NO TENGO TIEMPO PARA MORIRME

Tengo sesenta y siete años, nueve meses y ocho días y me quedan muchas cosas por hacer. He sufrido un cáncer que me ha enfrentado a la muerte y que parece que he superado —aunque esto nunca se puede dar por seguro en este tipo de enfermedad— gracias a la ciencia y a la suerte; lo descubrí por un hecho poco habitual que llevó a un diagnóstico precoz y un tratamiento de cirugía y quimioterapia, que creo que ha sido exitoso.

Era la primera vez que la muerte tenía mi nombre. Eso lo ha cambiado todo. Te planteas el tiempo como algo limitante. Esto me ha llenado de ansiedad, y no es por miedo morir, no lo tengo, o no más que cualquiera que no sea timorato.

La falta de tiempo me da angustia.

Morirme me da rabia.

Esa es la palabra. Rabia. Rabia para no tener tiempo de hacer todo lo que me he propuesto desde que sé que el tiempo existe y que antes no le daba importancia.

Miles de libros por leer, cientos de caminos por abrir y explorar, decenas de novelas por escribir, estudios por emprender (técnicas narrativas, idiomas para leer en versión original y poder escribir en ellos).

En especial el catalán, mi idioma materno que nunca estudié por haber nacido y haberme educado en colegios franquistas, y, luego, por haberme dedicado a otros estudios y tareas que consideraba prioritarios, para ganar dinero y tirar adelante con la familia.

Ahora tengo que darme prisa, y me angustia no tener tiempo.

¿Qué me pueden quedar? Si no se reproduce el cáncer y tengo suerte, quizá la media en mi entorno, que es de unos ochenta y cinco años, por lo tanto diecisiete.

¿Cuántas cosas de las que quiero hacer podré llevar a cabo en diecisiete años?

Dirás que muchas, pero si piensas en los años que he desperdiciado, por pensar que tenía todo el tiempo del mundo delante de mí, lo que me resta es una miseria. Y eso me da rabia.

¿Por qué nos damos cuenta de las cosas importantes cuando es demasiado tarde?

Sí, debo ser justo, todo lo que he hecho ha sido importante. Criar a mis hijos, trabajar para poder hacerlo. No hablo de eso, hablo del tiempo perdido a lo tonto, sin darme cuenta de que ese tiempo era irrecuperable. Dedicarme a tonterías que no me llenaban, solo por pereza, para distraerme de los agobios cotidianos. Trabajar para comer dura ocho horas al día; quedan dieciséis, sácale siete para dormir, la resta te da nueve horas. ¡Nueve horas cada día y más los de fin de semana o las vacaciones! ¿Cómo he podido perder tantas y tantas horas en mi vida sin hacer lo que más me gusta y que sabía que me gustaba? No es que lo haya descubierto ahora: leer, escribir y aprender.

Claro que hay muchas cosas que hacer en un día además de dedicarte a lo que más te gusta: horas de convivencia familiar, tareas domésticas, ejercicio físico y otras muchas que necesitan algo de tiempo. Aun así, me deberían haber quedado unas cuatro o cinco horas al día para mi desarrollo.

Si hubiera empleado cuatro o cinco horas, o tres, al día en ello, ahora sería un autor prolífico, un experto en las ramas de la intelectualidad en que me hubiera sumergido, y hablaría y escribiría a la perfección no menos de cinco idiomas.

Y ahora tengo prisa.

Me da rabia.

Pero debo tener esperanza y pensar que llegaré a los ochenta y cinco años en plenitud de facultades mentales. Que podré hacer muchas cosas en esos diecisiete años que me quedan. No es momento de lamentarse. Es hora de ponerse en marcha y de no perder más tiempo.

Ahora estoy escribiendo esta confesión mientras escucho música en los auriculares y un montón de libros en la mesa de centro del comedor llamándome impacientes.

Me siento como si fuera un niño el primer día de clase en el que va a conocer a sus nuevos amigos y jugar con los ya conocidos.

Pero, a pesar de todo, la ansiedad me roe las entrañas.

El tiempo se ha hecho consciente.

Me da rabia haberme dado cuenta tan tarde.

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