La gente está agolpada alrededor del lago, sobre el césped, y se agita como una marea en ondulaciones de excitación. Las parejas de enamorados y los padres con sus hijos se entrelazan las manos.
Un silencio abrumador se cierne en el ambiente, cargado de emoción.
10, 9, 8, 7…
En la cápsula el corazón de Andrew palpita desacompasado, furioso, mucho más rápido que la propia cuenta atrás. Nota los nervios en las entrañas, como una mano aferrándole el estómago y provocándole una respiración agitada. Gira un poco la cabeza dentro del casco y mira de reojo a sus dos compañeros: las manos agarradas a los pasamanos, el cuello rígido.
El silencio es casi absoluto, solo ese conteo.
6, 5, 4, 3…
—Mira, Johnny, mira, ¡ya va a despegar!
El niño deja a un lado el robot articulado, vencedor de todos los androides del espacio, y se acerca al televisor. Ve la gran nube de humo y vapor que empieza a rodear al mastodonte, sujeto por brazos metálicos que lo atan a la tierra, que lo mantienen erguido.
En su asiento de la cápsula, Andrew recuerda la primera vez que vio un despegue. En 1969: el Apolo 11, con sus tripulantes destinados a hacer historia y a hollar por primera vez la Luna. Toda la familia alrededor del televisor en blanco y negro, aguantando la respiración, escuchando esa misma cuenta atrás que ahora él oye, la misma cuenta atrás de toda la historia de la astronáutica.
—¡Yo también quiero ser astronauta y viajar por el espacio, papá! —exclamó entonces, con la mirada fija en la pantalla, estremecido de pies a cabeza.
—Tienes que estudiar mucho y ser muy bueno; es muy difícil ser uno de los escogidos —declaró su padre, tenso, apretándole la mano con una fuerza excesiva.
Él no se quejó, pero aquella resolución quedó grabada para siempre.
—¡Seré astronauta!
Una tensión palpable se eleva entre la gente que rodea el lago. Un niño, sobre los hombros de su padre, señala con el dedo; la madre se lleva la mano a la boca y cierra los ojos, no quiere mirar. El padre está rígido, las mandíbulas apretadas, los ojos abiertos, sin pestañear.
2, 1, 0… Ignición.
Un temblor como un terremoto se suma al temblor de Andrew, tumbado boca arriba en su asiento anatómico. Las correas lo sujetan por el tórax y el abdomen y le cuesta respirar. La espalda se aplasta contra el respaldo.
En un instante —apenas un segundo— le viene a la cabeza todo el esfuerzo que ha tenido que hacer para vivir ese momento. Desde aquel día frente al televisor, con su padre apretándole la mano hasta casi hacerle crujir los huesos, compartiendo la excitación, hasta llegar a este asiento. Años de estudio, de preparación física, de luchar por pasar los exámenes, por ser uno de los designados. La carrera espacial se hacía en tierra antes de hacerse en el cielo.
Competición constante, agresiva, implacable. Ser siempre el mejor. Luchar con todas las armas a tu alcance, aunque fueran artimañas. Como cuando tuvo que chivarse de su compañero por fumar a escondidas. Todavía le recome por dentro, pero así es la vida. Llegar a ser designado como uno de los tres tripulantes no es fácil y requiere hacerse de corcho.
Johnny salta ahora sobre un pie y luego sobre el otro, con el robot tirado a su lado, sobre la alfombra. Ve la gran humareda y piensa que el cohete va a explotar, que se va a fundir en medio de tanto fuego, pero no: lo ve elevarse lentamente, como empujado desde abajo por una mano poderosa. Refleja el sol de la mañana en su coraza de metal bruñido.
¡Una nave espacial saliendo en busca de aventuras!
Él también sueña en ese momento con surcar el espacio, enfrentarse a alienígenas y conquistar mundos.
El niño sobre los hombros ve moverse el mastodonte y se agarra al pelo de su padre, que ni se entera del tirón, absorto en el despegue. La madre lanza un gritito que se diluye en el clamor general, que brota como un rugido.
Durante los primeros segundos de vuelo parece que un elefante se haya sentado sobre su pecho y a Andrew le cuesta coger aire. Sabe que debe aguantar, que son solo unos minutos, y luego flotará ingrávido mientras ve alejarse la Tierra por la mirilla de la nave, rodeado de estrellas.
Su sueño hecho por fin realidad. Vive la culminación de su proyecto, dieciséis años después de aquel momento en que decidió su futuro.
De pronto, una luz brillante lo rodea, como una visión del sol que ilumina todo su entorno. Como ver a Dios refulgente llamándolo a su seno. No oye nada: solo ve la luz, antes de que sus ojos se cierren para siempre.
Un “oh” horrorizado se eleva del campo que rodea el lago. Las luces se reflejan sobre su superficie como fuegos de artificio sobre un espejo. Un trueno llega más tarde, acallando las exclamaciones, para dar paso enseguida a gritos y lamentaciones. El niño, sobre los hombros, se queda pasmado, con los ojos abiertos; el padre cae de rodillas; la madre lanza un alarido.
En casa todo el mundo está paralizado. No pueden creer lo que están viendo en directo. El locutor grita desde la pantalla. Una manta de plomo se ha posado sobre sus cabezas.
—Papá, ¿qué ha pasado?, ¿ha explotado…?
No hay respuesta, solo silencio.
Nota la mano de su padre como una garra clavándose en la suya.
Le hace daño.
Johnny siente una garra en su garganta, hace un hipido contenido.
Da una patada al robot, que sale disparado contra la pared y se rompe en tres pedazos.
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