Voy a presentarme al padre de Esmeralda. Se ha empeñado en que lo conozca. Llevamos unos meses saliendo. Ella había ido a Londres para cursar estudios de derecho y nos conocimos el primer día de clase.
Quedé fascinado por su porte elegante y esos ojos azules y profundos. Era una chica distinguida y distante.
Así que acepté y aquí estoy.
La casa es una masa oscura que opaca la noche carente de luna y estrellas. Cuando me bajo del auto y abro el paraguas, me encaro a una mansión de altos muros y ventanas cerradas. Solo una luz amortiguada destaca en el muro forrado de hiedra. Me acerco corriendo a la puerta, arrebujado en un abrigo que me llega hasta los pies y me molesta en la marcha; llevo el cuello protegido por una bufanda de lana y me cubro la cabeza con una gorra Stetson, verde oliva, resistente al agua. Espero causar una buena impresión al padre de Esmeralda. Cierro el paraguas y lo sacudo en el porche de entrada. La puerta es de madera, como la de un castillo medieval, alta y sólida. Tiene dos grandes llamadores de bronce en forma de garra de león, pero pienso que deben ser de adorno. Esas cosas ya no se usan. Miro el muro y allí encuentro un timbre de latón dorado. Lo pulso y me parece oír una grave y lejana resonancia, como de una especie de campana. Un trueno retumba a mi espalda y un fogonazo ilumina por un instante el jardín que rodea la casa. Un enorme roble inglés destaca sobre la oscuridad del fondo, con el tronco retorcido y unas grandes ramas tortuosas.
Siento un leve estremecimiento, noto un molesto tic en el rabillo del ojo. Tengo la boca seca y me cuesta tragar la saliva.
Me pregunto dónde estará Esmeralda. ¿Por qué no está esperándome?
Es huérfana de madre y vive con su padre, un aristócrata, y su bisabuela de casi cien años, en esa mansión en Surrey, cerca de Shalford, a una hora y media de Londres. Eso decía Google Maps, pero he tardado dos horas con esa lluvia torrencial que me ha acompañado todo el camino y golpeaba el parabrisas con furia, impidiéndome ver con claridad las estrechas carreteras del condado.
La puerta se abre lentamente y una cabeza asoma por el resquicio. Me mira de arriba abajo antes de abrir del todo. Es un hombre más bien enjuto, vestido de negro, de manos huesudas y cuello de buitre leonado. Me repasa con unos ojillos inquietos y negros.
—¿El señor Stevens, supongo?
Asiente enmudecido y se aparta a un lado con una leve indicación de la mano para que entre.
Recoge mi sombrero, abrigo y la bufanda y los cuelga en un ropero.
—Menuda noche —comento, para romper el hielo.
—Sígame —dice andando renqueante por un pasillo pobremente iluminado.
Cuadros con motivos de caza cuelgan de las angostas paredes y el suelo es de listones de madera desgastada por los años, aunque bruñida y bien cuidada.
Llegamos a un distribuidor del que parte una escalera amplia y al que desembocan tres grandes puertas. Abre una de ellas.
—Espere en la biblioteca. Avisaré al señor.
—¿Y Esmeralda? Está esperándome.
—Lord Milton le atenderá en cuanto le sea posible. Aguarde aquí.
Cierra la puerta a mis espaldas y me encuentro en una gran habitación tenuemente iluminada por un par de lámparas de pie de madera tallada, con las pantallas de tela de color crema. La luz es tan débil que, más que iluminar, hace destacar las sombras que se esconden por los rincones más alejados.
Las paredes están forradas con estanterías que van del suelo al techo, de una altura de más de cuatro metros, con una escalera que corre a través de la librería por unos raíles. Tengo la sensación de que pueden desplomarse sobre mi cabeza. El aire de la estancia es espeso, como si llevara mucho tiempo reposando. Me cuesta respirar este ambiente viciado.
En la pared, sobre la chimenea, una mujer joven me observa huraña. Se parece a Esmeralda, pero tiene una pose adusta y unos ojos helados. El pintor la había retratado sin calor humano.
Me acerco a la estantería para ver qué libros interesan al padre de mi novia. La mayoría son tratados de leyes y libros de historia. Las novelas deben estar proscritas en esta biblioteca.
Miro mi reloj, llevo ya diez minutos esperando. El tiempo pasa arrastrándose como una babosa y yo no sé qué hacer, ahí de pie frente a la estantería.
De repente oigo un ligero ronquido, una especie de vibrato desacompasado. Miro a mi alrededor, pero no veo a nadie. Hay un sillón frente a la ventana y me parece percibir una mano delgada que se apoya en el reposabrazos. Me quedo paralizado. No estoy solo. Me acerco despacio, sin hacer ruido, sobre la alfombra gruesa. No oigo nada, pero un olor a alcanfor, acre, me invade el olfato. Carraspeo para que me oiga, pero no denoto ningún movimiento. Me sitúo al lado del sofá y veo el perfil de una vieja de piel fina y arrugada que tiene los párpados cerrados, azules y casi transparentes. Respira con levedad y su pecho huesudo avanza y retrocede en un movimiento apenas perceptible. El pelo ralo y blanco no consigue ocultar su cráneo sonrosado.
Cuando voy a retirarme, abre los ojos. Su iris es el del cuadro, de azul cristalizado. Me mira y detecto un leve temblor en sus labios.
—¿Quién eres tú? —pregunta en un susurro.
—Arthur, Stevens, el novio de su… bisnieta, Esmeralda, supongo.
Ella se ríe mostrando unos dientes amarillos y afilados. Una risa que sube de tono, que se convierte en carcajada. Su cara se deforma como vaciándose por dentro; los pómulos huesudos emergen bajo la piel. Mi corazón se para, me entra un sudor frío. Me agarro al sillón para mantener el equilibrio.
—¿Qué… qué pasa? ¿De qué se ríe?
Su rostro cambia de repente, se vuelve serio, agresivo.
—Yo no tengo ninguna bisnieta. Mi nieto es viudo. Esmeralda era su mujer; murió ahogada en el estanque. De vez en cuando nos trae carne fresca.
Oigo abrirse la puerta, miro a mi alrededor. Debo salir de aquí. ¡La ventana! ¿Puedo saltar por la ventana?
Un relámpago ilumina la estancia. El roble retuerce sus ramas en el jardín.
Me giro y veo un hombre en la puerta. La luz del pasillo le da de espaldas, no puedo verle la cara, proyecta una sombra alargada.
La mujer del cuadro, ¿Esmeralda?, parece sonreír.
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