—Esto, así, no lo podemos publicar —dijo Sofía, medio negando con la cabeza y dejando el manuscrito sobre la mesa con un golpe sordo.
—¿Por qué? —preguntó Diego, mirándola sorprendido.
Un silencio tenso se posó sobre el despacho, como una niebla en invierno. La editora miró a Diego y señaló el manuscrito con el dedo.
—El sesgo machista que rezuma tu novela. Tu personaje es un chico joven, de hoy; en cambio, actúa como lo haría su padre o su abuelo. Eso ya no se lleva.
Diego hizo una mueca; no entendía qué le pasaba a Sofía. Ni por qué se estaba metiendo con él de una forma tan agresiva.
—Vamos, calmémonos, esto es una novela, existe la libertad de crear los personajes como a uno le parezca, ¿no?
Sofía suspiró.
—Mira, Diego. A mí personalmente me encanta tu personaje. Tiene profundidad, claroscuros. Pero… —hizo una pausa— tengo jefes. Tengo presupuesto. Si esto genera boicot, me caen a mí. Y a la editorial. No es solo arte, es también negocio.
Diego parpadeó varias veces; sentía como si tuviera los ojos llenos de arenilla.
—Pero este personaje es así, machista, violento, de pueblo. Un ser inculto y rudo. Su trato con su mujer y, en general, con el género femenino es lo que le caracteriza. No puedo suavizarlo.
—Mira, Diego, esto es un mercado, y tú debes vender tu producto. Debes adaptarte al gusto de los consumidores. No puedes defender a un machista como haces en tu novela. Se te van a tirar al cuello, ¿no lo comprendes? Y también a nosotros por publicarlo.
Diego se agitaba inquieto. Su anterior novela, publicada en esa misma editorial, había funcionado bastante bien. Ahora no entendía estas reticencias.
—A Nabokov también le rechazaron Lolita en muchas editoriales por tocar un tema escabroso, y luego, mira…
—Lolita generó controversia enorme. Prohibida en varios países. ¿Quieres eso para tu novela? ¿Para nosotros? Nabokov tenía prestigio académico que lo protegió. Tú eres autor novel. No sobrevivirías al escándalo.
Diego no quería apearse del burro. Él tenía razón, pensaba. «Mi personaje es como es. No voy a poder cambiarlo, perdería todo sentido».
Intentó defender su criatura, como si fuera un hijo vilipendiado de forma injusta.
—A ver, Sofía, seamos razonables. ¿Qué pretendes? ¿Que Antonio sea un dechado de virtudes? ¿Que friegue los platos? ¿Que saque al niño a pasear? Joder, que vive en un pueblo del interior. Sería el hazmerreír de sus amigos y vecinos.
Sofía se recostó en la silla. Negó con la cabeza.
—Puede ser un tipo machista, pero no puedes hacer que golpee a su mujer y la domine a la fuerza. Eso puede que sea la vida misma, pero no vende. Y más siendo el protagonista. El héroe que consigue que no construyan los aerogeneradores en las tierras del pueblo. ¡Si acabas haciéndolo alcalde, por Dios!
—Pero ahí está lo interesante. Una personalidad compleja, con claroscuros.
Sofía se levantó y empezó a caminar de un lado al otro del pequeño despacho. Negaba con la cabeza.
—La historia me parece bien, la lucha de un pueblo en contra de que les metan esos monstruos en sus parcelas, la defensa del paisaje y de las tierras de cultivo. Todo esto está muy bien, pero ese personaje deberás cambiarlo. No podemos publicar un libro donde se muestren estos comportamientos. Nos saltarían a la yugular. Y a ti también, estarías señalado por todos los movimientos intelectuales y feministas. Estarías acabado.
Diego no daba crédito a lo que oía.
—Yo. Acabado. Señalado como machista. No te entiendo. ¿Qué tiene que ver mi personaje conmigo?
—La gente confunde al autor con sus obras, siempre ha sido así. Por ejemplo, Nabokov, que antes has mencionado. Muchos de los que leyeron Lolita pensaban que era un pederasta, o que si no lo era, lo tenía en sus vicios reprimidos. ¿Quieres que piensen de ti que eres un machista? ¿O de nosotros que apoyamos este tipo de escritores?
—Pues habéis publicado a autores que eran como mínimo de extrema derecha, por no decir fascistas.
—Siempre y cuando en sus novelas no se ensalzaran esos valores. Además, una cosa es ser de derechas, incluso de extrema derecha, tan de moda en nuestros días, y otra muy diferente es ser un pederasta o un machista. O ensalzar esos valores haciendo que el personaje sea el héroe de la novela.
—¿Entonces, qué propones?
—Para seguir adelante con la publicación, vas a tener que cambiar las actitudes intolerables de tu personaje con su mujer. Vuélvelo más tolerante, más humano, más respetuoso. No tiene por qué cambiar lo importante de la trama, el tema de la imposición de esas fuentes de energía en los pueblos depauperados del interior y sus derechos, aunque sean pequeños. Esto sí que vende.
—Pero se va a perder la riqueza del conflicto. Será un personaje plano, sin ningún interés emocional.
—O lo tomas o lo dejas.
Diego recogió el manuscrito. Se levantó con lentitud. Sofía esperaba respuesta.
—Necesito pensarlo —dijo.
—Tienes una semana. Después ofrecemos el hueco a otro autor.
Diego asintió y salió en silencio.
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