EXTREMO DURO

Abel sueña con matar a su hermano que le ha robado el amor de su madre. Se trata de un poema trágico con reminiscencias bíblicas, pero ubicado en el sur de España en nuestros días. Bécquer es el poeta; está en la costa gaditana, sentado en una terraza de su mansión que cuelga sobre la playa en las calas de Roche. Las chicas en bañador le reclaman con insistencia desde la piscina, pero él no les hace caso; es un escritor y vive sumergido en su obra. Ya irá con ellas cuando le apetezca; ahora está inspirado con su poema sobre Abel. Bécquer luce un bronceado de cobre, tiene el cabello rubio y largo, le cae ondulado sobre el cuello. Un coctel helado reposa sobre la mesa que le hace de escritorio. Mira el mar inmenso a sus pies y el sol se refleja en las crestas de las olas. Sopla un suave viento…

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Adolfo estiró las piernas debajo de la mesa; esta novela sobre el poeta tenía que ser un éxito. Le estaba quedando redonda. Miraba por la ventana de su piso en el barrio de Salamanca. Le había costado un dineral, pero con el éxito de su última novela pudo permitírselo. Llevaba ya tres novelas vendiéndose bien, pero la última fue un bombazo. Traducida a veinte idiomas y con los derechos comprados para hacer una serie en Netflix. Estaba pensando en irse a pasar una temporada en Cádiz, donde transcurre la novela con su protagonista, el escritor. Pero estaba muy liado. Los editores presionaban para que la terminara. Ahora no podía sacar el pie del acelerador. Sentía la angustia del éxito y soñaba con retirarse a una playa. Si esta novela tuviera éxito y ganara una buena pasta, abandonaría Madrid. Claro que primero debería matar a su esposa…

Bueno, quizá aquí me paso; con que la abandone ya es suficiente. No hay que ser tan macabro. Aunque un asesinato vende mucho y un abandono no tiene ningún atractivo. Sí, voy a hacer que la mate. Ahora tendré que conseguir una buena trama, no pueden pillarlo. Quiero que consiga ser feliz en la costa. Que se transforme en Bécquer. Que su sueño se haga realidad.

Adolfo planeó minuciosamente el asesinato. En una segunda realidad de sí mismo. Tenía como dos mentes independientes; mientras una escribía sobre Bécquer y la belleza, la otra maquinaba la eliminación de su obstáculo.

Debo plasmar esta tensión entre el escritor y el asesino. El que crea a un creador de belleza y el que destruye a su antagonista, la que se interpone en su camino.

Contrató a un asesino a sueldo. Pensó que era lo mejor, que no debía implicarse directamente. Esta gente era cara, pero él tenía mucho dinero. Y con lo que heredara de su mujer, tendría una vida regalada en su Cádiz donde nació, en una familia más pobre que las ratas.

Si esto es importante, el lector debe conocer la importancia del dinero para Adolfo. La necesidad de tener éxito, de vender muchos libros, le viene de sus orígenes miserables. Esto causará empatía. No será un monstruo. Además, su mujer es una tirana que lo tiene esclavizado.

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—Gustavo, tienes que sacar el perro. No para de dar vueltas al lado de la puerta.

Levanto la mirada de la pantalla del ordenador; siempre pasa lo mismo: cuando estoy más concentrado escribiendo su novela sobre mi escritor, me interrumpe Teresa. Ya estoy harto. De perro, de mujer y de todo el mundo.

—¿No puedes sacarlo tú? Estoy liado.

—¿Liado? No me hagas reír. La que está liada soy yo. ¿Quién hace la casa? ¿Quién te lava los calzoncillos? ¿Quién lleva a los niños al colegio? ¿Quién trae un salario a esta casa? Mientras tú ahí, dale que te pego a las teclas. ¿Para qué? Para nada.

—Es que no me dejas escribir. Siempre con recados, que si el perro, que si ir al supermercado… ¿Cómo quieres que acabe mi novela?

—Tienes todo el puto día para escribir. Saca al menos al perro.

—Vale, ya voy. No te pongas así. Unos minutos, que termino este capítulo y lo saco.

Bécquer se echa en una hamaca y unas chicas de ojos oscuros le masajean la espalda. Él les habla de la belleza, del espíritu elevado. Ellas lo escuchan embelesadas mientras acarician su cuerpo fornido.

Adolfo dejó de escribir y llamó por teléfono. Le habían proporcionado un número unos conocidos del hampa. Habló en voz baja. Su mujer era una arpía que podía tener la oreja pegada a la puerta. Les dijo que requería de sus servicios. Le contestaron que no hablara más por teléfono, que debían verse en un antro del puerto.

Gustavo lo deja aquí. Se levanta fastidiado. Coge la correa del perro. Salen a la calle; hace frío en el pueblo. Le gustaría vivir en Madrid, pero su mujer es de Cáceres y no quiere dejar a su madre. Los niños van al colegio y tienen sus amigos. No tiene dinero para vivir en Madrid; la ciudad es muy cara. Si al menos pudiera acabar su novela y si alguien se la publicara. Quién sabe.

Mientras el perro hace sus necesidades, Gustavo piensa en su protagonista. Conseguirá que el sicario mate a la esposa y que Adolfo salga indemne. Lo llevará a las costas de Cádiz y vivirá como Bécquer.

Se arrebuja en el abrigo. Las noches extremeñas son frías.

Siempre le queda la literatura.

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