La pequeña no para de hablar y de moverse.
Los veo sentados alrededor de la mesa y me asombro de lo poco que tienen que ver los genes en el resultado final de las personas.
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Mis hijos, siempre y cuando confíe en que todos son míos y no tengo motivos para dudarlo, aunque los padres no podamos tener la seguridad completa, son todos radicalmente distintos. Por eso ese pensamiento que a veces me incomoda aunque rechazo de pleno. Ellos, dos, son altos, pero de constituciones opuestas, uno grandote, el otro más bien delgado y delicado. Las chicas, otras dos, son radicalmente distintas entre ellas, una más bajita y delicada y la otra alta y de constitución atlética.
Y no hablemos de los caracteres: entre ellos uno es educado a más no poder y abierto, el otro despreocupado de las normas más elementales de la convivencia e inseguro y retraído; entre ellas, una es jovial y desenfrenada y la otra siempre lleva el freno de mano puesto y es muy concienzuda.
Vaya un jardín de flores variadas en el que los padres solo hemos podido influir echando semillas sin saber qué tipo de plantas saldrían.
Mi mujer y yo también somos muy diferentes y quizá por ello esa variedad en nuestros frutos. A ella se la ve radiante cuando tiene sus hijos cerca y siempre le gustaría tener seres vivos que cuidar: niños, animales, plantas. Incluso a mí, no voy a negarlo. Nunca se queja, ni cuando el dolor es físico. Yo soy todo lo contrario, con tendencia a ser solitario y centrado en mí mismo. Sí, de acuerdo, bastante egoísta; y un quejica que desea que lo cuiden en cada momento. En eso nos complementamos.
Ah, mis hijos, el orgullo de una madre, juntos en la mesa; ya no es tan habitual reunirlos, cada uno con su vida, pero no puedo quejarme, han salido adelante y —en mayor o menor medida— van haciendo su camino. Sí, ya sé que a alguno le está costando más, pero es cuestión de tiempo y paciencia, siempre estaremos aquí si nos necesita. Son diferentes pero se nota que son todos hijos míos. ¡Me siento tan orgullosa de ellos! Todos son cariñosos, a su manera claro, no son clones. Unos lo demuestran más y otros son más comedidos, pero se les nota la bondad en todos sus actos, en sus límpidas miradas, en su desprendimiento. Si no los conociera de nada y los viera como una extraña, sabría de inmediato que son hermanos. A ver, claro que tienen sus diferencias, pero en lo esencial, en lo que realmente importa, son muy parecidos. ¿Y qué es lo que importa? Yo no pienso como mi marido, para mí lo importante no es lo externo, ni incluso sus reacciones en cada momento. No, para mí es algo mucho más profundo. Es algo que no sé nombrar, que les enlaza y los constituye como un todo. ¡Como mis hijos!
Alrededor de la mesa, el jardín despliega sus flores.
La pequeña no para de hablar y de moverse, es como un torbellino, habla a gritos para que la hagan caso sus hermanos y se ríe a carcajadas. Mira a su madre con ojos solícitos y le da un abrazo, entusiasmada, agradecida por la comida y por disfrutar de esos momentos.
La mayor la mira con media sonrisa, no soporta los gritos ni los aspavientos exagerados, pero su hermana es así, una locuela. Ella habla con seriedad y razona con una lógica implacable. Es observadora y parece un poco apartada; cuando habla, sentencia.
El menor de los chicos tiene una forma de pensar abstracta, ha aprendido a entender la existencia a través de algoritmos, y es un apasionado de la tecnología y de Japón y de sus costumbres. Ahora les llaman frikis, pero en él es como un rasgo de carácter, nada impostado, le sale de dentro. Habla con sus hermanos con un lenguaje extraño que los padres no entienden pero que parece que sus hijos sí. Se mueve despacio, pesado, imponente. Es como el monte Fuji, sólido. Te ofrece de los platos que hay sobre la mesa si estás un poco apartado, es el primero en ofrecerse si alguien necesita algo. Su cara muestra una sonrisa perpetua, sin muchas alharacas, pero satisfecho.
Su hermano parece distante, encerrado en su mundo, con cierto sentimiento de estar desubicado, de no dar la talla. Le cuesta mantener la atención mucho rato en lo mismo y esas comidas familiares se la hacen eternas. Piensa en los juegos que le esperan en el ordenador, en su cuarto y aunque está contento de estar compartiendo esos momentos diría que las piernas se le mueven y que quiere salir corriendo. Los dedos tabletean sobre la mesa.
En la calle cae la nieve. Es invierno.
Dentro, alrededor de la mesa, el jardín sigue vivo.
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