Autor: Javier Llop Rúperez

  • EN UNA TASCA

    Están sentados alrededor de una mesa; AU es un escritor un poco trasnochado, según opinan los contertulios. Yo no he leído nada de él, por lo que mi opinión no cuenta. Tiene el pelo entrecano y unas voluminosas bolsas más oscuras destacan en una cara pálida y mal afeitada. Los hombros están caídos, como si sobre ellos descansara el peso del mundo. Un Atlas marchito. Recuerdo la imagen de ese coloso en un dibujo del libro de primaria; se me quedó grabada en la cabeza: un tipo formidable con el globo terráqueo sobre su espalda. Enfrente está PE, un joven descarado; tiene el pelo ensortijado y despeinado, un bigote con perilla, todavía ralo, como un asomo, más prometedor que bien consolidado. Su mirada es clara, brillante y su voz algo estridente. Cuando habla, no se contiene, todo furia y vehemencia, siempre pone el grito en el cielo. A mí me parece algo insolente, pero claro, yo solo soy un vulgar camarero, observador de la vida desde mi posición estratégica. A la derecha, según los estoy observando, mientras limpio los vasos detrás de la barra, se sienta NA. Parece desconcertado, mirando a uno y a otro, metiendo baza en medio de las discusiónes. No le hacen mucho caso. Es como esos invitados de relleno en una cena de palacio. Un bufón que alegra el cotarro, pero sin más enjundia que valor propio. Es un tipo indefinido; al menos yo no puedo saber claramente lo que piensa. Los tres vienen a menudo a echar unos vinos y NA un día habla de una manera y otro de otra. No sé a qué atenerme.

    Parece que hoy están más acalorados que de costumbre. Me temo que va a correr el vino; ya llevan unos cuantos vasos de este tinto peleón. Espero no tener que poner orden.

    —Mira, AU, eres un tipo importante, no lo niego, imprescindible si quieres al principio, pero una vez has puesto la semilla, lo mejor que puedes hacer es retirarte y dejarme que haga lo que me apetezca —comenta PE mirando a AU desafiante.

    —Serás descarado, niñato. Eres un producto de mi cerebro. Si no te pienso, no existes. ¿De qué vas, desgraciado? No te das cuenta de que, si quiero, te elimino.

    —No seas iluso, AU. No es tan fácil acabar conmigo. Pregúntale a Sir Arthur cuando quiso matar a Sherlock —repuso PE, mientras le daba un trago a su vaso de tinto.

    Veo que NA quiere meter baza, pero PE no le deja.

    —Joder, AU, ya podrías habernos citado en el Palace y rascarte un poco el bolsillo. Este vino es un matarratas —se lamenta, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

    No puedo por más que estar de acuerdo con él. Este vino que compran en esta bodega es más malo que el vinagre. Pero veamos qué dicen esos, que hoy tengo que estar pendiente de ellos, no vaya a montar una tangana.

    —Pues yo pienso que lo que importa en una buena novela es que yo la cuente de forma correcta. Ya puede AU ser un genio o PE, un galán atractivo, que si yo no lo digo de forma convincente, no sois nadie, ni el uno ni el otro —dice NA dando un palmetazo sobre la mesa.

    AU lo mira con una sonrisa socarrona en sus labios resecos. Da un trago para humedecerlos.

    —Tú ni pinchas ni cortas, yo te visto como quiero. Solo me falta que vengas también tú a tocarme lo que no suena —se lamenta con voz cansina.

    —En eso te doy la razón, AU: NA, ya no pinta nada. En otros tiempos dejaban que opinara, pero eso está mal visto hoy en día. Y es normal. ¿Qué coño tiene que opinar? Que se limite a decir lo que ve y, por lo demás, que calle.

    NA hizo un ademán de levantarse, apoyó las dos manos sobre la mesa, pero a la orden de AU volvió a sentarse. Se le veía muy irritado.

    —No vais a poder prescindir de mí, ya sea usándome como un sabelotodo o solo con conocimientos parciales. ¡Me necesitáis! Sin mi intervención no seríais nada.

    —A mí me caes bien, NA —dijo AU dándole unos golpecitos en la espalda—, pero no te olvides que soy yo quien decide lo que sabes o dejas de saber. En fin, eres el que más habla, pero el que menos importa. Mejor que vayas asumiéndolo y no te hagas mala sangre.

    Veo que NA baja la cabeza, pero un pie taconea sobre el suelo, esparciendo el serrín que no he tenido tiempo de barrer. Como venga el dueño, me cae una buena.

    —Además, cada vez te cortan más las alas, NA. Hoy en día los PErsonajes somos autosuficientes. En la mayoría de las veces, los AUtores modernos —no es el caso de AU, que está más acabado que una Olivetti de antaño— hacen que seamos nuestros propios NArradores. O sea, que cada vez te vas quedando más obsoleto, NA —suelta PE mientras se toca la perilla y levanta la nariz desafiante.

    Veo que AU tamborilea los dedos sobre la mesa y se le está poniendo la cara de un color rojo subido. Voy a acercarme para retirarles la botella, que ya está vacía y preguntarles si van a tomar más. Lo haré con cara de fastidio, a ver si lo pillan y van pensando en largarse…

    Mierda, me han pedido otra botella de vino y no tengo posibilidad de echarlos a menos que hagan algo que moleste a otros clientes. Así no hay manera de mantener el orden. Tendríamos que poder actuar de manera preventiva, no por hechos consumados. Así que deberé estar atento, mientras sirvo otras mesas y friego los vasos. ¿Dónde coño estará el jefe?

    —Me estoy empezando a hartar de vosotros —salta AU como sacando lava por la boca—. ¿Pero qué os pensáis? Aquí el único que importa soy yo. YO. ¡Queda claro! Escribo lo que me da la gana, creo los PErsonajes que me apetece. Pongo al NArrador que me conviene. Todo sale de mi cabeza. Vosotros solo sois productos de mi imaginación. No sois nada. Humo, solo humo.

    PE y NA se miran; este baja la cabeza, pero aquel ríe con ganas.

    —Anda, papi, siéntate y no te sulfures, que te va a dar un telele. Ya no estás para estas tensiones. Mira, te lo voy a poner clarito: tú pones la simiente, el gameto, diríamos, sea espermatozoide u óvulo —mueve las manos en el aire, como indicando que eso poco importa—. Como sabes, porque tú listo sí que eres, en sí mismo no son nada. No hasta que se unen y crean un embrión. Este ya tiene vida propia. Cada vez más independiente a medida que avanza la vida.

    AU lo mira con ojos como platos, parece que va a hablar, pero PE continúa dejándolo con la palabra en la boca.

    —Ese ser, ya independiente, o casi, se impone a tu cerebro. Te marca lo que debes pensar. Te lleva por donde quiere. ¿Acaso crees que eres tú quien decide la trama? Iluso, que eres un iluso. Soy yo, y solo yo, el que te dicta lo que debes escribir y lo que tienes que omitir. ¡A ver si te enteras!

    Gira la cabeza con los ojos llameantes.

    —Y tú, NA, eres un mero intérprete; igual te crees que tienes algo que ver en el desarrollo de la alta política, solo por estar presente en las conversaciones, sentado atrás y murmurando la traducción al oído de los que mandan. Aterriza. Eres un don nadie.

    NA levanta la cabeza. Lo mira con los ojos entrecerrados. Veo que se le tensan los músculos del cuello. Me temo lo peor; debo intervenir de inmediato. Salgo disparado de detrás de la barra, pero cuando llego a la mesa, ya le ha tirado el vaso de vino a la cara.

    —¡Maldito mamarracho! —grita NA, con el vaso todavía en la mano.

    PE tiene la cara y el jersey empapados de vino. Las gotas le gotean de la punta de su barbita de chivo.

    AU ha retirado su silla. La camisa blanca salpicada de granate.

    Cojo la mano de NA cuando iba a lanzar el vaso a la cabeza de PE. Se lo saco de la mano.

    La tensión es máxima, los otros clientes han dejado de hablar y se han girado hacia nosotros. Veo al jefe que sale corriendo de la oficina. Se va a armar una buena.

    Veo que AU se levanta irritado. Antes de que todo se funda en negro, soy capaz de verlo comenzando a romper el papel donde estaba escribiendo…

  • DESPEDIDA

    Hoy es el último día de mi vida

    Escribo la que va a ser la única página que tendrá mi diario. Debo escribirla. Dar testimonio. Que nadie se sienta culpable. Que no se busquen responsables. El único causante de mi exterminio total e irreversible soy yo.

    Sí, total e irreversible. Es duro, lo sé. No hay nada más que la vida material. Solo lo que existe es real. Lo demás, majaderías.

    No, no espero una vida feliz, rodeado de ángeles en un más allá. Una vida diferente a la que me ha tocado vivir. Una vida que tuvo su interés y lo ha perdido. Ya no hay nada aquí, solo sufrimiento. Tampoco hay nada allá, detrás del horizonte, pero no hay padecimientos, ni penas, ni desesperación. Tampoco hay esperanza, lo sé. Pero lo prefiero.

    Aquí, en la vida, lo único que puedo esperar en el futuro es más angustia, más soledad, más oscuridad… ¿Qué puede aportarme seguir vivo? ¿No es acaso mucho más atractiva la nada que el sufrimiento?

    Os preguntaréis si no me da miedo la nada. Lo que me da miedo es vivir. Antes de nacer, yo no existía. Eso es lo que me espera. ¿Había sufrimiento en ese periodo sin tiempo? No. Lo que duele es el tiempo. La transformación. El cambio.

    Todo cambio es una pequeña muerte. Morimos cada día. Dejamos de ser lo que éramos minuto a minuto. Eso lo llevamos más mal que bien.  A ello nos hemos acostumbrado. A veces, esas muertes y renacimientos son para mejor. Como en las leyes de la evolución, los mutantes que sobreviven se adaptan mejor al medio. Pero los que no se adaptan sucumben.

    Yo soy de esos últimos. De los que no se han adaptado. Una rama evolutiva sin futuro. Una calle sin salida. Una rama seca que es mejor podar.

    No es una decisión apresurada. Todo lo contrario. Lo he meditado mucho. Lo mire por donde lo mire, la vida no tiene sentido. O al menos lo ha perdido si alguna vez lo tuvo. Cuando ella vivía. El amor daba sentido al absurdo. Uno iba a trabajar todos los días en trabajos aburridos, cogía el metro a la misma hora, comía en la cantina de la empresa, en treinta minutos, y luego volvía a coger el metro de vuelta. Pero ella estaba allí por la tarde. Había un sentido.

    ¿Y mis hijos, os preguntaréis?

    Sí, los tengo. Pero no es lo mismo. Ellos tienen su vida. Esposas y maridos, sus propios hijos. No me necesitan. Todo lo contrario, soy una carga para ellos. Me piden que viva en sus casas. Yo no quiero. Se preocupan por mí. Tampoco quiero. No quiero que penséis, cuando leáis este testimonio, que me voy para no molestaros. No debéis sentir ninguna culpa. Me voy porque no tengo futuro. Si no hay futuro, solo queda la nada. Una nada sufriente.

    Tuve pasado, como todo el mundo. No fue una mala vida hasta que ella me dejó. Cuando uno es joven tiene esperanza. La esperanza es un estímulo. Los creyentes mantienen la esperanza durante toda la vida. Curiosamente, los que esperan otra vida mejor más allá de la muerte no suelen suicidarse. Porque tienen esperanza. Saben, o creen que es lo mismo en su caso, que no es necesario buscar la muerte por las propias manos, que vendrá en su momento, y que cuando venga los encontrará esperándola con alegría.

    Yo no tengo esa esperanza. Sé, o creo, que viene a ser lo mismo, que después no hay nada. ¿Para qué esperarlo? Esperarse a morir es absurdo. Mientras tienes por qué vivir, vale. Mientras sirves para algo, pase. Pero llega un momento en que hacer perdurar la agonía no tiene ningún sentido.

    Se está alargando esta carta de despedida. Esa entrada en la única hoja de mi diario. Pero quería dejarles claro a mis hijos, a los pocos que puedan sentirse conmovidos por la decisión que he tomado, que no lloren sobre mis despojos, que no se recriminen nada.

    Cuando lean estas palabras, quizá sepan algo más de mí. Cuando me haya ido. Mis hijos no me conocen. Me han visto siempre como su padre. Un rol inevitable. Pero no han profundizado en mí como persona. Un hijo no puede hacerlo. O no quiere. Cada uno en el sitio que le corresponde. Ahora parece que está de moda que los padres quieran ser colegas de sus hijos.

    La figura paterna es un puntal que los hijos, cuando son pequeños o adolescentes, necesitan.

    Pero eso no quita que no me hubiera gustado que me quisieran por ser quien soy, en todo mi íntegro ser, no solo por el papel que he representado. Estas páginas quizá les digan más de mí que treinta años de convivencia.

    Pero igual es un legado escaso. ¿No sería conveniente mostrarme de forma más extensa? ¿No les gustaría poder comprenderme como hombre? Quizás ahora, que ya son mayores, puedo mostrarles lo que soy y lo que he sido.

    Puede que esto tenga sentido.

    Puede que esto no sea tan absurdo.

    Sí, voy a escribir sobre mi vida, mis pensamientos. Sobre lo que me ha movido, sobre el amor que me dio tanta ilusión, tanta energía. Sobre la felicidad por haberlos tenido. La lucha por sacarlo adelante.

    También mis debilidades, las frustraciones que me han invadido, los fracasos sufridos. Las contradicciones e incongruencias con las que he tenido que acarrear y que he tenido que solventar o soslayar. La infidelidad de aquella ocasión, aquel momento de locura, que ella supo perdonarme. Por poner un ejemplo.

    Si lo pusiera todo por escrito, podría mostrarles quién soy, quién he sido. Una biografía. ¿Por qué no?

    Puede que esto sea el motivo que andaba buscando.

    Puede que esto me dé el sentido.

    Ya me suicidaré cuando acabe el libro.

    O, como Sherezade, siempre tendré algo que contar.

  • EXTREMO DURO

    Abel sueña con matar a su hermano que le ha robado el amor de su madre. Se trata de un poema trágico con reminiscencias bíblicas, pero ubicado en el sur de España en nuestros días. Bécquer es el poeta; está en la costa gaditana, sentado en una terraza de su mansión que cuelga sobre la playa en las calas de Roche. Las chicas en bañador le reclaman con insistencia desde la piscina, pero él no les hace caso; es un escritor y vive sumergido en su obra. Ya irá con ellas cuando le apetezca; ahora está inspirado con su poema sobre Abel. Bécquer luce un bronceado de cobre, tiene el cabello rubio y largo, le cae ondulado sobre el cuello. Un coctel helado reposa sobre la mesa que le hace de escritorio. Mira el mar inmenso a sus pies y el sol se refleja en las crestas de las olas. Sopla un suave viento…

    ****

    Adolfo estiró las piernas debajo de la mesa; esta novela sobre el poeta tenía que ser un éxito. Le estaba quedando redonda. Miraba por la ventana de su piso en el barrio de Salamanca. Le había costado un dineral, pero con el éxito de su última novela pudo permitírselo. Llevaba ya tres novelas vendiéndose bien, pero la última fue un bombazo. Traducida a veinte idiomas y con los derechos comprados para hacer una serie en Netflix. Estaba pensando en irse a pasar una temporada en Cádiz, donde transcurre la novela con su protagonista, el escritor. Pero estaba muy liado. Los editores presionaban para que la terminara. Ahora no podía sacar el pie del acelerador. Sentía la angustia del éxito y soñaba con retirarse a una playa. Si esta novela tuviera éxito y ganara una buena pasta, abandonaría Madrid. Claro que primero debería matar a su esposa…

    Bueno, quizá aquí me paso; con que la abandone ya es suficiente. No hay que ser tan macabro. Aunque un asesinato vende mucho y un abandono no tiene ningún atractivo. Sí, voy a hacer que la mate. Ahora tendré que conseguir una buena trama, no pueden pillarlo. Quiero que consiga ser feliz en la costa. Que se transforme en Bécquer. Que su sueño se haga realidad.

    Adolfo planeó minuciosamente el asesinato. En una segunda realidad de sí mismo. Tenía como dos mentes independientes; mientras una escribía sobre Bécquer y la belleza, la otra maquinaba la eliminación de su obstáculo.

    Debo plasmar esta tensión entre el escritor y el asesino. El que crea a un creador de belleza y el que destruye a su antagonista, la que se interpone en su camino.

    Contrató a un asesino a sueldo. Pensó que era lo mejor, que no debía implicarse directamente. Esta gente era cara, pero él tenía mucho dinero. Y con lo que heredara de su mujer, tendría una vida regalada en su Cádiz donde nació, en una familia más pobre que las ratas.

    Si esto es importante, el lector debe conocer la importancia del dinero para Adolfo. La necesidad de tener éxito, de vender muchos libros, le viene de sus orígenes miserables. Esto causará empatía. No será un monstruo. Además, su mujer es una tirana que lo tiene esclavizado.

    ****

    —Gustavo, tienes que sacar el perro. No para de dar vueltas al lado de la puerta.

    Levanto la mirada de la pantalla del ordenador; siempre pasa lo mismo: cuando estoy más concentrado escribiendo su novela sobre mi escritor, me interrumpe Teresa. Ya estoy harto. De perro, de mujer y de todo el mundo.

    —¿No puedes sacarlo tú? Estoy liado.

    —¿Liado? No me hagas reír. La que está liada soy yo. ¿Quién hace la casa? ¿Quién te lava los calzoncillos? ¿Quién lleva a los niños al colegio? ¿Quién trae un salario a esta casa? Mientras tú ahí, dale que te pego a las teclas. ¿Para qué? Para nada.

    —Es que no me dejas escribir. Siempre con recados, que si el perro, que si ir al supermercado… ¿Cómo quieres que acabe mi novela?

    —Tienes todo el puto día para escribir. Saca al menos al perro.

    —Vale, ya voy. No te pongas así. Unos minutos, que termino este capítulo y lo saco.

    Bécquer se echa en una hamaca y unas chicas de ojos oscuros le masajean la espalda. Él les habla de la belleza, del espíritu elevado. Ellas lo escuchan embelesadas mientras acarician su cuerpo fornido.

    Adolfo dejó de escribir y llamó por teléfono. Le habían proporcionado un número unos conocidos del hampa. Habló en voz baja. Su mujer era una arpía que podía tener la oreja pegada a la puerta. Les dijo que requería de sus servicios. Le contestaron que no hablara más por teléfono, que debían verse en un antro del puerto.

    Gustavo lo deja aquí. Se levanta fastidiado. Coge la correa del perro. Salen a la calle; hace frío en el pueblo. Le gustaría vivir en Madrid, pero su mujer es de Cáceres y no quiere dejar a su madre. Los niños van al colegio y tienen sus amigos. No tiene dinero para vivir en Madrid; la ciudad es muy cara. Si al menos pudiera acabar su novela y si alguien se la publicara. Quién sabe.

    Mientras el perro hace sus necesidades, Gustavo piensa en su protagonista. Conseguirá que el sicario mate a la esposa y que Adolfo salga indemne. Lo llevará a las costas de Cádiz y vivirá como Bécquer.

    Se arrebuja en el abrigo. Las noches extremeñas son frías.

    Siempre le queda la literatura.

  • EN LA EDITORIAL

    —Esto, así, no lo podemos publicar —dijo Sofía, medio negando con la cabeza y dejando el manuscrito sobre la mesa con un golpe sordo.

    —¿Por qué? —preguntó Diego, mirándola sorprendido.

    Un silencio tenso se posó sobre el despacho, como una niebla en invierno. La editora miró a Diego y señaló el manuscrito con el dedo.

    —El sesgo machista que rezuma tu novela. Tu personaje es un chico joven, de hoy; en cambio, actúa como lo haría su padre o su abuelo. Eso ya no se lleva.

    Diego hizo una mueca; no entendía qué le pasaba a Sofía. Ni por qué se estaba metiendo con él de una forma tan agresiva.

    —Vamos, calmémonos, esto es una novela, existe la libertad de crear los personajes como a uno le parezca, ¿no?

    Sofía suspiró.

    —Mira, Diego. A mí personalmente me encanta tu personaje. Tiene profundidad, claroscuros. Pero… —hizo una pausa— tengo jefes. Tengo presupuesto. Si esto genera boicot, me caen a mí. Y a la editorial. No es solo arte, es también negocio.

    Diego parpadeó varias veces; sentía como si tuviera los ojos llenos de arenilla.

    —Pero este personaje es así, machista, violento, de pueblo. Un ser inculto y rudo. Su trato con su mujer y, en general, con el género femenino es lo que le caracteriza. No puedo suavizarlo.

    —Mira, Diego, esto es un mercado, y tú debes vender tu producto. Debes adaptarte al gusto de los consumidores. No puedes defender a un machista como haces en tu novela. Se te van a tirar al cuello, ¿no lo comprendes? Y también a nosotros por publicarlo.

    Diego se agitaba inquieto. Su anterior novela, publicada en esa misma editorial, había funcionado bastante bien. Ahora no entendía estas reticencias.

    —A Nabokov también le rechazaron Lolita en muchas editoriales por tocar un tema escabroso, y luego, mira…

    —Lolita generó controversia enorme. Prohibida en varios países. ¿Quieres eso para tu novela? ¿Para nosotros? Nabokov tenía prestigio académico que lo protegió. Tú eres autor novel. No sobrevivirías al escándalo.

    Diego no quería apearse del burro. Él tenía razón, pensaba. «Mi personaje es como es. No voy a poder cambiarlo, perdería todo sentido».

    Intentó defender su criatura, como si fuera un hijo vilipendiado de forma injusta.

    —A ver, Sofía, seamos razonables. ¿Qué pretendes? ¿Que Antonio sea un dechado de virtudes? ¿Que friegue los platos? ¿Que saque al niño a pasear? Joder, que vive en un pueblo del interior. Sería el hazmerreír de sus amigos y vecinos.

    Sofía se recostó en la silla. Negó con la cabeza.

    —Puede ser un tipo machista, pero no puedes hacer que golpee a su mujer y la domine a la fuerza. Eso puede que sea la vida misma, pero no vende. Y más siendo el protagonista. El héroe que consigue que no construyan los aerogeneradores en las tierras del pueblo. ¡Si acabas haciéndolo alcalde, por Dios!

    —Pero ahí está lo interesante. Una personalidad compleja, con claroscuros.

    Sofía se levantó y empezó a caminar de un lado al otro del pequeño despacho. Negaba con la cabeza.

    —La historia me parece bien, la lucha de un pueblo en contra de que les metan esos monstruos en sus parcelas, la defensa del paisaje y de las tierras de cultivo. Todo esto está muy bien, pero ese personaje deberás cambiarlo. No podemos publicar un libro donde se muestren estos comportamientos. Nos saltarían a la yugular. Y a ti también, estarías señalado por todos los movimientos intelectuales y feministas. Estarías acabado.

    Diego no daba crédito a lo que oía.

    —Yo. Acabado. Señalado como machista. No te entiendo. ¿Qué tiene que ver mi personaje conmigo?

    —La gente confunde al autor con sus obras, siempre ha sido así. Por ejemplo, Nabokov, que antes has mencionado. Muchos de los que leyeron Lolita pensaban que era un pederasta, o que si no lo era, lo tenía en sus vicios reprimidos. ¿Quieres que piensen de ti que eres un machista? ¿O de nosotros que apoyamos este tipo de escritores?

    —Pues habéis publicado a autores que eran como mínimo de extrema derecha, por no decir fascistas.

    —Siempre y cuando en sus novelas no se ensalzaran esos valores. Además, una cosa es ser de derechas, incluso de extrema derecha, tan de moda en nuestros días, y otra muy diferente es ser un pederasta o un machista. O ensalzar esos valores haciendo que el personaje sea el héroe de la novela.

    —¿Entonces, qué propones?

    —Para seguir adelante con la publicación, vas a tener que cambiar las actitudes intolerables de tu personaje con su mujer. Vuélvelo más tolerante, más humano, más respetuoso. No tiene por qué cambiar lo importante de la trama, el tema de la imposición de esas fuentes de energía en los pueblos depauperados del interior y sus derechos, aunque sean pequeños. Esto sí que vende.

    —Pero se va a perder la riqueza del conflicto. Será un personaje plano, sin ningún interés emocional.

    —O lo tomas o lo dejas.

    Diego recogió el manuscrito. Se levantó con lentitud. Sofía esperaba respuesta.

    —Necesito pensarlo —dijo.

    —Tienes una semana. Después ofrecemos el hueco a otro autor.

    Diego asintió y salió en silencio.

  • LAS IDEAS

    ¡Eureka!

    ¡Qué pocas veces soy capaz de entonar esta manida palabra! Por demás, proviene de una leyenda poco creíble. ¿Quién se va a creer que Arquímedes salió de la bañera, donde había derramado toda el agua por la loza del baño al meterse él, y se puso a correr desnudo por Siracusa al descubrir, de repente, el principio ese de todo cuerpo sumergido en un líquido que desplaza el fluido hacia arriba en un peso igual al que se sumerge? Bueno, más o menos. Pues yo no me lo creo. Llamadme escéptico.

    A ver, para que a alguien se le ocurra algo original y diferente, debe currárselo mucho. Muchas horas de estudio, si se trata de un descubrimiento científico, o muchas horas de tanteos fracasados si hablamos de un verso o un párrafo con cara y ojos.

    Al menos es lo que me ocurre a mí con mis escritos. Tachaduras y tachaduras, y luego tacho lo corregido para darme cuenta de que se entendía mejor con la primera versión de lo escrito.

    Es un trabajo de chinos, o de benedictinos, o de cualquiera que se tome las cosas en serio. Ora et labora, que decían los monjes. Siempre me acuerdo, cuando pienso en estas cosas, del cuento de la hormiga y la cigarra, que me contaban cuando era niño. Yo quería ser cigarra entonces; envidiaba su holgazanería, el que estuviera siempre contenta y cantante, y no quería ser hormiga, tan aplicada y seria y con cara de mala leche, como me la imaginaba. ¡No me digáis que alguien querría ser hormiga cuando era niño! Lo que pasa es que muchos se han quedado anclados en esa ilusión y no han crecido, y todavía piensan que ser hormiga es un castigo divino. Que no digo que no lo sea, pero es lo que hay, que no hubieran mordido la manzana.

    Pues a lo que iba, que nadie puede creerse que las ideas vengan así, de repente, mientras estás embobado mirando las musarañas, derramarse el agua de la bañera o caer una manzana de un árbol o, ya de forma más onírica, verse cabalgando sobre un rayo de luz, como se dice que le pasó a Einstein en la adolescencia. Eso son paparruchadas. Además, son falsedades muy perjudiciales, ya que hacen creer que las ideas vienen así, de improviso, sin buscarlas, y que puedes hacerte famoso de la noche a la mañana, por una genialidad que ha llegado de la nada.

    Yo leo el famoso párrafo de don Miguel, ese que dice: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme», como para creerse que a Cervantes le vino de repente, cuando el propio don Alonso Quijano tardó ocho días en decidir cómo llamarse.

    ¿Eureka? ¡Chorradas!

    No existen las musas que te susurran al oído las ideas que debes plasmar en un papel. Eso es cosa de panteístas. Igual en la Grecia antigua, la gente pensaba que los poetas eran meros vehículos que transmitían las chorradas que se les ocurrían a los dioses, que en sí ellos, los poetas, no tenían nada que decir. Pero desde que nos hemos vuelto escépticos y ateos, las musas han callado. Gracias a Dios. Y disculpad por el oxímoron, son cosas de la costumbre. Ahora, en nuestros tiempos, a las musas las llamamos de otra manera: inspiración, intuición súbita, asociación de ideas inesperada…

    ¡Huevonadas!

    ¡Intuición! ¡Inspiración! Todas esas palabras están vacías, no significan nada. La gente se pasa horas y horas esperando que le llegue la inspiración y, mientras tanto, no hace absolutamente nada. Y luego se queja, claro. Ay, es que no se me ocurre nada de qué escribir. Ah, qué desgraciado soy, estoy más bloqueado que un cerrojo oxidado.

    Bah, me río yo de esas excusas. Si estás oxidado, ponte tres en uno y deja de lloriquear como un bebé sin teta.

    Es que es muy cómodo soñar con la cornucopia, en que vivimos en un jardín rebosante de frutos, o que una madre nos proveerá de todo cuanto necesitamos, que siempre tendremos la teta disponible cuando abramos la boca. Y no, amigos, no. La cosa no funciona así. La tierra en que vivimos es estéril, da pocos frutos y hay que arar y deslomarse para sacarle algún provecho. El cuerno de la abundancia es un pitón de toro bravo; si te descuidas, te ensarta y te desangras.

    No hay caminos trillados.

    Así que, si quiero escribir algo, debo romperme los cuernos, sean de la escasez o de la abundancia, y no tengo jardín donde solazarme, solo cuatro macetas que debo regar cada día para que salgan flores, y esperar que no se hielen o cojan una plaga.

    Bueno, y ahora debo dejaros, tengo que pensar de qué voy a hablaros hoy y eso tiene su curro. Que uno es cuidadoso y, cuando se baña, nunca se le desparrama el agua.

  • LA LIBRERÍA DE VIEJO

    Entré por curiosear; me gusta adentrarme en esas librerías de viejo en que dormitan libros que otros han desechado. Son lugares de recogimiento, como una iglesia, como los cementerios. Estaba limpia, pero tenía un aspecto polvoriento, como si los libros de las estanterías, muchos de ellos con las cubiertas roídas, dejaran escapar un polvillo invisible, de papel seco deshaciéndose, que iba invadiendo el ambiente y depositando una fina capa en las superficies, que, por mucho que se pasara el plumero, persistía de forma invisible. Ediciones de bolsillo alternaban con otras de tapa dura, las que inundaban los quioscos con los grandes clásicos, que las editoriales sacaban de vez en cuando, ya que no debían tener que pagar derechos de autor. Mis ojos fatigados miraban los títulos de los libros con la avidez del coleccionista, que busca un ejemplar único, que algún incauto hubiera donado o malvendido para hacer espacio en casa o para tener dinero para un café, tras deshacerse de unos cuantos ejemplares. Quizás hubiera tirado la estantería y puesto una vitrina, para colocar sus trofeos de golf o de dominó. Yo, como siempre hacía, buscaba una primera edición, o cualquier otro tesoro enterrado que pudiera adquirir a precio de saldo. Pero eran sueños vanos de un viejo que no tenía otra cosa que hacer que perder el tiempo. Que ocurriera algo así era tan extraño como encontrar el tesoro de Billy Bones. Si acaso era posible que el vendedor ignorara el valor del ejemplar, lo que era casi imposible es que al librero se le pasara por alto. Así pues, me paseaba despacio entre las estanterías abarrotadas, o revolviendo entre los libros, amontonados de cualquier manera, en cajones de madera. Mis dedos artríticos ya no eran ágiles y me costaba sacar ejemplares de los estantes donde estaban apretujados, abrir las tapas y buscar el año de la edición. Era un proceso lento, pero yo no tenía prisa; me gustaba el silencio de la librería, muy diferente al de esas grandes superficies del centro, tan iluminadas, donde la gente se amontonaba y se estorbaba mientras cogían libros y miraban la sinopsis de la contraportada intentando dilucidar si iba a gustarle a él o al amigo, o al familiar, al que quería regalarle algo por su cumpleaños y no sabían si ya lo habían leído, o solo miraban la foto del autor  para descubrir si tenía cara de ser alguien interesante. No, en esta librería de viejo, de ese barrio del Raval de Barcelona, solo veníamos pocos clientes y la mayoría de las veces estaba yo solo, con el librero de toda la vida con su pelo, rojo en otro tiempo, vuelto blanco como la nieve, y sus pecas doradas que se confundían con las manchas de los años. De vez en cuando recorría los pasillos con el plumero en mano, cambiando el polvo de sitio, haciéndolo caer de los libros al suelo o haciendo subir del suelo a los libros con su andar arrastrado. Era un símbolo del paso del tiempo, que también se arrastra como una anaconda: nunca sabes cuándo va a acabar de pasar y, cuando menos te lo esperas, ya ha pasado. Caminaba por el pasillo mal alumbrado, apoyado en mi bastón y torciendo la cabeza a un lado y a otro, para ver los títulos de las novelas, que no sé por qué no decidieron alguna vez que siempre debieran estar escritos en la misma dirección, no unos hacia un lado y otros hacia el otro. Uno acaba mareándose y con dolor en las cervicales, más a mi edad, o a la del librero. Así se iba pasando la tarde de un día cualquiera en la que me distraía a la vez que me movía entre libros: mi pasión desde hacía setenta años, cuando leí la primera novela de los cinco de Enid Blyton. Ya nunca dejé de leer desde que Dick, Peter, Anna y Georgina, junto con el simpático Tim, me llegaron al alma con sus aventuras llenas de buenos y malos. Aunque en realidad todo vino de la pasión de mi madre por los cuentos, cuando me acostaba y me arropaba y yo esperaba ansioso las aventuras de Hansel y Gretel, Blancanieves o el gato con botas. Siempre me emocionaron las novelas de piratas y de tesoros escondidos, como la del tesoro a que me he referido. Y, casualidades de la vida, mientras pensaba en la Isla del tesoro, mis ojos se dirigieron hacia un libro que atrajo mi mirada como un imán a las virutas de hierro, y resultó ser esa novela, Treasure Island, con el nombre del autor, Robert Louis Stevenson, escrito en letras doradas. El corazón me dio un vuelco y tuve que apoyarme en la estantería de madera para no caer redondo sobre el polvo del suelo. La cogí con mis dedos temblorosos y vi la tapa color ladrillo, sin imágenes, solo el título y el nombre del autor en letras doradas. Sin más adorno. Abrí y cerré los ojos sin poder creer lo que estaba viendo. Abrí las tapas y en la primera hoja apareció la joya: editorial de Cassell and Co. de 1883, primera edición. Fue pensar en esa novela y encontrarla, una predestinación, una jugada ganadora de los dados de Dios. El libro estaba acartonado y las hojas rígidas, quebradizas, pero que habían aguantado con entereza el paso del tiempo sin quedarse deshechas entre los dedos. La conservación era excelente. Mucho mejor que mi propio estado, por buscar un símil. El tiempo pasa lento para todos, pero no todos lo toleramos del mismo modo. En aquel momento parecí rejuvenecer quince lustros y me vi como un niño al que le han regalado el primer triciclo. Lo cogí como quien oculta un tesoro muy valioso, es decir, de cualquier manera, sin darle importancia, para que el viejo dueño no sospechara nada. Como describió el bueno de Poe en el relato «La carta robada», si quieres esconder algo, lo mejor es ponerlo a la vista de todo el mundo. Así que me fui a la caja como quien no quiere la cosa y tiré el libro de cualquier manera sobre el mostrador.

    —Me llevo este, es para mi bisnieto.

    —¿Ya lee novelas?

    —Sí, mañana cumple doce años. Es muy listo.

    —¡Hombre! Felicidades.

    —Por lo que veo, sabe inglés. Sí que debe ser listo, sí.

    —Se ha criado hablando inglés en casa. La mujer de mi nieto es de allí.

    —Ah, claro, así se entiende. Pues que lo disfrute.

    —Gracias, majo.

    Salí despacio, mirando el escaparate, y no me puse a silbar para no hacer el ridículo. No obstante, al pisar la acera, parecía que la artrosis hubiera desaparecido; salí escopeteado sin dejar que el bastón tocara el suelo, como si me persiguiera un guardia y estuviera a punto de alcanzarme. Notaba la mano del librero, que, corriendo como un gamo, la posaba sobre mi hombro. Pero solo era mi imaginación; el pobre hombre no estaba para perseguir a nadie. No me calmé hasta llegar a casa y cerrar la puerta con llave. Ahora estoy sentado en la butaca al lado de la ventana; el sol entra a través del visillo e ilumina la estantería donde señorea mi libro. Ojalá tuviera un bisnieto a quien enseñárselo o leérselo al pie de la cama. Ojalá hubiera tenido al menos un hijo.

  • LA VENTANA

    Estoy en la habitación. No es mi habitación. Miro por la ventana. El sol desciende despacio sobre la colina. Un árbol solitario se recorta en el cielo crepuscular. Es solo un perfil negro sobre fondo escarlata, como una sombra chinesca. Una lágrima asoma en el ojo y la seco con la palma de la mano.
    Escribo un poema hecho de luz y sombra.
    Unos versos sobre lo mirado: el árbol y el cielo, el crepúsculo y la sepultura.
    La ventana me conecta con el mundo. Es una nada entre dos vacuidades. El mundo de las formas que se manifiestan, que mudan y mueren y renacen y vuelven a morir, en un círculo sin sentido, y mi vida que está inerte y estática, que ya ha pasado. Una línea truncada o cerca de cercenarse.
    Ya solo me quedan ciertos recuerdos inconexos. Intento escribirlos para no perderlos, para no quedarme vacío.
    El patio de la residencia está ya oscuro. Unos abuelos siguen ahí, sentados en butacas, arrimados a la pared, con mantas de lana a cuadros sobre sus piernas escuálidas. Captan los últimos rayos de sol como lagartos con la boca abierta y desdentada. Ahí está Manuel, con la punta de la lengua rosada asomando entre sus pálidos labios; allá Carmen, con los ojos pintados y colorete en las mejillas. Potingues que no engañan.
    Yo solo miro desde la ventana.
    Cojo mi pluma y la hago hablar sobre el papel rayado. Escribo sobre lo que veo, cuatro trazos, pequeñas pinceladas.
    Intento recordar. Seguro que hubo alguien. Nadie ha estado siempre solo. Pero son sombras de mi memoria. Como la del árbol de la colina: solo siluetas sin rostro. Si lo hubo, ya no está. Se ha perdido entre las telarañas del desván. Solo polvo. No puedo oír ni las ratas correteando.

    La casa está vacía. Solo cuando duermo aparece algo: imágenes deshilachadas que de vez en cuando parecen atarme al pasado, como un cordón umbilical hecho de cera que se derrite al salir el sol y despertarme. Pero no siempre. En ciertas ocasiones me queda una especie de recuerdo: un olor, un rostro desdibujado, un aleteo del alma. Entonces corro a escribirlo antes de que se desvanezca en la nada.
    Las hojas se esparcen en el jardín como una sábana parda. Los árboles muestran sus manos descarnadas. Es el otoño del patriarca. No sé de dónde me ha surgido esta frase, pero me sirve. La escribo como si fuera mía. ¿A quién va a importarle?
    Luego llegará el invierno. La nieve blanca sobre las hojas podridas. Parecerá que todo sea nuevo, pero debajo se esconderán los detritos como bajo una alfombra en una casa. Como se esconde lo que molesta.
    ¿Ha sido este mi caso?
    Mejor no tener memoria. No quiero acordarme de nada.
    La mano tiembla sobre el papel y dejo una mancha de tinta sobre la última palabra: vacío.

  • LA PÁGINA

    Una página. Solo tengo que escribir una página. No es tanto, joder. Dos mil caracteres, más o menos. Con espacios. ¿No voy a poder escribir eso? No debo pensar en que estoy escribiendo una novela. Si pienso en la extensión, estoy perdido. Entonces me bloqueo. Solo una página. Sin distraerme. Concentrado en eso. ¿Sobre qué? Debo escoger una escena. La que más me apetezca escribir. Ya las tengo esbozadas. Me ha costado hacer eso, pero ya está. Cogeré una escena y la escribiré. Cualquiera. Aunque sea la última de la novela. La que yo quiera. Puedo hacer lo que me dé la gana. ¿Acaso no soy mi propio jefe? Al menos por un tiempo. Por eso pedí una excedencia. Un año. Ese es el límite. Luego deberé volver. Reanudar mis rutinas. Trescientos sesenta y cinco días. Ni uno más. Para ahora hacer lo que yo quiera. Y quiero escribir mi novela. Punto. Solo faltaría que ahora me bloqueara. ¿No estoy en el puto monasterio? ¿No me he apartado del mundanal ruido? Si casi soy un ermitaño, coño. Como esos que estaban en una columna. En medio del desierto. Yo al menos tengo una celda, una libreta y un lápiz. ¿Qué más necesito? Tengo tiempo, pero corre que se las pela. Rosa dice que me esperará. Que no sufra por ella. Es buena chica. Pero no pienses en ella. Ahora debes concentrarte. Solo tu novela. Si te pones a pensar en ella, no harás nada. ¿Qué escena elijo? Llevo una semana con la escaleta. Ahora ya tengo el esquema. Solo queda escribir. No logro decidirme. Miro por la ventana. Hace sol. Me distraigo con una mosca. Se está dando cabezazos en el cristal. Es testaruda. Ve los huertos, pero no puede llegar a ellos. Huele las frutas maduras. Debe ser una tentación insoslayable. No ve el vidrio en la ventana. Dale que te dale. Cabezazos continuados. No se cansa. Va a pillarse una jaqueca que no veas. Pero no sé de qué me burlo. A mí me pasa lo mismo. Veo el territorio, pero no puedo alcanzarlo. Debo tener un cristal en medio. Un cristal invisible. Que no me deja proseguir. Como esa frase manida: tener un techo de cristal. Cuando no puedes crecer. O no te dejan. Lo dicen las mujeres cuando hablan de las empresas. No las dejan ocupar los puestos de responsabilidad. Un techo de cristal. Buen símil. Los buenos símiles funcionan. Se abren paso. No tienen barreras que los frenen. No tienen cristal en los techos. Ni en las ventanas. Yo necesito buenos símiles, metáforas adecuadas. Para escribir. Mujeres y moscas. Y yo. Algo así. Algo que me sirva. Pero mi cristal está en mi cabeza. Es interno. Sé que está porque no escribo. Me obstruye el camino, pero no lo veo. No sé qué hace ahí. ¿De dónde ha salido? ¿De la soledad? Puede. Igual me he pasado. Aquí solo. Entre esos monjes. No me molestan. Me dejan en paz. Podría asistir a los oficios. Maitines, laudes, etc. No me lo impiden. Es más, me lo aconsejan. Pero no quiero distraerme. Quizá debería. Me aburro demasiado. Fuera de las comidas, estoy todo el día sentado en esa silla. Solo. Bueno, solo con la mosca. Me hace compañía. Es lamentable. Lo dejo todo atrás y me alegro de tener la mosca. Una cautiva. Como yo. Solos ella y yo. No creo que ella me espere. Rosa va a cansarse. Es normal. Es joven y saldrá con sus amigas. Encontrará a otro. Luego me dejará. Me lo merezco. Pero es lo que he querido. Lo tomo como una prueba. Si aguanta un año es que me quiere. ¡Seré imbécil! ¡Qué va a aguantar! Se largará con otro. Eso seguro. ¡Qué más da! Lo primero es lo primero. Y lo que debo hacer es escribir y dejarme de cuentos. Sí, escribir. Aunque sea un cuento. Los cuentos también sirven. La mayoría de buenos novelistas han escrito cuentos. Cortazar, Borges, Faulkner… Muchos. Igual si escribo un cuento corto me animo. Puedo hacer una cosa: cojo una escena y escribo un cuento. Luego si sale algo lo incluyo. Así veo que hay un inicio y un final. Satisfacción a corto plazo. Puede que ahí esté el cristal. Baja tolerancia a demorar la satisfacción. Eso que tienen los pacientes con TDAH. A ver si resulta que yo tengo este síndrome. Necesito obtener las satisfacciones a corto plazo. Pues la he hecho buena encerrándome en un monasterio. Parecía tan chulo.  Vida monástica. Sin distracciones. Barato. Sencillez. Pues ya estoy harto. Y eso que llevo una semana. ¡Cómo voy a aguantar un año! En una semana algo he hecho. He escrito el esquema. Tengo la visión clara de lo que quiero escribir. Pero ya está. Ya no me sale nada. Igual no me estimula la historia. Si no me estimula a mí, imagina. Un fracaso. Será un desastre. Lo veo venir. Es una historia aburrida. No tiene ningún interés. Como esa vida aquí. Aburrida hasta la médula. ¡Qué trama más sosa! Como la vida de un monje. Ora et labora. Pues a mí no me sirve. No laboro ni oro. No es lo mío. Voy a romper la escaleta. No quiero volver a verla. Empezaré de nuevo. Ahí sigue la mosca. Dándose de cabeza. Buscando por donde escaparse. Soy una puta mosca. Samsa se convirtió en escarabajo. Yo en mosca. Podría escribir otra Metamorfosis. Me convertiría en una de ellas. Intentaría salir al huerto. A chupar frutos dulces. Pero estaría encerrada. Hasta que llegara un monje con una pala matamoscas. Me perseguiría por la celda. Yo chillaría que soy humano. No me oiría. No entendería el habla de las moscas. No sería un monje budista. Uno cristiano. De los que matan los insectos. Hasta que me aplastara. Ahí se acabaría la historia. Fundido en negro. Mi última visión sería el melocotonero en el huerto. ¿Por qué no? Sería más interesante que lo que tengo ahora. Rompo la escaleta. En mil pedazos. Empiezo de nuevo. Será un cuento. Una novela corta. No creo que dé para más. Si al menos pudiera escribir eso. Habría valido la pena. Vamos, me pongo. Empezaré escribiendo una página. Luego ya veré. Solo una página. No es tanto, joder.

  • DESDE EL RINCÓN

    Desde el rincón en que me siento —siempre el mismo— tengo una amplia perspectiva del pequeño local. La mesa está junto la ventana y, por las mañanas, cuando desayuno, entra el sol en un sesgo biselado, rasgando el aire, y dando una atmósfera de calidez como si fuera capaz de acariciar tu piel con dedos de terciopelo.

    Esta mesita la tengo, diríamos, reservada. No hay ningún cartelito que lo ponga, pero es pequeña —como máximo caben dos personas— y casi nunca está ocupada. Llego pronto.

    Yo me acomodo ahí, enchufo mi portátil, y me pido un bocadillo y un vaso de vino. A mí me gusta degustar un buen caldo y aquí siempre tienen botellas de pequeñas bodegas catalanas, que tienen una calidad muy aceptable a un buen precio.

    Mientras me zampo el desayuno miro las noticias, aunque me canso pronto. Siempre lo mismo: Trump y sus guerras. Está jugando a soldaditos con su amiguete Netanyahu. El primero para hacer dinero, el segundo para mantenerse en el poder y evitar ser juzgado.

    Así es el mundo en nuestros tiempos. Dinero y corrupción. Y el poder en manos de niños viejos y malhumorados.

    Ya no hay principios elevados. La moral se deshilacha en una sociedad desorientada.

    Así que cierro las noticias y abro el Word.

    Estoy un poco apagado. Las noticias, quieras o no, me afectan. Pido una copa de coñac para acompañar al café. A ver si me animo un poco.

    Me gusta ver gente a mi alrededor. ¡Estoy tan solo en casa! Desde que Teresa se marchó… No es lo mismo. El piso está desangelado. Yo pensaba que éramos felices y mira tú por dónde. Fue una sorpresa, la verdad, aunque debo admitir que en los últimos meses estaba distante. Pensé que serían cosas del trabajo. No le di importancia. Un día se plantó delante de mí, los brazos en jarras.

    —Me voy Ernesto. No aguanto más —dijo, con el ceño fruncido, como retadora.

    Me quedé perplejo, la verdad. Intenté razonar, le pregunté qué le pasaba. Me dijo que el hecho de que no lo supiera era el motivo principal.

    Pero ¿qué es lo que tenía que saber y que no sabía?

    —Vives en otro mundo, en otro universo. En una dimensión en que yo no existo —me soltó como un hachazo.

    —Pero… ¿por qué dices eso…? ¡Yo te quiero! —respondí, balbuceando.

    —Tú solo te quieres a ti mismo. Y tus malditas novelas.

    Esto me dejó patitieso. Uno escribe para que le quieran, no para ser repudiado. Buscar ser admirado por lo que haces no es un pecado. Pero ella pensaba que eso me hacía ser un narcisista o algo así, dijo. Bueno, ella es psicóloga. Siempre con sus palabras raras.

    Me termino el café con la copa y me pongo a escribir.

    Aquí, al menos, estoy bien acompañado. La dueña del local me tiene en mucho aprecio. No creo que se deba solo a que hago mucho gasto. Creo que le gusta tener un escritor entre su clientela. Me mira con cierto orgullo desde detrás de la barra. El otro día la oí comentar con un cliente que yo escribía novelas. Me dio la impresión de que lo decía vanagloriándose, como diciendo, «mira que clientela más selecta tengo».

    Eso me pareció.

    El sol me calienta por fuera y el coñac por dentro.

    La dueña, Nuria se llama, no está mal. Es una mujer de unos cuarenta y cinco años. Un poco grandota, pero con los ojos dulces. Me cae bien. Igual en un futuro, quien sabe. Estoy tan solo en casa…

    —¿Otro coñac, Ernesto? —me pregunta atenta.

    —Claro. Este se ha evaporado —le contesto con una carcajada.

    Me lo trae y se inclina sobre la mesa. Sus pechos a un palmo de mis narices. Huele bien. Aparto la mirada, un poco avergonzado. Ella sonríe. Se va con un coqueto movimiento de caderas, segura de que la estoy siguiendo con la mirada.

    Bebo un sorbo. Noto el calor aterciopelado recorriendo mi esófago.

    Eso tampoco le gustaba a Teresa, decía que me olía el aliento. Qué bebía mucho y que eso la molestaba.

    —No bebo tanto, lo normal, como todo el mundo —me excusaba yo.

    —¿Cómo todo el mundo? Serán los del tuyo, en el mío la gente no huele a alcohol a las once de la mañana.

    ¡Bah! Era una exagerada. Tomarse un coñac con el café es lo más normal del mundo. Claro que si desayunas una mariconada de esas, un croissant o un bollo de mantequilla, no pega, pero con un bocadillo de chorizo ¿qué vas a tomar? ¿Un cortadito? Vamos, hombre.

    Igual es que su mundo es de mujeres finas o de esos hombres de hoy, medio… Bueno, metrosexuales les llaman, siendo amables. Se afeitan las axilas y todo eso. Es verdad, no son de mi estilo.

    Algún día escribiré una novela sobre la variedad de géneros. Más de cincuenta, he leído. Para volverse loco. Aunque bien mirado, está tan alejado de mi experiencia que me saldría un churro.

    Vale, deja de pensar en Teresa.

    Bebo un trago.

    Nuria me mira desde la barra. Está aclarando los platos y poniéndolos en el lavavajillas. Un rubor le luce en las mejillas. ¿Será porque la he pillado mirándome? Tendré que echarle el anzuelo, a ver si pica. Lo que pasa es que no quisiera equivocarme, que se burlara de mí. Ya no podría volver a este rincón en que tan a gusto me encuentro.

    No vale la pena el riesgo.

    Soy un poco cobarde, lo admito. La ruptura con Teresa me ha dejado con la autoestima por el suelo. Quién iba a decirlo. Estaba tan seguro de que me quería. ¿Por qué no lo habló conmigo? ¿Por qué dejó que nuestra relación se fuera pudriendo?

    Igual había otro, u otra, u otre. Seguro. Debía llevar una doble vida antes de dejarme. Estoy seguro. Me engañaba. Por eso no decía nada. Lo tenía todo muy callado. Estuve ciego.

    Me pido un carajillo. El coñac a palo seco me pone melancólico. Con el café es otra cosa.

    Me pongo a escribir. Ya está bien de darle vuelta a las cosas.

    Hablaré del engaño, de cómo se siente confiado uno y luego te dan una puñalada trapera. De lo peligroso que es ser bueno. Me gustaría escribir sobre los engaños. Como aviso a navegantes. Que se cuiden de las personas con dos caras, falsas como una moneda de chocolate. De chocolate amargo.

    Gente engañosa, que aparentan una cosa y luego son otra. La gente modernilla, que no sabes si van o vienen, si son de esta acera o de la otra. Falsedad por todas partes.

    Nuria sí que es una mujer. Eso está claro.

    Le voy a echar los tejos, y que sea lo que Dios quiera.

    Pero otro día.

    Hoy tengo que escribir algo. Llevo demasiado tiempo divagando.

    Me bebo el carajillo.

    El calorcito del sol que entra por la ventana me hace sentir como envuelto en algodón, amodorrado.

    Se me cierran los ojos.

    Mañana quizá.

  • EL SUEÑO

    Al despertarme fui corriendo al ordenador, abrí el Word y me puse a escribir. Quise retener el sueño. Plasmarlo en papel. Pero se me iba difuminando en el recuerdo, sus contornos se deshacían como las alas de Ícaro al acercarse al sol.

    El sol, el gran difuminador de todos los sueños.

    A medida que iba escribiendo la mente se desplazaba. Del mundo de los sueños a lo real. La conciencia ocupaba su lugar. El trono de su reino.

    Cerré los ojos, simulando la oscuridad nocturna, queriendo engañar a los pensamientos y que me permitiera bucear en las emociones. Pero todo me distraía. Los ruidos domésticos. Un topetazo en el pasillo. ¿Qué está haciendo Miguelito? ¿Se ha caído? ¿Se habrá hecho daño? Y Carmen, ¿dónde se ha metido? ¿En la ducha?

    Abrí los ojos. Era inútil. Se escapaba sin remedio. Uno no puede asir el aire. Los fantasmas del inconsciente son huidizos. Solo me quedaba la sensación. Un peso en el espíritu.

    —¡Miguelito! ¿Estás bien?

    No dejaba de molestar ese crio. No podía estarse quieto. Así no había manera de concentrarse. No dijo nada. Tampoco oí lloros. Me tranquilicé.

    ¿Qué estaba haciendo Carmen?

    —¡Carmen! ¿Dónde estás? ¿Quieres ver que le pasa al niño? —grité desde el despacho.

    No me oyó. Debía estar en la ducha.

    Intenté relajarme. Miré la pantalla. Había empezado a escribir sobre el sueño. Lo poco que recordé al levantarme. Tuve un flash: el intestino se me cerraba. ¿Por qué? No lo sé. Me habían operado, me habían quitado un trozo de estómago, y luego no paraba de vomitar.

    La sensación me ponía los pelos de punta, pero no podía delimitarla. Eran imágenes huidizas, borrosas, indeterminadas.

    Me intenté concentrar y estirar del hilo de la madeja. Desenredarlo.

    Allí había algo importante, pero se iba… No conseguía fijarlo.

    Y menos con continuas interrupciones.

    —Pedro, ¿vas a tomar unas …das? —oí las palabras entrecortadas.

    Carmen me decía algo desde la cocina.

    —¿Qué?

    —Unas tostadas. ¿Quieres o no?

    —NO, SOLO CAFÉ —grité.

    Intenté concentrarme de nuevo. ¿Por dónde iba? Miré la pantalla. Ah, sí. La operación y los vómitos. Ya recordaba… Me tenían que volver a abrir. Se había cerrado el estómago. Por alguna razón no dejaba pasar la comida.

    —Pero doctora, ¿otra operación? —le preguntaba.

    —Sí, no hay más remedio. Si no se morirá.

    —¿Y qué me van a hacer?

    La doctora callaba. No quería decirme nada más.

    Sentí en mis entrañas el miedo, la angustia. ¿Qué fue lo que me afectó tanto en el sueño?

    —Papá, tenes el café en la mesa. Dice mamá que vayas. Que se te fritará.

    —Enfriará, Miguelito. Se dice enfriará.

    —Eso. Se te enfritará.

    Salió corriendo por el pasillo.

    Me levanté, desesperado. ¿Por qué me tenía que operar de nuevo? ¿Qué me iba a pasar si no me operaba? ¿Por qué me iba a morir?

    Pensé en mi operación, la del mundo real. Me habían acortado el estómago y eso provocaba que me saciara pronto. Si comía mucho me daban ganas de vomitar.

    Me senté en la mesa.

    —Seguro que una tostadita no te hará daño. Tienes que comer Pedro…

    —Ya… Luego tomaré un yogurt. Ahora con el café ya es suficiente.

    —Eso de los vómitos… No sé…

    Carmen dudaba, la preocupaban tantos vómitos. La miré con la taza en la mano.

    —¿Qué?

    —Pues que creo que estás obsesionado con el peso. Siempre te estás pesando. Que si me he engordado un kilogramo, que si debo ponerme a régimen… dándole vueltas a lo mismo.

    —Bueno, no quiero engordarme otra vez.

    —No vas a engordarte. Si te han quitado medio estómago.

    —Vuelve a hacerse grande si comes mucho.

    Me miró con cara de preocupación.

    Quizá fuera psicológico, pero desde la operación me sentía muy lleno después de comer y no mejoraba hasta que no vaciaba el estómago. Luego me entraba una satisfacción indescriptible. Es verdad que me decía que ese día no iba a engordar.

    Volví al despacho. Me senté frente al ordenador.

    Intenté retomar el sueño. Cerré los ojos un momento.

    Ya no me acordaba de nada más; casi todo se había ya perdido en el fondo de la inconsciencia. Ese lugar donde habitan los monstruos.

    Solo una cosa me inquietaba. Mi sentimiento de terror cuando pensé, en el sueño, que me iban a colocar un tubo para alimentarme. Como uno de esos que ponen para vaciar los desechos, pero al revés, para meter los alimentos. Que debería llevar una bolsa con nutrientes siempre enganchada al cuerpo.

    —Hay que anular ese estómago —sentenció la doctora.

    En el sueño sentí una angustia indescriptible cuando me dijo eso. Me imaginé con un nudo al final del estómago, sin solución de continuidad con el intestino.

    Debería controlar más las comidas. Reducir la cantidad y hacerlas con mayor frecuencia. Como me habían aconsejado. Pero me encantaba la buena mesa y cuando tenía el plato delante no podía contenerme.

    Luego a vomitar.

    Me estremecí. Quizá sí que estaba obsesionado con el estómago, con la comida y con el peso.

    Tenía que escribir estos pensamientos. Enfrentarme al sueño, exorcizarlo sobre el papel en blanco. Meditar en su significado.

    Se abrió la puerta. Sin llamar, claro.

    —Nos vamos —anunció Carmen. —Anda, Miguelito, dale un beso a papá y coge la mochila. Nos vemos a la noche. No te olvides de recoger al niño al mediodía, eres capaz.

    Recoger al niño, hacer la compra, preparar la comida, llevarlo al cole a la tarde…

    Así no había quien escribiera un cuento.

    —De acuerdo, no te preocupes. ¿Cómo voy a olvidarme?

    —No me hagas enumerar las veces que…

    —Vale, vale. Anda, vete y déjame trabajar.

    Me senté frente a la pantalla. Me mesé el pelo. Empecé a teclear.

    «Al despertarme fui corriendo…»