LA HABITACIÓN

La habitación es pequeña, muy pequeña. Tan pequeña que si me plantara en medio podría tocar las paredes que me rodean. Es como una celda carcelaria o, mejor, la habitación de un monje. Pero no es como si estuviera preso; hay una ventana grande por la que se abre al mundo.

Estoy sentado sobre la cama que ocupa media habitación. Es una cama estrecha y alta, imponente, o quizá solo sea tan imponente por su relación con el ridículo habitáculo. Noto que me hundo; el colchón está viejo y tiene poca tensión, me rodea el culo y me absorbe hacia dentro. Creo que es de lana porque me parece oler a lana, a lana húmeda. No es un olor desagradable, es como cuando vivía con mis padres en la granja, después de una tarde de lluvia, al encerrar a las ovejas en el cercado. Ese olor.

Palpo la superficie del camastro, noto la pelusilla de la manta granate entre mis dedos, en la palma de la mano, me hace cosquillas. Me gusta esa manta; parece comprada en un puesto en un mercado ambulante. Con mi madre solíamos ir a esos mercados los sábados por la mañana, en el pueblo. Era una fiesta; nos acercábamos con el dos caballos destartalado que dejábamos a las afueras. Recuerdo que se metía entre la gente y rebuscaba entre la ropa amontonada, mientras me decía que me cogiera a su falda y no me soltara. Yo me quedaba ahí, sujeto a la ropa mientras ella rebuscaba y rebuscaba. Luego sacaba una prenda y me la ponía sobre mi pecho y calculaba si iba a quedarme bien, si era de mi talla. A veces la compraba. La mayoría de las veces no.

Mis pies apenas tocan el suelo por lo alto de la cama. La superficie está cubierta por tablas de un color de moho desgastado. ¿Cuántos estudiantes, o escritores como yo, lo habrían pisado? Cientos. El alquiler es barato. Pero no podría permitirme nada mejor; no me quejo. Hay una pequeña mesa de madera con un cajón donde puedo guardar mis folios y el bolígrafo. Todo lo que necesito. También es donde me lavo por las mañanas, antes de ponerme a la tarea; es más que suficiente. Eso sí, tengo que apartar la palangana y la esponja y los demás utensilios del aseo y dejarlos en el suelo, pero puedo peinarme mirándome en el espejito que cuelga de la pared y secarme con la toalla que cuelga a su lado.

La arrendadora nos permite usar la bañera una vez por semana. No es mucho, pero debo acostumbrarme. Mi madre me obligaba a bañarme cada día; era una obsesa de la limpieza, sobre todo la corporal; la de casa un poco menos, la verdad. Pero en lo referente a la higiene era de lo más exigente: las orejas, las uñas. Una inspección completa de arriba abajo cada día, antes de salir hacia la escuela.

También hay dos sillas naranjas, por si tuviera visitas, una o dos si uno se sentara en la cama. Tampoco hay nadie que quisiera invitar a mi cuarto. No podría traer visitas románticas, por decirlo de alguna manera. No importa, soy una persona bastante solitaria. Ya lo era de niño; mientras otros salían a jugar a la pelota, yo me quedaba en mi cuarto, con mis lápices de colores, imaginando habitaciones como esta: otra dimensión de mi experiencia. Pero sobre todo escribiendo cuentos; ahí me sentía como una especie de mago. ¿Para qué quería salir a la calle a recibir patadas de los rivales en un partido de futbol en medio de la calle? Se te va a secar el cerebro, me decía mi madre.

Pero yo me sentía mejor así, solo en mi cuarto, con mis lápices y mis fantasías.

Como en este cuarto. También hay pinturas colgadas de las paredes amarillas. Dan un poco de fantasía a la estancia. No es un lugar lúgubre; a mí me gusta. Se adapta a mis necesidades. Tiene un olor a manzana asada; no sé de dónde le viene, o es que lo desprenden los muebles avejentados.

Sigo sentado en la cama con la punta de los pies sobre el entarimado. Miro la estancia, embelesado. Noto una presencia a mi lado y un ligero carraspeo. Me giro y descubro una mujer de pelo rojo y rizado que saca un cuaderno de dibujo y se pone a hacer un bosquejo.

—Bonito el cuadro de Van Gogh, ¿verdad?

—¿Eh? Ah, sí, el cuadro. El dormitorio.

Salgo de mi ensueño. Un haz de sol, proveniente de la única ventana de la sala, me hace parpadear recolocándome en el mundo.

—¿Vas a dibujarlo?

—Bueno, voy a intentar hacer un ejercicio de composición basándome en ese lienzo.

—Yo también —le digo. Y saco mi libreta de notas y me pongo a escribir este relato.

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