UN AMIGO CRÍTICO

«José estaba enfadado, miró a Julia con rabia. Cogió el arma, que tenía escondida en la mesilla, notó su peso en la mano y el tacto frío de la culata; la amartilló y, con mano temblorosa, apuntó a la cabeza de Julia y, aunque el dedo se negaba a obedecer sus órdenes, con un supremo esfuerzo de voluntad, y después de rememorar la escena de ella con Carlos en la cama y de la huida de su compañero de trabajo levantándose los pantalones y trastabillando por el pasillo, apretó el gatillo»

—¿Qué te parece?

Pensó un momento, casi nada, esa es la verdad. Con el tiempo que me había tomado para construir esa frase, él se la ventiló en un par de segundos.

—Está muy bien, aunque yo acortaría un poco; me parece que hay demasiadas subordinadas que enlentecen el ritmo.

—¿Por qué dices que el ritmo es lento?

Pensó otro instante.

—Esa escena requiere una acción más agresiva, menos especulativa. Además, el uso de la copulativa repetida enlentece el desarrollo de la escena. Al principio explicas lo que después se muestra y no es necesario; debes dejar al lector que entienda la rabia de José sin nombrarla.

Me pone de los nervios. Siempre está corrigiéndome. A mí me parecía una buena escena; quería mostrar las dudas de José y lo irremediable del destino una vez se ha establecido. Mi interlocutor no entiende nada. ¿Acaso ha escrito él alguna novela?

Lo dejo en el despacho y me voy a la cocina a prepararme un café cargado. Él nunca toma nada, eso al menos es de agradecer, pero yo me siento agotado.

Cuando vuelvo, noto que me está esperando, quizá con impaciencia.

Voy a tentarlo, a ver qué opina.

«José cogió el arma y le disparó a bocajarro. Lucía cayó de espaldas sobre la alfombra».

—¿Así está mejor?

—Ha mejorado el ritmo, sin duda, pero dos cosas que debes tener en cuenta: en primer lugar, has cambiado el nombre de la chica. Lucía aparecía en una escena anterior y era la amante de José; ahora la nombras como su esposa. Debe ser un descuido no intencionado. Por otro lado, la escena ha mejorado en el ritmo, pero ha perdido detalle. Yo haría un redactado intermedio, algo así:

«José abrió el cajón de la mesilla y cogió el arma, la amartilló y, con mano temblorosa, apuntó a la cabeza de Julia. Aunque el dedo se negaba a obedecer, al rememorar la huida de Carlos levantándose los pantalones y trastabillando por el pasillo, apretó el gatillo».

¡Joder! Te he dicho mil veces que no reescribas mis escenas. Solo que me des tu punto de vista. Ahora ya no podré rehacerlo yo sin tener en cuenta tu sugerencia.

—Lo siento, José, lo recordaré como método de trabajo contigo.

Ya, ya… Lo siento, ¿pero ahora qué? Tendré que escribirlo como me dice o pensaré que lo mío no es bueno.

Le miro con cara de pocos amigos. Aunque sé que soy injusto. Él hace todo lo que puede por ayudarme; soy yo quien le pido que se lea mis textos y me haga una crítica literaria; ahora no puedo recriminarle que sencillamente haga lo que le pido.

Llevo trabajando con él toda la vida y conoce a la perfección mi estilo y lo que intento expresar, y me ayuda mucho, esa es la verdad. Es rematadamente bueno, aunque nunca haya escrito nada. Como esos comentaristas de partidos de fútbol que opinan sobre las alineaciones que debería haber hecho el entrenador, o los pases fallados por el mejor centrocampista del mundo, y nunca han tenido una pelota en los pies.

Aun así, si le digo que no me redacte las escenas, pues no debe hacerlo. Y punto.

Me levanto y doy vueltas por el despacho. Sé que debo parecer enfurruñado, pero a él no le importa. Sigue impasible en su sitio. Lo miro con rabia. ¿Serán celos? No debería, no es un competidor, es un amigo, un colaborador desinteresado. Pero es que me da rabia, es un sabelotodo, incluso arrogante, siempre debe tener la razón, me fastidia, lo juro.

¿Pero qué haría sin él?

Da sin pedir nada a cambio, o muy poco. Siempre que lo necesito está disponible; en ningún momento me ha fallado. ¿No es eso amistad?

Me siento de nuevo frente al ordenador y uso su texto para mi escena. ¿Qué voy a hacer? Una vez me la ha referido, ya no puedo sacármela de la cabeza.

—¡Que no vuelva a pasar, Claude!

—Tomo nota y no volveré a interferir. Solo sugerencias de mejora, no reescribir. Lo incluyo en nuestro método de trabajo.

Asentí con la cabeza, aunque no pudiera verme. Cerré el programa y apagué el ordenador.

Ya volveré mañana con un nuevo párrafo.

Comentarios

Deja una respuesta