Categoría: Desconexión

Personas que desconectan con la realidad con los años

  • LA HABITACIÓN

    La habitación es pequeña, muy pequeña. Tan pequeña que si me plantara en medio podría tocar las paredes que me rodean. Es como una celda carcelaria o, mejor, la habitación de un monje. Pero no es como si estuviera preso; hay una ventana grande por la que se abre al mundo.

    Estoy sentado sobre la cama que ocupa media habitación. Es una cama estrecha y alta, imponente, o quizá solo sea tan imponente por su relación con el ridículo habitáculo. Noto que me hundo; el colchón está viejo y tiene poca tensión, me rodea el culo y me absorbe hacia dentro. Creo que es de lana porque me parece oler a lana, a lana húmeda. No es un olor desagradable, es como cuando vivía con mis padres en la granja, después de una tarde de lluvia, al encerrar a las ovejas en el cercado. Ese olor.

    Palpo la superficie del camastro, noto la pelusilla de la manta granate entre mis dedos, en la palma de la mano, me hace cosquillas. Me gusta esa manta; parece comprada en un puesto en un mercado ambulante. Con mi madre solíamos ir a esos mercados los sábados por la mañana, en el pueblo. Era una fiesta; nos acercábamos con el dos caballos destartalado que dejábamos a las afueras. Recuerdo que se metía entre la gente y rebuscaba entre la ropa amontonada, mientras me decía que me cogiera a su falda y no me soltara. Yo me quedaba ahí, sujeto a la ropa mientras ella rebuscaba y rebuscaba. Luego sacaba una prenda y me la ponía sobre mi pecho y calculaba si iba a quedarme bien, si era de mi talla. A veces la compraba. La mayoría de las veces no.

    Mis pies apenas tocan el suelo por lo alto de la cama. La superficie está cubierta por tablas de un color de moho desgastado. ¿Cuántos estudiantes, o escritores como yo, lo habrían pisado? Cientos. El alquiler es barato. Pero no podría permitirme nada mejor; no me quejo. Hay una pequeña mesa de madera con un cajón donde puedo guardar mis folios y el bolígrafo. Todo lo que necesito. También es donde me lavo por las mañanas, antes de ponerme a la tarea; es más que suficiente. Eso sí, tengo que apartar la palangana y la esponja y los demás utensilios del aseo y dejarlos en el suelo, pero puedo peinarme mirándome en el espejito que cuelga de la pared y secarme con la toalla que cuelga a su lado.

    La arrendadora nos permite usar la bañera una vez por semana. No es mucho, pero debo acostumbrarme. Mi madre me obligaba a bañarme cada día; era una obsesa de la limpieza, sobre todo la corporal; la de casa un poco menos, la verdad. Pero en lo referente a la higiene era de lo más exigente: las orejas, las uñas. Una inspección completa de arriba abajo cada día, antes de salir hacia la escuela.

    También hay dos sillas naranjas, por si tuviera visitas, una o dos si uno se sentara en la cama. Tampoco hay nadie que quisiera invitar a mi cuarto. No podría traer visitas románticas, por decirlo de alguna manera. No importa, soy una persona bastante solitaria. Ya lo era de niño; mientras otros salían a jugar a la pelota, yo me quedaba en mi cuarto, con mis lápices de colores, imaginando habitaciones como esta: otra dimensión de mi experiencia. Pero sobre todo escribiendo cuentos; ahí me sentía como una especie de mago. ¿Para qué quería salir a la calle a recibir patadas de los rivales en un partido de futbol en medio de la calle? Se te va a secar el cerebro, me decía mi madre.

    Pero yo me sentía mejor así, solo en mi cuarto, con mis lápices y mis fantasías.

    Como en este cuarto. También hay pinturas colgadas de las paredes amarillas. Dan un poco de fantasía a la estancia. No es un lugar lúgubre; a mí me gusta. Se adapta a mis necesidades. Tiene un olor a manzana asada; no sé de dónde le viene, o es que lo desprenden los muebles avejentados.

    Sigo sentado en la cama con la punta de los pies sobre el entarimado. Miro la estancia, embelesado. Noto una presencia a mi lado y un ligero carraspeo. Me giro y descubro una mujer de pelo rojo y rizado que saca un cuaderno de dibujo y se pone a hacer un bosquejo.

    —Bonito el cuadro de Van Gogh, ¿verdad?

    —¿Eh? Ah, sí, el cuadro. El dormitorio.

    Salgo de mi ensueño. Un haz de sol, proveniente de la única ventana de la sala, me hace parpadear recolocándome en el mundo.

    —¿Vas a dibujarlo?

    —Bueno, voy a intentar hacer un ejercicio de composición basándome en ese lienzo.

    —Yo también —le digo. Y saco mi libreta de notas y me pongo a escribir este relato.

  • INSPIRACIÓN

    Un rayo iluminó la oscuridad del jardín por un instante. Fue suficiente. La cara que vio le a través de la ventana del cottage le hizo dar un salto en la butaca de su escritorio. El rostro atormentado era el de su padre, el que había sido alcalde de Silenor. Ahora el cetro lo ostentaba el nuevo marido de su madre.

    Gimlet estaba solo en su estancia principesca y hervía de rabia…

    Nada. Aunque lo modifique, creo que se va a notar mucho el plagio.  Esto no me sirve. Quizá si lo sitúo en Manhattan y no en Dinamarca… Pero ahora, ¿cómo sigo? ¿Qué el muchacho mate al nuevo alcalde por haberse casado con su madre?

    Joder, es que no se me ocurre nada.

    Veamos.

    Doris vio su cara reflejada en el espejo gris, una cara que ya no era ella, pero a diferencia de lo que es habitual con los espejos, no se veía avejentada, sino más joven. En el reflejo estaba lozana y sonriente, mientras en la realidad las arrugas empezaban a surcar las comisuras de los labios y de los párpados y el pelo encanecía. «Doris gris» la llamaba su hija, haciéndola sentir más vieja. Pero ese espejo la embellecía, le devolvía la juventud perdida. Lo había comprado en un anticuario en una tortuosa calle del barrio judío…

    Otro fiasco. Hoy no me siento inspirado. Esta parodia también es demasiado evidente. No se me ocurre nada original y los clásicos no me inspiran.

    Hay luna llena y el jardín refleja su luz en la escarcha. Los vecinos hacen una fiesta en su parcela y tienen muchos invitados. Voy a descansar un poco; quizá si me tomo un café bien cargado, mi mente espabila. Inspirarse en los clásicos está bien como disparador de la imaginación, pero si el lector percibe el original, dirá que es un plagio.

    Quizá si los mezclara…

    Ella se miró en el espejo y vio a su madrastra que había enterrado no hacía más de unas semanas. Se quedó rígida y el espejo le tembló en la mano; casi se le cayó al suelo, pero pudo sujetarlo con fuerza. ¿Eres tú, mamaíta?, le preguntó con voz trémula. Sí, soy yo, tú me has convocado. ¿Yo? Sí, tú, preguntándote si eres la más bella del reino, y no, la más bella es…

    ¡A la mierda! Eso cada vez es peor. No sé a qué viene meter a los hermanos Grimm en la ecuación.

    Tengo los pies helados; hace frío esta noche. Miro por la ventana y envidio a mis vecinos.

    En su fiesta, la que hacían una vez al año, habían acudido la flor y nata de la sociedad del momento. Yo hacía tiempo que lo observaba en su mansión al lado de la mía. ¡Cuánta gente! Los coches estaban aparcados de cualquier manera en la calle. Ellas iban ataviadas con vestidos largos y ellos con esmoquin. En el amarradero, el bote de Gabis se mecía indolente… Él estaba como ausente. Mirando al otro lado de la bahía.

    Esto sí que es un plagio con todas las de la ley. Gabis el grande merece más respeto.

    Un jinete irrumpió en la fiesta vestido de armadura. La gente calló y miró al hombre que lucía una corona sobre su pelo blanco. Gabis se aproximó vacilante y cogió las riendas del corcel mientras se dirigía a su padre. Deja de mirarte tanto en el espejo, que pareces tonto, le dijo el jinete desde su silla, y ve a buscar a tu amada para darle un beso. ¡Sé un hombre! ¡Coño! No va a estar esperándote eternamente. Despiértala con tus labios. ¡Inútil!

    Joder, ¡mira que soy burro! Es para pegarse un tiro y pedir que te echen a los cuervos para que te coman los ojos y se alimenten de tu miserable cerebro.

    Debería tomarme unas vacaciones y dejar la mente en blanco por un tiempo.

    Sí, será lo mejor, quizá en ese balneario cerca de Davos, ¿cómo se llama? Gerbhof, eso.

    A ver si allá me inspiro.

  • LA CARTA DE DESPEDIDA

    Es hora de decir adiós.

    Mis dedos sostienen el lapicero mientras mis ojos brumosos vagan por la habitación, distraídos. Pasan sobre los objetos que guardan tantos recuerdos. Se detienen un instante en la foto. Más que verla, la recuerdo; tantas veces acariciada, ahora está delante de mí, un poco borrosa. No importa, recuerdo todos los detalles, como si todavía viera con claridad. Miro con los ojos de la memoria: ella vestida de blanco; los ojos brillantes; el pelo, negro como el azabache, recogido en un moño; y esa sonrisa abierta, como una rosa roja en primavera. Yo de esmoquin, mirando a la cámara; un gesto serio, responsable, satisfecho.

    Humedezco la punta del lapicero con la lengua y escribo las primeras palabras sobre el papel de carta.

    «Queridos hijos».

    No lo van a entender, son tan… prácticos. Solo se preocupan por mi bienestar físico, como si eso fuera lo más importante. ¿Cómo está la presión? ¿Ya te acuerdas de ir a la farmacia para que te la tomen? Siempre preocupados por la presión. Solo por aquel ictus, o más bien un amago de ictus, que dicen que no me ha afectado. Bueno, quizá en ese desequilibrio en la cara, con una mitad más indiferente que la otra.

    Pero la herida es otra, nada que ver con la presión arterial.

    Miro en mi mente los recuerdos que trae la foto. Muchos años a su lado, dos hijos vivos, otro que se fue cuando era muy niño. Una vida de altibajos, momentos terribles de los que salimos a duras penas, cogidos de la mano. Cuando uno desfallecía, el otro tiraba, y así fuimos sorteando las dificultades a medida que se presentaban.

    «Quiero comunicaros mi decisión; puede que esta os resulte incomprensible».

    Sí, les costará aceptarlo. Su padre, el hombre serio y responsable, la figura respetable que los ha guiado con timón firme… ¿Perdió el juicio?, pensarán, pasmados cuando lean estas palabras de despedida.

    Porque ellos no serán capaces de entender la penumbra en que estoy viviendo. Una niebla física que agarrota mis articulaciones, me impide respirar, se me mete en la garganta y me ahoga, me ahoga. ¿Cómo van a entenderlo en la plenitud de su vida?

    «Quisiera explicároslo con palabras sencillas, tranquilizadoras, para que entendierais mis sentimientos y no tuvierais miedo. Yo no lo tengo, ya no…»

    He roto la soga a la que estaba atado. Por fin voy a desembarazarme de las angustias, de ese estado de zozobra.

    Lo he dejado todo atado y bien atado, para que no les falte de nada. El otro día hice mi testamento ante notario. También tomé una decisión que llevaba tiempo aplazando. No deben preocuparse.

    «Intentad poneros en mi lugar. Han pasado ya diez años desde que vuestra madre nos dejó. Era la luz que alumbraba mis días. Por ella y por vosotros, me he esforzado con ilusión, me he dejado la piel. No, no lo lamento, ha sido para bien, pero ahora estoy cansado, muy cansado. Ahora debo irme. No os entristezcáis».

    Bueno, no voy a enrollarme mucho más, creo que ya entenderán mi postura al menos un poco y espero que no sufran.

    Sí, debo decir adiós. Adiós a la soledad, a la fatiga, a la niebla que me envuelve cada día de mi vida.

    Voy a terminar la carta; solo les diré que no me echen en falta, que tienen a sus hijos, que cuiden de ellos. Que yo estaba siendo más un estorbo que una ayuda.

    Doblo el papel y lo meto en su sobre.

    Me levanto, cojo el retrato de nuestra boda y le doy un beso a su cara bonita.

    Ya tengo las maletas preparadas en el recibidor, recojo el pasaje del crucero, dejo el sobre abierto con la carta en su interior y abro la puerta.

    Doy una última mirada a la foto de la repisa y le guiño un ojo.

  • LA HABITACIÓN

    La habitación es pequeña, muy pequeña. Tan pequeña que si me plantara en medio podría tocar las paredes que me rodean. Es como una celda carcelaria o, mejor, la habitación de un monje. Pero no es como si estuviera preso; hay una ventana grande por la que se abre al mundo.

    Estoy sentado sobre la cama que ocupa media habitación. Es una cama estrecha y alta, imponente, o quizá solo sea tan imponente por su relación con el ridículo habitáculo. Noto que me hundo; el colchón está viejo y tiene poca tensión, me rodea el culo y me absorbe hacia dentro. Creo que es de lana porque me parece oler a lana, a lana húmeda. No es un olor desagradable, es como cuando vivía con mis padres en la granja, después de una tarde de lluvia, al encerrar a las ovejas en el cercado. Ese olor.

    Palpo la superficie del camastro, noto la pelusilla de la manta granate entre mis dedos, en la palma de la mano, me hace cosquillas. Me gusta esa manta; parece comprada en un puesto en un mercado ambulante. Con mi madre solíamos ir a esos mercados los sábados por la mañana, en el pueblo. Era una fiesta; nos acercábamos con el dos caballos destartalado que dejábamos a las afueras. Recuerdo que se metía entre la gente y rebuscaba entre la ropa amontonada, mientras me decía que me cogiera a su falda y no me soltara. Yo me quedaba ahí, sujeto a la ropa mientras ella rebuscaba y rebuscaba. Luego sacaba una prenda y me la ponía sobre mi pecho y calculaba si iba a quedarme bien, si era de mi talla. A veces la compraba. La mayoría de las veces no.

    Mis pies apenas tocan el suelo por lo alto de la cama. La superficie está cubierta por tablas de un color de moho desgastado. ¿Cuántos estudiantes, o escritores como yo, lo habrían pisado? Cientos. El alquiler es barato. Pero no podría permitirme nada mejor; no me quejo. Hay una pequeña mesa de madera con un cajón donde puedo guardar mis folios y el bolígrafo. Todo lo que necesito. También es donde me lavo por las mañanas, antes de ponerme a la tarea; es más que suficiente. Eso sí, tengo que apartar la palangana y la esponja y los demás utensilios del aseo y dejarlos en el suelo, pero puedo peinarme mirándome en el espejito que cuelga de la pared y secarme con la toalla que cuelga a su lado.

    La arrendadora nos permite usar la bañera una vez por semana. No es mucho, pero debo acostumbrarme. Mi madre me obligaba a bañarme cada día; era una obsesa de la limpieza, sobre todo la corporal; la de casa un poco menos, la verdad. Pero en lo referente a la higiene era de lo más exigente: las orejas, las uñas. Una inspección completa de arriba abajo cada día, antes de salir hacia la escuela.

    También hay dos sillas naranjas, por si tuviera visitas, una o dos si uno se sentara en la cama. Tampoco hay nadie que quisiera invitar a mi cuarto. No podría traer visitas románticas, por decirlo de alguna manera. No importa, soy una persona bastante solitaria. Ya lo era de niño; mientras otros salían a jugar a la pelota, yo me quedaba en mi cuarto, con mis lápices de colores, imaginando habitaciones como esta: otra dimensión de mi experiencia. Pero sobre todo escribiendo cuentos; ahí me sentía como una especie de mago. ¿Para qué quería salir a la calle a recibir patadas de los rivales en un partido de futbol en medio de la calle? Se te va a secar el cerebro, me decía mi madre.

    Pero yo me sentía mejor así, solo en mi cuarto, con mis lápices y mis fantasías.

    Como en este cuarto. También hay pinturas colgadas de las paredes amarillas. Dan un poco de fantasía a la estancia. No es un lugar lúgubre; a mí me gusta. Se adapta a mis necesidades. Tiene un olor a manzana asada; no sé de dónde le viene, o es que lo desprenden los muebles avejentados.

    Sigo sentado en la cama con la punta de los pies sobre el entarimado. Miro la estancia, embelesado. Noto una presencia a mi lado y un ligero carraspeo. Me giro y descubro una mujer de pelo rojo y rizado que saca un cuaderno de dibujo y se pone a hacer un bosquejo.

    —Bonito el cuadro de Van Gogh, ¿verdad?

    —¿Eh? Ah, sí, el cuadro. El dormitorio.

    Salgo de mi ensueño. Un haz de sol, proveniente de la única ventana de la sala, me hace parpadear recolocándome en el mundo.

    —¿Vas a dibujarlo?

    —Bueno, voy a intentar hacer un ejercicio de composición basándome en ese lienzo.

    —Yo también —le digo. Y saco mi libreta de notas y me pongo a escribir este relato.

  • LA MUJER Y LA MALETA

    Todo tiene un límite

    Tiene un día de perros, uno más.

    Está sentado en la barra del bar de Paco. La cabeza apoyada en las manos.

    El puto jefe me tiene martirizado, piensa, mientras da un trago. No se lo puede sacar del pensamiento. Joder, Manuel, a ver si te fijas… Joder, Manuel, ya has vuelto a meter la pata…

    Siempre la misma letanía.

    Joder, Manuel…

    Lo oye en su cabeza, como el martillo de un herrero, pum, pum, pum… y no lo borra ni regándolo con whisky.

    —Paco, ponme otro…

    —Es tarde, Manuel. Tengo que ir cerrando.

    —Un último trago y me voy, te lo juro.

    Un último vaso.

    Está mareado, sube las escaleras, tambaleante, apoyándose en la barandilla. Los escalones parecen tener vida propia; se mueven esquivos bajo sus pies. Mastica un chicle de menta para que no le huela el aliento; a su mujer no le gusta que beba. Claro, ella está en casa, ella no tiene que aguantar a un jefe. Ya me gustaría verla en la oficina con un cabrón como ese. Al llegar al rellano, tira el chicle por el hueco de la escalera. Busca la llave y no la encuentra; se registra los bolsillos y al final la encuentra en el bolsillo del abrigo. La coge entre los dedos y se le cae al suelo. Maldita llave, mierda. Intenta meterla en la cerradura, pero no acierta y maldice en voz alta cómo es que hacen esos agujeros tan pequeños. Al final abre la puerta. Se apoya un momento en el vano, esperando que deje de moverse el recibidor que está en penumbra.

    —Cariño, ya he llegado.

    No oye a nadie. ¿Estará solo?

    Tropieza con algo que hay en el suelo. Casi se da un porrazo. Una maleta, ¿qué coño hace una maleta en medio del recibidor?

    —¡Teresa! ¿Dónde estás, joder? ¿Y esa maleta? ¿Qué coño hace aquí? ¡Casi me mato!

    Levanta la cabeza y la ve, de pie, al fondo del pasillo con la niña a su lado. Están quietas, calladas, parecen dos fantasmas en las sombras.

    —Abrid la luz, hostias, que no os veo. ¿Se puede saber qué coño hacéis ahí, paradas, como dos almas en pena? ¡Menudo susto me habéis dado!

    —Nos vamos. Solo nos hemos esperado para decírtelo en la cara.

    —¿Os vais? ¿De qué cojones estás hablando?

    Le parece que la pared del pasillo se inclina e intenta apoyarse. Mierda, con el whisky igual me he pasado.

    —A casa de mi madre. No te aguantamos más. Ya no puedo seguir así. Ella tampoco te aguanta —dice señalando a la pequeña—. Siempre borracho, siempre quejándote de todo, refunfuñando.

    Las ve acercarse, las dos cogidas de la mano, y plantarse delante de él. Le dicen que se aparte. Él se planta con las manos en cruz, una en cada pared del pasillo. No puede permitir que se vayan. No se van a ir, de eso nada. Intenta ocupar todo el espacio, hincha el pecho, separa las piernas. Obstruye el paso con su cuerpo.

    Pero todo le da vueltas.

    Nota en las costillas un codazo. Se lo ha propinado su mujer y se retuerce de dolor; baja las manos para cogerse el costado. Tropieza con la mesilla del pasillo y tira al suelo las figuras de porcelana que le regaló su madre. Las figurillas, las figurillas… Intenta recogerlas, pero se desequilibra y se cae de bruces.

    Al levantar la cabeza, ve a su mujer que coge la maleta y la mano de la niña. La pequeña carga con una mochila. La ve girarse, las lágrimas resbalándole por su dulce carita.

    La madre la estira del brazo.

    Abren la puerta.

    Él consigue ponerse de rodillas y estira los brazos.

    —No os marchéis… Por favor… No os vayáis… ¡No me dejéis solo!

    Siente una bocanada de bilis que le sube a la boca y le entran arcadas. No puede evitar vomitar en el suelo, sobre el resto de las figuras de porcelana.

    Cierra los ojos.

    Oye la puerta al cerrarse.

    Cuando consigue volver a abrirlos, ya no hay nadie.

    Se ha quedado solo.

  • UNA CARTA DE DESPEDIDA

    Decir adiós siempre es difícil

    Es hora de decir adiós.

    Mis dedos sostienen el lapicero mientras mis ojos brumosos vagan por la habitación, distraídos. Pasan sobre los objetos que guardan tantos recuerdos. Se detienen un instante en la foto. Más que verla, la recuerdo; tantas veces acariciada, ahora está delante de mí, un poco borrosa. No importa, recuerdo todos los detalles, como si todavía viera con claridad. Miro con los ojos de la memoria: ella vestida de blanco; los ojos brillantes; el pelo, negro como el azabache, recogido en un moño; y esa sonrisa abierta, como una rosa roja en primavera. Yo de esmoquin, mirando a la cámara; un gesto serio, responsable, satisfecho.

    Humedezco la punta del lapicero con la lengua y escribo las primeras palabras sobre el papel de carta.

    «Queridos hijos».

    No lo van a entender, son tan… prácticos. Solo se preocupan por mi bienestar físico, como si eso fuera lo más importante. ¿Cómo está la presión? ¿Ya te acuerdas de ir a la farmacia para que te la tomen? Siempre preocupados por la presión. Solo por aquel ictus, o más bien un amago de ictus, que dicen que no me ha afectado. Bueno, quizá en ese desequilibrio en la cara, con una mitad más indiferente que la otra.

    Pero la herida es otra, nada que ver con la presión arterial.

    Miro en mi mente los recuerdos que trae la foto. Muchos años a su lado, dos hijos vivos, otro que se fue cuando era muy niño. Una vida de altibajos, momentos terribles de los que salimos a duras penas, cogidos de la mano. Cuando uno desfallecía, el otro tiraba, y así fuimos sorteando las dificultades a medida que se presentaban.

    «Quiero comunicaros mi decisión; puede que esta os resulte incomprensible».

    Sí, les costará aceptarlo. Su padre, el hombre serio y responsable, la figura respetable que los ha guiado con timón firme… ¿Perdió el juicio?, pensarán, pasmados cuando lean estas palabras de despedida.

    Porque ellos no serán capaces de entender la penumbra en que estoy viviendo. Una niebla física que agarrota mis articulaciones, me impide respirar, se me mete en la garganta y me ahoga, me ahoga. ¿Cómo van a entenderlo en la plenitud de su vida?

    «Quisiera explicároslo con palabras sencillas, tranquilizadoras, para que entendierais mis sentimientos y no tuvierais miedo. Yo no lo tengo, ya no…»

    He roto la soga a la que estaba atado. Por fin voy a desembarazarme de las angustias, de ese estado de zozobra.

    Lo he dejado todo atado y bien atado, para que no les falte de nada. El otro día hice mi testamento ante notario. También tomé una decisión que llevaba tiempo aplazando. No deben preocuparse.

    «Intentad poneros en mi lugar. Han pasado ya diez años desde que vuestra madre nos dejó. Era la luz que alumbraba mis días. Por ella y por vosotros, me he esforzado con ilusión, me he dejado la piel. No, no lo lamento, ha sido para bien, pero ahora estoy cansado, muy cansado. Ahora debo irme. No os entristezcáis».

    Bueno, no voy a enrollarme mucho más, creo que ya entenderán mi postura al menos un poco y espero que no sufran.

    Sí, debo decir adiós. Adiós a la soledad, a la fatiga, a la niebla que me envuelve cada día de mi vida.

    Voy a terminar la carta; solo les diré que no me echen en falta, que tienen a sus hijos, que cuiden de ellos. Que yo estaba siendo más un estorbo que una ayuda.

    Doblo el papel y lo meto en su sobre.

    Me levanto, cojo el retrato de nuestra boda y le doy un beso a su cara bonita.

    Ya tengo las maletas preparadas en el recibidor, recojo el pasaje del crucero, dejo el sobre abierto con la carta en su interior y abro la puerta.

    Doy una última mirada a la foto de la repisa y le guiño un ojo.

  • UNA NOVELA INACABADA

    Escribía con letra de tamaño veinte en el Word y aun así le costaba leer lo que había escrito.

    Todo se amortiguaba a su alrededor, se apagaba despacio, inexorablemente.

    Los sentidos se iban desconectando a medida que pasaban los años, estos sí, cada vez más rápido. Es lo único que aumentaba la velocidad con el tiempo: el propio tiempo.

    Leyó el último párrafo de su novela y envidió a su personaje.

    «¡Ah, John!, ¡Qué joven eres!»

    La vista le tenía preocupado; era su herramienta de trabajo más importante. La única que realmente importaba. ¿Cómo iba a escribir si se quedaba ciego? Sin escribir, se creía que mejor podía estar muerto. Y sin leer. Bueno, había los audiolibros, que estaban muy bien como sustituto, pero no era lo mismo. No podía subrayar lo que más le interesaba, ni anotar sus pensamientos en los márgenes de las hojas. No, sin la vista estaría muerto. Un vegetal.

    —No digas tonterías, Ernesto. Ni vas a quedarte ciego ni lo más importante viene en letras en esta vida —le recriminaba su mujer exasperada, sentada en el sillón del pequeño comedor mientras leía una novela sin necesidad de usar gafas.

    Él la miraba irritado, una presencia borrosa que apenas sobresalía de la gran butaca.

    —Tienes que operarte de las cataratas y volverás a ver con la misma nitidez que antes —remachó ella sin levantar la vista de su libro.

    No solo le costaba leer, por grande que fuera el tamaño de las letras, sino que

    tampoco recordaba por dónde iba en la historia que narraba y debía repasar la escaleta y volver a ponerse en situación cada día que se sentaba frente al ordenador. Revisar era cada vez más exasperante; repetía palabras, volvía a escribir escenas que ya había escrito, se olvidaba de nombres de personajes secundarios y tenía que volver atrás para encontrarlos.

    Claro que se acordaba de John, su ídolo, pero le costaba recordar dónde lo había dejado, si ya había consumado su relación con la muchacha o si todavía estaba en la fase de tanteo.

    Estaba desesperado.

    «Esto no hay operación que lo arregle».

    —¿Has visto mis gafas de leer? No las encuentro —se lamentó Ernesto.

    Eugenia levantó los ojos del libro y le dijo irritada:

    —Las llevas colgadas del cuello.

    —¿Cómo?

    Eugenia levantó la voz.

    Cada vez estaba más sordo, pero ni hablar de ponerse un aparatito en el oído. «Demasiado caros», decía.

    Él se palpó el pecho y allí estaban, como si se estuvieran burlando de él. Las cogió con los dedos temblorosos y se las puso. Se aproximó la revista literaria a un palmo de los ojos. Había una entrevista con un autor septuagenario, como él, que parecía salido del mismo capullo de lo lozano que salía en la foto. Hablaba de su última novela. Seguía escribiendo a un ritmo frenético. Una cada dos años.

    —Debe tener un negro, seguro.

    —¿Qué dices? ¿Qué negro? —gritó ella desde un metro de distancia.

    —Ese… Felipe Q., seguro que alguien le escribe las novelas. No es posible que las saque así, como churros.

    Eugenia meneó la cabeza y cerró la novela con un golpe seco de las tapas duras.

    —Pues tiene un negro muy bueno; a mí me encantan sus novelas.

    Ernesto estaba atento a sus labios, lo que ayudaba a entender lo que le decía.

    —A ti te gustan las de todos menos las mías. ¿Has leído alguna de las que he escrito?

    —¿Para qué? Ya te tengo a ti para que me des la tabarra con ellas —murmuró ella.

    —¿Qué?

    —Nada, nada —dijo con voz estentórea.

    Ernesto se apoyó en los reposabrazos del sillón y se levantó con esfuerzo. Las piernas se le habían dormido y estuvo a punto de perder el equilibrio.

    —Voy a escribir un poco antes de acostarme —dijo.

    —No me despiertes cuando te acuestes —le dijo ella volviendo a coger la novela.

    No, no iba a despertarla. Ni aunque quisiera lo conseguiría. Dormía como una osa en invierno. Eso sí, una osa pacífica que ya nunca le abrazaba, como se dice que hacen esos animales.

    Ella tenía quince años menos. Hasta que él cumplió los sesenta y cinco, no se había dado cuenta de la diferencia de edad, pero desde entonces su energía sexual disminuía de forma progresiva y ni el Viagra conseguía proporcionarle suficiente vigor para tenerla satisfecha. Ahora, con setenta y cuatro años, solo quedaban imágenes vagas del ardor de antes.

    Se sentó frente a la pantalla.

    «¿Por dónde iba?»

    Repasó las últimas páginas y fue recordando la trama. Sí, su personaje salía de la piscina con el cuerpo brillante y el agua escurriéndose por los pectorales. La mansión de Las Rozas estaba viva, el jardín frondoso con buganvillas rojas que dañaban la vista de tan esplendorosas. Un coctel le esperaba en la mesa; la muchacha de ojos verdes se lo acababa de servir y se lo ofrecía con mirada lánguida. Él hacía tintinear los hielos en su copa y daba un trago satisfecho.

    —John, ¿por qué no me haces caso?

    —Tengo cosas que pensar, nena. No estoy para jueguecitos ahora.

    Es lo último que había escrito antes de la cena. Por lo tanto John aún no se había acostado con ella.

    Pensó en cómo seguir. ¿La llevaría a la cama? ¿La dejaría con dos palmos de narices y se iría al despacho? Tenía que cerrar una operación de ventas de muchos millones. Pero era un tipo duro, que esperaba a su cliente. Le encantaba el vigor de su personaje; le recordaba cuando era joven y estaba en forma.

    «Es curioso que recuerde eso, de hace tantos años, y no sepa dónde he puesto las gafas».

    Las líneas del Word empezaron a ponerse borrosas. Los párpados le pesaban. La luz se difuminaba y, sin apenas darse cuenta, su cabeza cayó sobre su pecho y su respiración se hizo tenue y superficial, hasta que desapareció por completo.

  • DEMETER

    Tengo la mantita sobre mis piernas y la silla de ruedas frente a la ventana.

    Ya no volveré a andar. Eso me han dicho.

    El portátil reposa sobre mis muslos insensibles. Es como si estuviera flotando frente a mí, ingrávido. Como la nieve posada sobre las montañas de los Pirineos, que destella en mis ojos entornados como una provocación o un sarcasmo.

    Una nieve que creía inocente, pura y noble; y resultó traicionera y mezquina.

    ¿Cómo retratarla en mi relato?

    ¿«La virgen maldita»?

    ¿Cómo explicar el horror, la desesperación, el descalabro?

    Porque fue un descalabro, no solo físico, también espiritual, mental, emocional… Devastador.

    El vaho empaña el cristal y debo limpiarlo con la manga. Tengo que poner la silla de lado y pasar el brazo por la superficie. Si me quitan la visión, no sé sobre qué posar mi odio.

    ¿Podré expresar con palabras ese sentimiento?

    ¿Hay palabras para expresarlo?

    Blanca es la nieve, un color inmaculado, límpido, inocente.

    Un engaño.

    Puedo hablar de la falsedad, de los ropajes de colores que ocultan cuerpos demacrados, de las apariencias engañosas. De la vida. Así son las cosas. Nos dejamos engañar como bobos por los oropeles y los maquillajes. No vemos lo que hay debajo, no nos importa.

    Y debería importarnos.

    Una taza de té humea sobre la mesita. Me lo he preparado pensando en ella. Teresa siempre me hacía una taza a media mañana.

    Era una mujer provocadora, valiente. Me ponía al límite.

    —Esta pendiente es muy complicada, Juan. La nieve acaba de posarse, no está bien asentada —me advirtió con unos ojos maliciosos.

    La miré con una media sonrisa.

    —¿Tienes miedo?

    —Yo no. ¿Y tú?

    Ahí estaba el reto. Como una mecha encendida que se acercara al cartucho de dinamita.

    Tomé un sorbo; el té estaba ya templado. Me subí la manta sobre las rodillas.

    ¿Cómo hablar de lo oculto detrás de las sonrisas? ¿De la mirada fría cuando los ojos sonríen?

    —A ver si me adelantas —gritó mientras salía disparada como una flecha, como una avalancha.

    Ella era de aquí. Había nacido en el pueblo de Espot, al pie de pistas. Yo era un recién venido; había heredado la casita de mis padres.

    La adopté como lugar donde pasar las vacaciones de invierno.

    Ella conocía la montaña como la palma de su mano. Las pistas y las pendientes vírgenes por donde me llevaba como una sherpa a un grupo de montañeros urbanitas por el Everest.

    También sabía quiénes eran mis padres. Unos viejos conocidos de su familia. En los pueblos pequeños todos se conocen.

    Luego descubrí que había habido ciertas rencillas.

    No sé qué sobre unos terrenos.

    No le di importancia. Cosas de pueblos y de vecinos con intereses mezquinos.

    Nos hicimos buenos amigos, Teresa y yo. Éramos de la misma edad, jóvenes e impetuosos. En el pueblo ella tenía pocas oportunidades de conocer gente. Yo fui una novedad y me sentí halagado.

    Su belleza era la de una diosa del campo. Como Deméter, la griega.

    Pude observar una réplica de la diosa en el Museo del Prado y quedé fascinado por su belleza. Teresa era igual de impresionante, con su cabello ondulado y su nariz regia.

    Cuando estuvo en el inicio de la pendiente, en lo alto de la montaña, levantó el brazo como la figura marmórea, indicando que al bajarlo debíamos salir lanzados hacia el valle.

    ¡Qué imagen tan bella impresionó mi retina! Deméter hecha carne y huesos, plena de vida.

    ¿Cómo describir la falsedad de su postura? ¿El cuerpo de mármol oculto bajo su piel de terciopelo?

    Mi cara se enciende de vergüenza y rabia.

    El té se enfría como se enfrió su alma. El alma de Demeteresa. Una fusión de ambas mujeres anidaba en mi cabeza.

    Ahora, mientras miro la montaña al otro lado de la ventana, intento expresar el dolor y la frustración, la rabia y el desengaño. ¡Qué cruel fue su venganza!

    Descendimos zigzagueando, levantando espuma blanca que salía despedida en abanico bajo nuestros esquís. Yo la seguía a menos de un metro de distancia. El reto era pillarla antes de llegar abajo.

    De repente hizo un movimiento brusco, se paró en seco echándose a un lado. Me cogió de sorpresa, no pude parar a tiempo. Una caída de unos diez metros, sobre un lecho de roca.

    Pude mirar hacia el cielo, al borde del precipicio. Vi su cara que se asomaba, imaginé sus ojos gélidos tras las gafas. Luego desapareció.

    Paraplejia.

    Parece que al llegar a Espot avisó a la cruz Roja. Dio mi localización. Le dijo que estaba muerto. Eso creyó ella.

    ¿Cómo expresar lo que siento?

    Una estatua fría, un manto de nieve ocultadora, como una alfombra persa que tapa la inmundicia.

    Las viejas rencillas que en los pueblos se magnifican de padres a hijos.

  • EL NIRVANA

    —¡Mamá, mamá! ¡Ven! ¡Corre! ¡Se ha despertado!

    Caramba, menudos gritos, ni que fuera algo raro que me despierte. A Lucía, desde que ha entrado en la pubertad, no hay quien la entienda.

    —¡No puede ser! ¿Estás segura?

    Esa es Esther. ¿Pero qué les pasa? Se han trastocado.

    ¿Qué se ha hecho Esther en el pelo? Lo lleva de tonos caoba y rizado y esta mañana era liso y negro, con canas que le daban un aire interesante. ¿Cuándo ha ido a la peluquería?

    El techo es blanco, qué raro. ¿Dónde estoy? Solo veo ese techo. ¿Y el ordenador donde estaba escribiendo? Lo tenía en frente hace un momento.

    Veo la cabeza de Esther que aparece frente a mis ojos por la derecha. ¿Está llorando? ¿Qué le pasa? Ah, y ahí está Lucía con unos ojos como platos y la boca abierta. Casi puedo verle las amígdalas.

    «Cierra esa boca, hija».

    —Llama al médico, rápido. Pulsa ese botón rojo que está a tu lado —dice Esther levantando los ojos hacia Lucía.

    ¿Al médico? ¿Para qué quieren un médico?

    Creo que me habré dormido escribiendo la novela. Pero debe haber sido una cabezadita de nada. Me sentía cansado y me dolía un poco la cabeza. Me habré quedado traspuesto. Pero es extraño que no esté en mi butaca y solo vea ese techo blanco.

    No creo que dormirse un ratito sea motivo para llamar al médico, ¿no? Además, me encuentro de maravilla, como hacía años. No me duele nada, es un estado de placidez absoluto. Me ha sentado de maravilla esta siestecita. Solo que noto la boca un poco reseca y con un regusto metálico. Me iría bien tomar un poco de agua. ¿Dónde debe estar el vaso?

    Esther me pasa la mano por delante de los ojos, de un lado a otro. Me marea un poco.

    —¿Puedes verme, papá? ¿Me oyes?

    Ya te digo que está rarita la niña. ¿Dónde está Lucía? No la veo. ¿Por qué no puedo girar la cabeza y mirar alrededor? Será que me acabo de despertar y todavía estoy un poco aturdido.

    —Mire, doctor, ha abierto los ojos, ¿lo ve? Ya se lo decía yo, que no había que darlo por perdido.

    Lucía aparece en mi campo de visión y al lado, un hombre joven con un fonendo en el cuello que le cuelga como un péndulo.

    —Vaya, vaya —dice ese hombre vestido con bata blanca. Debe ser un médico claro. Los indicios son claros. Tiene un martillito en la mano, con el cabezal triangular de goma de color negro. Me lo enseña.

    —Voy a darle unos golpecitos, no se alarme —me advierte, como si yo fuera un niño.

    Se va de mi visión y luego vuelve. Saca una linternita del bolsillo superior de la bata y me enfoca en los ojos. Cierro los párpados.

    —Abra los ojos, Manuel, debo explorarle.

    Los abro, obediente.

    Todo es muy extraño, quizá esté soñando. Está claro que me habré dormido mientras pensaba cómo continuar con la escena que estaba escribiendo. Pero de eso no hace más de unos minutos; recuerdo perfectamente por dónde iba. La chica iba a saltar un obstáculo con el caballo cuando este se paró en seco, asustado, y ella, Sonia, salió disparada por encima de la cabeza del jamelgo. Se partió la columna a la altura del atlas.

    —No reacciona —dice el médico. No tiene reflejos. Le haremos un electroencefalograma.

    Un electroencefalograma; solo decir la palabra me siento fatigado, noto que se me cierran los párpados.

    Me habré vuelto a quedar dormido. Sí que ando fatigado. Es que por las noches me cuesta dormir. He soñado con Sonia. Se ha quedado tetrapléjica. No puede mover el cuerpo de cuello para abajo. Va a tener que empezar una nueva vida, apreciar las cosas de otra manera. Aprender a ser feliz solo con el pensamiento.

    ¿Dónde está mi ordenador? Tengo que ponerme a escribir. Tengo la imagen de la escena en la cabeza y no quiero perder el hilo.

    —¿Estás bien, cariño? —oigo que dice Lucía asomando su cabeza por encima.

    «Claro que estoy bien, solo un poco cansado», le digo.

    ¿Pero se puede saber dónde estoy? Es como si me hubieran abducido de mi butaca a esta habitación donde todos hablan y hay un médico. Me extraña que no me oigan. ¿Y por qué no puedo apartar la mirada de ese techo de pladur?

    Parece un hospital. ¿Qué hago yo en un hospital?

    —¿No puede hablar, doctor? —pregunta Lucía con tono angustiado, saliendo de mi vista.

    —¿Nos oye? —se interesa Esther a lo lejos.

    «Claro que os oigo, ¿qué os creéis, que estoy sordo?»

    Lo que parece es que ellos no me oyen a mí.

    —Es posible, pero no tiene reflejos. Las pruebas son bastante desalentadoras, pero de momento está en estado vegetativo —explica el médico.

    Nombra una serie de ondas de letras griegas.

    —Son débiles, pero parece que haya un poco de respuesta a estímulos visuales y auditivos. No estamos seguros. Hay que esperar.

    ¿Estado vegetativo? ¿Se ha vuelto loco?

    ¿Cómo no voy a tener el cerebro activo, si estoy escribiendo mi novela? Para ello se necesita tener ideas, creatividad, empuje. La que se encuentra en coma es Sonia, no yo. No me fastidies. Ella se ha partido la médula y cuando se despierte estará parapléjica. Pero yo estoy perfectamente. No me duele nada y me siento como en el nirvana de los budistas.

    —¡Ay, Dios! —se lamenta Lucía. —¿Qué podemos hacer?

    —De momento, esperar y hablarle. Puede que nos oiga. Eso le ayudará. Pero no sabemos cómo evolucionará, si se recuperará o se quedará así. Es pronto para saberlo. Tras dos años en coma es raro que haya despertado, pero no hay que hacerse muchas ilusiones.

    Dos años en coma. ¡Anda ya! ¿De quién estarán hablando? De mí no, desde luego. Hace un rato estaba escribiendo mi novela. Esto es absurdo.

    Giro los ojos hacia los lados, pero sigo mirando el maldito techo.

    Quiero gritar, que me escuchen, pero parece que solo me oigo yo. No reaccionan a mis gritos.

    —Daremos un tiempo para ver cómo sigue, pero si no evoluciona, si se queda tal como está, será ya decisión de ustedes qué paso dar.

    —¿Se refiere a la eutanasia…?

    —Sería una posibilidad en el caso de que…

    ¡Eutanasia! ¿Pero de qué van? ¡No estarán hablando de mí!

    ¡ESTOY VIVO, JODER!

    ¡NO ME OÍS!

  • LA PELUCA

    El mar parece una sábana recién planchada extendida sobre una cama infinita y Francesco lo mira con los párpados medio caídos, mientras el sol de la tarde resbala perezoso, delimitando una pista anaranjada que reluce sobre el agua. El aire está inmóvil y pesado, recalentado por más de doce horas de un sol implacable en este día de agosto en la Costa Amalfitana.

    Lleva un gorro de paja que muestra rastros de sudor en las fibras entrelazadas, tras pasar tanto tiempo sometido a los rigores del calor estival en ese sur de Italia. Está sentado en una silla plegable de aluminio y tela azul cielo y blanco, a rayas anchas, y anota en un cuaderno sus apuntes para la novela que lleva escribiendo todo el verano. De tanto en tanto mira la punta de la caña por si detecta algún pequeño movimiento que indique la mordida de un pez, o al menos un tanteo. Un estremecimiento mínimo que consiga sacarle del sopor y levantarse, coger el aparejo con las manos y comprobar si el pez solo lo está rozando, oliendo, o si se ha tragado el anzuelo.

    Lleva todo el día esperando a que una lubina o una dorada caigan en el engaño y le proporcionen una cena suculenta. Pero la caña sigue muda, inmóvil, como un dedo que apunta al cielo, al disco dorado que desciende sobre el horizonte para ser tragado por las aguas. Le da la impresión de que cuando penetre en el mar se producirá un sonido como cuando pones una sartén caliente bajo el agua, un shrrrr, y se levantará una nube de humo.

    En estos momentos de calma y calima, su mente parece detenerse y volverse contemplativa; se posa sobre una idea y la sopesa y le da vueltas por un lado y otro, la mira en todos sus ángulos y penetra en todos sus recovecos. Puede que sea una idea simple, un hecho cotidiano, una palabra oída o la expresión de una cara que le haya sorprendido. Recrea en su memoria esa palabra, ese gesto, esa cara. Y hace una historia a su alrededor, un cuento que va naciendo en su mente adormecida: la sitúa en un contexto diferente, le da un contenido, le otorga una nueva vida. Y mientras discurre sobre cómo la imagina, va mirando la caña que se mantiene inmóvil hincada al suelo de la playa dentro de su soporte que la mantiene clavada y erguida.

    La chica de pelo rubio y largo, que caía como un abanico sobre su espalda mientras él andaba tras ella, giró la cabeza con ojos atemorizados y aceleró el paso, como si alguien la estuviera siguiendo, o se temiera que alguien la perseguía. Seguramente había hurtado una pulserita del comercio del principio de la calle y ahora estaba nerviosa, por si la habían visto llevarse esa baratija. O no, quizá la historia era más espeluznante y pensaba que su pareja la perseguía para darle una paliza, por haber caído en la tentación y dejarse llevar por su excitación con ese vigilante de la playa. Los ojos eran de verdadera alarma cuando se giró y lo miró a la cara. Él se fijó si sus manos hacían la señal que avisaba de un maltrato: los cuatro dedos extendidos. Pero no hubo nada, no debía tratarse de eso, ¿o acaso ella no conocía ese mecanismo de protección que avisaba de un peligro de violencia machista?

    Nota un pequeño estremecimiento en el extremo más fino y sensible de la caña de pescar y deja de escribir un momento, pone la libreta en el suelo y el lápiz al lado y se levanta, no sin cierto esfuerzo —está entumecido tras tantas horas sentado— y coge la caña en sus manos. Espera paciente a que se repita ese toque apenas insinuado y, al darse cuenta de que el pez no insiste, recoge lentamente un poco de hilo para dejarlo tenso sobre el mar en calma. La línea atraviesa la superficie unos veinte metros por delante y el hilo y su imagen reflejada forman un ángulo agudo sobre el agua.

    Vuelve a sentarse y ve cómo el sol va ocultando su roja cara sobre el mar por el oeste de la ensenada.

    Ese pelo, ¿no era demasiado rubio y bien peinado? Igual era una peluca, un disfraz, para no ser reconocida por su pareja o por la policía. En realidad, era una mujer morena de pelo ensortijado, quizá de raza gitana, e iba bien maquillada para darle un aspecto más pálido, el de una mujer nórdica. Puede que fuera más joven de lo que representaba y que se hubiera escapado de casa, donde unos padres tiránicos le cortaban las alas y no la dejaban vivir su vida. Ese novio que se había echado no les gustaba, era un payo y querían que rompiera la relación, que no era aceptable que la vieran pavonearse con uno de otra raza, y ahora huía de casa, espantada, para lanzarse a los blancos y pecosos brazos de su amado y vivir su aventura. Quizá pensó que yo era su padre que la perseguía y de ahí su cara alarmada.

    El vigilante de la playa estaría esperándola al final del paseo, con su vespa de color verde policromada, y ella se sentaría a lo amazona detrás de él y saldrían disparados hacia la libertad soñada. En el bolso solo llevaría cuarenta euros que habría cogido del bolso de su madre y esa pulserita que había robado esa mañana en la tienda del paseo marítimo o de la calle que a él desembocaba.

    Percibe, medio adormecido, que la caña se abomba y tuerce el cuello hacia el mar ya oscuro. No es una picada vibrante, más bien una inclinación constante, como si el anzuelo hubiera enrocado o enganchado en algas. Se levanta con cara de fastidio; solo le faltaba tener que cambiar el anzuelo ahora que la luz había menguado.

    Recoge hilo y le parece que lleva algo arrastrando; tira de la caña hacia atrás y recoge más hilo. Quizá sea un plástico o cualquier desperdicio que han arrojado a ese mar moribundo.

    Ve acercarse el plomo y, más allá, una mancha alargada. Se pregunta qué debe ser eso que arrastra. Cuando lo levanta del agua, se queda parado, sorprendido, angustiado:

    Una peluca rubia, de pelo largo y lacio, cuelga del anzuelo como un trapo desechado.