INSPIRACIÓN

Un rayo iluminó la oscuridad del jardín por un instante. Fue suficiente. La cara que vio le a través de la ventana del cottage le hizo dar un salto en la butaca de su escritorio. El rostro atormentado era el de su padre, el que había sido alcalde de Silenor. Ahora el cetro lo ostentaba el nuevo marido de su madre.

Gimlet estaba solo en su estancia principesca y hervía de rabia…

Nada. Aunque lo modifique, creo que se va a notar mucho el plagio.  Esto no me sirve. Quizá si lo sitúo en Manhattan y no en Dinamarca… Pero ahora, ¿cómo sigo? ¿Qué el muchacho mate al nuevo alcalde por haberse casado con su madre?

Joder, es que no se me ocurre nada.

Veamos.

Doris vio su cara reflejada en el espejo gris, una cara que ya no era ella, pero a diferencia de lo que es habitual con los espejos, no se veía avejentada, sino más joven. En el reflejo estaba lozana y sonriente, mientras en la realidad las arrugas empezaban a surcar las comisuras de los labios y de los párpados y el pelo encanecía. «Doris gris» la llamaba su hija, haciéndola sentir más vieja. Pero ese espejo la embellecía, le devolvía la juventud perdida. Lo había comprado en un anticuario en una tortuosa calle del barrio judío…

Otro fiasco. Hoy no me siento inspirado. Esta parodia también es demasiado evidente. No se me ocurre nada original y los clásicos no me inspiran.

Hay luna llena y el jardín refleja su luz en la escarcha. Los vecinos hacen una fiesta en su parcela y tienen muchos invitados. Voy a descansar un poco; quizá si me tomo un café bien cargado, mi mente espabila. Inspirarse en los clásicos está bien como disparador de la imaginación, pero si el lector percibe el original, dirá que es un plagio.

Quizá si los mezclara…

Ella se miró en el espejo y vio a su madrastra que había enterrado no hacía más de unas semanas. Se quedó rígida y el espejo le tembló en la mano; casi se le cayó al suelo, pero pudo sujetarlo con fuerza. ¿Eres tú, mamaíta?, le preguntó con voz trémula. Sí, soy yo, tú me has convocado. ¿Yo? Sí, tú, preguntándote si eres la más bella del reino, y no, la más bella es…

¡A la mierda! Eso cada vez es peor. No sé a qué viene meter a los hermanos Grimm en la ecuación.

Tengo los pies helados; hace frío esta noche. Miro por la ventana y envidio a mis vecinos.

En su fiesta, la que hacían una vez al año, habían acudido la flor y nata de la sociedad del momento. Yo hacía tiempo que lo observaba en su mansión al lado de la mía. ¡Cuánta gente! Los coches estaban aparcados de cualquier manera en la calle. Ellas iban ataviadas con vestidos largos y ellos con esmoquin. En el amarradero, el bote de Gabis se mecía indolente… Él estaba como ausente. Mirando al otro lado de la bahía.

Esto sí que es un plagio con todas las de la ley. Gabis el grande merece más respeto.

Un jinete irrumpió en la fiesta vestido de armadura. La gente calló y miró al hombre que lucía una corona sobre su pelo blanco. Gabis se aproximó vacilante y cogió las riendas del corcel mientras se dirigía a su padre. Deja de mirarte tanto en el espejo, que pareces tonto, le dijo el jinete desde su silla, y ve a buscar a tu amada para darle un beso. ¡Sé un hombre! ¡Coño! No va a estar esperándote eternamente. Despiértala con tus labios. ¡Inútil!

Joder, ¡mira que soy burro! Es para pegarse un tiro y pedir que te echen a los cuervos para que te coman los ojos y se alimenten de tu miserable cerebro.

Debería tomarme unas vacaciones y dejar la mente en blanco por un tiempo.

Sí, será lo mejor, quizá en ese balneario cerca de Davos, ¿cómo se llama? Gerbhof, eso.

A ver si allá me inspiro.

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