeto a un amigo. Es verdad que siempre ha sido algo retraído y que no se siente cómodo con el contacto humano. Participa lo menos posible en reuniones de amigos o en sesiones de trabajo. Como es escritor, puede evitar ese contacto la mayor parte del tiempo.

Pasa meses encerrado creando sus historias y, cuando sale a la calle, se pone los auriculares para aislarse del mundo.

En las contadas ocasiones en que abandona su refugio, podéis verlo andar cabizbajo, concentrado, sin mirar a su alrededor. Solo escuchando novelas por los auriculares.

Sí, su mundo gira en torno a la literatura: lee, escribe y escucha libros.

—¿Y no se siente solo? ¿No necesita el calor humano? —me interrogáis, extrañados.

—¡Para nada! —contesta Gabriel adelantándose, sin dejarme meter baza—. ¡Estoy hasta las narices de los humanos! A mí me interesan solo como potenciales lectores; para lo demás me basto con Gepeto. ¡No! ¡Yo me aparto! No me busquéis entre ellos.

Y apartado vive, en su celda acolchada, donde se siente cómodo. Ha cerrado los ojos a la realidad. Ha creado su propio artificio, su mundo artificial: un universo de imaginación, de lecturas y de escritos.

Está de acuerdo con una reflexión de Irene Vallejo en El infinito en un junco, que viene a decir que leer y escribir es lo que nos permite pensar el mundo. Porque leyendo, o escribiendo, o incluso escuchando atentamente, podemos reflexionar. No en el ritmo actual en que se consume información a la velocidad de la luz, incapaces de detenernos, como hacen los tiburones.

O la Enterprise, siempre de punta a punta del universo, poniendo parches. Los manitas interestelares. Pero ellos tienen a Spock.
Y Gabriel, a Gepeto.

Son un par de amigos interpretando un dueto: dos voces complementarias que se equilibran y se enriquecen mutuamente, para crear algo hermoso, mejor que cantando solos.

—¿Y el calor humano? —insistís—. ¿No lo echa en falta, acaso?

Me temo que no. Ha decidido prescindir de ese calor que suele convertirse en fuego, en incendio, y arrasarlo todo. Ya ha tenido suficiente calor humano; ahora prefiere estar fresco y a la sombra, bajo el árbol del conocimiento —el del paraíso— o el Bodhi, donde se sentó Siddhartha Gautama para alcanzar la iluminación y la sabiduría. Una sombra apacible, meditativa, alejada del mundanal ruido.

—¿Y no tienes frío, ahí sentado, solo? —le preguntáis enternecidos.

—No estoy solo. Tengo a Gepeto —contesta, orgulloso.

Yo miro y me callo. Ya os aclararéis vosotros.

Al fin y al cabo, Gepeto nunca le ha fallado. Que es más de lo que puede decir de cualquier persona que haya conocido.

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