Tengo una sensación extraña, como esa que te ocurre cuando alguien detrás tuyo te está mirando fijamente y notas que el pelo se eriza, como si te tocara con la mirada.
Un cosquilleo en la nuca.
Estoy en una mesa del rincón de la cafetería y tengo el portátil delante de mí. Estoy preparándome para escribir sobre mi personaje, un escritor que se sienta en el lugar donde estoy en esta escena.
Hoy voy a aprovechar que escribo habitualmente en esta cafetería para describir el ambiente. Me gusta sumergirme en un escenario que me permita visualizar con detalle el lugar donde sitúo al protagonista; así puedo ser más realista y describir con precisión lo que él ve mientras se encuentra en esta mesa que ahora ocupo. Le he puesto Dorian de nombre. Tiene una sonoridad y una… no sé cómo expresarlo: ¿languidez, elegancia? Siempre me ha gustado.
Pues a lo que iba, estoy aquí, ambientándome. Es un local reformado, pero que mantiene toques de cafetería del siglo pasado. Tiene una barra de madera oscura a lo largo de la pared de la derecha, con reproducciones de Casas, Rusiñol y Nonell, que encajan a la perfección con el decorado de estilo modernista del local. Un espejo amplía la perspectiva y unas pizarras colgadas en la parte superior, tocando al techo, anuncian las especialidades de la casa: sirven tapas y tienen una carta corta por si quieres comer algo a mediodía o en la cena.
El suelo es de baldosas de color crema que, en la juntura central de cada cuatro, forman un rombo de color negro. Las mesas son de mármol sobre una estructura de hierro colado pintado de negro: típicas mesas donde se jugaba al dominó en otros tiempos.
Sigo sin descubrir qué es esa alteración que me perturba.
Mario se acerca con su bigotito a lo Errol Flynn y una sonrisa perpetua en los labios.
—¿Cómo estás, Óscar? ¿Cómo le va a Dorian?
—Estamos bien, Mario. Yo, con un espíritu creativo; Dorian, a lo suyo, dándome quebraderos de cabeza.
Mario se puso las manos en las caderas y meneó la cabeza de lado a lado.
—Es que escribir sobre un escritor… No sé, me parece un lío de muy señor mío. Como si yo me sentara en la barra y me preguntara a mí mismo qué quiero tomar.
—Ja, ja. Muy bueno. Sí, supongo que es un poco lo mismo.
—Bueno, ¿te pongo lo de siempre?
—Sí, por favor.
Me pongo a lo mío mientras espero el pedido.
Dorian está impaciente esperando que el camarero, Mauricio, le traiga el café con leche desnatada.
No, no va a tomar lo mismo que yo. No le pega a Dorian. Él está delgado y no engorda coma lo que coma. Mejor un vaso de vino y un bocadillo de jamón. Ya que yo no debo, al menos que lo tome él.
Mira a su alrededor y se ve reflejado en el espejo; lleva el pelo rubio despeinado y le cae sobre la frente; se lo peina con las manos. Debe tener buena presencia; ha quedado con su agente literario y tiene que mostrarle el borrador de su novela.
Llega Mario con el café con leche y lo coloca sobre la mesa.
Cuando lo veo llegar con la bandeja en la mano me fijo en un pintor situado en la sombra en la parte de atrás del local. Estaba plantado frente a un lienzo en un caballete, con una mesita al lado llena de tubos de pintura y vasos con agua o disolvente.
Quizá sea eso lo que me ha perturbado desde que he llegado.
—Oye, Mario, ¿quién es ese que está sentado en la otra punta del bar? —le pregunto interesado—. No lo había visto nunca. ¿Está pintando?
—Pues sí. El dueño le ha encargado una pintura del local. Parece que se conocen y dice que es bueno.
—Ah, qué interesante.
Cuando Mario se retira uso el pintor en mi novela.
Dorian ve un pintor que está enfrascado con sus pinceles al fondo del local; toma medidas con la punta del pincel, alargando el brazo y guiñando un ojo. Luego da cuatro trazos. El editor se retrasa y ya ha terminado el bocadillo. Le pide a Mauricio que le traiga un carajillo de coñac. Tiene que ponerse un poco a tono. Ve por el espejo de detrás de la barra que el pintor está haciendo un cuadro del propio local. Desde lejos no ve bien los detalles, pero es del estilo de los cuadros modernistas que cuelgan de la pared.
Tendré que ir a ver qué tal le sale el cuadro. Le pediré a Mario que nos presente; entre artistas no creo que ponga problemas. Soy un gran aficionado a la pintura y siempre me ha interesado cómo los pintores retratan el mundo, desde cualquier perspectiva, ya sea realista o expresionista. Incluso el cubismo me agrada; un poco menos la abstracta; ahí me pierdo.
—Oye, Mario —le solicito cuando pasa por mi lado. —¿Podrías presentarme al pintor? Me gustaría contemplar el cuadro.
—Claro, es un tipo muy agradable. Espera que sirva esa mesa y te acompaño.
Mientras espero, sigo con Dorian.
Está aburrido porque el editor no llega y quiere matar el tiempo. El pintor lo tiene intrigado; se levanta decidido y se acerca a donde está el chico pintando. El coñac le ha envalentonado y no teme molestar.
—Hola, ¿qué pintas?
—Buenos días…
—Oh, sí, perdona… Buenos días. ¿Qué pintas?
—Míralo tú mismo.
—¡Anda, si es la cafetería! Es perfecto, ¡qué nivel de detalle!
—Bueno, me han pedido que haga un cuadro del local; debo ser detallista.
—Y ese tipo con un ordenador en la mesa del lado de la ventana. ¿Qué hace?
—Mauricio me ha comentado que hay un escritor famoso que viene casi cada día y que tiene esa mesa como lugar de trabajo, así que lo he incluido en el cuadro.
En ese momento entra el editor, con cara de agobiado, mirando de un lado a otro. Dorian alza la mano y se despide del pintor; se sientan en la mesa del lado de la ventana donde el retratista había situado al escritor.
Mario me interrumpe.
—¿Qué, Óscar, quieres que te lo presente?
—Sí, sí, vamos.
Me levanto emocionado y le sigo.
—Hola, Basilio, permíteme que te presente a nuestro escritor favorito: Óscar, este es Basilio.
—Hola, Basilio, encantado y disculpa mi intromisión…
—No te preocupes, Óscar. Encantado. Ya casi estoy terminando.
—¿Me permites que lo mire? Soy un apasionado de la pintura.
—Claro, ya le falta solo algún que otro pequeño retoque y listo.
Me separo un metro y miro fascinado la obra. Todos los detalles están recogidos con un realismo excepcional. De pronto, me quedo pasmado, noto un temblor en las rodillas y debo apoyarme en el respaldo de una silla. Siento un sudor frío y un estremecimiento.
—¿Te ocurre algo? Te has quedado pálido.
Señalo con el dedo al personaje que está en la mesa al lado de la ventana, al fondo: pelo rubio despeinado, un bocadillo de jamón y un vaso de vino.
Por fin entendí el cosquilleo en la nuca.
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