TIEMPO DE ESPERA

No puedo pegar un ojo, mi cabeza da vueltas y más vueltas alrededor del mismo asunto, como un mulo en un molino. Mi pequeña está en observación y no me dan el diagnóstico.

Después de haber recibido todo de mí, tiempo y cuidados, de hacer de ella un ser bello, o al menos a mí me lo parece, puede que sea amor de padre, no lo niego; ahora está entre la vida y la muerte y yo ya no puedo hacer nada.

Solo esperar.

Un tiempo de espera que parece interminable.

Doy vueltas por la sala como un tigre en su jaula. Nadie puede consolarme, nadie puede distraerme. Mi mente solo tiene un objeto donde posarse, una sola idea a la que dar vueltas y más vueltas, una sola emoción. No existen para mí ni amigos, ni distracciones; ya no leo, ya no escribo, ya casi ni puedo comer.

Tiene tres años. Un tiempo en que la he visto crecer, en que se ha ido desarrollando, cogiendo forma. Al principio era un ser indiferenciado; la miraba y no me decía nada, más que algo era un proyecto. Suponía un esfuerzo y una ilusión: el esfuerzo de dar sin ser correspondido, de dedicarte con desvelos y no saber si iba a crecer o si no iba a sobrevivir: demasiado débil, con pocas defensas. Recuerdo esos días de angustia, de dedicación casi exclusiva, de cuidados extremos…

Toda mi esperanza estaba puesta en ella, en que iba a ser mi descendencia la que heredaría mis más estimadas posesiones: mi apellido y mis convicciones. En ella había decidido poner mi futuro, eternamente.

Ahora estaba entre la vida y la muerte. En ese limbo donde todo puede ocurrir, donde la experiencia y los conocimientos de quien la examina serán los que determinen si se salva o sucumbe. Si pueden curarla mediante las hábiles manos o, por el contrario, si van a desahuciarla como un caso imposible.

Me tomo un café, es lo único que me entra. Mi esposa está tranquila, es una mujer fría. No quiere decir que no esté preocupada, pero no lo demuestra y parece que su misión, la que se ha impuesto, es calmarme. Me dice que confíe en los expertos, que por mucho que me obsesione no voy a conseguir nada, que incluso puedo enfermar si sigo así…

Recuerdo los inicios; ella no pudo dejar de trabajar ni mientras se incubaba la criatura ni cuando vio la luz. Era yo el que debía cuidarla mientras ella seguía trabajando para tener ingresos. Estuvo todo ese tiempo en mis exclusivas manos. Quizá por eso mi mujer está más tranquila que yo. No quiero ser injusto, pero podría estar un poco más ansiosa, no dejarme tan solo en mi angustia.

Me han dicho que me espere en casa. Yo quisiera estar presente, empujarlos de alguna manera, presionarlos para que se esfuercen más. «Hacemos lo que podemos, no nos dé prisas, es contraproducente, todo tiene su ritmo y debe seguir su curso; ya le diremos algo lo antes posible».

Pero yo no puedo esperar tranquilo. Ando por el salón de un lado a otro. Carmen me mira con el ceño fruncido. «Me estás poniendo nerviosa, Carlos, ¿quieres estarte quieto?».

Sangre de horchata, eso es lo que le corre por las venas.

¡Mi niña! ¡Mi niña! ¿Qué será de ella?

No puedo salir de casa, pendiente del teléfono o del correo electrónico. Miro que el móvil esté cargado cada cinco minutos. No hay noticias. ¿Eso es bueno o malo? No news, good news. Pero eso es una frase hecha. Puede que sea verdad en este caso; debe querer decir que ven posibilidades de salvarla, que no la dan como finiquitada. O, al contrario, que la tienen desatendida y que se ocupan con otras con más posibilidades de salir adelante. ¿No es eso lo que hacen en situaciones de grandes catástrofes?

No debo estar tan negativo. Carmen tiene razón, voy a enfermar con estos pensamientos.

—Deja de tomar café, Carlos. Te perjudica —me propone Carmen.

Me siento en la butaca, estiro los brazos, me rasco la cabeza, me pica. Vuelvo a levantarme.

—¿Quieres una tila?

—¡No quiero tila! ¡No quiero nada! ¿Cómo puedes estar tan tranquila?

Carmen me mira y, con voz helada y las facciones endurecidas, me dice:

—Es tuya, no mía.

Me quedo estupefacto. Yo pensaba que era nuestra, que ella la había querido tanto como yo, y ahora me suelta esas cuatro palabras que me atraviesan como un cuchillo al rojo vivo.

En ese momento suena el teléfono. Lo cojo con manos temblorosas, se me cae de las manos, reniego, lo recojo del suelo, aprieto el botón verde de aceptación de la llamada

—¿Sí? ¿Sí? ¡Diga!

—¿El señor Rodríguez?

—¡Sí! ¡Soy yo!

Mi corazón iba a mil por hora. Respiré hondo, intentando calmarme.

—Debo comunicarle que no vamos a publicar su novela. No entra dentro de nuestra política editorial. Lo lamento mucho…

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