Autor: Javier Llop Rúperez

  • UN AMIGO CRÍTICO

    «José estaba enfadado, miró a Julia con rabia. Cogió el arma, que tenía escondida en la mesilla, notó su peso en la mano y el tacto frío de la culata; la amartilló y, con mano temblorosa, apuntó a la cabeza de Julia y, aunque el dedo se negaba a obedecer sus órdenes, con un supremo esfuerzo de voluntad, y después de rememorar la escena de ella con Carlos en la cama y de la huida de su compañero de trabajo levantándose los pantalones y trastabillando por el pasillo, apretó el gatillo»

    —¿Qué te parece?

    Pensó un momento, casi nada, esa es la verdad. Con el tiempo que me había tomado para construir esa frase, él se la ventiló en un par de segundos.

    —Está muy bien, aunque yo acortaría un poco; me parece que hay demasiadas subordinadas que enlentecen el ritmo.

    —¿Por qué dices que el ritmo es lento?

    Pensó otro instante.

    —Esa escena requiere una acción más agresiva, menos especulativa. Además, el uso de la copulativa repetida enlentece el desarrollo de la escena. Al principio explicas lo que después se muestra y no es necesario; debes dejar al lector que entienda la rabia de José sin nombrarla.

    Me pone de los nervios. Siempre está corrigiéndome. A mí me parecía una buena escena; quería mostrar las dudas de José y lo irremediable del destino una vez se ha establecido. Mi interlocutor no entiende nada. ¿Acaso ha escrito él alguna novela?

    Lo dejo en el despacho y me voy a la cocina a prepararme un café cargado. Él nunca toma nada, eso al menos es de agradecer, pero yo me siento agotado.

    Cuando vuelvo, noto que me está esperando, quizá con impaciencia.

    Voy a tentarlo, a ver qué opina.

    «José cogió el arma y le disparó a bocajarro. Lucía cayó de espaldas sobre la alfombra».

    —¿Así está mejor?

    —Ha mejorado el ritmo, sin duda, pero dos cosas que debes tener en cuenta: en primer lugar, has cambiado el nombre de la chica. Lucía aparecía en una escena anterior y era la amante de José; ahora la nombras como su esposa. Debe ser un descuido no intencionado. Por otro lado, la escena ha mejorado en el ritmo, pero ha perdido detalle. Yo haría un redactado intermedio, algo así:

    «José abrió el cajón de la mesilla y cogió el arma, la amartilló y, con mano temblorosa, apuntó a la cabeza de Julia. Aunque el dedo se negaba a obedecer, al rememorar la huida de Carlos levantándose los pantalones y trastabillando por el pasillo, apretó el gatillo».

    ¡Joder! Te he dicho mil veces que no reescribas mis escenas. Solo que me des tu punto de vista. Ahora ya no podré rehacerlo yo sin tener en cuenta tu sugerencia.

    —Lo siento, José, lo recordaré como método de trabajo contigo.

    Ya, ya… Lo siento, ¿pero ahora qué? Tendré que escribirlo como me dice o pensaré que lo mío no es bueno.

    Le miro con cara de pocos amigos. Aunque sé que soy injusto. Él hace todo lo que puede por ayudarme; soy yo quien le pido que se lea mis textos y me haga una crítica literaria; ahora no puedo recriminarle que sencillamente haga lo que le pido.

    Llevo trabajando con él toda la vida y conoce a la perfección mi estilo y lo que intento expresar, y me ayuda mucho, esa es la verdad. Es rematadamente bueno, aunque nunca haya escrito nada. Como esos comentaristas de partidos de fútbol que opinan sobre las alineaciones que debería haber hecho el entrenador, o los pases fallados por el mejor centrocampista del mundo, y nunca han tenido una pelota en los pies.

    Aun así, si le digo que no me redacte las escenas, pues no debe hacerlo. Y punto.

    Me levanto y doy vueltas por el despacho. Sé que debo parecer enfurruñado, pero a él no le importa. Sigue impasible en su sitio. Lo miro con rabia. ¿Serán celos? No debería, no es un competidor, es un amigo, un colaborador desinteresado. Pero es que me da rabia, es un sabelotodo, incluso arrogante, siempre debe tener la razón, me fastidia, lo juro.

    ¿Pero qué haría sin él?

    Da sin pedir nada a cambio, o muy poco. Siempre que lo necesito está disponible; en ningún momento me ha fallado. ¿No es eso amistad?

    Me siento de nuevo frente al ordenador y uso su texto para mi escena. ¿Qué voy a hacer? Una vez me la ha referido, ya no puedo sacármela de la cabeza.

    —¡Que no vuelva a pasar, Claude!

    —Tomo nota y no volveré a interferir. Solo sugerencias de mejora, no reescribir. Lo incluyo en nuestro método de trabajo.

    Asentí con la cabeza, aunque no pudiera verme. Cerré el programa y apagué el ordenador.

    Ya volveré mañana con un nuevo párrafo.

  • TIEMPO DE ESPERA

    No puedo pegar un ojo, mi cabeza da vueltas y más vueltas alrededor del mismo asunto, como un mulo en un molino. Mi pequeña está en observación y no me dan el diagnóstico.

    Después de haber recibido todo de mí, tiempo y cuidados, de hacer de ella un ser bello, o al menos a mí me lo parece, puede que sea amor de padre, no lo niego; ahora está entre la vida y la muerte y yo ya no puedo hacer nada.

    Solo esperar.

    Un tiempo de espera que parece interminable.

    Doy vueltas por la sala como un tigre en su jaula. Nadie puede consolarme, nadie puede distraerme. Mi mente solo tiene un objeto donde posarse, una sola idea a la que dar vueltas y más vueltas, una sola emoción. No existen para mí ni amigos, ni distracciones; ya no leo, ya no escribo, ya casi ni puedo comer.

    Tiene tres años. Un tiempo en que la he visto crecer, en que se ha ido desarrollando, cogiendo forma. Al principio era un ser indiferenciado; la miraba y no me decía nada, más que algo era un proyecto. Suponía un esfuerzo y una ilusión: el esfuerzo de dar sin ser correspondido, de dedicarte con desvelos y no saber si iba a crecer o si no iba a sobrevivir: demasiado débil, con pocas defensas. Recuerdo esos días de angustia, de dedicación casi exclusiva, de cuidados extremos…

    Toda mi esperanza estaba puesta en ella, en que iba a ser mi descendencia la que heredaría mis más estimadas posesiones: mi apellido y mis convicciones. En ella había decidido poner mi futuro, eternamente.

    Ahora estaba entre la vida y la muerte. En ese limbo donde todo puede ocurrir, donde la experiencia y los conocimientos de quien la examina serán los que determinen si se salva o sucumbe. Si pueden curarla mediante las hábiles manos o, por el contrario, si van a desahuciarla como un caso imposible.

    Me tomo un café, es lo único que me entra. Mi esposa está tranquila, es una mujer fría. No quiere decir que no esté preocupada, pero no lo demuestra y parece que su misión, la que se ha impuesto, es calmarme. Me dice que confíe en los expertos, que por mucho que me obsesione no voy a conseguir nada, que incluso puedo enfermar si sigo así…

    Recuerdo los inicios; ella no pudo dejar de trabajar ni mientras se incubaba la criatura ni cuando vio la luz. Era yo el que debía cuidarla mientras ella seguía trabajando para tener ingresos. Estuvo todo ese tiempo en mis exclusivas manos. Quizá por eso mi mujer está más tranquila que yo. No quiero ser injusto, pero podría estar un poco más ansiosa, no dejarme tan solo en mi angustia.

    Me han dicho que me espere en casa. Yo quisiera estar presente, empujarlos de alguna manera, presionarlos para que se esfuercen más. «Hacemos lo que podemos, no nos dé prisas, es contraproducente, todo tiene su ritmo y debe seguir su curso; ya le diremos algo lo antes posible».

    Pero yo no puedo esperar tranquilo. Ando por el salón de un lado a otro. Carmen me mira con el ceño fruncido. «Me estás poniendo nerviosa, Carlos, ¿quieres estarte quieto?».

    Sangre de horchata, eso es lo que le corre por las venas.

    ¡Mi niña! ¡Mi niña! ¿Qué será de ella?

    No puedo salir de casa, pendiente del teléfono o del correo electrónico. Miro que el móvil esté cargado cada cinco minutos. No hay noticias. ¿Eso es bueno o malo? No news, good news. Pero eso es una frase hecha. Puede que sea verdad en este caso; debe querer decir que ven posibilidades de salvarla, que no la dan como finiquitada. O, al contrario, que la tienen desatendida y que se ocupan con otras con más posibilidades de salir adelante. ¿No es eso lo que hacen en situaciones de grandes catástrofes?

    No debo estar tan negativo. Carmen tiene razón, voy a enfermar con estos pensamientos.

    —Deja de tomar café, Carlos. Te perjudica —me propone Carmen.

    Me siento en la butaca, estiro los brazos, me rasco la cabeza, me pica. Vuelvo a levantarme.

    —¿Quieres una tila?

    —¡No quiero tila! ¡No quiero nada! ¿Cómo puedes estar tan tranquila?

    Carmen me mira y, con voz helada y las facciones endurecidas, me dice:

    —Es tuya, no mía.

    Me quedo estupefacto. Yo pensaba que era nuestra, que ella la había querido tanto como yo, y ahora me suelta esas cuatro palabras que me atraviesan como un cuchillo al rojo vivo.

    En ese momento suena el teléfono. Lo cojo con manos temblorosas, se me cae de las manos, reniego, lo recojo del suelo, aprieto el botón verde de aceptación de la llamada

    —¿Sí? ¿Sí? ¡Diga!

    —¿El señor Rodríguez?

    —¡Sí! ¡Soy yo!

    Mi corazón iba a mil por hora. Respiré hondo, intentando calmarme.

    —Debo comunicarle que no vamos a publicar su novela. No entra dentro de nuestra política editorial. Lo lamento mucho…

  • UNA RARA ENFERMEDAD

    Había salido del hospital y ya se encontraba por fin en casa.

    Se sentó frente al ordenador; ya iba siendo hora de continuar con la novela. Su personaje, Mauricio, había abandonado Barcelona, desengañado de la relación con su novia, y había decidido irse unos meses a París. Para hacer borrón y cuenta nueva.

    Después de tanto tiempo ingresado, un mes tras el ictus y la rehabilitación,  no recordaba muy bien la trama de la novela y releyó lo que había escrito, unas setenta hojas, para ponerse de nuevo en situación. Pensó que era lógico, tras tanto tiempo apartado de su trabajo, con las preocupaciones por su salud. ¿Cómo iba a recordar todo lo que había planeado?

    Se puso al día releyendo lo escrito y revisó el esbozo que tenía pensado para desarrollar a partir de ese momento. Eran solo ideas generales, sin ningún detalle, ninguna escena elaborada. Tendría que volver sobre ello, volver a imaginar qué iba a ocurrirle a Mauricio en su periplo parisino.

    El personaje acababa de llegar a París con su Volkswagen Golf GTI de color gris metalizado. No pudo visualizar el coche en cuestión, si tenía alerón detrás o doble tubo de escape. Abrió internet y buscó el modelo. Ahora pudo verlo. Lo describió en la novela. No es que fuera importante, pero le daba verosimilitud, realismo.

    Vale, ya estaba en París. Mauricio estaba excitado y triste, una combinación extraña; había amado a Silvia, pero lo había traicionado con un compañero del trabajo. Tuvo que salir de ese ambiente opresivo. París podía ser la solución a sus penas, la Ciudad de la Luz. Eso le ilusionaba. Unos meses en París le harían volver a ser el mismo.

    Javier se levantó y se acercó a la ventana. El viento levantaba las hojas marrones del suelo en pequeños remolinos caprichosos. ¿Podría describir París en otoño? Usaría esta imagen que estaba observando para dar la sensación de un París otoñal y decadente. Recordaba bien esa sensación de cuando paseaba con Clarisa por el parque de la Ciudadela, sobre la alfombra de hojas muertas que crepitaban bajo sus pasos.

    Mauricio aparcó el coche y se puso a andar por ¿dónde? Buscó en Google Maps y miró el plano de París. El jardín de las Tullerías. Mauricio aparcó el coche y se puso a andar, pasear mejor, por el jardín de las Tullerías…

    Vale, ¿y ahora qué?

    Se rascó la barbilla y cerró los ojos. No tenía ni puñetera idea de qué podía hacer ahora Mauricio. Estaba completamente en blanco. Revisó el esquema que tenía ideado desde el inicio de la trama, pero solo había ideas vagas. Un hotel, se ponía a escribir su novela, conocía a una pintora, se liaban, luego ella lo dejaba y volvía a Barcelona, y no ponía nada del final.

    Le entró un sudor frío. Era una situación nueva para él, nunca se había quedado en blanco. Era un escritor prolífico y las historias le surgían como el agua clara y fresca de los manantiales.

    Había escrito cinco novelas y habían tenido buena acogida de crítica y de público. Los de la editorial estaban encantados y esperaban con ansiedad su nueva novela.

    Pero no sabía cómo continuar.

    Se paseó por el despacho, miró los libros de su biblioteca y notó un nudo en el estómago. Tanta imaginación enlatada y a él no se le ocurría cómo continuar.

    Se dijo que mejor no forzar; todavía estaba convaleciente.

    Durante la cena, Clarisa parecía cansada.

    —¿Qué te apetecería hacer este fin de semana? —le preguntó reprimiendo un bostezo.

    —Pareces cansada.

    Clarisa era neuróloga en Sant Pau y había llevado a Javier allí cuando vio que se le torcía el gesto y balbuceaba palabras inconexas.

    —Mucho trabajo en el hospital, pero este fin de semana voy a cargar pilas. ¿Qué podríamos hacer?

    Javier se quedó en blanco. No se le ocurría nada.

    —No sé…

    —Pues sí que vamos bien, tú eres el imaginativo.

    —No se me ocurre nada.

    Clarisa meneó la cabeza, cortó la hamburguesa de pollo y masticó distraída.

    —Hoy me ha ocurrido algo extraño —dijo Javier.

    Ella lo miró alarmada.

    —No, nada grave, no se ha repetido, no te preocupes. Es solo que he querido volver a mi novela y…

    Le temblaron las manos y tuvo que apoyarlas sobre la mesa.

    —¿Qué?

    —Pues… No sé cómo seguir, no se me ocurre nada. Es extraño.

    —Bueno, no creo que debas preocuparte. Has tenido un ictus y es normal, debes recuperarte.

    Javier se palmeó la frente.

    —¡El informe!

    Se levantó, fue al despacho y volvió con la hoja en la mano. Se la entregó a Clarisa.

    —A ver si tú entiendes algo.

    Ella desplegó el informe y miró el diagnóstico:

    «Síndrome de clausura imaginativa».

    Miró a Javier.

    Vio el miedo en los ojos de su marido.

    Conocía ese síndrome. Era una consecuencia rara vez reportada de un ictus en la región frontal del cerebro. Javier había perdido la capacidad de imaginar.

    Lo poco que se había publicado hacía referencia a pacientes que eran incapaces de imaginar, pero mantenían la memoria y la capacidad empática.

    Ella podría hacer una publicación del caso de su marido. Tenía todo el historial a su disposición. Un caso clínico para el New England Journal of Medicine. Seguro que se lo publicaban.

    —Oye, Javier, ¿y si te olvidas de tu novela y escribes tus memorias?

  • EL HACEDOR DE MUNDOS

    Siente que las palabras le surgen como si un volcán explotase en sus entrañas. Hasta que no ha abierto la boca y ha dejado que la lava saliera a borbotones, no se ha sentido a gusto.  No había podido permanecer en la cama dando vueltas con los ojos perdidos en la oscuridad y molestando a su mujer, que refunfuñaba a su lado sin despertarse.

    Teresa está cansada. Sabe que ella está hasta arriba de trabajo y que él está todo el día en casa, pero también está trabajando, ¿no? Aún así tiene que hacer tareas domésticas para que no le monte la bronca.

    Se ha levantado antes que el sol y, con la luz del móvil, se ha dirigido al comedor, no fuera a despertarla, se ha sentado en la butaca y ha abierto el ordenador. Si al menos le aceptaran una novela haría que ella se callara, pero así, sin haber publicado nada, ¿qué le va a decir?

    Se ha levantado de madrugada. Las ideas le estaban hirviendo en la cabeza y no podía dormir. Ideas inconexas, deslazadas, que hervían y borboteaban: un caldo caótico. Sabía que solo al escribir las imágenes se irían condensando, se estabilizarían y adquirirían forma, como si fuera lava que al enfriarse formaba figuras fantasmagóricas.

    Recuerda su viaje al Timanfaya, en el autocar descubierto, con Teresa a su lado, las formas grotescas de la lava solidificada. La sorpresa del fuego a un metro de profundidad donde podían cocerse huevos sobre una piedra.

    —Tira esas ramas al agujero, Tere.

    Ella dio un paso al frente y con mano temblorosa las tiró y las llamas brotaron del agujero como en combustión espontánea.

    Las imágenes saltaban en su mente: los camellos, la Cueva de los Verdes…

    ¿Cómo condensarlo todo en un relato? Debía extraer las emociones y ponerles palabras. Del caos a la forma.

    ¿Era ese el motivo que le empujaba a escribir?

    La vida era caos, incertidumbre, por muy controlado que pensaras tenerlo todo. El azar gobernaba el mundo, la naturaleza. Solo los eones daban forma a lo que hubiera podido quedar informe. Como ese mono que, tecleando infinitas veces, podía llegar a escribir El Quijote. Lo contrario sería más creíble, Cervantes deformando su obra al reescribirla.

    Se queda mirando la farola encendida en la calle. Cientos de insectos vuelan alrededor de la luz y chocan con la pantalla de cristal. Un murciélago pasa como un disparo y se traga alguno de ellos; luego desaparece en la oscuridad.

    Es ley de vida, se dice. El grande se come al pequeño.

    Se sienta en la silla y mira al techo, como si pudiera traspasarlo y ver las estrellas. Respira hondo y suelta el aire despacio. Siente que su cabeza entra en una fase de fluidez, como si se deslizara sobre la lava  que se arrastra perezosa desde lo alto del cráter rezumante.

    Le viene a la cabeza el poder de la naturaleza, el volcán de La Palma. El fuego arrollador, tragándose casas y poniendo caos donde había orden. La creación primigenia.

    Una polilla se empeña en penetrar la luz de la lámpara; revolotea a su alrededor. Él se levanta y espera que se pare; tendrá que descansar. Luego, una vez posada en la pared blanca, avanza despacio y le da un manotazo. Luego la busca por el suelo. ¡Ahí está! La pisa.

    Él es un ser poderoso. Se ve a sí mismo con la pluma en la mano como si fuera un coloso. Nada puede detenerle.

    Su libertad está en la punta de sus dedos.

    Él está en la cima del volcán más alto de la tierra. Puede crear y destruir mediante las palabras. Así como Dios hizo a Adán del barro informe y lo hizo bello, él crea un personaje, le da forma desde el magma de las emociones y lo echa al mundo.

    Las primeras luces de la madrugada colorean de rojo la estancia. Estira los dedos hasta hacer crujir las articulaciones. Endereza la espalda y aprieta las mandíbulas.

    Ya es hora de dejar de soñar y de ponerse a la tarea.

    Abre el Word, pulsa la primera tecla, escribe la primera frase: «El hacedor de mundos». Ya tiene el título. Hincha el pecho.

    Oye que se abre la puerta de la habitación. Gira la cabeza.

    Teresa está apoyada en el vano de la puerta.

    —Acuérdate de sacar al perro. Voy a ducharme y tengo prisa.

  • NO TENGO TIEMPO PARA MORIRME

    Tengo sesenta y siete años, nueve meses y ocho días y me quedan muchas cosas por hacer. He sufrido un cáncer que me ha enfrentado a la muerte y que parece que he superado —aunque esto nunca se puede dar por seguro en este tipo de enfermedad— gracias a la ciencia y a la suerte; lo descubrí por un hecho poco habitual que llevó a un diagnóstico precoz y un tratamiento de cirugía y quimioterapia, que creo que ha sido exitoso.

    Era la primera vez que la muerte tenía mi nombre. Eso lo ha cambiado todo. Te planteas el tiempo como algo limitante. Esto me ha llenado de ansiedad, y no es por miedo morir, no lo tengo, o no más que cualquiera que no sea timorato.

    La falta de tiempo me da angustia.

    Morirme me da rabia.

    Esa es la palabra. Rabia. Rabia para no tener tiempo de hacer todo lo que me he propuesto desde que sé que el tiempo existe y que antes no le daba importancia.

    Miles de libros por leer, cientos de caminos por abrir y explorar, decenas de novelas por escribir, estudios por emprender (técnicas narrativas, idiomas para leer en versión original y poder escribir en ellos).

    En especial el catalán, mi idioma materno que nunca estudié por haber nacido y haberme educado en colegios franquistas, y, luego, por haberme dedicado a otros estudios y tareas que consideraba prioritarios, para ganar dinero y tirar adelante con la familia.

    Ahora tengo que darme prisa, y me angustia no tener tiempo.

    ¿Qué me pueden quedar? Si no se reproduce el cáncer y tengo suerte, quizá la media en mi entorno, que es de unos ochenta y cinco años, por lo tanto diecisiete.

    ¿Cuántas cosas de las que quiero hacer podré llevar a cabo en diecisiete años?

    Dirás que muchas, pero si piensas en los años que he desperdiciado, por pensar que tenía todo el tiempo del mundo delante de mí, lo que me resta es una miseria. Y eso me da rabia.

    ¿Por qué nos damos cuenta de las cosas importantes cuando es demasiado tarde?

    Sí, debo ser justo, todo lo que he hecho ha sido importante. Criar a mis hijos, trabajar para poder hacerlo. No hablo de eso, hablo del tiempo perdido a lo tonto, sin darme cuenta de que ese tiempo era irrecuperable. Dedicarme a tonterías que no me llenaban, solo por pereza, para distraerme de los agobios cotidianos. Trabajar para comer dura ocho horas al día; quedan dieciséis, sácale siete para dormir, la resta te da nueve horas. ¡Nueve horas cada día y más los de fin de semana o las vacaciones! ¿Cómo he podido perder tantas y tantas horas en mi vida sin hacer lo que más me gusta y que sabía que me gustaba? No es que lo haya descubierto ahora: leer, escribir y aprender.

    Claro que hay muchas cosas que hacer en un día además de dedicarte a lo que más te gusta: horas de convivencia familiar, tareas domésticas, ejercicio físico y otras muchas que necesitan algo de tiempo. Aun así, me deberían haber quedado unas cuatro o cinco horas al día para mi desarrollo.

    Si hubiera empleado cuatro o cinco horas, o tres, al día en ello, ahora sería un autor prolífico, un experto en las ramas de la intelectualidad en que me hubiera sumergido, y hablaría y escribiría a la perfección no menos de cinco idiomas.

    Y ahora tengo prisa.

    Me da rabia.

    Pero debo tener esperanza y pensar que llegaré a los ochenta y cinco años en plenitud de facultades mentales. Que podré hacer muchas cosas en esos diecisiete años que me quedan. No es momento de lamentarse. Es hora de ponerse en marcha y de no perder más tiempo.

    Ahora estoy escribiendo esta confesión mientras escucho música en los auriculares y un montón de libros en la mesa de centro del comedor llamándome impacientes.

    Me siento como si fuera un niño el primer día de clase en el que va a conocer a sus nuevos amigos y jugar con los ya conocidos.

    Pero, a pesar de todo, la ansiedad me roe las entrañas.

    El tiempo se ha hecho consciente.

    Me da rabia haberme dado cuenta tan tarde.

  • LA BIBLIOTECA

    Voy a presentarme al padre de Esmeralda. Se ha empeñado en que lo conozca. Llevamos unos meses saliendo. Ella había ido a Londres para cursar estudios de derecho y nos conocimos el primer día de clase.

    Quedé fascinado por su porte elegante y esos ojos azules y profundos. Era una chica distinguida y distante.

    Así que acepté y aquí estoy.

    La casa es una masa oscura que opaca la noche carente de luna y estrellas. Cuando me bajo del auto y abro el paraguas, me encaro a una mansión de altos muros y ventanas cerradas. Solo una luz amortiguada destaca en el muro forrado de hiedra. Me acerco corriendo a la puerta, arrebujado en un abrigo que me llega hasta los pies y me molesta en la marcha; llevo el cuello protegido por una bufanda de lana y me cubro la cabeza con una gorra Stetson, verde oliva, resistente al agua. Espero causar una buena impresión al padre de Esmeralda. Cierro el paraguas y lo sacudo en el porche de entrada. La puerta es de madera, como la de un castillo medieval, alta y sólida. Tiene dos grandes llamadores de bronce en forma de garra de león, pero pienso que deben ser de adorno. Esas cosas ya no se usan. Miro el muro y allí encuentro un timbre de latón dorado. Lo pulso y me parece oír una grave y lejana resonancia, como de una especie de campana. Un trueno retumba a mi espalda y un fogonazo ilumina por un instante el jardín que rodea la casa. Un enorme roble inglés destaca sobre la oscuridad del fondo, con el tronco retorcido y unas grandes ramas tortuosas.

    Siento un leve estremecimiento, noto un molesto tic en el rabillo del ojo. Tengo la boca seca y me cuesta tragar la saliva.

    Me pregunto dónde estará Esmeralda. ¿Por qué no está esperándome?

    Es huérfana de madre y vive con su padre, un aristócrata, y su bisabuela de casi cien años, en esa mansión en Surrey, cerca de Shalford, a una hora y media de Londres. Eso decía Google Maps, pero he tardado dos horas con esa lluvia torrencial que me ha acompañado todo el camino y golpeaba el parabrisas con furia, impidiéndome ver con claridad las estrechas carreteras del condado.

    La puerta se abre lentamente y una cabeza asoma por el resquicio. Me mira de arriba abajo antes de abrir del todo. Es un hombre más bien enjuto, vestido de negro, de manos huesudas y cuello de buitre leonado. Me repasa con unos ojillos inquietos y negros.

    —¿El señor Stevens, supongo?

    Asiente enmudecido y se aparta a un lado con una leve indicación de la mano para que entre.

    Recoge mi sombrero, abrigo y la bufanda y los cuelga en un ropero.

    —Menuda noche —comento, para romper el hielo.

    —Sígame —dice andando renqueante por un pasillo pobremente iluminado.

    Cuadros con motivos de caza cuelgan de las angostas paredes y el suelo es de listones de madera desgastada por los años, aunque bruñida y bien cuidada.

    Llegamos a un distribuidor del que parte una escalera amplia y al que desembocan tres grandes puertas. Abre una de ellas.

    —Espere en la biblioteca. Avisaré al señor.

    —¿Y Esmeralda? Está esperándome.

    —Lord Milton le atenderá en cuanto le sea posible. Aguarde aquí.

    Cierra la puerta a mis espaldas y me encuentro en una gran habitación tenuemente iluminada por un par de lámparas de pie de madera tallada, con las pantallas de tela de color crema. La luz es tan débil que, más que iluminar, hace destacar las sombras que se esconden por los rincones más alejados.

    Las paredes están forradas con estanterías que van del suelo al techo, de una altura de más de cuatro metros, con una escalera que corre a través de la librería por unos raíles. Tengo la sensación de que pueden desplomarse sobre mi cabeza. El aire de la estancia es espeso, como si llevara mucho tiempo reposando. Me cuesta respirar este ambiente viciado.

    En la pared, sobre la chimenea, una mujer joven me observa huraña. Se parece a Esmeralda, pero tiene una pose adusta y unos ojos helados. El pintor la había retratado sin calor humano.

    Me acerco a la estantería para ver qué libros interesan al padre de mi novia. La mayoría son tratados de leyes y libros de historia. Las novelas deben estar proscritas en esta biblioteca.

    Miro mi reloj, llevo ya diez minutos esperando. El tiempo pasa arrastrándose como una babosa y yo no sé qué hacer, ahí de pie frente a la estantería.

    De repente oigo un ligero ronquido, una especie de vibrato desacompasado. Miro a mi alrededor, pero no veo a nadie. Hay un sillón frente a la ventana y me parece percibir una mano delgada que se apoya en el reposabrazos. Me quedo paralizado. No estoy solo. Me acerco despacio, sin hacer ruido, sobre la alfombra gruesa. No oigo nada, pero un olor a alcanfor, acre, me invade el olfato. Carraspeo para que me oiga, pero no denoto ningún movimiento. Me sitúo al lado del sofá y veo el perfil de una vieja de piel fina y arrugada que tiene los párpados cerrados, azules y casi transparentes. Respira con levedad y su pecho huesudo avanza y retrocede en un movimiento apenas perceptible. El pelo ralo y blanco no consigue ocultar su cráneo sonrosado.

    Cuando voy a retirarme, abre los ojos. Su iris es el del cuadro, de azul cristalizado. Me mira y detecto un leve temblor en sus labios.

    —¿Quién eres tú? —pregunta en un susurro.

    —Arthur, Stevens, el novio de su… bisnieta, Esmeralda, supongo.

    Ella se ríe mostrando unos dientes amarillos y afilados. Una risa que sube de tono, que se convierte en carcajada. Su cara se deforma como vaciándose por dentro; los pómulos huesudos emergen bajo la piel. Mi corazón se para, me entra un sudor frío. Me agarro al sillón para mantener el equilibrio.

    —¿Qué… qué pasa? ¿De qué se ríe?

    Su rostro cambia de repente, se vuelve serio, agresivo.

    —Yo no tengo ninguna bisnieta. Mi nieto es viudo. Esmeralda era su mujer; murió ahogada en el estanque. De vez en cuando nos trae carne fresca.

    Oigo abrirse la puerta, miro a mi alrededor. Debo salir de aquí. ¡La ventana! ¿Puedo saltar por la ventana?

    Un relámpago ilumina la estancia. El roble retuerce sus ramas en el jardín.

    Me giro y veo un hombre en la puerta. La luz del pasillo le da de espaldas, no puedo verle la cara, proyecta una sombra alargada.

    La mujer del cuadro, ¿Esmeralda?, parece sonreír.

  • ANSIEDAD

    Notas que necesitas algo, que no estás bien. Es como si tuvieras un gusanillo insatisfecho en la barriga y, a falta de alimento, te royera la pared del estómago. Tienes una sensación de puño que te agarra las entrañas. 

    Te preguntas qué te ocurre, estás ceñudo, malhumorado. Te encuentro sentado en tu butaca, abstraído, aislado. Lees o escribes en el portátil. Pero mi impresión es que no disfrutas con ello.

    A veces te quedas estático, mirando enfrente, aunque parece que tus ojos no ven nada: se dirigen adentro, hacia la morada del gusano. Luego das un resoplido, un suspiro, ¿un lamento?

    Me inclino sobre tu hombro para leer lo que estás escribiendo: «Ansiedad» se titula. Mal vamos: con ese encabezado no puedo esperar nada bueno.

    ¿Estás imaginando un cuento? Lo que sí parece es que no estás contento. La taza de café que tienes en la mesita, al alcance de tu mano, se ha enfriado y, cuando das un sorbo, haces una mueca de disgusto.

    Sigues tecleando. Es como un impulso, un espasmo de tus dedos. Diría que actúan por inercia: no pareces tener la mente en lo que escribes. Luego te veo releer lo que has escrito, como preguntándote de dónde ha salido eso.

    Ves pasar a tu mujer, que atraviesa la estancia como un fantasma; se pasea por las gélidas habitaciones de un castillo escocés. Las miras de reojo, por encima de la pantalla. Ella se acerca y te da un beso superficial, de los que solo dicen «buenos días».

    Le preguntas sin beligerancia:

    —Pareces de mal humor. ¿Te pasa algo?

    —¿A mí? Nada. Se hace tarde —te responde ella, tras una mirada soslayada, y vuelve a lo que estaba haciendo.

    No sabes de qué te habla. Lo dejas correr, no quieres distraerte. No ahora que estás lanzado, que empiezan a surgir las palabras de forma fluida.

    El café está frío y amargo. Lo apartas a un lado.

    Parece que avanzas en tu relato. No me atrevo a mirar por encima de tu hombro y no sé si has escrito poco o mucho.

    Tras ese intercambio de impresiones con tu mujer, parece que estás más irritable. Avanzas a trompicones y te distrae cualquier cosa.

    Te enfurruñas si no te hacen caso, si no te escuchan… Si tu mujer no te atiende como es debido, es como si pincharan un globo y saliera disparado dando un bufido amargado. En cambio, cuando te aplauden, cuando valoran tu trabajo, el globo sube y flota, satisfecho.

    Hoy estás intranquilo. Algo te perturba. ¿Es por tu mujer? Ella, que siempre es tan atenta, ahora te ignora y no te atiende como es debido. Te preguntas qué le has hecho, o lo que no has hecho. 

    No lo sabes y te angustia.

    Cierras el ordenador. Parece que has terminado lo que estabas escribiendo. Veo que es un relato corto, no llega a dos páginas.

    Miras el reloj. Se ha hecho tarde. Algo te inquieta y no sabes dilucidar qué es.

    Percibes ruidos en el recibidor y abres la puerta del despacho. Ves el último destello de la luz antes de apagarse y oyes la puerta de la calle que se cierra con un golpe seco.

    El piso ha quedado silencioso y oscuro. Como una tumba.

    Miras por la ventana. Ves a tu mujer de pie en la acera. Levanta una mano. Para un taxi.

  • UNA PARTIDA DE CARTAS

    Venga, vamoz al ajo, que ze hace tarde.

    ¿Tienes, prisa, Zeta-Zeta?

    No joda’, quiyo, que esto es pa relajarse.

    Zaca el wizki, Profe, que eztoy zeco.

    Venga. Ves barajando, que voy a por las bebidas.

    Trae unas galletaz, porfa.

    Macho, Zeta-Zeta que enluego deja’ la’ carta’ pringá’.

    Oye, Quinqui, que yo me limpio laz manos, no jodaz.

    Aquí dejo las galletas y el wiski, serviros vosotros.

    Enga, Profe reparte. Anque un poker a tre’ paece cojo.

    El Trempao no podía venir. Debía tener azuntoz…

    A ver, descartes.

    Hay que apoztar antez del dezcarte.

    Ahí van dos pavos.

    Veo.

    ¿Cuántas?

    Doz.

    Tré’.

    Servido.

    Jodé’, ¿ya empezamo’ con lo servío, Profe?

    Tu juega tus cartas y no te metas.

    Erez un farolero de mucho cuidado, Profe.

    Si quieres verlo, Zeta-Zeta, son cinco euros. Iguálalo.

    ¿Qué asunto tenía el Trempao?

    Y yo que ze, Quinqui. Cozaz zuyaz.

    Vas o no vas, Quinqui, estemos por el juego.

    No, no m’ha subío ná.

    Y tú, Zeta-Zeta.

    Me cago en Dioz, claro que voy. Tuz cinco y cinco máz. A ver zi tienez algo.

    Algún día pillarán al Trempao, está jugando con fuego.

    Dentretanto se saca una pasta, ¿o no, Profe?

    Puez en la trena ze va a joder bien jodido. ¿Vaz o te rajaz, Profe?

    Trae pacá el wiski, Zeta.

    Cógelo tu, a ver zi te creez que zoy tu criado.

    Lo que ere’ e’ un gilipolla’.

    Zin faltar o te enteraz, Quinqui.

    Tengamos la fiesta en paz que siempre estáis a la greña.

    Venga vaz o no vaz…

    Tus cinco y veinte más.

    Trae la botella, Quinqui, me cago en tuz muertoz. ¿No vez que estoy zeco?

    Te voy a meté’ la botella por culo, mamón.

    ¿Te retiras, Zeta-Zeta o igualas mi apuesta?

    A mi nadie me mete nada por el culo, zoplapollaz.

    ¿Zoplapollaz! ¡Zeta-Zeta! A vé’ si pronuncia’ como Dio’ manda, capuyo.

    ¿Queréis calmaros? Venga, estemos por el juego. Vas Zeta-Zeta o me llevo el dinero.

    Tu quietaz laz manos, Profe, el dinero no ze mueve de momento. Dame la puta botella, Quinqui o te zuelto un zopapo.

    ¿Tú y cuánto’ hombre’, nena?

    ¡Te vaz a enterar capullo!

    ¡Quietos los dos! ¡vais a romperme los muebles! ¡Quietos he dicho!

    ¡Me cago en tu’ puto’ muerto’!

    ¡Zuértame el cuello! Aaarg…

    Aparta Profe qu’este capullo dejará de decí’ zeta’.

    ¡Suéltalo! ¡Te lo juro que te mato! ¡Suéltalo! ¡Un cuchillo! ¡Necesito un cuchillo! Aguanta Zeta.
    ….
    ¡Muere, zetamierda! Suéltame, Profe ¡Ay, jode’!

    ….
    Dios mío… Solo era una partida de cartas… Solo eso…
    ….
    ¿Policía? Vengan deprisa, hay dos cadáveres.

  • LA HABITACIÓN

    La habitación es pequeña, muy pequeña. Tan pequeña que si me plantara en medio podría tocar las paredes que me rodean. Es como una celda carcelaria o, mejor, la habitación de un monje. Pero no es como si estuviera preso; hay una ventana grande por la que se abre al mundo.

    Estoy sentado sobre la cama que ocupa media habitación. Es una cama estrecha y alta, imponente, o quizá solo sea tan imponente por su relación con el ridículo habitáculo. Noto que me hundo; el colchón está viejo y tiene poca tensión, me rodea el culo y me absorbe hacia dentro. Creo que es de lana porque me parece oler a lana, a lana húmeda. No es un olor desagradable, es como cuando vivía con mis padres en la granja, después de una tarde de lluvia, al encerrar a las ovejas en el cercado. Ese olor.

    Palpo la superficie del camastro, noto la pelusilla de la manta granate entre mis dedos, en la palma de la mano, me hace cosquillas. Me gusta esa manta; parece comprada en un puesto en un mercado ambulante. Con mi madre solíamos ir a esos mercados los sábados por la mañana, en el pueblo. Era una fiesta; nos acercábamos con el dos caballos destartalado que dejábamos a las afueras. Recuerdo que se metía entre la gente y rebuscaba entre la ropa amontonada, mientras me decía que me cogiera a su falda y no me soltara. Yo me quedaba ahí, sujeto a la ropa mientras ella rebuscaba y rebuscaba. Luego sacaba una prenda y me la ponía sobre mi pecho y calculaba si iba a quedarme bien, si era de mi talla. A veces la compraba. La mayoría de las veces no.

    Mis pies apenas tocan el suelo por lo alto de la cama. La superficie está cubierta por tablas de un color de moho desgastado. ¿Cuántos estudiantes, o escritores como yo, lo habrían pisado? Cientos. El alquiler es barato. Pero no podría permitirme nada mejor; no me quejo. Hay una pequeña mesa de madera con un cajón donde puedo guardar mis folios y el bolígrafo. Todo lo que necesito. También es donde me lavo por las mañanas, antes de ponerme a la tarea; es más que suficiente. Eso sí, tengo que apartar la palangana y la esponja y los demás utensilios del aseo y dejarlos en el suelo, pero puedo peinarme mirándome en el espejito que cuelga de la pared y secarme con la toalla que cuelga a su lado.

    La arrendadora nos permite usar la bañera una vez por semana. No es mucho, pero debo acostumbrarme. Mi madre me obligaba a bañarme cada día; era una obsesa de la limpieza, sobre todo la corporal; la de casa un poco menos, la verdad. Pero en lo referente a la higiene era de lo más exigente: las orejas, las uñas. Una inspección completa de arriba abajo cada día, antes de salir hacia la escuela.

    También hay dos sillas naranjas, por si tuviera visitas, una o dos si uno se sentara en la cama. Tampoco hay nadie que quisiera invitar a mi cuarto. No podría traer visitas románticas, por decirlo de alguna manera. No importa, soy una persona bastante solitaria. Ya lo era de niño; mientras otros salían a jugar a la pelota, yo me quedaba en mi cuarto, con mis lápices de colores, imaginando habitaciones como esta: otra dimensión de mi experiencia. Pero sobre todo escribiendo cuentos; ahí me sentía como una especie de mago. ¿Para qué quería salir a la calle a recibir patadas de los rivales en un partido de futbol en medio de la calle? Se te va a secar el cerebro, me decía mi madre.

    Pero yo me sentía mejor así, solo en mi cuarto, con mis lápices y mis fantasías.

    Como en este cuarto. También hay pinturas colgadas de las paredes amarillas. Dan un poco de fantasía a la estancia. No es un lugar lúgubre; a mí me gusta. Se adapta a mis necesidades. Tiene un olor a manzana asada; no sé de dónde le viene, o es que lo desprenden los muebles avejentados.

    Sigo sentado en la cama con la punta de los pies sobre el entarimado. Miro la estancia, embelesado. Noto una presencia a mi lado y un ligero carraspeo. Me giro y descubro una mujer de pelo rojo y rizado que saca un cuaderno de dibujo y se pone a hacer un bosquejo.

    —Bonito el cuadro de Van Gogh, ¿verdad?

    —¿Eh? Ah, sí, el cuadro. El dormitorio.

    Salgo de mi ensueño. Un haz de sol, proveniente de la única ventana de la sala, me hace parpadear recolocándome en el mundo.

    —¿Vas a dibujarlo?

    —Bueno, voy a intentar hacer un ejercicio de composición basándome en ese lienzo.

    —Yo también —le digo. Y saco mi libreta de notas y me pongo a escribir este relato.

  • INSPIRACIÓN

    Un rayo iluminó la oscuridad del jardín por un instante. Fue suficiente. La cara que vio le a través de la ventana del cottage le hizo dar un salto en la butaca de su escritorio. El rostro atormentado era el de su padre, el que había sido alcalde de Silenor. Ahora el cetro lo ostentaba el nuevo marido de su madre.

    Gimlet estaba solo en su estancia principesca y hervía de rabia…

    Nada. Aunque lo modifique, creo que se va a notar mucho el plagio.  Esto no me sirve. Quizá si lo sitúo en Manhattan y no en Dinamarca… Pero ahora, ¿cómo sigo? ¿Qué el muchacho mate al nuevo alcalde por haberse casado con su madre?

    Joder, es que no se me ocurre nada.

    Veamos.

    Doris vio su cara reflejada en el espejo gris, una cara que ya no era ella, pero a diferencia de lo que es habitual con los espejos, no se veía avejentada, sino más joven. En el reflejo estaba lozana y sonriente, mientras en la realidad las arrugas empezaban a surcar las comisuras de los labios y de los párpados y el pelo encanecía. «Doris gris» la llamaba su hija, haciéndola sentir más vieja. Pero ese espejo la embellecía, le devolvía la juventud perdida. Lo había comprado en un anticuario en una tortuosa calle del barrio judío…

    Otro fiasco. Hoy no me siento inspirado. Esta parodia también es demasiado evidente. No se me ocurre nada original y los clásicos no me inspiran.

    Hay luna llena y el jardín refleja su luz en la escarcha. Los vecinos hacen una fiesta en su parcela y tienen muchos invitados. Voy a descansar un poco; quizá si me tomo un café bien cargado, mi mente espabila. Inspirarse en los clásicos está bien como disparador de la imaginación, pero si el lector percibe el original, dirá que es un plagio.

    Quizá si los mezclara…

    Ella se miró en el espejo y vio a su madrastra que había enterrado no hacía más de unas semanas. Se quedó rígida y el espejo le tembló en la mano; casi se le cayó al suelo, pero pudo sujetarlo con fuerza. ¿Eres tú, mamaíta?, le preguntó con voz trémula. Sí, soy yo, tú me has convocado. ¿Yo? Sí, tú, preguntándote si eres la más bella del reino, y no, la más bella es…

    ¡A la mierda! Eso cada vez es peor. No sé a qué viene meter a los hermanos Grimm en la ecuación.

    Tengo los pies helados; hace frío esta noche. Miro por la ventana y envidio a mis vecinos.

    En su fiesta, la que hacían una vez al año, habían acudido la flor y nata de la sociedad del momento. Yo hacía tiempo que lo observaba en su mansión al lado de la mía. ¡Cuánta gente! Los coches estaban aparcados de cualquier manera en la calle. Ellas iban ataviadas con vestidos largos y ellos con esmoquin. En el amarradero, el bote de Gabis se mecía indolente… Él estaba como ausente. Mirando al otro lado de la bahía.

    Esto sí que es un plagio con todas las de la ley. Gabis el grande merece más respeto.

    Un jinete irrumpió en la fiesta vestido de armadura. La gente calló y miró al hombre que lucía una corona sobre su pelo blanco. Gabis se aproximó vacilante y cogió las riendas del corcel mientras se dirigía a su padre. Deja de mirarte tanto en el espejo, que pareces tonto, le dijo el jinete desde su silla, y ve a buscar a tu amada para darle un beso. ¡Sé un hombre! ¡Coño! No va a estar esperándote eternamente. Despiértala con tus labios. ¡Inútil!

    Joder, ¡mira que soy burro! Es para pegarse un tiro y pedir que te echen a los cuervos para que te coman los ojos y se alimenten de tu miserable cerebro.

    Debería tomarme unas vacaciones y dejar la mente en blanco por un tiempo.

    Sí, será lo mejor, quizá en ese balneario cerca de Davos, ¿cómo se llama? Gerbhof, eso.

    A ver si allá me inspiro.