DESPEDIDA

Hoy es el último día de mi vida

Escribo la que va a ser la única página que tendrá mi diario. Debo escribirla. Dar testimonio. Que nadie se sienta culpable. Que no se busquen responsables. El único causante de mi exterminio total e irreversible soy yo.

Sí, total e irreversible. Es duro, lo sé. No hay nada más que la vida material. Solo lo que existe es real. Lo demás, majaderías.

No, no espero una vida feliz, rodeado de ángeles en un más allá. Una vida diferente a la que me ha tocado vivir. Una vida que tuvo su interés y lo ha perdido. Ya no hay nada aquí, solo sufrimiento. Tampoco hay nada allá, detrás del horizonte, pero no hay padecimientos, ni penas, ni desesperación. Tampoco hay esperanza, lo sé. Pero lo prefiero.

Aquí, en la vida, lo único que puedo esperar en el futuro es más angustia, más soledad, más oscuridad… ¿Qué puede aportarme seguir vivo? ¿No es acaso mucho más atractiva la nada que el sufrimiento?

Os preguntaréis si no me da miedo la nada. Lo que me da miedo es vivir. Antes de nacer, yo no existía. Eso es lo que me espera. ¿Había sufrimiento en ese periodo sin tiempo? No. Lo que duele es el tiempo. La transformación. El cambio.

Todo cambio es una pequeña muerte. Morimos cada día. Dejamos de ser lo que éramos minuto a minuto. Eso lo llevamos más mal que bien.  A ello nos hemos acostumbrado. A veces, esas muertes y renacimientos son para mejor. Como en las leyes de la evolución, los mutantes que sobreviven se adaptan mejor al medio. Pero los que no se adaptan sucumben.

Yo soy de esos últimos. De los que no se han adaptado. Una rama evolutiva sin futuro. Una calle sin salida. Una rama seca que es mejor podar.

No es una decisión apresurada. Todo lo contrario. Lo he meditado mucho. Lo mire por donde lo mire, la vida no tiene sentido. O al menos lo ha perdido si alguna vez lo tuvo. Cuando ella vivía. El amor daba sentido al absurdo. Uno iba a trabajar todos los días en trabajos aburridos, cogía el metro a la misma hora, comía en la cantina de la empresa, en treinta minutos, y luego volvía a coger el metro de vuelta. Pero ella estaba allí por la tarde. Había un sentido.

¿Y mis hijos, os preguntaréis?

Sí, los tengo. Pero no es lo mismo. Ellos tienen su vida. Esposas y maridos, sus propios hijos. No me necesitan. Todo lo contrario, soy una carga para ellos. Me piden que viva en sus casas. Yo no quiero. Se preocupan por mí. Tampoco quiero. No quiero que penséis, cuando leáis este testimonio, que me voy para no molestaros. No debéis sentir ninguna culpa. Me voy porque no tengo futuro. Si no hay futuro, solo queda la nada. Una nada sufriente.

Tuve pasado, como todo el mundo. No fue una mala vida hasta que ella me dejó. Cuando uno es joven tiene esperanza. La esperanza es un estímulo. Los creyentes mantienen la esperanza durante toda la vida. Curiosamente, los que esperan otra vida mejor más allá de la muerte no suelen suicidarse. Porque tienen esperanza. Saben, o creen que es lo mismo en su caso, que no es necesario buscar la muerte por las propias manos, que vendrá en su momento, y que cuando venga los encontrará esperándola con alegría.

Yo no tengo esa esperanza. Sé, o creo, que viene a ser lo mismo, que después no hay nada. ¿Para qué esperarlo? Esperarse a morir es absurdo. Mientras tienes por qué vivir, vale. Mientras sirves para algo, pase. Pero llega un momento en que hacer perdurar la agonía no tiene ningún sentido.

Se está alargando esta carta de despedida. Esa entrada en la única hoja de mi diario. Pero quería dejarles claro a mis hijos, a los pocos que puedan sentirse conmovidos por la decisión que he tomado, que no lloren sobre mis despojos, que no se recriminen nada.

Cuando lean estas palabras, quizá sepan algo más de mí. Cuando me haya ido. Mis hijos no me conocen. Me han visto siempre como su padre. Un rol inevitable. Pero no han profundizado en mí como persona. Un hijo no puede hacerlo. O no quiere. Cada uno en el sitio que le corresponde. Ahora parece que está de moda que los padres quieran ser colegas de sus hijos.

La figura paterna es un puntal que los hijos, cuando son pequeños o adolescentes, necesitan.

Pero eso no quita que no me hubiera gustado que me quisieran por ser quien soy, en todo mi íntegro ser, no solo por el papel que he representado. Estas páginas quizá les digan más de mí que treinta años de convivencia.

Pero igual es un legado escaso. ¿No sería conveniente mostrarme de forma más extensa? ¿No les gustaría poder comprenderme como hombre? Quizás ahora, que ya son mayores, puedo mostrarles lo que soy y lo que he sido.

Puede que esto tenga sentido.

Puede que esto no sea tan absurdo.

Sí, voy a escribir sobre mi vida, mis pensamientos. Sobre lo que me ha movido, sobre el amor que me dio tanta ilusión, tanta energía. Sobre la felicidad por haberlos tenido. La lucha por sacarlo adelante.

También mis debilidades, las frustraciones que me han invadido, los fracasos sufridos. Las contradicciones e incongruencias con las que he tenido que acarrear y que he tenido que solventar o soslayar. La infidelidad de aquella ocasión, aquel momento de locura, que ella supo perdonarme. Por poner un ejemplo.

Si lo pusiera todo por escrito, podría mostrarles quién soy, quién he sido. Una biografía. ¿Por qué no?

Puede que esto sea el motivo que andaba buscando.

Puede que esto me dé el sentido.

Ya me suicidaré cuando acabe el libro.

O, como Sherezade, siempre tendré algo que contar.

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