Están sentados alrededor de una mesa; AU es un escritor un poco trasnochado, según opinan los contertulios. Yo no he leído nada de él, por lo que mi opinión no cuenta. Tiene el pelo entrecano y unas voluminosas bolsas más oscuras destacan en una cara pálida y mal afeitada. Los hombros están caídos, como si sobre ellos descansara el peso del mundo. Un Atlas marchito. Recuerdo la imagen de ese coloso en un dibujo del libro de primaria; se me quedó grabada en la cabeza: un tipo formidable con el globo terráqueo sobre su espalda. Enfrente está PE, un joven descarado; tiene el pelo ensortijado y despeinado, un bigote con perilla, todavía ralo, como un asomo, más prometedor que bien consolidado. Su mirada es clara, brillante y su voz algo estridente. Cuando habla, no se contiene, todo furia y vehemencia, siempre pone el grito en el cielo. A mí me parece algo insolente, pero claro, yo solo soy un vulgar camarero, observador de la vida desde mi posición estratégica. A la derecha, según los estoy observando, mientras limpio los vasos detrás de la barra, se sienta NA. Parece desconcertado, mirando a uno y a otro, metiendo baza en medio de las discusiónes. No le hacen mucho caso. Es como esos invitados de relleno en una cena de palacio. Un bufón que alegra el cotarro, pero sin más enjundia que valor propio. Es un tipo indefinido; al menos yo no puedo saber claramente lo que piensa. Los tres vienen a menudo a echar unos vinos y NA un día habla de una manera y otro de otra. No sé a qué atenerme.
Parece que hoy están más acalorados que de costumbre. Me temo que va a correr el vino; ya llevan unos cuantos vasos de este tinto peleón. Espero no tener que poner orden.
—Mira, AU, eres un tipo importante, no lo niego, imprescindible si quieres al principio, pero una vez has puesto la semilla, lo mejor que puedes hacer es retirarte y dejarme que haga lo que me apetezca —comenta PE mirando a AU desafiante.
—Serás descarado, niñato. Eres un producto de mi cerebro. Si no te pienso, no existes. ¿De qué vas, desgraciado? No te das cuenta de que, si quiero, te elimino.
—No seas iluso, AU. No es tan fácil acabar conmigo. Pregúntale a Sir Arthur cuando quiso matar a Sherlock —repuso PE, mientras le daba un trago a su vaso de tinto.
Veo que NA quiere meter baza, pero PE no le deja.
—Joder, AU, ya podrías habernos citado en el Palace y rascarte un poco el bolsillo. Este vino es un matarratas —se lamenta, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
No puedo por más que estar de acuerdo con él. Este vino que compran en esta bodega es más malo que el vinagre. Pero veamos qué dicen esos, que hoy tengo que estar pendiente de ellos, no vaya a montar una tangana.
—Pues yo pienso que lo que importa en una buena novela es que yo la cuente de forma correcta. Ya puede AU ser un genio o PE, un galán atractivo, que si yo no lo digo de forma convincente, no sois nadie, ni el uno ni el otro —dice NA dando un palmetazo sobre la mesa.
AU lo mira con una sonrisa socarrona en sus labios resecos. Da un trago para humedecerlos.
—Tú ni pinchas ni cortas, yo te visto como quiero. Solo me falta que vengas también tú a tocarme lo que no suena —se lamenta con voz cansina.
—En eso te doy la razón, AU: NA, ya no pinta nada. En otros tiempos dejaban que opinara, pero eso está mal visto hoy en día. Y es normal. ¿Qué coño tiene que opinar? Que se limite a decir lo que ve y, por lo demás, que calle.
NA hizo un ademán de levantarse, apoyó las dos manos sobre la mesa, pero a la orden de AU volvió a sentarse. Se le veía muy irritado.
—No vais a poder prescindir de mí, ya sea usándome como un sabelotodo o solo con conocimientos parciales. ¡Me necesitáis! Sin mi intervención no seríais nada.
—A mí me caes bien, NA —dijo AU dándole unos golpecitos en la espalda—, pero no te olvides que soy yo quien decide lo que sabes o dejas de saber. En fin, eres el que más habla, pero el que menos importa. Mejor que vayas asumiéndolo y no te hagas mala sangre.
Veo que NA baja la cabeza, pero un pie taconea sobre el suelo, esparciendo el serrín que no he tenido tiempo de barrer. Como venga el dueño, me cae una buena.
—Además, cada vez te cortan más las alas, NA. Hoy en día los PErsonajes somos autosuficientes. En la mayoría de las veces, los AUtores modernos —no es el caso de AU, que está más acabado que una Olivetti de antaño— hacen que seamos nuestros propios NArradores. O sea, que cada vez te vas quedando más obsoleto, NA —suelta PE mientras se toca la perilla y levanta la nariz desafiante.
Veo que AU tamborilea los dedos sobre la mesa y se le está poniendo la cara de un color rojo subido. Voy a acercarme para retirarles la botella, que ya está vacía y preguntarles si van a tomar más. Lo haré con cara de fastidio, a ver si lo pillan y van pensando en largarse…
Mierda, me han pedido otra botella de vino y no tengo posibilidad de echarlos a menos que hagan algo que moleste a otros clientes. Así no hay manera de mantener el orden. Tendríamos que poder actuar de manera preventiva, no por hechos consumados. Así que deberé estar atento, mientras sirvo otras mesas y friego los vasos. ¿Dónde coño estará el jefe?
—Me estoy empezando a hartar de vosotros —salta AU como sacando lava por la boca—. ¿Pero qué os pensáis? Aquí el único que importa soy yo. YO. ¡Queda claro! Escribo lo que me da la gana, creo los PErsonajes que me apetece. Pongo al NArrador que me conviene. Todo sale de mi cabeza. Vosotros solo sois productos de mi imaginación. No sois nada. Humo, solo humo.
PE y NA se miran; este baja la cabeza, pero aquel ríe con ganas.
—Anda, papi, siéntate y no te sulfures, que te va a dar un telele. Ya no estás para estas tensiones. Mira, te lo voy a poner clarito: tú pones la simiente, el gameto, diríamos, sea espermatozoide u óvulo —mueve las manos en el aire, como indicando que eso poco importa—. Como sabes, porque tú listo sí que eres, en sí mismo no son nada. No hasta que se unen y crean un embrión. Este ya tiene vida propia. Cada vez más independiente a medida que avanza la vida.
AU lo mira con ojos como platos, parece que va a hablar, pero PE continúa dejándolo con la palabra en la boca.
—Ese ser, ya independiente, o casi, se impone a tu cerebro. Te marca lo que debes pensar. Te lleva por donde quiere. ¿Acaso crees que eres tú quien decide la trama? Iluso, que eres un iluso. Soy yo, y solo yo, el que te dicta lo que debes escribir y lo que tienes que omitir. ¡A ver si te enteras!
Gira la cabeza con los ojos llameantes.
—Y tú, NA, eres un mero intérprete; igual te crees que tienes algo que ver en el desarrollo de la alta política, solo por estar presente en las conversaciones, sentado atrás y murmurando la traducción al oído de los que mandan. Aterriza. Eres un don nadie.
NA levanta la cabeza. Lo mira con los ojos entrecerrados. Veo que se le tensan los músculos del cuello. Me temo lo peor; debo intervenir de inmediato. Salgo disparado de detrás de la barra, pero cuando llego a la mesa, ya le ha tirado el vaso de vino a la cara.
—¡Maldito mamarracho! —grita NA, con el vaso todavía en la mano.
PE tiene la cara y el jersey empapados de vino. Las gotas le gotean de la punta de su barbita de chivo.
AU ha retirado su silla. La camisa blanca salpicada de granate.
Cojo la mano de NA cuando iba a lanzar el vaso a la cabeza de PE. Se lo saco de la mano.
La tensión es máxima, los otros clientes han dejado de hablar y se han girado hacia nosotros. Veo al jefe que sale corriendo de la oficina. Se va a armar una buena.
Veo que AU se levanta irritado. Antes de que todo se funda en negro, soy capaz de verlo comenzando a romper el papel donde estaba escribiendo…
Deja un comentario