ANSIEDAD

Notas que necesitas algo, que no estás bien. Es como si tuvieras un gusanillo insatisfecho en la barriga y, a falta de alimento, te royera la pared del estómago. Tienes una sensación de puño que te agarra las entrañas. 

Te preguntas qué te ocurre, estás ceñudo, malhumorado. Te encuentro sentado en tu butaca, abstraído, aislado. Lees o escribes en el portátil. Pero mi impresión es que no disfrutas con ello.

A veces te quedas estático, mirando enfrente, aunque parece que tus ojos no ven nada: se dirigen adentro, hacia la morada del gusano. Luego das un resoplido, un suspiro, ¿un lamento?

Me inclino sobre tu hombro para leer lo que estás escribiendo: «Ansiedad» se titula. Mal vamos: con ese encabezado no puedo esperar nada bueno.

¿Estás imaginando un cuento? Lo que sí parece es que no estás contento. La taza de café que tienes en la mesita, al alcance de tu mano, se ha enfriado y, cuando das un sorbo, haces una mueca de disgusto.

Sigues tecleando. Es como un impulso, un espasmo de tus dedos. Diría que actúan por inercia: no pareces tener la mente en lo que escribes. Luego te veo releer lo que has escrito, como preguntándote de dónde ha salido eso.

Ves pasar a tu mujer, que atraviesa la estancia como un fantasma; se pasea por las gélidas habitaciones de un castillo escocés. Las miras de reojo, por encima de la pantalla. Ella se acerca y te da un beso superficial, de los que solo dicen «buenos días».

Le preguntas sin beligerancia:

—Pareces de mal humor. ¿Te pasa algo?

—¿A mí? Nada. Se hace tarde —te responde ella, tras una mirada soslayada, y vuelve a lo que estaba haciendo.

No sabes de qué te habla. Lo dejas correr, no quieres distraerte. No ahora que estás lanzado, que empiezan a surgir las palabras de forma fluida.

El café está frío y amargo. Lo apartas a un lado.

Parece que avanzas en tu relato. No me atrevo a mirar por encima de tu hombro y no sé si has escrito poco o mucho.

Tras ese intercambio de impresiones con tu mujer, parece que estás más irritable. Avanzas a trompicones y te distrae cualquier cosa.

Te enfurruñas si no te hacen caso, si no te escuchan… Si tu mujer no te atiende como es debido, es como si pincharan un globo y saliera disparado dando un bufido amargado. En cambio, cuando te aplauden, cuando valoran tu trabajo, el globo sube y flota, satisfecho.

Hoy estás intranquilo. Algo te perturba. ¿Es por tu mujer? Ella, que siempre es tan atenta, ahora te ignora y no te atiende como es debido. Te preguntas qué le has hecho, o lo que no has hecho. 

No lo sabes y te angustia.

Cierras el ordenador. Parece que has terminado lo que estabas escribiendo. Veo que es un relato corto, no llega a dos páginas.

Miras el reloj. Se ha hecho tarde. Algo te inquieta y no sabes dilucidar qué es.

Percibes ruidos en el recibidor y abres la puerta del despacho. Ves el último destello de la luz antes de apagarse y oyes la puerta de la calle que se cierra con un golpe seco.

El piso ha quedado silencioso y oscuro. Como una tumba.

Miras por la ventana. Ves a tu mujer de pie en la acera. Levanta una mano. Para un taxi.

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