Escribía con letra de tamaño veinte en el Word y aun así le costaba leer lo que había escrito.
Todo se amortiguaba a su alrededor, se apagaba despacio, inexorablemente.
Los sentidos se iban desconectando a medida que pasaban los años, estos sí, cada vez más rápido. Es lo único que aumentaba la velocidad con el tiempo: el propio tiempo.
Leyó el último párrafo de su novela y envidió a su personaje.
«¡Ah, John!, ¡Qué joven eres!»
La vista le tenía preocupado; era su herramienta de trabajo más importante. La única que realmente importaba. ¿Cómo iba a escribir si se quedaba ciego? Sin escribir, se creía que mejor podía estar muerto. Y sin leer. Bueno, había los audiolibros, que estaban muy bien como sustituto, pero no era lo mismo. No podía subrayar lo que más le interesaba, ni anotar sus pensamientos en los márgenes de las hojas. No, sin la vista estaría muerto. Un vegetal.
—No digas tonterías, Ernesto. Ni vas a quedarte ciego ni lo más importante viene en letras en esta vida —le recriminaba su mujer exasperada, sentada en el sillón del pequeño comedor mientras leía una novela sin necesidad de usar gafas.
Él la miraba irritado, una presencia borrosa que apenas sobresalía de la gran butaca.
—Tienes que operarte de las cataratas y volverás a ver con la misma nitidez que antes —remachó ella sin levantar la vista de su libro.
No solo le costaba leer, por grande que fuera el tamaño de las letras, sino que
tampoco recordaba por dónde iba en la historia que narraba y debía repasar la escaleta y volver a ponerse en situación cada día que se sentaba frente al ordenador. Revisar era cada vez más exasperante; repetía palabras, volvía a escribir escenas que ya había escrito, se olvidaba de nombres de personajes secundarios y tenía que volver atrás para encontrarlos.
Claro que se acordaba de John, su ídolo, pero le costaba recordar dónde lo había dejado, si ya había consumado su relación con la muchacha o si todavía estaba en la fase de tanteo.
Estaba desesperado.
«Esto no hay operación que lo arregle».
—¿Has visto mis gafas de leer? No las encuentro —se lamentó Ernesto.
Eugenia levantó los ojos del libro y le dijo irritada:
—Las llevas colgadas del cuello.
—¿Cómo?
Eugenia levantó la voz.
Cada vez estaba más sordo, pero ni hablar de ponerse un aparatito en el oído. «Demasiado caros», decía.
Él se palpó el pecho y allí estaban, como si se estuvieran burlando de él. Las cogió con los dedos temblorosos y se las puso. Se aproximó la revista literaria a un palmo de los ojos. Había una entrevista con un autor septuagenario, como él, que parecía salido del mismo capullo de lo lozano que salía en la foto. Hablaba de su última novela. Seguía escribiendo a un ritmo frenético. Una cada dos años.
—Debe tener un negro, seguro.
—¿Qué dices? ¿Qué negro? —gritó ella desde un metro de distancia.
—Ese… Felipe Q., seguro que alguien le escribe las novelas. No es posible que las saque así, como churros.
Eugenia meneó la cabeza y cerró la novela con un golpe seco de las tapas duras.
—Pues tiene un negro muy bueno; a mí me encantan sus novelas.
Ernesto estaba atento a sus labios, lo que ayudaba a entender lo que le decía.
—A ti te gustan las de todos menos las mías. ¿Has leído alguna de las que he escrito?
—¿Para qué? Ya te tengo a ti para que me des la tabarra con ellas —murmuró ella.
—¿Qué?
—Nada, nada —dijo con voz estentórea.
Ernesto se apoyó en los reposabrazos del sillón y se levantó con esfuerzo. Las piernas se le habían dormido y estuvo a punto de perder el equilibrio.
—Voy a escribir un poco antes de acostarme —dijo.
—No me despiertes cuando te acuestes —le dijo ella volviendo a coger la novela.
No, no iba a despertarla. Ni aunque quisiera lo conseguiría. Dormía como una osa en invierno. Eso sí, una osa pacífica que ya nunca le abrazaba, como se dice que hacen esos animales.
Ella tenía quince años menos. Hasta que él cumplió los sesenta y cinco, no se había dado cuenta de la diferencia de edad, pero desde entonces su energía sexual disminuía de forma progresiva y ni el Viagra conseguía proporcionarle suficiente vigor para tenerla satisfecha. Ahora, con setenta y cuatro años, solo quedaban imágenes vagas del ardor de antes.
Se sentó frente a la pantalla.
«¿Por dónde iba?»
Repasó las últimas páginas y fue recordando la trama. Sí, su personaje salía de la piscina con el cuerpo brillante y el agua escurriéndose por los pectorales. La mansión de Las Rozas estaba viva, el jardín frondoso con buganvillas rojas que dañaban la vista de tan esplendorosas. Un coctel le esperaba en la mesa; la muchacha de ojos verdes se lo acababa de servir y se lo ofrecía con mirada lánguida. Él hacía tintinear los hielos en su copa y daba un trago satisfecho.
—John, ¿por qué no me haces caso?
—Tengo cosas que pensar, nena. No estoy para jueguecitos ahora.
Es lo último que había escrito antes de la cena. Por lo tanto John aún no se había acostado con ella.
Pensó en cómo seguir. ¿La llevaría a la cama? ¿La dejaría con dos palmos de narices y se iría al despacho? Tenía que cerrar una operación de ventas de muchos millones. Pero era un tipo duro, que esperaba a su cliente. Le encantaba el vigor de su personaje; le recordaba cuando era joven y estaba en forma.
«Es curioso que recuerde eso, de hace tantos años, y no sepa dónde he puesto las gafas».
Las líneas del Word empezaron a ponerse borrosas. Los párpados le pesaban. La luz se difuminaba y, sin apenas darse cuenta, su cabeza cayó sobre su pecho y su respiración se hizo tenue y superficial, hasta que desapareció por completo.
Deja un comentario