EL INICIO

En el principio creó Dios los cielos y la tierra…

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche.

Génesis 1-5

Me meso los cabellos, desesperado. Se ha hecho de día; el sol acaba de aparecer por el horizonte dejando atrás las tinieblas.

Desde mi balcón, frente al mar, la altura me provoca un estremecimiento. Estoy en un decimoquinto piso y es el día de San Juan. Oigo a los jóvenes gritar en la calle, tras una verbena de alcohol y fuego.

Las gaviotas graznan en un contrapunto angustiante, como si estuvieran llorando por las brujas que huyen, por las penas que arden.

Yo estoy sentado en la mesa de la terraza, al lado de la baranda. El calor todavía no me deja aletargado, cosa que ocurrirá en unas pocas horas. Veo el sol sanguíneo apuntando sobre el horizonte. Debo darme prisa. Tengo que empezar mi relato.

Dice un refrán español que «el comer y el rascar, todo es empezar», pues debería ser igual en el escribir, me digo para darme ánimos. Pero no. Al comer, si te gusta el plato, el primer bocado es fácil; solo puede frenarte el temor de que no esté bien preparado, poco o demasiado salado, con una cocción inadecuada. Te pones un poquito sobre la lengua, paladeas con atención y, si te gusta, lo demás viene dado. El rascar, en cambio, es la satisfacción de una urgencia inmediata, aunque después te cause un mayor perjuicio y se te infecte la picada del mosquito. No tiene un objetivo más a largo plazo. Me pica, me rasco y punto. La historia se acaba donde ha empezado.

Pero el escribir es otra cosa: la primera frase va a condicionar el resultado. Quizá sea la que hará que tu convidado a la cena acepte la invitación o te dé una amarga negativa. Una excusa teñida con el color del rechazo.

Pero, por algún lugar deberé empezar. Tendré que ponerme a ello.

Puedo inspirarme en primeras frases famosas:

«Llamadme Ismael»

Llamadme cobarde. Pero yo diría más bien prudente; no es cuestión de lanzarse a lo loco, sin planificar, etc., etc.

Es un buen inicio; a partir de ahí podría seguir escribiendo. Tiene gancho. Pero ese llamadme, ¿no es demasiado evidente? Creo que la gente lo vería como un plagio, menos que empezando, no sé: En un lugar de Catalunya de cuyo nombre… Aun así, ese comienzo es demasiado conocido. Además, yo no voy a narrar mi historia, ni la de un capitán ballenero, o la de sus demonios.

Miro por encima de la baranda y veo que el disco rojo está amarilleando. Los chavales se van dispersando y se van a dormir la mona.

Veamos:

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…»

Muchos años después, frente al pelotón de inclementes que leyeron mi relato, me sentí expuesto como el cuello de un cerdo ante el cuchillo del carnicero, etc.

Bueno, no está mal, es empezar por el final y luego ir recordando. Pero no es lo que quería hacer. Mi personaje no forma parte de una saga familiar. No tiene nada que ver. Es como meter un pegote de entrada para que suene bien. Mi historia ocurre en tres meses, no en cien años.

Me saco la camiseta; ya comienza a apretar el calor. El sol ya ha adoptado su furia blanca.

«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.»

Hoy me he sentido desfallecer, o quizá hace días, no lo sé. Un sentimiento de angustia se ha ido instalando en mi espíritu, como un banco de niebla tenue hasta invadirlo todo, etc.

Sí, este podría ser un buen inicio. Es adecuado para mi personaje; está un poco desconcertado. Hace mucho calor y eso le ofusca la mente.

La gente va ocupando su sitio sobre la arena. Yo sigo dándole vueltas a cómo comenzar el relato. El calor será insoportable en poco rato y mi mente se fundirá y no seré más que un lagarto con la boca abierta en medio del asfalto.

Este inicio me lo guardo. Puede que lo utilice, pero no acabo de estar convencido.

Otra opción me viene a la cabeza:

«Todas las mañanas, cuando Gregorio Samsa se despertaba…»

Todas las mañanas, cuando me despierto, me siento un gusano, etc. No, esto no vale. Nada que ver con la fuerza de Kafka. Descartado.

Me levanto y voy a la cocina; me hago un café con leche. Esto no avanza.

«Si de verdad les interesa lo que voy a contarles…»

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, no se vayan a la playa, ni enciendan el televisor… ¡Léanme!… ¡Seré imbécil! Ni que fuera mi personaje un adolescente expulsado del colegio. No, es un hombre hecho y derecho. Además, oye, si la gente quiere ver la tele quien soy yo para…

La verdad es que el cerebro se me está reblandeciendo; es esa mierda de calor. Estamos en plena ola. Noches tórridas de más de veinticinco grados de mínima. Así no hay quien haga nada. Ni dormir, ni escribir. Me iré a la playa y me meteré con el agua hasta el cuello. O hundiré la cabeza bajo el agua y ya veré si me acuerdo de sacarla.

En el principio era el verbo. Hoy, solo el calor.

Comentarios

Deja un comentario