—Nos vas a arruinar, Vanesa.
Ella se estaba mirando frente al espejo que ocupaba toda la pared del recibidor. El modelo de la última boutique de la que se había enamorado le hacía resaltar sus líneas voluptuosas sin llegar a ser chabacano.
—No digas tonterías, Carlos. No me niegues que te gusta.
—Parece que vas sin ropa.
Luego pensaría que fue culpa de su horóscopo: escorpión y su maldito aguijón ponzoñoso. Las estrellas le proporcionaron el carácter: fiel y apasionado, del todo o nada.
Carlos amaba a Vanesa, no había ninguna duda. Todo el mundo lo sabía. En la oficina no paraba de hablar de su mujer, de lo lista que era, de las novelas que escribía. Y de su hermosura. Se sentía orgulloso, pero sabía que no estaba a su altura.
—¿Ya has ido a recoger el esmoquin, cariño? —preguntó Vanesa mientras se ajustaba la falda.
Una falda demasiado corta, pensó Carlos.
—Se te ven las bragas.
—ja, ja. Hay que ser un poco picante en estas fiestas. Hay muchos directores de editoriales y la mayoría son machos en celo. Pero tú también debes estar guapo, que me envidien todas las mujeres. ¿Tu esmoquin?
—Sí, no te preocupes, ya lo tengo. Luego me visto, aún faltan un par de horas para salir.
—Dos horas pasan volando, y no podemos llegar tarde. ¡Soy la artista invitada!
Vanesa era géminis. Carlos sabía que era el signo de las dos caras. Lista e inocente, cariñosa y voluble. Una podía estar mirándole a él mientras ella se dirigía a un futuro soñado, donde él podía o no estar presente.
Ya veía la foto de su mujer en las solapas de su nueva novela que iba a señorear las estanterías de las librerías. Esa noche le entregaban el premio Satélite, el más prestigioso de las letras hispánicas.
La vio atusándose el cabello frente al espejo, una melena rubia que le caía hasta media espalda, y enmarcaba su cara ovalada de grandes ojos azules.
Carlos notaba que respiraba con dificultad, como si estuviera en la cima del Everest sin botella de oxígeno, pero sabía que quien había alcanzado la cumbre era ella. Y ahí estaba tan fresca, mirándose en el espejo, con su vestido provocativo, dispuesta a comerse el mundo que esta noche le besaría los pies.
Unos pies de barro, conseguido a base de influencias, de su red de amigos y admiradores. No negaba que escribiera bien, pero para ganar ese premio tan competitivo se necesitaban contactos, influencias poderosas, y ella las había conseguido. ¿Cómo? No lo sabía. Ni quería saberlo, se dijo.
Carlos amaba a su mujer con pasión, pero no pasaba un día en que no temiera perderla. Demasiado guapa, demasiado inteligente, demasiado coqueta. El escorpión estaba excitado, como cuando se le rodea de fuego. El fuego que ella emitía y que lo incendiaba todo a su alrededor.
¿Arrasaría también su matrimonio si eso le conviniera?
No podía permitirlo.
La miró con ojos enrojecidos. Llevaba unos días durmiendo mal, los preparativos de la gala los había soportado con inquietud: la excitación de ella al recibir la carta donde se le comunicó que era la ganadora, las prisas por comprarse un vestido, por ir a la peluquería, por buscar su esmoquin… y él se sentía cada vez más incómodo. Llegó a odiar esa gala.
¿Quién le da un millón de euros a una autora casi desconocida? Esto no se lo cree nadie. En la oficina lo miraban con una sonrisa entre murmullos en los pasillos y frente a la cafetera. No sabía qué le había llevado a contárselo a sus compañeros de oficina. Una especie de orgullo, como si el éxito de ella pudiera ser contagioso.
No lo era.
Vanesa se acercó contoneándose por el pasillo.
—¿Estoy guapa?
Carlos se levantó. Le temblaban las manos y el corazón le golpeaba en el pecho: era como si lo oyera a través de sus costillas: bum, bum, bum.
Ella refrenó su marcha y dio un paso atrás.
Él avanzó con las manos por delante y una mueca en la cara. Se acercó a ella como si fuera un zombi, con los ojos que se le salían de las órbitas, respirando de forma entrecortada.
Vanesa se quiso echar hacia atrás, pero su espalda chocó con la pared.
Él la inmovilizó con una mano y con la otra le levantó la falda.
—Vamos a llegar tarde, cariño —dijo ella en un jadeo.
—Que esperen. Sin ti, no hay festejo. Eres la reina de la noche.
Llegaron tarde. No fue culpa suya.
—Ha sido cosa de los astros —iba diciendo a los otros invitados que le miraban como si estuviera loco.
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