Siente que las palabras le surgen como si un volcán explotase en sus entrañas. Hasta que no ha abierto la boca y ha dejado que la lava saliera a borbotones, no se ha sentido a gusto. No había podido permanecer en la cama dando vueltas con los ojos perdidos en la oscuridad y molestando a su mujer, que refunfuñaba a su lado sin despertarse.
Teresa está cansada. Sabe que ella está hasta arriba de trabajo y que él está todo el día en casa, pero también está trabajando, ¿no? Aún así tiene que hacer tareas domésticas para que no le monte la bronca.
Se ha levantado antes que el sol y, con la luz del móvil, se ha dirigido al comedor, no fuera a despertarla, se ha sentado en la butaca y ha abierto el ordenador. Si al menos le aceptaran una novela haría que ella se callara, pero así, sin haber publicado nada, ¿qué le va a decir?
Se ha levantado de madrugada. Las ideas le estaban hirviendo en la cabeza y no podía dormir. Ideas inconexas, deslazadas, que hervían y borboteaban: un caldo caótico. Sabía que solo al escribir las imágenes se irían condensando, se estabilizarían y adquirirían forma, como si fuera lava que al enfriarse formaba figuras fantasmagóricas.
Recuerda su viaje al Timanfaya, en el autocar descubierto, con Teresa a su lado, las formas grotescas de la lava solidificada. La sorpresa del fuego a un metro de profundidad donde podían cocerse huevos sobre una piedra.
—Tira esas ramas al agujero, Tere.
Ella dio un paso al frente y con mano temblorosa las tiró y las llamas brotaron del agujero como en combustión espontánea.
Las imágenes saltaban en su mente: los camellos, la Cueva de los Verdes…
¿Cómo condensarlo todo en un relato? Debía extraer las emociones y ponerles palabras. Del caos a la forma.
¿Era ese el motivo que le empujaba a escribir?
La vida era caos, incertidumbre, por muy controlado que pensaras tenerlo todo. El azar gobernaba el mundo, la naturaleza. Solo los eones daban forma a lo que hubiera podido quedar informe. Como ese mono que, tecleando infinitas veces, podía llegar a escribir El Quijote. Lo contrario sería más creíble, Cervantes deformando su obra al reescribirla.
Se queda mirando la farola encendida en la calle. Cientos de insectos vuelan alrededor de la luz y chocan con la pantalla de cristal. Un murciélago pasa como un disparo y se traga alguno de ellos; luego desaparece en la oscuridad.
Es ley de vida, se dice. El grande se come al pequeño.
Se sienta en la silla y mira al techo, como si pudiera traspasarlo y ver las estrellas. Respira hondo y suelta el aire despacio. Siente que su cabeza entra en una fase de fluidez, como si se deslizara sobre la lava que se arrastra perezosa desde lo alto del cráter rezumante.
Le viene a la cabeza el poder de la naturaleza, el volcán de La Palma. El fuego arrollador, tragándose casas y poniendo caos donde había orden. La creación primigenia.
Una polilla se empeña en penetrar la luz de la lámpara; revolotea a su alrededor. Él se levanta y espera que se pare; tendrá que descansar. Luego, una vez posada en la pared blanca, avanza despacio y le da un manotazo. Luego la busca por el suelo. ¡Ahí está! La pisa.
Él es un ser poderoso. Se ve a sí mismo con la pluma en la mano como si fuera un coloso. Nada puede detenerle.
Su libertad está en la punta de sus dedos.
Él está en la cima del volcán más alto de la tierra. Puede crear y destruir mediante las palabras. Así como Dios hizo a Adán del barro informe y lo hizo bello, él crea un personaje, le da forma desde el magma de las emociones y lo echa al mundo.
Las primeras luces de la madrugada colorean de rojo la estancia. Estira los dedos hasta hacer crujir las articulaciones. Endereza la espalda y aprieta las mandíbulas.
Ya es hora de dejar de soñar y de ponerse a la tarea.
Abre el Word, pulsa la primera tecla, escribe la primera frase: «El hacedor de mundos». Ya tiene el título. Hincha el pecho.
Oye que se abre la puerta de la habitación. Gira la cabeza.
Teresa está apoyada en el vano de la puerta.
—Acuérdate de sacar al perro. Voy a ducharme y tengo prisa.
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