LA MUJER Y LA MALETA

Todo tiene un límite

Tiene un día de perros, uno más.

Está sentado en la barra del bar de Paco. La cabeza apoyada en las manos.

El puto jefe me tiene martirizado, piensa, mientras da un trago. No se lo puede sacar del pensamiento. Joder, Manuel, a ver si te fijas… Joder, Manuel, ya has vuelto a meter la pata…

Siempre la misma letanía.

Joder, Manuel…

Lo oye en su cabeza, como el martillo de un herrero, pum, pum, pum… y no lo borra ni regándolo con whisky.

—Paco, ponme otro…

—Es tarde, Manuel. Tengo que ir cerrando.

—Un último trago y me voy, te lo juro.

Un último vaso.

Está mareado, sube las escaleras, tambaleante, apoyándose en la barandilla. Los escalones parecen tener vida propia; se mueven esquivos bajo sus pies. Mastica un chicle de menta para que no le huela el aliento; a su mujer no le gusta que beba. Claro, ella está en casa, ella no tiene que aguantar a un jefe. Ya me gustaría verla en la oficina con un cabrón como ese. Al llegar al rellano, tira el chicle por el hueco de la escalera. Busca la llave y no la encuentra; se registra los bolsillos y al final la encuentra en el bolsillo del abrigo. La coge entre los dedos y se le cae al suelo. Maldita llave, mierda. Intenta meterla en la cerradura, pero no acierta y maldice en voz alta cómo es que hacen esos agujeros tan pequeños. Al final abre la puerta. Se apoya un momento en el vano, esperando que deje de moverse el recibidor que está en penumbra.

—Cariño, ya he llegado.

No oye a nadie. ¿Estará solo?

Tropieza con algo que hay en el suelo. Casi se da un porrazo. Una maleta, ¿qué coño hace una maleta en medio del recibidor?

—¡Teresa! ¿Dónde estás, joder? ¿Y esa maleta? ¿Qué coño hace aquí? ¡Casi me mato!

Levanta la cabeza y la ve, de pie, al fondo del pasillo con la niña a su lado. Están quietas, calladas, parecen dos fantasmas en las sombras.

—Abrid la luz, hostias, que no os veo. ¿Se puede saber qué coño hacéis ahí, paradas, como dos almas en pena? ¡Menudo susto me habéis dado!

—Nos vamos. Solo nos hemos esperado para decírtelo en la cara.

—¿Os vais? ¿De qué cojones estás hablando?

Le parece que la pared del pasillo se inclina e intenta apoyarse. Mierda, con el whisky igual me he pasado.

—A casa de mi madre. No te aguantamos más. Ya no puedo seguir así. Ella tampoco te aguanta —dice señalando a la pequeña—. Siempre borracho, siempre quejándote de todo, refunfuñando.

Las ve acercarse, las dos cogidas de la mano, y plantarse delante de él. Le dicen que se aparte. Él se planta con las manos en cruz, una en cada pared del pasillo. No puede permitir que se vayan. No se van a ir, de eso nada. Intenta ocupar todo el espacio, hincha el pecho, separa las piernas. Obstruye el paso con su cuerpo.

Pero todo le da vueltas.

Nota en las costillas un codazo. Se lo ha propinado su mujer y se retuerce de dolor; baja las manos para cogerse el costado. Tropieza con la mesilla del pasillo y tira al suelo las figuras de porcelana que le regaló su madre. Las figurillas, las figurillas… Intenta recogerlas, pero se desequilibra y se cae de bruces.

Al levantar la cabeza, ve a su mujer que coge la maleta y la mano de la niña. La pequeña carga con una mochila. La ve girarse, las lágrimas resbalándole por su dulce carita.

La madre la estira del brazo.

Abren la puerta.

Él consigue ponerse de rodillas y estira los brazos.

—No os marchéis… Por favor… No os vayáis… ¡No me dejéis solo!

Siente una bocanada de bilis que le sube a la boca y le entran arcadas. No puede evitar vomitar en el suelo, sobre el resto de las figuras de porcelana.

Cierra los ojos.

Oye la puerta al cerrarse.

Cuando consigue volver a abrirlos, ya no hay nadie.

Se ha quedado solo.

Comentarios

Deja un comentario