DEMETER

Tengo la mantita sobre mis piernas y la silla de ruedas frente a la ventana.

Ya no volveré a andar. Eso me han dicho.

El portátil reposa sobre mis muslos insensibles. Es como si estuviera flotando frente a mí, ingrávido. Como la nieve posada sobre las montañas de los Pirineos, que destella en mis ojos entornados como una provocación o un sarcasmo.

Una nieve que creía inocente, pura y noble; y resultó traicionera y mezquina.

¿Cómo retratarla en mi relato?

¿«La virgen maldita»?

¿Cómo explicar el horror, la desesperación, el descalabro?

Porque fue un descalabro, no solo físico, también espiritual, mental, emocional… Devastador.

El vaho empaña el cristal y debo limpiarlo con la manga. Tengo que poner la silla de lado y pasar el brazo por la superficie. Si me quitan la visión, no sé sobre qué posar mi odio.

¿Podré expresar con palabras ese sentimiento?

¿Hay palabras para expresarlo?

Blanca es la nieve, un color inmaculado, límpido, inocente.

Un engaño.

Puedo hablar de la falsedad, de los ropajes de colores que ocultan cuerpos demacrados, de las apariencias engañosas. De la vida. Así son las cosas. Nos dejamos engañar como bobos por los oropeles y los maquillajes. No vemos lo que hay debajo, no nos importa.

Y debería importarnos.

Una taza de té humea sobre la mesita. Me lo he preparado pensando en ella. Teresa siempre me hacía una taza a media mañana.

Era una mujer provocadora, valiente. Me ponía al límite.

—Esta pendiente es muy complicada, Juan. La nieve acaba de posarse, no está bien asentada —me advirtió con unos ojos maliciosos.

La miré con una media sonrisa.

—¿Tienes miedo?

—Yo no. ¿Y tú?

Ahí estaba el reto. Como una mecha encendida que se acercara al cartucho de dinamita.

Tomé un sorbo; el té estaba ya templado. Me subí la manta sobre las rodillas.

¿Cómo hablar de lo oculto detrás de las sonrisas? ¿De la mirada fría cuando los ojos sonríen?

—A ver si me adelantas —gritó mientras salía disparada como una flecha, como una avalancha.

Ella era de aquí. Había nacido en el pueblo de Espot, al pie de pistas. Yo era un recién venido; había heredado la casita de mis padres.

La adopté como lugar donde pasar las vacaciones de invierno.

Ella conocía la montaña como la palma de su mano. Las pistas y las pendientes vírgenes por donde me llevaba como una sherpa a un grupo de montañeros urbanitas por el Everest.

También sabía quiénes eran mis padres. Unos viejos conocidos de su familia. En los pueblos pequeños todos se conocen.

Luego descubrí que había habido ciertas rencillas.

No sé qué sobre unos terrenos.

No le di importancia. Cosas de pueblos y de vecinos con intereses mezquinos.

Nos hicimos buenos amigos, Teresa y yo. Éramos de la misma edad, jóvenes e impetuosos. En el pueblo ella tenía pocas oportunidades de conocer gente. Yo fui una novedad y me sentí halagado.

Su belleza era la de una diosa del campo. Como Deméter, la griega.

Pude observar una réplica de la diosa en el Museo del Prado y quedé fascinado por su belleza. Teresa era igual de impresionante, con su cabello ondulado y su nariz regia.

Cuando estuvo en el inicio de la pendiente, en lo alto de la montaña, levantó el brazo como la figura marmórea, indicando que al bajarlo debíamos salir lanzados hacia el valle.

¡Qué imagen tan bella impresionó mi retina! Deméter hecha carne y huesos, plena de vida.

¿Cómo describir la falsedad de su postura? ¿El cuerpo de mármol oculto bajo su piel de terciopelo?

Mi cara se enciende de vergüenza y rabia.

El té se enfría como se enfrió su alma. El alma de Demeteresa. Una fusión de ambas mujeres anidaba en mi cabeza.

Ahora, mientras miro la montaña al otro lado de la ventana, intento expresar el dolor y la frustración, la rabia y el desengaño. ¡Qué cruel fue su venganza!

Descendimos zigzagueando, levantando espuma blanca que salía despedida en abanico bajo nuestros esquís. Yo la seguía a menos de un metro de distancia. El reto era pillarla antes de llegar abajo.

De repente hizo un movimiento brusco, se paró en seco echándose a un lado. Me cogió de sorpresa, no pude parar a tiempo. Una caída de unos diez metros, sobre un lecho de roca.

Pude mirar hacia el cielo, al borde del precipicio. Vi su cara que se asomaba, imaginé sus ojos gélidos tras las gafas. Luego desapareció.

Paraplejia.

Parece que al llegar a Espot avisó a la cruz Roja. Dio mi localización. Le dijo que estaba muerto. Eso creyó ella.

¿Cómo expresar lo que siento?

Una estatua fría, un manto de nieve ocultadora, como una alfombra persa que tapa la inmundicia.

Las viejas rencillas que en los pueblos se magnifican de padres a hijos.

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