LA PELUCA

El mar parece una sábana recién planchada extendida sobre una cama infinita y Francesco lo mira con los párpados medio caídos, mientras el sol de la tarde resbala perezoso, delimitando una pista anaranjada que reluce sobre el agua. El aire está inmóvil y pesado, recalentado por más de doce horas de un sol implacable en este día de agosto en la Costa Amalfitana.

Lleva un gorro de paja que muestra rastros de sudor en las fibras entrelazadas, tras pasar tanto tiempo sometido a los rigores del calor estival en ese sur de Italia. Está sentado en una silla plegable de aluminio y tela azul cielo y blanco, a rayas anchas, y anota en un cuaderno sus apuntes para la novela que lleva escribiendo todo el verano. De tanto en tanto mira la punta de la caña por si detecta algún pequeño movimiento que indique la mordida de un pez, o al menos un tanteo. Un estremecimiento mínimo que consiga sacarle del sopor y levantarse, coger el aparejo con las manos y comprobar si el pez solo lo está rozando, oliendo, o si se ha tragado el anzuelo.

Lleva todo el día esperando a que una lubina o una dorada caigan en el engaño y le proporcionen una cena suculenta. Pero la caña sigue muda, inmóvil, como un dedo que apunta al cielo, al disco dorado que desciende sobre el horizonte para ser tragado por las aguas. Le da la impresión de que cuando penetre en el mar se producirá un sonido como cuando pones una sartén caliente bajo el agua, un shrrrr, y se levantará una nube de humo.

En estos momentos de calma y calima, su mente parece detenerse y volverse contemplativa; se posa sobre una idea y la sopesa y le da vueltas por un lado y otro, la mira en todos sus ángulos y penetra en todos sus recovecos. Puede que sea una idea simple, un hecho cotidiano, una palabra oída o la expresión de una cara que le haya sorprendido. Recrea en su memoria esa palabra, ese gesto, esa cara. Y hace una historia a su alrededor, un cuento que va naciendo en su mente adormecida: la sitúa en un contexto diferente, le da un contenido, le otorga una nueva vida. Y mientras discurre sobre cómo la imagina, va mirando la caña que se mantiene inmóvil hincada al suelo de la playa dentro de su soporte que la mantiene clavada y erguida.

La chica de pelo rubio y largo, que caía como un abanico sobre su espalda mientras él andaba tras ella, giró la cabeza con ojos atemorizados y aceleró el paso, como si alguien la estuviera siguiendo, o se temiera que alguien la perseguía. Seguramente había hurtado una pulserita del comercio del principio de la calle y ahora estaba nerviosa, por si la habían visto llevarse esa baratija. O no, quizá la historia era más espeluznante y pensaba que su pareja la perseguía para darle una paliza, por haber caído en la tentación y dejarse llevar por su excitación con ese vigilante de la playa. Los ojos eran de verdadera alarma cuando se giró y lo miró a la cara. Él se fijó si sus manos hacían la señal que avisaba de un maltrato: los cuatro dedos extendidos. Pero no hubo nada, no debía tratarse de eso, ¿o acaso ella no conocía ese mecanismo de protección que avisaba de un peligro de violencia machista?

Nota un pequeño estremecimiento en el extremo más fino y sensible de la caña de pescar y deja de escribir un momento, pone la libreta en el suelo y el lápiz al lado y se levanta, no sin cierto esfuerzo —está entumecido tras tantas horas sentado— y coge la caña en sus manos. Espera paciente a que se repita ese toque apenas insinuado y, al darse cuenta de que el pez no insiste, recoge lentamente un poco de hilo para dejarlo tenso sobre el mar en calma. La línea atraviesa la superficie unos veinte metros por delante y el hilo y su imagen reflejada forman un ángulo agudo sobre el agua.

Vuelve a sentarse y ve cómo el sol va ocultando su roja cara sobre el mar por el oeste de la ensenada.

Ese pelo, ¿no era demasiado rubio y bien peinado? Igual era una peluca, un disfraz, para no ser reconocida por su pareja o por la policía. En realidad, era una mujer morena de pelo ensortijado, quizá de raza gitana, e iba bien maquillada para darle un aspecto más pálido, el de una mujer nórdica. Puede que fuera más joven de lo que representaba y que se hubiera escapado de casa, donde unos padres tiránicos le cortaban las alas y no la dejaban vivir su vida. Ese novio que se había echado no les gustaba, era un payo y querían que rompiera la relación, que no era aceptable que la vieran pavonearse con uno de otra raza, y ahora huía de casa, espantada, para lanzarse a los blancos y pecosos brazos de su amado y vivir su aventura. Quizá pensó que yo era su padre que la perseguía y de ahí su cara alarmada.

El vigilante de la playa estaría esperándola al final del paseo, con su vespa de color verde policromada, y ella se sentaría a lo amazona detrás de él y saldrían disparados hacia la libertad soñada. En el bolso solo llevaría cuarenta euros que habría cogido del bolso de su madre y esa pulserita que había robado esa mañana en la tienda del paseo marítimo o de la calle que a él desembocaba.

Percibe, medio adormecido, que la caña se abomba y tuerce el cuello hacia el mar ya oscuro. No es una picada vibrante, más bien una inclinación constante, como si el anzuelo hubiera enrocado o enganchado en algas. Se levanta con cara de fastidio; solo le faltaba tener que cambiar el anzuelo ahora que la luz había menguado.

Recoge hilo y le parece que lleva algo arrastrando; tira de la caña hacia atrás y recoge más hilo. Quizá sea un plástico o cualquier desperdicio que han arrojado a ese mar moribundo.

Ve acercarse el plomo y, más allá, una mancha alargada. Se pregunta qué debe ser eso que arrastra. Cuando lo levanta del agua, se queda parado, sorprendido, angustiado:

Una peluca rubia, de pelo largo y lacio, cuelga del anzuelo como un trapo desechado.

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