Había salido del hospital y ya se encontraba por fin en casa.
Se sentó frente al ordenador; ya iba siendo hora de continuar con la novela. Su personaje, Mauricio, había abandonado Barcelona, desengañado de la relación con su novia, y había decidido irse unos meses a París. Para hacer borrón y cuenta nueva.
Después de tanto tiempo ingresado, un mes tras el ictus y la rehabilitación, no recordaba muy bien la trama de la novela y releyó lo que había escrito, unas setenta hojas, para ponerse de nuevo en situación. Pensó que era lógico, tras tanto tiempo apartado de su trabajo, con las preocupaciones por su salud. ¿Cómo iba a recordar todo lo que había planeado?
Se puso al día releyendo lo escrito y revisó el esbozo que tenía pensado para desarrollar a partir de ese momento. Eran solo ideas generales, sin ningún detalle, ninguna escena elaborada. Tendría que volver sobre ello, volver a imaginar qué iba a ocurrirle a Mauricio en su periplo parisino.
El personaje acababa de llegar a París con su Volkswagen Golf GTI de color gris metalizado. No pudo visualizar el coche en cuestión, si tenía alerón detrás o doble tubo de escape. Abrió internet y buscó el modelo. Ahora pudo verlo. Lo describió en la novela. No es que fuera importante, pero le daba verosimilitud, realismo.
Vale, ya estaba en París. Mauricio estaba excitado y triste, una combinación extraña; había amado a Silvia, pero lo había traicionado con un compañero del trabajo. Tuvo que salir de ese ambiente opresivo. París podía ser la solución a sus penas, la Ciudad de la Luz. Eso le ilusionaba. Unos meses en París le harían volver a ser el mismo.
Javier se levantó y se acercó a la ventana. El viento levantaba las hojas marrones del suelo en pequeños remolinos caprichosos. ¿Podría describir París en otoño? Usaría esta imagen que estaba observando para dar la sensación de un París otoñal y decadente. Recordaba bien esa sensación de cuando paseaba con Clarisa por el parque de la Ciudadela, sobre la alfombra de hojas muertas que crepitaban bajo sus pasos.
Mauricio aparcó el coche y se puso a andar por ¿dónde? Buscó en Google Maps y miró el plano de París. El jardín de las Tullerías. Mauricio aparcó el coche y se puso a andar, pasear mejor, por el jardín de las Tullerías…
Vale, ¿y ahora qué?
Se rascó la barbilla y cerró los ojos. No tenía ni puñetera idea de qué podía hacer ahora Mauricio. Estaba completamente en blanco. Revisó el esquema que tenía ideado desde el inicio de la trama, pero solo había ideas vagas. Un hotel, se ponía a escribir su novela, conocía a una pintora, se liaban, luego ella lo dejaba y volvía a Barcelona, y no ponía nada del final.
Le entró un sudor frío. Era una situación nueva para él, nunca se había quedado en blanco. Era un escritor prolífico y las historias le surgían como el agua clara y fresca de los manantiales.
Había escrito cinco novelas y habían tenido buena acogida de crítica y de público. Los de la editorial estaban encantados y esperaban con ansiedad su nueva novela.
Pero no sabía cómo continuar.
Se paseó por el despacho, miró los libros de su biblioteca y notó un nudo en el estómago. Tanta imaginación enlatada y a él no se le ocurría cómo continuar.
Se dijo que mejor no forzar; todavía estaba convaleciente.
Durante la cena, Clarisa parecía cansada.
—¿Qué te apetecería hacer este fin de semana? —le preguntó reprimiendo un bostezo.
—Pareces cansada.
Clarisa era neuróloga en Sant Pau y había llevado a Javier allí cuando vio que se le torcía el gesto y balbuceaba palabras inconexas.
—Mucho trabajo en el hospital, pero este fin de semana voy a cargar pilas. ¿Qué podríamos hacer?
Javier se quedó en blanco. No se le ocurría nada.
—No sé…
—Pues sí que vamos bien, tú eres el imaginativo.
—No se me ocurre nada.
Clarisa meneó la cabeza, cortó la hamburguesa de pollo y masticó distraída.
—Hoy me ha ocurrido algo extraño —dijo Javier.
Ella lo miró alarmada.
—No, nada grave, no se ha repetido, no te preocupes. Es solo que he querido volver a mi novela y…
Le temblaron las manos y tuvo que apoyarlas sobre la mesa.
—¿Qué?
—Pues… No sé cómo seguir, no se me ocurre nada. Es extraño.
—Bueno, no creo que debas preocuparte. Has tenido un ictus y es normal, debes recuperarte.
Javier se palmeó la frente.
—¡El informe!
Se levantó, fue al despacho y volvió con la hoja en la mano. Se la entregó a Clarisa.
—A ver si tú entiendes algo.
Ella desplegó el informe y miró el diagnóstico:
«Síndrome de clausura imaginativa».
Miró a Javier.
Vio el miedo en los ojos de su marido.
Conocía ese síndrome. Era una consecuencia rara vez reportada de un ictus en la región frontal del cerebro. Javier había perdido la capacidad de imaginar.
Lo poco que se había publicado hacía referencia a pacientes que eran incapaces de imaginar, pero mantenían la memoria y la capacidad empática.
Ella podría hacer una publicación del caso de su marido. Tenía todo el historial a su disposición. Un caso clínico para el New England Journal of Medicine. Seguro que se lo publicaban.
—Oye, Javier, ¿y si te olvidas de tu novela y escribes tus memorias?
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